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mércores, 19 de marzo de 2014

Sebastià Piera, un comunista del siglo XX


El soldado de Pandora -como lo definió en Ricard Vinyes en su biografía- combatió desde el primer día y siguió haciéndolo con el Ejército Rojo hasta la derrota del nazi-fascismo
Andreu Mayayo 11/03/2014 - eldiario.es

En un descanso del IX (y último) Congreso del PSUC, celebrado el 10 de mayo de 1997, Gregorio López Raimundo y Sebastià Piera discutían mucho con voz firme ante la mirada atónita de Víctor (Napoleón Figuerola). Los tres eran miembros de Honor del Comité Central de un partido que habían visto nacer y que marcó para siempre sus vidas. Los tres formaban parte de aquella generación alfabetizada políticamente por la II República y que no dudó en defenderla con cuerpo y alma desde las filas de las Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña. Los tres participaron activamente en la resistencia antifranquista, y el torturador Creix les dejó su huella en la parálisis facial de Piera y en el rictus de la sonrisa de López Raimundo (Víctor fue el único que no cayó nunca en manos de la policía). Para los tres su religión fue el comunismo y su iglesia el Partido.
Hijo de maestros y con acento de catalán occidental que nunca perdió, Sebastià Piera nació el día de los Inocentes del año de la Revolución bolchevique. La guerra truncó sus estudios de Derecho y su preparación en la Escuela de Administración de la Generalitat. El soldado de Pandora -como lo definió en Ricard Vinyes en su biografía- combatió desde el primer día y siguió haciéndolo con el Ejército Rojo hasta la derrota del nazi-fascismo. En 1947 volvió a Cataluña para incorporarse a la resistencia. Tres meses después era detenido y torturado brutalmente pero salvó la piel, a diferencia de Joaquim Puig i Pidemunt, Àngel Carrero, Pedro Valverde y el joven Numen Maestros. Sin embargo, su peor condena fue la exclusión del Partido por la sospecha, esparcida por los infiltrados de la policía, que había sido un delator.
A pesar de su destierro del Partido fue deportado por las autoridades francesas a Córcega en 1951, de la que no podría salir hasta 1965, año en que el nuevo Secretario General de PSUC, Gregorio López Raimundo, accedía a revisar su caso y a aceptarlo de nuevo como militante del Partido. Un militante que defendería la Primavera de Praga y condenaría, sin rodeos, la invasión del Ejército Rojo, del que había sido un miembro destacado.
A pesar de la distancia, Piera vivió con pasión la Transición a la democracia en España y apoyó a López Raimundo y al Guti ante la escisión promovida por sus viejos compañeros Pere Ardiaca y José Serradell. Asimismo, dio el paso del PSUC a Iniciativa sin hacer ningún tipo de aspavientos. Piera había sido comorerista, estalinista, eurocomunista, ecologista y lo que la mayoría del partido decidiera. Era un persona de criterio y de convicciones profundas pero, sobre todo, de una lealtad absoluta al Partido y a sus compañeros.
Aquel 10 de mayo de 1997, en la sala de actos del INEF de Barcelona, Sebastià Piera le paró los pies a Gregorio López Raimundo cuando éste lo invitaba a resucitar el PSUC. "Esta vez no te seguiré, Gregorio", le dijo Piera, y remachó diciéndole "y, además, te equivocas". Sebastià Piera apostó para enterrar al PSUC (¡claro que le hubiera gustado un funeral más solemne!) y dejó volar Iniciativa per Catalunya sin ningún tipo de reparo ni tutela.
En la vida larga y convulsa de Sebastià Piera lo peor que le tocó vivir fue la desconfianza de sus compañeros de partido y, en estos últimos años, la ausencia de Trinitat Revoltó, una mujer extraordinaria, nacida en el Ermita de la Santíssima Trinitat de l'Espluga de Francolí dos años antes de que Sebastián, y su pareja inseparable desde que se casaron en Moscú el 11 de febrero de 1945, decididos a emprender una luna de miel atravesando media Europa hasta llegar a Francia para incorporarse a la lucha antifranquista.
El azar ha querido que en Sebastià Piera nos haya dejado un 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en honor, por supuesto, de aquella costurera que puso hilo a la aguja de su vida setenta años atrás en la escuela de cuadros del Partido en Nagormaia, en las afueras de Moscú. Después de 96 años, nuestro gran Napoleón (con permiso de Víctor) descansa en paz en Ajaccio.

