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luns, 20 de xaneiro de 2014

Huérfanos de la RDA


En 2014 se cumplen 25 años de la caída del Muro y varios libros retratan la Alemania del Este
Berlín estrena un museo sobre la vida en la República democrática


Desde lo alto de la torre humeante, bajo una pertinaz lluvia, Babette Scurrell muestra las cicatrices del cuerpo de su ciudad, Dessau. Es un conjunto de manchas verdes, que en un amplio tramo conforman un corredor que recorre esta urbe del este de Alemania. Antes, en esos espacios, se erguían bloques de viviendas u otros edificios. La emigración y el envejecimiento de la población local subsecuentes a la caída del muro los dejaron vacíos y abandonados. Un programa federal se encarga, desde 2002, de derribarlos. En total, más de 200.000 viviendas han sido demolidas. En su lugar brotan espacios verdes. Pedazos enteros de la ciudad —de esta y de muchas otras— se han evaporado en la transición de esta sociedad al mundo libre.Pero en lo alto de la torre, el olor de otra era persiste.
En tiempos de la RDA, este complejo industrial era un ahumadero de productos cárnicos. La planta cesó su actividad hace casi un cuarto de siglo. Sin embargo, el inconfundible olor sigue penetrando las narices de aquellos que suben hasta la cumbre de la torre, como un insuprimible recordatorio de un tiempo pasado, pero no del todo desvanecido.
Scurrell, que ahora es investigadora de la fundación Bauhaus de Dessau, recuerda sus sentimientos en los días de la reunificación. Al contrario de lo que muchos occidentales tienden a pensar, no fue solo una oleada de euforia y felicidad. “Yo tuve un sentimiento de decepción. Soñé hasta el final con que podríamos encontrar una tercera vía entre el modelo capitalista y el socialista. Con la caída del muro tuve claro que simplemente se proyectaría sobre nosotros el sistema occidental”, dice.
Scurrell, que tiene 54 años, divide en tres fases el tiempo transcurrido desde entonces: “En primer lugar, fue mayoritario un sentimiento de esperanza y entusiasmo. Luego vino una fase de decepción. Y ahora una de estabilización”, en la que sin duda la buena coyuntura económica de Alemania simplifica los encajes, amortigua los golpes. La distancia, la serenidad, la estabilidad hacen que esta sea una época fértil y adecuada para la reflexión sobre la identidad de Alemania del Este, el legado de la RDA, su impronta sobre sus exciudadanos.
Como un síntoma de la oportunidad de esta época para la reflexión, varias obras ambientadas en el mundo de la RDA han llegado al mercado hispanohablante en los últimos meses. La novela En tiempos de luz menguante, de Eugen Ruge, editada por Anagrama; Algún día nos lo contaremos todo, también una novela, de Daniela Krien, publicada por Salamandra; En la ciudad del mañana, la correspondencia entre la escritora Brigitte Reimann y el arquitecto Hermann Henselmann (Errata Naturae), y la película Bárbara, de Christian Petzold.
Además, en Berlín, se inauguró a finales de noviembre un nuevo museo sobre la vida cotidiana en la RDA. El centro se suma a otro abierto, también en la capital, hace nueve años y que visitan medio de millón de personas cada año. Pero a diferencia de este, el nuevo museo es público, y tiene una inspiración más política.
“Los ciudadanos del Este se sintieron durante décadas alemanes de segunda. Creo que, después de la caída del muro, la mayoría de la gente se esforzó para abrazar el modelo occidental y convertirse lo más rápido posible en alemanes de verdad”, reflexiona Ruge, autor de En tiempos de luz menguante, en conversación telefónica desde Alemania. “Al principio, los ciudadanos del Este intentaron sobre todo olvidar. Alejarse. Pero, después de un tiempo, la gente ha empezado a reflexionar sobre su identidad, a mirar hacia sus raíces”.
“Después de la unión, naturalmente ha habido algo de decepción”, prosigue el escritor. “El Este tenía una imagen edulcorada del Oeste. La realidad nunca podría estar a la altura. Pero el retorno a las raíces no es solo por eso. Creo que es una cuestión de salud psicológica. Es una manera de confesar quién eres. En tiempos de luz menguante es mi confesión”, dice Ruge, quien tiene 59 años, y escapó de la RDA un año antes de la caída del muro gracias a una hábil y atrevida artimaña burocrática. Simuló ser invitado al Oeste por un hombre mayor que llevaba su mismo apellido, y que Ruge afirmó era un familiar suyo a punto de fallecer. La burocracia de la RDA no detectó el engaño.
