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domingo, 13 de xaneiro de 2013

Casas Viejas, ochenta años después


EL PAÍS 10/01/2013 Por Julián Casanova
Forenses e periodistas diante dos cadáveres de Casas Viejas, xaneiro 1933
Cuando llegó la República, el 14 de abril de 1931, la CNT apenas tenía veinte años de historia. Era el único sindicalismo revolucionario y anarquista, de acción directa, independiente de los partidos políticos,  que quedaba ya en Europa. Aunque muchos identificaban a esa organización con la violencia y el terrorismo, en realidad eso no era lo más significativo ni más sorprendente de su corta historia. El mito y la realidad de la CNT se había forjado por otros caminos, por el de las luchas obreras y campesinas, un sindicalismo eficaz que ganaba conflictos a patronos intransigentes con los trabajadores.
La CNT mantuvo relaciones muy difíciles con la República. Aprovechó las libertades y esperanzas de los primeros momentos para fortalecer la organización. Pero la luna de miel con la República duró poco. La República llegó a España en medio de una crisis económica internacional sin precedentes y aunque los factores económicos, como han mostrado los especialistas, no determinaron su trágico final, sí que complicaron el gobierno y la puesta en marcha de las reformas. La lucha por el control del trabajo disponible, por el reparto del espacio sindical, y la confrontación en torno a los jurados mixtos, el entramado corporativo propuesto por Francisco Largo Caballero desde el Ministerio de Trabajo, constituyeron los hilos conductores básicos de la agitación anarquista, de las huelgas planteadas y de los duros enfrentamientos entre los dos sindicalismos, el de la UGT y el de la CNT, ya arraigados entre las clases trabajadoras.
Las movilizaciones anarquistas, y los conflictos en el campo y en las ciudades, ofrecieron muy pronto la oportunidad de comprobar que las fuerzas del orden, en especial la Guardia Civil, actuaban con la misma brutalidad que con la Monarquía. En el primer año de la República hubo decenas de conflictos que se extendieron por áreas de latifundio, como Badajoz, o por zonas de pequeña propiedad y de aparente calma, como en Arnedo (La Rioja) y Épila (Zaragoza), que provocaron abundantes muertos, resultado casi siempre de choques con la Guardia Civil, que disparaba a concentraciones y manifestaciones de trabajadores ante la pasividad de algunas autoridades gubernativas.
El sector más puro del anarquismo encontró en los muertos y la represión un resorte para la movilización contra la República. Y fue a partir de enero de 1932, tras los sucesos de Arnedo, que dejaron once muertos, cuando esa retórica sobre el derramamiento de “sangre proletaria” se incorporó a los medios de difusión anarquista. De la protesta se pasó a la insurrección. Tres tentativas de rebeldía armada en apenas dos años, incitadas por militantes anarquistas y que contaron con algún apoyo obrero y campesino.
Lo que sucedió en enero de 1933 tuvo consecuencias políticas de largo alcance. El día 8 de ese mes, el Comité Regional de Defensa de Cataluña provocó una insurrección que se extendió, con poco éxito, por algunos pueblos del País Valenciano y Aragón. Cuando ya estaba sofocada,  comenzaron a llegar las noticias de disturbios en la provincia de Cádiz. El 10 de enero, el capitán Manuel Rojas recibió la orden de trasladarse desde Madrid a Jerez con su compañía de asalto para poner fin a la rebeldía anarquista. Pasaron la noche en el tren. Cuando llegaron a Jerez, la línea telefónica había sido cortada en Casas Viejas, una población de apenas dos mil habitantes a diecinueve kilómetros de Medina Sidonia. Grupos de campesinos afiliados a la CNT tomaron posiciones en el pueblo la madrugada del 11 de enero, siguiendo las instrucciones de los preparativos que se habían hecho por anarquistas de la comarca de Jerez, y cercaron con algunas pistolas y escopetas el cuartel de la guardia civil. Tres guardias y un sargento estaban dentro. Tras un intercambio de disparos, el sargento y otro guardia resultaron gravemente heridos. El primero murió al día siguiente; el segundo, unos días después.
A las dos de la tarde de ese 11 de enero, doce guardias al mando del sargento Anarte llegaron a Casas Viejas. Liberaron a los dos compañeros que quedaban en el cuartel y ocuparon el pueblo. Muchos campesinos, temerosos de las represalias, huyeron. El resto se había encerrado en sus casas. Unas horas después, cuatro guardias civiles más y doce de asalto, mandados por el teniente Fernández Artal, se unieron a los que ya habían controlado la situación. Con la ayuda de los dos guardias que conocían a los vecinos del pueblo, el teniente comenzó la búsqueda de los rebeldes. Cogieron a dos y los golpearon hasta que señalaron a la familia de Francisco Cruz Gutiérrez, Seisdedos, un carbonero de setenta y dos años que acudía de vez en cuando al sindicato de la CNT pero que no había participado en la insurrección. Sí que lo habían hecho dos de sus hijos y su yerno que se refugiaron, tras el cerco del cuartel, en su casa, una choza de barro y piedra muy delgada.
