mércores, 9 de novembro de 2011

La guerra de Mano Mala y Quanah Parker


Hijo de una mujer blanca raptada, el último gran jefe comanche fue objeto de una fuerte expedición militar estadounidense. Extractos de un libro de S. C. Gwynne
06/11/2011
Los hombres de raza blanca eran soldados de infantería, caballería y dragones, en su mayoría veteranos de la Guerra de Secesión, que ahora se encontraban transitando por los confines del universo conocido, iniciando la ascensión a las paredes almenadas de roca que daban paso al célebre Llano Estacado, el nombre con el que Vázquez de Coronado designó esa región del oeste de Tejas, habitada exclusivamente por los indios más hostiles del continente, y que pocos soldados estadounidenses habían hollado. El llano era un lugar de desolación extrema, un inmenso y monótono océano de hierba, sin caminos ni puntos de referencia, donde los rostros pálidos se desorientaban, se extraviaban y morían de sed; un lugar sobre el que en su día los soldados del imperio español habían marchado confiados a la caza de comanches, para terminar descubriendo que eran ellos los cazados y masacrados. Ese otoño de 1871, las tropas federales estaban de vuelta en la zona porque todo tenía un límite; porque la tan cacareada "política de paz" con los indios que quedaban vivos había sido un fracaso estrepitoso en términos de pacificación; y, por último, porque el exasperado general en jefe del Ejército, William Tecumseh Sherman, así lo había dictado.
El azote escogido por Sherman era un héroe de guerra llamado Ranald Slidell Mackenzie, un joven difícil, arisco e implacable que, tras graduarse en West Point como primero de la promoción de 1862, había terminado la Guerra de Secesión habilitado como general de brigada, un hecho de lo más insólito. Debido al horripilante aspecto de su mano derecha, desfigurada por una herida de guerra, los indios lo llamaban Jefe Sin Dedos, o Mano Mala. A Mackenzie le aguardaba un destino complejo. En cuestión de cuatro años se revelaría el combatiente más brutal y eficaz de cuantos lucharon contra los indios en toda la historia de Estados Unidos. Más o menos en el mismo espacio de tiempo, mientras el general George Armstrong Custer se hacía mundialmente famoso en materia de fracasos catastróficos, Mackenzie caía en un victorioso anonimato. Y, sin embargo, fue Mackenzie y no Custer quien enseñó al ejército estadounidense a combatir contra los indios. Mientras guiaba a sus tropas a través de aquellos parajes abruptos y surcados de arroyos, entre inmensas manadas de bisontes y colonias de perrillos de las praderas que se extendían hasta el horizonte, Mackenzie no tenía muy claro qué estaba haciendo, adónde se dirigía exactamente ni cómo debía enfrentarse a los indios de las llanuras en su hábitat natural. Asimismo, tampoco sospechaba, ni por lo más remoto, que sería el máximo responsable de la derrota de la última de las tribus hostiles. El coronel carecía de experiencia en esa clase de guerra contra los indios, y a lo largo de las semanas siguientes cometió múltiples errores. Pero aprendería de ellos.
(...) Al atardecer del segundo día, los tonks encontraron un sendero e informaron a Mackenzie de que estaban siguiendo a una banda de quahadis cuyo cabecilla era un joven y brillante jefe llamado Quanah, una palabra comanche que significaba "aroma" o "fragancia". La idea era encontrar y destruir el poblado de Quanah. Mackenzie contaba con cierta ventaja por cuanto ningún hombre blanco había osado jamás intentar algo así; no en las llanuras del extremo septentrional de Tejas, y no contra los quahadis. Mackenzie y sus hombres no sabían gran cosa de Quanah. Ni ellos ni nadie. Aunque en la frontera circulaba un cierto volumen de información -los bandos adversarios, pese a las enormes distancias físicas que los separaban y al hecho de que estaban tratando de matarse, solían poseer un conocimiento mutuo sorprendente por lo detallado-, Quanah era simplemente demasiado joven para que nadie supiese mucho de él; ni de su paradero ni de sus correrías.
Aunque pasarían muchos años hasta que alguien fuese capaz de calcular, siquiera aproximadamente, la fecha de su nacimiento, lo más probable es que hubiese venido al mundo en 1848, con lo cual por aquel entonces contaría 23 abriles, o sea, ocho menos que Mackenzie, quien también era tan joven que en Tejas poca gente, tanto indios como blancos, sabía a la sazón gran cosa de él. Ninguno de los dos se hizo famoso hasta las últimas y brutales Guerras Indias de mediados de la década de 1870. Quanah era extraordinariamente joven para ser jefe y tenía fama de astuto, despiadado y audaz en el combate. Pero Quanah era algo más. Era un mestizo, el hijo de un jefe comanche y de una mujer blanca. Los habitantes de la frontera tejana no tardarían en enterarse de ese dato, en parte por su carácter excepcional. Los guerreros comanches llevaban siglos capturando hembras indias, francesas, españolas, mexicanas y estadounidenses, y haciéndoles hijos a los que luego criaban como comanches. Pero no hay constancia de ningún mestizo de comanche y blanca que llegase a jefe guerrero. En 1871, la época en que Mackenzie andaba a la caza de Quanah, la madre del joven guerrero ya era sobradamente conocida desde hacía mucho tiempo. Era la más célebre de todas las cautivas blancas de entonces, y en los salones de Nueva York y Londres se la conocía como "la squaw blanca" porque se había negado a volver con los de su raza en repetidas ocasiones, poniendo así en tela de juicio uno de los supuestos eurocéntricos fundamentales acerca de los indios, a saber: que pudiendo escoger entre la cultura cristiana, industrializada y refinada de los europeos y las costumbres salvajes, sanguinarias y moralmente atrasadas de los indios, nadie en su sano juicio se decantaría por las segundas. De hecho, aparte de la madre de Quanah, eran pocos los que las elegían.
La mujer se llamaba Cynthia Ann Parker. Había nacido en el seno de una de las familias más ilustres del incipiente Estado de Tejas, entre cuyos miembros figuraban capitanes de los rangers, políticos y los renombrados baptistas que fundaron la primera iglesia protestante del Estado. En 1836, a los nueve años de edad, Cynthia Ann fue raptada por unos comanches en el fuerte Parker, a 140 kilómetros al sur de la actual Dallas. La cautiva no tardó en olvidar su lengua materna, asimiló las costumbres indias y se convirtió en miembro de pleno derecho de la tribu, hasta el punto de que se casó con Peta Nocona, un destacado jefe, con el que tuvo tres hijos, el mayor de los cuales era Quanah. En 1860, cuando su primogénito tenía 12 años, Cynthia Ann fue capturada por los rangers durante un ataque a su poblado en el que murieron asesinados todos los comanches menos ella y su hija, Flor de la Pradera. Lo más probable es que Mackenzie y sus soldados conociesen la historia de "la squaw blanca", ¿como casi todo el mundo en la frontera?, pero no tenían ni idea de que Quanah fuese sangre de su sangre, y no se enterarían hasta 1875. Por el momento, lo único que sabían es que el joven jefe era el objetivo de la mayor expedición que se había organizado contra los indios desde 1865, y una de las mayores de la historia. -
El imperio de la luna de agosto, de S. C. Gwynne. Editorial Turner. Precio: 28 euros.

Ningún comentario:

Publicar un comentario