En tiempos de luz menguante, que ganó en 2011 el Deutscher Buchpreis —prestigioso premio a la mejor novela en lengua alemana—, es la historia de una familia del Este a lo largo de varias generaciones. En contraluz, se vislumbra un amplio retrato de la RDA. La construcción narrativa de la saga de los Umnitzer y su relación con el entramado social en el que viven se entronca perfectamente en la corriente literaria que viaja desde los Buddenbrook de Thomas Mann hasta los Lamberts (Las correcciones) y los Berglund (Libertad) de Jonathan Franzen.
Identidad y legado de la RDA naturalmente provocan reflexiones de corte muy distinto. Un artículo del autor y periodista Stefan Berg publicado el pasado verano por Der Spiegel sostenía por ejemplo que el concepto de Alemania del Este ha muerto, y que es hora ya de redactar un obituario. Según Berg, ni la identificación con la RDA, ni con un más neutral concepto de Alemania del Este persisten de forma sensible; aunque permanezcan diferencias, argumenta, la fractura entre las dos partes de Alemania se ha recompuesto.
Pero, a nivel individual, en la calle, no es infrecuente detectar, incluso en jóvenes que no conocieron la RDA, cierto sentimiento de identificación con el Este. Estudiantes universitarios inscritos en Facultades del Oeste sostienen a menudo que sí perciben todavía que algo los diferencia de sus compañeros occidentales.
Y en el segmento demográfico más adulto, una de las diferencias más evidentes es, quizá, el apego al modelo. En Dessau, Philipp Oswalt, director de la fundación Bauhaus, observa que es inevitable que al “haberse proyectado sobre el Este el sistema occidental”, el “nivel de adhesión al sistema sea inferior”. No se trata de rechazo —pese a temores de tiempos pasados, las opciones políticas radicales no han prosperado—, pero sí de una mayor distancia, escepticismo, frialdad.
La fundación Bauhaus ha trabajado en un interesante proyecto para asegurar la sostenibilidad de las localidades del Este que se siguen encogiendo debido a la despoblación subsecuente a la unión, al colapso del tejido industrial local. A escasa distancia de Dessau, en Wolfen, queda un auténtico monumento de la desindustrialización y de lo que representa en términos sociales, económicos y culturales: ORWO. Es la fábrica de películas que originariamente se llamaba AGFA. Tras la guerra, la rama occidental mantuvo el nombre AGFA; la planta original, la de Wolfen, siguió con la marca ORWO. Abasteció de películas, cámaras y videocámaras a gran parte del Pacto de Varsovia; dio trabajo durante décadas a decenas de miles de personas; pasó de centro productivo a museo en un santiamén.
Oswalt, que es del Oeste, habla en el despacho contiguo al que utilizaba Walter Gropius en el magnífico edificio de la escuela en Dessau. Aquí trabajaron Klee y Kandinsky. Dessau cuenta con un teatro importante, historia, pero al igual que anodinas urbes de sus alrededores surgidas cerca de polígonos industriales, sufre una despoblación y un envejecimiento que cuestionan su vitalidad, su futuro, su identidad. La libertad y la mejora de los estándares de vida logrados en el Este tras la caída del muro no impiden que amplias áreas de este territorio pierdan vidas a raudales y que el grado de adhesión al sistema sea inferior que en el Oeste.
La distancia del modelo actual, por supuesto, no es nostalgia del anterior. “Puede que hubiera un momento en el que algunos sintieran nostalgia, pero creo que ese sentimiento ya no existe o es absolutamente minoritario”, observa Scurrell. Evaporado el entusiasmo inicial, desvanecida la nostalgia, el horizonte está ahora más despejado para evaluar con lucidez el pasado y sus consecuencias.
Las obras traducidas recientemente al castellano facilitan un acercamiento a ese proceso. La correspondencia entre Reimann y Henselmann, por ejemplo, es un interesante documento de los anhelos, ideales y frustraciones de dos destacados representantes del experimento político-social de la RDA. Henselmann fue el arquitecto de mayor renombre del país; Reimann, una de sus más brillantes escritoras.