domingo, 16 de marzo de 2014

La posguerra del héroe cotidiano


Almudena Grandes recrea la supervivencia de las republicanas en el Madrid de la posguerra
‘Las tres bodas de Manolita’ destapa los trabajos forzados de menores por órdenes religiosas

Muchos años después Almudena Grandes (Madrid, 1960) volvió al Valle de los Caídos para experimentar cómo el lugar casi neutro de la infancia se había tornado sombrío. “De pequeña veraneaba en Becerril de la Sierra y fui varias veces porque era la típica excursión que hacías con las visitas. Ahora, como experiencia estética, no transmite absolutamente nada, pero además de muy feo tiene una presencia siniestra”.
Para escribir Las tres bodas de Manolita (Tusquets), la tercera entrega de su ambicioso proyecto literario sobre la guerra y la posguerra (Episodios de una guerra interminable), regresó sola en varias ocasiones con el propósito de documentarse sobre el lugar donde culmina la novela. En los años cuarenta el espacio era conocido como Cuelgamuros, el campo de trabajos forzados que los republicanos recibían como un destino de gracia después de haber sobrevivido a alguna calamitosa cárcel del régimen.
Grandes ha cambiado el campo abierto de los guerrilleros por los mundos confinados de los presos. Y también el perfil de sus protagonistas: de resistentes armados y quijotescos como los invasores del valle de Arán (Inés y la alegría) o los maquis de las sierras de Jaén (El lector de Julio Verne) a héroes del montón, como Manolita Perales, una chica corriente que aspira a tener un marido al que llevarle la comida a diario, una tibia a quien la vida enfría y recalienta sucesivamente, una alérgica al compromiso que acaba enredada entre la oposición comunista que se está fraguando en el Madrid posbélico.
Manolita, ni guapa ni fea; ni valiente ni cobarde; ni lumbrera ni tonta, se encuentra en abril de 1939 con algo peor que perder una guerra: perder la inocencia y convertirse en la madre de cuatro hermanos pequeños y único puntal de los presos de la familia con 16 años. “Los personajes que me gustan son los supervivientes, ni héroes ni villanos. Esta es una historia de resistencia ligada a la vida cotidiana. La felicidad era una manera de resistir y desafiar al régimen. Los personajes son más pequeños y las redes son más pequeñas. Es también un homenaje a las mujeres de las colas de las cárceles, que fueron muy importantes en la creación de redes de resistencia”, explica la escritora poco antes de reencontrarse en Madrid con Isabel Perales y Alexis Mesón, seres reales de vidas increíbles (donde se mezcla la crudeza con la aventura) que ella ha incorporado a su ficción.
Alexis Mesón Doña guardó muchas colas. “En la novela están exactamente como fueron en realidad. Cada muerte era la de todos y cada alegría, también”. Su padre, Eugenio Mesón, permaneció en la prisión de Porlier hasta que fue fusilado en el cementerio del Este en 1941. Era secretario general de la JSU, cuya cúpula fue detenida por los golpistas de Casado, trasladada a una prisión valenciana y entregada a los vencedores a modo de morbosa ofrenda: los carceleros huyeron sin abrir las celdas. Su madre, Juana Doña, una de las presas más longevas (1939-41 y 1947-73), escribió en Querido Eugenio la microhistoria de aquellas esperas en las que se hacían amistades, se transmitían consignas y se contaban chistes.