El teniente ordenó que forzaran la puerta de la choza. Respondieron con disparos desde dentro y un guardia de asalto cayó muerto. A las diez de la noche llegaron refuerzos con granadas, rifles y una ametralladora. Empezaron el asalto con poco éxito. Unas horas después, se les unió el capitán Rojas, con cuarenta guardias de asalto, a quien Arturo Menéndez, director general de Seguridad, había ordenado se trasladara desde Jerez a Casas Viejas para acabar con la insurrección y "abrir fuego sin piedad contra todos los que dispararan contra las tropas".
Rojas mandó incendiar la choza. En ese momento, algunos de sus ocupantes ya estaban muertos por las balas de los rifles y las ametralladoras. Dos fueron acribillados cuando salían huyendo del fuego. María Silva Cruz, La Libertaria, nieta de Seisdedos, salvó la vida al llevar un niño en  brazos. Ocho muertos fue el saldo; seis de ellos quedaron calcinados dentro de la choza, entre quienes se encontraban Seisdedos, dos de sus hijos, su yerno y su nuera. Amanecía un nuevo día, 12 de enero de 1933.
Rojas envió un telegrama al director general de Seguridad: "Dos muertos. El resto de los revolucionarios atrapados en las llamas". Le informaba también que continuaría con la búsqueda de los dirigentes del movimiento. Envió a tres patrullas a registrar las casas, acompañados por los dos guardias del cuartel de Casas Viejas. Nada más empezar, mataron a un viejo de setenta y cinco años que gritaba "¡No disparéis! ¡Yo no soy anarquista!". Apresaron a otros doce, de los cuales sólo uno había tomado parte en el levantamiento. Esposados, los arrastraron hasta la choza de Seisdedos. El capitán Rojas, que había estado bebiendo coñac en la taberna, empezó el tiroteo, seguido por otros guardias. Asesinaron a los doce. Poco después, abandonaron el pueblo. La masacre había concluido. Diecinueve hombre, dos mujeres y un niño murieron. Tres guardias corrieron la misma suerte. La verdad de los hechos tardó en conocerse, porque las primeras versiones situaban a todos los campesinos muertos en el asalto a la choza de Seisdedos, pero la Segunda República ya tenía su tragedia.
Decenas de campesinos fueron arrestados y torturados. El Gobierno, dispuesto a sobrevivir al acoso que desde la izquierda y la derecha emprendieron contra él por la excesiva crueldad con la que se había reprimido el levantamiento, eludió responsabilidades. "No se encontrará un atisbo de responsabilidad para el Gobierno", declaró su presidente, Manuel Azaña, en el discurso a las Cortes del 2 de febrero de ese año. "En Casas Viejas no ha ocurrido, que sepamos, sino lo que tenía que ocurrir”. Frente a "un conflicto de rebeldía a mano armada contra la sociedad y el Estado", él no tenía otra receta, les repitió varias veces a los diputados, aunque se corriera el riesgo de que algún agente del orden pudiera excederse "en el cometido de sus funciones". En cualquier caso, dijo ante el mismo escenario el 2 de marzo, en la política social del gobierno no estaban los orígenes de esas rebeliones contra el Estado, contra la República y contra el orden social: "Nosotros, este Gobierno, cualquier Gobierno, ¿hemos sembrado en España el anarquismo? (…) ¿Hemos amparado de alguna manera los manejos de los agitadores que van sembrando por los pueblos este lema del comunismo libertario?".
Pese a que algunos periódicos como ABC  aplaudieron inicialmente el castigo dado a los revolucionarios, la animadversión desde las fuerzas de la derecha al Gobierno creció a palmos a partir de ese momento. La CNT, que lo único que sacó de aquellos hechos fueron más mártires para la causa, quedó muy dividida y debilitada, pero el gobierno republicano-socialista acabó desprestigiado y herido de muerte.
La oposición de la CNT privó a la República de un apoyo social fundamental. El radicalismo anarquista, no obstante, aunque contribuyó a extender la cultura del enfrentamiento, no fue el único movimiento, ni el más potente, que obstaculizó la consolidación de la República y de su proyecto reformista. Los grupos dominantes desplazados de las instituciones políticas con la llegada de la República reaccionaron muy pronto. En Casas Viejas, la brutalidad  de los mecanismos de represión del Estado quedó al desnudo. Los gobiernos republicanos no supieron, o no pudieron, adaptar la administración de las fuerzas de orden público a un régimen democrático. Y vista así la historia, no es casualidad que el  golpe de muerte a la República se lo dieran, en julio de 1936, desde dentro, desde el propio seno de sus mecanismos de defensa.