Daniela Krien, de 38 años, sitúa su novela Algún día nos lo contaremos todo en una localidad rural del Este en los primeros compases de la reunificación. Aunque los rasgos intimistas predominen en la textura literaria de la novela, la historia irrumpe poderosa a menudo, rasgando el velo emocional del relato.
Bárbara, en cambio, la película de Christian Petzold, encara de lleno las miserias del régimen de la RDA. El filme reconstruye con notable intensidad el sentimiento de opresión propio de la vida bajo un régimen. El simple ruido de un coche que se acerca de noche a la vivienda de alguien que ha manifestado de manera demasiado explícita su disenso da escalofríos. Promete sufrimiento, opresión. “Ninguna otra película sobre Alemania del Este en los últimos 20 años me ha emocionado tanto como esta”, escribió un corresponsal —alemán del Este— en Berlín del semanario The Economist.
Y el nuevo museo de Berlín —estructurado en cuatro secciones: Dominación y vida cotidiana, El colectivo y el individuo, Consumo y carencias y Repliegue y resurgimiento— ofrece nuevos estímulos para una reflexión muy oportuna en la era de la vigilancia total.
No es casualidad que la sociedad —y la política— alemana destaque entre aquellas que con mayor vigor están rechazando las prácticas de vigilancia y espionaje masivos desveladas por los documentos filtrados por el excontratista de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos Edward Snowden. Medio siglo de vida bajo —o cerca— de la STASI deja su rastro.
Tampoco es casualidad que varios de los protagonistas del extraordinario episodio de filtración de documentos secretos hayan decidido trasladarse a vivir a Alemania, donde se sienten más seguros que en países con historiales democráticos más amplios como Reino Unido y, obviamente, Estados Unidos. En estos templos de la democracia y el respeto del derecho, la defensa de la seguridad se ha impuesto tanto sobre las libertades individuales y colectivas que el diario The Guardian está siendo sometido a poco menos que una persecución por publicar informaciones sobre las praxis del espionaje. Los parlamentarios británicos preguntaron a su director, Alan Rusbridger, si amaba a su país; los alemanes maniobran para que Snowden declare sobre las prácticas de la NSA.
Así, Sarah Harrison, mano derecha de Julian Assange en Wikileaks que ayudó a Snowden en su huida de Hong Kong a Rusia y en su posterior búsqueda de asilo, abandonó Londres por Berlín, donde se siente más segura. En Alemania también viven Laura Poitras, la documentalista estadounidense que fue la primera en entrar en contacto con Snowden; y Jacob Appelbaum, un hacker que facilitó las comunicaciones encriptadas entre el filtrador y los divulgadores.
Significativamente, el nuevo museo de Berlín no tiene una sección específica sobre la Stasi. “No le dedicamos una sección especial porque estaba presente en cada minuto de la vida cotidiana”, comentó Mike Lukash, director del museo, a Enrique Müller, colaborador de este diario en Berlín. La sensación cada vez más inquietante es que la NSA también lo está.
Los anticuerpos desarrollados bajo el yugo de una dictadura pueden ser muy útiles. Los músculos atrofiados durante décadas de vida económica y social bajo un sistema fallido y —a veces— cruel no se recuperan del todo y con facilidad pese a las atenciones de un poderoso y rico hermano. Estas circunstancias siguen marcando, de alguna manera, aunque sea ya suavemente, el este de Alemania, el indiscutido titán de la Europa actual.
El olor en la cima de la torre de Dessau ya no intoxica; tampoco se ha desvanecido. Es un buen momento para reflexionar sobre su identidad, legado y consecuencias en el cuerpo del gigante que lidera el continente.
En tiempos de luz menguante. Novela de una familia. Eugen Ruge. Traducción de Richard Gross. Anagrama. Barcelona, 2013. 394 páginas. 19,90 euros (electrónico, 15,99). Algún día nos lo contaremos todo. Daniela Krien. Traducción de María José Díez Pérez. Salamandra. Barcelona, 2013. 188 páginas. 15 euros. En la ciudad del mañana. Correspondencia. Brigitte Reimann y Hermann Henselmann. Traducción de Ibon Zubiaur. Errata Naturae. Madrid, 2013. 173 páginas. 16,90 euros.