En ese libro halló Almudena Grandes una historia “sucia y romántica a la vez” que se erigió en una de las piezas centrales de la novela: el verídico caso del cura de Porlier que cobraba sobornos (una tarifa fija en dinero, tabaco y pasteles) por permitir vis a vis con los presos a un ritmo regular que debió enriquecer a varias generaciones de su familia. “Desconocemos aún muchos episodios de la época. En 2002, cuando trabajaba en El corazón helado, yo creía, como la mayoría de los españoles, que sabía lo suficiente de la Guerra Civil. Me enganché a leer historia contemporánea durante diez años, de todas las épocas, bandos y géneros, fue un proceso íntimo, leía para aprender y comprender y no para documentarme y descubrí que no sabía nada”.
Isabel Perales, a la que conoció en un homenaje a los republicanos en Rivas en 2008, la obsequió con el relato de una vida que pedía a gritos una novela. En 1941 un decreto permitió que los hijos de presos republicanos pudiesen internarse en colegios religiosos. Isabel, que tenía 14 años, y su hermana Pilar ingresan en el colegio de Zabalbide, que pertenecía a la orden de los Ángeles Custodios. Mientras la pequeña sí es escolarizada, Isabel descubre que es rehén de una comunidad que esclaviza a las adolescentes para lavar a destajo la mantelería de buena parte de los restaurantes de Bilbao. “No habría podido escribir la novela sin su tenebrosa revelación de que en la España de la posguerra, los hijos de los presos —las niñas de Zabalbide al menos— estaban sometidos a un régimen de trabajos forzados para redimir las penas de sus padres, el pecado original de ser hijos de rojos”, expone la escritora en una nota al final de su obra.
En un encuentro en un hotel madrileño, hace pocas semanas, Isabel Perales, de 87 años, revivía aquellos días: “Tardé en salir a la calle y en bañarme dos años y medio. Teníamos piojos blancos en el cuerpo, aparte de los de la cabeza. Desayunábamos los posos del café que iban a recoger las niñas cada dos días al Arriaga”. En la novela están sus penalidades y sus salvavidas. En sus manos, solo las primeras. Con el tiempo Isabel entró a trabajar en el cine como doble y, más tarde, de sastra. Fundó la sección de cine de Comisiones Obreras. Cantó La Internacional en Rojos para Warren Beatty y trabajó en producciones con Sigourney Weaver, Alain Delon o Dustin Hoffman. Pero esto encajaría en otro argumento.
Hay otro personaje real sobre el que se asienta Las tres bodas de Manolita: Roberto Conesa, comisario franquista laureado en democracia que tuvo como alumno aventajado a Juan Antonio González Pacheco, Billy el Niño, torturador perseverante, ahora reclamado por la justicia argentina. Fue Conesa quien encarceló a Alexis Mesón en Barcelona en 1973. “Dirigió la operación para detener a un comité del FRAP, estuvo en los interrogatorios y me dio las primeras hostias. A camaradas de esa época los sometieron a torturas similares a las de los años cuarenta. Pero cuando logras pasar de las palizas sin hablar y sabes que vas a ir a la cárcel aumenta la autoestima de saber que no han podido doblegarte ni humillarte”, reflexiona.
“Conesa es otro de esos casos en los que la ficción se supera por la realidad”, apunta Grandes. “Jugó siempre al límite. Fue muy listo. Se manchó las manos de sangre lo imprescindible. Su gran momento fue la Transición”, añade. “No voy a arremeter nunca contra la Transición frontalmente porque creo que hubo una generación que hizo lo que creía que tenía que hacer en un esfuerzo honesto, pero ese camino que debía llevar a alguna parte se ha desvirtuado. Fue un éxito institucional pero tiene una fragilidad congénita: España es la única democracia europea que no ha reprendido el fascismo y no tiene una política de memoria”.