xoves, 17 de maio de 2012

Un ensayo exculpa a Azaña de la matanza de Casas Viejas


El periodista Tano Ramos publica una reconstrucción del juicio más famoso de la II República
Fue el proceso más famoso de toda la Segunda República, un juicio en el que se delimitaron las responsabilidades en uno de los mayores ejemplos de represión institucional de todo aquel turbulento periodo. 20 personas murieron en el pueblo gaditano de Casas Viejas durante una insurrección de anarquistas en enero de 1933. Entre las víctimas 14 anarquistas de la localidad, que fueron ajusticiados por unas tropas mandadas por el capitán Manuel Rojas; dos guardias civiles y un guardia de asalto. El caso Casas Viejas provocó ríos de tinta en los periódicos, fue motivo de acalorados debates parlamentarios y se mantuvo en la memoria popular durante décadas como sinónimo de los pretendidos desmanes de la República y del carácter de "monstruo" de su principal dirigente, Manuel Azaña.
Un periodista del Diario de Cádiz, Tano Ramos, ha dedicado cinco años de investigación a despejar las numerosas incógnitas y, sobre todo, a descubrir las grandes mentiras que se escondieron en los dos juicios sobre el caso, celebrados en la audiencia gaditana en 1934 y en 1935. "Existían muchas lagunas historiográficas, a pesar de la trascendencia política y judicial de Casas Viejas", comenta este periodista especializado en tribunales que se reconoce tímido y sorprendido por haber recibido uno de los premios de ensayo más prestigiosos de España, el Comillas de Historia, Biografía y Memorias que organiza la editorial Tusquets. "Entre las lagunas la más fundamental se refería a que el sumario del caso había desaparecido y solo pude conseguir una copia a través de la hija de Andrés López Gálvez, uno de los abogados de la acusación particular".
A lo largo de la elaboración del libro El caso Casas Viejas. Crónica de una insidia Ramos descubrió que "era absolutamente falsa esa leyenda de que Azaña no había comparecido como testigo". "También pude averiguar que algunos de los defensores del capitán Rojas participaron en un complot para asesinar a Azaña, que había sido primer ministro y ministro de la Guerra en el periodo 1931 y 1933 y que en el momento de los juicios militaba en la oposición. Asimismo, he podido desmontar aquella teoría de que Azaña había ordenado que se sofocara la rebelión anarquista de Casas Viejas con tiros en la barriga a los sublevados. Las órdenes las dio el capitán Rojas, que fue finalmente condenado".
Crónica de crónicas
Define el autor su libro como una crónica de crónicas, ya que ha reconstruido los juicios a partir de las informaciones periodísticas sobre el caso que ocuparon a todos los medios de comunicación, tanto locales como nacionales, dentro de un clima de gran expectación. Llegaron afamados reporteros de Madrid e incluso novelistas de éxito como Ramón J. Sender quisieron también aportar sus relatos o, mejor habría que decir, sus interpretaciones, muy alejadas de la realidad, en opinión de Ramos. "El caso Casas Viejas", explica, "es la historia de una inmensa manipulación periodística, de mentiras mil veces repetidas que terminan por convertirse en verdades con el paso del tiempo. En esa operación que pretendía linchar moralmente a Azaña y desprestigiar a la República coincidieron tanto la extrema derecha como los anarquistas en una curiosa pinza".
Cuenta Ramos que "mientras órganos ligados a la CNT, como La Tierra, pecaron de cerrazón ideológica y de confusión de la información con la propaganda, los medios derechistas, con el monárquico Abc a la cabeza, sabían lo que estaba pasando y mintieron de forma descarada por intereses políticos". "En medio, la prensa republicana moderada se vio impotente y desbordada para arrojar luz sobre aquella matanza".
¿Cuál fue el error de Azaña? "El error de Azaña", responde Ramos sin dudar, "fue no acabar de creerse la crueldad de la masacre de Casas Viejas". "Una vez sale de su incredulidad envía a un militar y a un magistrado para que preparan sendos informes y aclaren lo sucedido. Azaña nunca entorpeció, sino todo lo contrario, la investigación".
Es consciente el autor premiado de que su libro representa una obra de historia escrita por un periodista y de que los historiadores profesionales suelen pensar más en sus colegas a la hora de escribir que en los lectores. El esfuerzo ha merecido la pena y Ramos se embarcará en otros proyectos literarios similares. "De todos modos me alegra recibir felicitaciones de gente interesada en el periodo republicano que me confiesa que, por primera vez, se ha investigado a fondo un caso que pervivió incluso durante la dictadura, alentado por el odio de los franquistas y de los anarquistas a Azaña".