xoves, 11 de abril de 2013

Alemania impulsa el enjuiciamiento de criminales de guerra nazis


El centro Simon Wiesenthal incluye nuevos sospechosos en su lista de los más buscados

La Oficina Central para el esclarecimiento de los crímenes nacionalsocialistas de Alemania, con sede en Ludwigsburg, ha anunciado la apertura de diligencias previas contra colaboradores del Holocausto que todavía viven en libertad en el país. Se trata de vigilantes del infame complejo de campos de concentración de Auschwitz, en la Polonia ocupada por los nazis alemanes. Allí murieron asesinadas alrededor de 1,3 millones de personas, en su mayoría judíos, pero también decenas de miles de civiles polacos y de gitanos europeos. En su cualidad de guardias en aquella fábrica de matar, los 50 sospechosos serán acusados de complicidad en miles de asesinatos. La mayoría son ciudadanos alemanes. Viven dispersos por el país y tienen una media de 90 años de edad. El delito de asesinato no prescribe en Alemania.
Al mismo tiempo, el centro Simon Wiesenthal de Los Ángeles ha introducido dos nombres nuevos en su lista de criminales de guerra nazis más buscados. Hans (o Antanas) Lipschis y Theodor Szehinskyj militaron en la Tercera División de la SS, conocida por su emblema de la calavera y porque estuvo compuesta por guardias de campos de concentración. Lipschis ocupa el cuarto lugar en la lista. Fue vigilante en el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Después escapó a Estados Unidos, desde donde lo extraditaron a Alemania hace 30 años. Szehinskyj, por su parte, sigue en Estados Unidos. Sustituyen en la lista a Károly (Charles) Zentai, cuya extradición a Hungría fue denegada por los jueces de Australia, y a Klaas Carel Faber, asesino confeso de judíos que murió de viejo el pasado mayo. El centro Simon Wiesenthal, que se dedica a buscar e identificar a criminales nazis, calificó además de “muy buenos” los esfuerzos estadounidenses para el esclarecimiento de los crímenes de la II Guerra Mundial. Alemania, dicen, lo está haciendo “bien”. En cambio, los países bálticos, Australia y Austria (la cuna de Hitler) suspenden.
El fiscal Kurt Schrimm tendrá en cuenta la jurisprudencia sentada por el juicio al criminal de guerra John Demjanjuk. Fue condenado en 2011 a cinco años de cárcel por su complicidad en 28.000 asesinatos cuando era guardia del campo de exterminio de Sobibor, en 1943. Demjanjuk  no cumplió su pena y murió unos meses después de escuchar el fallo del tribunal de Múnich que había solicitado su extradición desde Estados Unidos. Publicó un escrito donde se negaba a reconocer la autoridad para juzgar los hechos a los tribunales alemanes, puesto que, decía, la República Federal es “sucesora del III Reich”. Sus abogados recurrieron la condena, pero murió antes de que concluyera el proceso.
Estos días se cumplen 50 años desde que la Oficina para el esclarecimiento de los crímenes nazis instruyera el primero de los llamados Procesos de Auschwitz en Fráncfort. La Central de Ludwigsburg, una ciudad próxima a Stuttgart, ha iniciado unas 7.500 investigaciones desde su fundación en 1958. Ahora quieren ampliar sus pesquisas mediante la colaboración con autoridades de países sudamericanos. Muchos criminales nazis huyeron hasta América tras la derrota de Alemania. Según dijo el fiscal Schrimm al diario de Múnich Süddeutsche Zeitung, “la colaboración con Brasil es prometedora”.

xoves, 14 de marzo de 2013

La fotografía que bajó a la calle


La exposición 'Sospechosos' reúne a los profesionales que ofrecieron una nueva visión de la vida cotidiana del Berlín de entreguerras
Sasha Stone, Berlin, quartier juif 1928
El escritor Franz Hessel (1880-1941) teorizó en su libro Paseos por Berlín (1929) sobre el nacimiento de un nuevo tipo de urbanita, el flâneur, ese pequeñoburgués que podía permitirse caminar despreocupado por la ciudad y descubrir, con una nueva mirada, rincones antes inadvertidos. En esa manera distinta de percibir la metrópoli fue clave el papel de la fotografía. La galería madrileña Casa Sin Fin (que lleva poco más de un año en esa cuesta del arte que es la calle del Doctor Fourquet) ha recuperado fotos de aquellos profesionales —que dieron un giro a su oficio en el Berlín de entreguerras— para su exposición Sospechosos. Flâneur en Berlín, título que procede de uno de los capítulos de la obra de Hessel. Al fin y al cabo, un tipo que deambulaba despacio por la ciudad mientras todos a su alrededor caminaban deprisa era sospechoso a ojos de sus paisanos.
En la muestra de Casa Sin Fin hay instantáneas de fotógrafos como Friedrich Seidenstücker, con sus tomas cenitales de berlineses en los cafés de la capital y de momentos cotidianos sin importancia; las de la pareja Sasha y Cami Stone; las fotos de industrias que realizó Paul Wolff o el fotolibro Berlín, del refinado Mario Bucovich. "Para estos profesionales, la ciudad era un organismo vivo", dice Julián Rodríguez, comisario de la exposición junto a Irene Antón. "Ellos contaron cómo se estaba transformando una sociedad que parecía vivir la belle époque de París diez años después".
El trabajo de estos reporteros quedó reflejado en un libro célebre, Menschen auf der Strasse (Gente en la calle, 1931) de J. Engelhorns Nachf, en el que expresaban la máxima de Hessel: "Conceded a la ciudad un poco de vuestro amor por el paisaje", como escribió el padre del recientemente fallecido Stéphane Hessel.
República de Weimar
Los fotógrafos de esos últimos años de la República de Weimar publicaron en las mismas revistas, viajaron por Europa y "catalizaron un momento especial en la técnica de la fotografía y en la historia de su país", señala Rodríguez. Sin embargo, su suerte fue dispar, mientras Seidenstücker (1882-1966) "era reconocido y trabajó para instituciones", Peter Weller (1868-1940) tuvo gran éxito con su estudio berlinés al que acudieron a aprender de él, entre otros, Robert Capa. Wolff (1887-1951), difusor de las nuevas maravillas de la máquina Leica, se ocupó de la foto fija de las películas propagandísticas de la cineasta Leni Riefenstahl y Mario Bucovich (1884-1950) se hizo popular por retratar a las estrellas del cine alemán.
Distinta fue la situación del matrimonio Cami y Sasha Stone (uno de cuyos fotolibros también se expone) por su ideología antinazi. En el caso de Erika Groth-Schmachtenberger (1906-1992), los seguidores de Hitler usaron sus series Trabajos en el campo y Usos y costumbres para idealizar la raza aria.
El tornado de la guerra mundial provocó que la obra de algunos de ellos se destruyera o dispersara. "Lo que hizo el matrimonio Stone está aún por descubrir", destaca Rodríguez: Cami (1898-1975) fue una de las pioneras del fotoperiodismo y de la nueva fotografía publicitaria. La vida de su esposo, Sasha (1895-1939), merece una película: nació en San Petersburgo, se marchó a Nueva York, estudió escultura en París y Berlín, fue conocido por sus retratos de desnudos femeninos y murió cuando intentaba huir de la guerra para escapar a EE UU. Seidenstücker "está cobrando cada vez más valor" por su obra sobre el Berlín en ruinas.
El legado de estos fotógrafos fue enseñar el nuevo escenario berlinés, la luz de una ciudad que, como dijo Hessel, "estaba en el trance de convertirse en algo diferente".