luns, 28 de decembro de 2009

El tesoro fotográfico de Casas Viejas


Un libro se adentra en la historia y el presente de Benalup con imágenes

PEDRO ESPINOSA - El País- 27/12/2009

Cinco rutas mueven al visitante por Benalup (Cádiz). Las ha trazado en la guía Itinerarios por Casas Viejas el historiador Salustiano Gutiérrez, apasionado investigador de la historia de este municipio marcado por los sucesos ocurridos en 1933, cuando varios anarquistas fueron asesinados cuando se refugiaban en unas chozas. Este trabajo indaga en las secuelas de ese episodio, pero va más allá y sigue los monumentos, el agua, las plazas y las calles. La gran ayuda para este camino son las fotografías de Jerome R. Mintz, el antropólogo estadounidense que, durante los años sesenta, recorrió este municipio con su cámara para captar las esencias de la realidad española de posguerra.

El granadino Salustiano Gutiérrez lleva mucho tiempo empapándose de la historia de Benalup. Ha contactado con familiares de Mintz, ha recabado datos inéditos del archivo municipal de Medina Sidonia, municipio del que dependía Casas Viejas hasta 1991, y ha analizado actas capitulares.

Así ha dividido su estudio en cinco rutas. La última, es la más amplia. La dedica a seguir el rastro dejado por los conocidos como Sucesos de Casas Viejas. "Quiero poner mi granito de arena en ese proceso lento, costoso y tan dificultoso que pretende colocar, de una forma tranquila y normalizadora, estos hechos en el acervo histórico y cultural de Benalup", explica el autor.

El viaje propuesto por la Historia de la ciudad trata de desmontar tópicos. "No es cierto que lo que ocurrió fuera un accidente casual, que podía haber ocurrido en cualquier sitio. Es falso que no exista huella alguna sobre los sucesos, aunque sí es verdad que se ha intentado borrar. Y tampoco se ajusta a la verdad la visión propia del fatalismo andaluz que afirma que la mayoría de los 25 civiles muertos no habían tenido nada que ver con la proclamación del comunismo libertario y que su elección fuera fruto de la casualidad y la mala suerte", escribe Gutiérrez. Esta ruta comienza en la plazoleta del cuartel de la Guardia Civil, desde donde se observa el antiguo cementerio, el sindicato de oficios, o el lugar donde se situaba la choza de Seisdedos, la sede de la trágica jornada.

"El antídoto contra el olvido lo encontraremos en la cultura y la libertad", dice el autor. "Tenemos la obligación moral e histórica de difundir, divulgar y profundizar en aquellos hechos", añade. Y en esa reflexión cobran sentido las imágenes tomadas por Mintz durante los años pasados en Benalup, cuando el antropólogo estadounidense se adentró en la vida cotidiana de esos ciudadanos. Llegó a tomar más de 6.000 imágenes. Algunas ven la luz por primera vez en este libro. Su cámara tomó las costumbres de los vecinos, sus quehaceres rutinarios y repasó elementos fundamentales de su historia y su morfología, como la cueva de las mujeres o las pinturas rupestres de la sierra.

Salustiano Gutiérrez recorre en una de sus rutas el legado de los Sucesos de Casas Viejas, pero las otras cuatro indagan en aspectos más desconocidos pero cargados de interés. La primera conduce por los monumentos de la localidad gaditana. "La riqueza arqueológica de Benalup es impresionante, con restos que arrancan en el Neolítico", reza la guía. Mintz ilustró con conciencia los hallazgos en Sierra Momia.

También retrató la venta ambulante en la plaza del Pijo o la retirada de higos chumbos en la avenida Andalucía. Es la ruta por las plazas públicas, la más viva porque guía al visitante por los instantes más tradicionales y señeros de sus vecinos.

Otro camino se centra en la ruta del agua. "El pueblo antiguo se puede seguir por los manantiales de antes. También por sus fuentes", escribe el autor del libro. La última de las propuestas se para en las calles del casco antiguo, San Elías, San Francisco, San Juan. Las calles de siempre, el centro de siempre. El que retrató Mintz y el que sobrevive al peso del pasado.