xoves, 17 de xaneiro de 2013

Un juicio surgido de la Guerra Fría


Alemania procesa a un matrimonio por espiar para Rusia durante 23 años
Putin, exoficial de la KGB, se negó a canjearlos con Berlín por otros agentes
Durante 23 años, Andreas y Heidrun Anschlag llevaron en Alemania una apacible vida de matrimonio de clase media acomodada. Se ha difundido la foto de un cincuentón de pelo corto, cara rellena y expresión inofensiva que eligió marrones diversos para su camisa, chaqueta y corbata: el aspecto de un tipo cualquiera que podría ser tu médico, el pequeño empresario que te vendió el coche o, por qué no, el ingeniero industrial que le sirvió de tapadera para su identidad falsa. Ni siquiera su hija de 20 años, estudiante de medicina en Marburgo, sospechó que los Anschlag eran espías del KGB.
El juicio por espionaje contra el matrimonio, que ha empezado hoy, es uno de los procesos más llamativos desde la caída del Muro de Berlín en 1989. Los acusados callaron en la primera vista, en la que se limitaron a asentir cuando les preguntaron si están de acuerdo en que se dirijan a ellos por sus seudónimos alemanes.
Andreas Anschlag, que según sus papeles falsos tiene 53 años, se llama quizá Sascha Rost. Se cree que su mujer Heidrun (47 años en su pasaporte) podría llamarse Olga. Sentados en el banquillo de un tribunal de Stuttgart, están acusados de espiar para el servicio secreto soviético KGB y su organización heredera rusa SWR. Durante un cuarto de siglo enviaron a Moscú informaciones secretas sobre Alemania, la Unión Europea y la OTAN. A cambio percibían más de 100.000 euros anuales con los que mantenían la fachada familiar de ingeniero y ama de casa. Eran ilegales, es decir, espías de profesión.
Una doble operación de la unidad policial de élite GSG9 terminó en octubre de 2011 con la doble vida de los Anschlag. A las tres de la mañana arrancaron a Andreas (nombre en clave: Pit) de su cama en una casa de Balingen, 70 kilómetros al sur de Stuttgart (en el suroeste de Alemania). Otro grupo de agentes armados asaltó tres horas más tarde la residencia familiar en Marburg, a unos 90 kilómetros al norte de Fráncfort. En ese preciso momento, Heidrun (nombre en clave: Tina) estaba sintonizando la radio de onda corta que, conectada a un ordenador portátil y a un aparato de cifrado, le servía para contactar con Moscú una o dos veces por semana. Según el dominical del Frankfurter Allgemeine (FAS), el sistema disimulaba la comunicación en una especie de ruidos irreconocibles. Cuenta el rotativo que los policías encontraron en Marburgo “una buena cantidad de dinero” en divisas extranjeras y documentos secretos.
A principios de 2012, dos agentes alemanes trataron de negociar con los rusos un intercambio de espías como los que durante la Guerra Fría se organizaban sobre el puente de Gleinicke, que unía Berlín Occidental con la República Democrática Alemana. Moscú tardó mucho en responder, demasiado. Se cree que una decisión así necesita el visto bueno del entonces primer ministro ruso, el actual presidente de Rusia, Vladímir Putin, oficial de la KGB en Dresde entre 1985 y 1990. A cambio de los Anschlag, Alemania pedía la liberación de espías occidentales. Verosímilmente la de un antiguo informador y oficial de los servicios secretos domésticos rusos (FSB) condenado a casi 20 años de cárcel. Se especula que a Putin, que fue director del FSB hace 15 años, le pareció un precio demasiado alto.
Así que la fiscalía alemana mantuvo la acusación contra los Anschlag, que ahora enfrentan una condena comparativamente suave: la pena máxima es de 10 años. El rechazo ruso al intercambio disgustó en los despachos del servicio secreto alemán BND. Invita a sospechar que hay más agentes ilegales en Alemania. Algunos expertos creían desaparecida esta actividad por costosa y complicada. El trabajo fragmentario de los Anschlag tiene sentido si forma parte de una red más amplia y compleja, cuyo mantenimiento exigiría decenas de millones de euros al año. No se sabe si existe tal red o si los Anschlag eran solo un residuo de la Guerra Fría.
Andreas, Sascha o Pit llegó a Alemania en 1988. Dijo que venía de México. Tenía un pasaporte austriaco fraudulento según el cual había nacido en Argentina en 1959. Heidrun, Olga o Tina llegaría dos años después: también con papeles falsos austriacos, nacida supuestamente en Lima en 1965. Se casaron en 1990, el mismo año en el que Andreas se matriculó en la universidad de Aquisgrán para estudiar ingeniería. Contaban que su acento extranjero era “español” y que se debía a su juventud en América Latina. Él terminó los estudios en 1998 y empezó a trabajar en empresas de automóviles. No le admitieron en ninguno de los cada vez más prósperos consorcios alemanes de armamento para los que se postuló. Pero mediante su participación en organizaciones relacionadas con Defensa y próximas a la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y al partido liberal FDP, el falso Anschlag enviaba a Rusia perfiles de funcionarios y políticos susceptibles de ser comprados o espiados.
Contactaban con el Kremlin por satélite, radio o, en los últimos tiempos, mediante participaciones cifradas de Heidrun en foros de Internet, como los del portal de vídeos YouTube. Su pseudónimo online: Alpenkuh 1, es decir, Vaca de Los Alpes 1. Los Anschlag estaban preparando su salida de Alemania cuando los detectaron los servicios secretos de EE UU y alertaron a los alemanes.