sábado, 22 de febreiro de 2014

El día que Franco rozó la excomunión


El 24 de febrero de 1974 el obispo de Bilbao publicó una pastoral que llamaba al reconocimiento de la singularidad y la identidad cultural del pueblo vasco. El Gobierno de Arias Navarro le impuso arresto domiciliario y le 'invitó' a salir del país. Tarancón llegó a escribir una carta de excomunión a Franco y a todos sus ministros
ALEJANDRO TORRÚS Madrid 16/02/2014 publico.es
Monseñor Añoveros, 1974
Durante los últimos días del mes de febrero de 1974 la historia de la dictadura franquista y del Estado español pudo dar un giro radical, al menos, por unos días. Durante algunas horas el cardenal de Madrid, Tarancón, tuvo en su poder una carta de excomunión firmada contra todos los ministros de la dictadura; el presidente del Gobierno, Arias Navarro; y, por supuesto, el jefe del Estado, Francisco Franco. La carta debía ser entregada en la misma mano de Franco para que surtiera efecto. Sólo unas reuniones de última hora evitaron que se produjera "la catástrofe".
Según ha revelado una fuente bien informada del Palacio de El Pardo, esta reunión de última hora se produjo entre Tarancón y el dictador en la propia residencia del dictador. Franco, ya muy mayor, afirmó no saber nada de lo ocurrido días atrás ni de la intención de su Gobierno de expulsar al obispo de Bilbao por una homilía que, según el Gobierno, atentaba contra "la unidad de España". Y cuando tuvo conocimiento de lo que había sucedido, y de lo que pudo llegar a suceder, su excomunión, no daba crédito. Finalmente, todo quedó en un susto.
Esta historia de intrigas, reuniones secretas, llamadas a horas intempestivas y amenazas varias, comenzó con la homilía escrita por el obispo de Bilbao, Monseñor Añoveros, que debía leerse en todas las iglesias de su diócesis el domingo 24 de febrero de 1974. La homilía venía a decir que el Estado español debía respetar el "pluralismo social y cultural existente en el país". "La liberación de los pueblos y su desarrollo solidario dentro de la familia humana es también una exigencia de la universalidad o catolicidad del cristianismo", señalaba la homilía, que profundizaba aún más en el caso vasco:
"El pueblo vasco, lo mismo que los demás pueblos del Estado español, tiene el derecho de conservar su propia identidad, cultivando y desarrollando su patrimonio espiritual (...) Sin embargo, en las actuales circunstancias, el pueblo vasco tropieza con serios obstáculos para poder disfrutar de este derecho. El uso de la lengua vasca, tanto en la enseñanza en sus distintos niveles, como en los medios de comunicación está sometido a notorias restricciones. Las diversas manifestaciones culturales se hallan también sometidas a un discriminado control", denunciaba la homilía escrita por el obispo Añoveros, quien había actuado como voluntario en la Guerra Civil como capellán de un Tercio de Requetés.
El texto fue interpretado por el presidente del Gobierno, Arias Navarro, y su núcleo duro de ministros como un "ataque a la unidad de España" y contra "las leyes fundamentales del reino" por lo que el obispo Bilbao quedó desde el miércoles 27 de febrero bajo arresto domiciliario. Así se lo comunicó el propio obispo de Bilbao al presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal Tarancón, en una llamada telefónica recogida en las memorias del cardenal: "El jefe de la policía, en nombre del ministro de la Gobernación, ha venido a verme para darme la orden de que quedo detenido en casa. También han dado la misma orden al vicario de Pastoral, Ubieta".
La amenaza del destierro
El conflicto ya había estallado. El Gobierno estaba que echaba chispas por la homilía pronunciada en Euskadi y la primera consecuencia había sido el arrestado domiciliario del obispo. No sería la única. El ministro de Justicia acudiría esa misma tarde a visitar a Tarancón en su domicilio con la intención de que el cardenal forzara la salida del país de Añoveros con destino a Roma. "Puede hacerlo con la excusa de que vaya a informar sobre lo sucedido", le dice el ministro de Justicia, Francisco Ruiz, a Tarancón. Esa mista tarde, el ministro de Asuntos Exteriores se reuniría con el nuncio monseñor Dadaglio para exponerle exactamente lo mismo: Añoveros debía salir de España en dirección a Roma y permanecer fuera de España un plazo de entre "diez y doce meses" y "jamás regresar a Bilbao".
Tarancón reprochó al ministro de Justicia la reclusión del obispo en su domicilio. "Los ánimos están muy exaltados en Bilbao, particularmente en los grupos de extrema derecha y en los ambientes militares. Sería una lástima que pasase cualquier cosa que todos pudiéramos lamentar", trató de justificar el ministro. "Luego se trata de un destierro. Usted que es magistrado y que ha sido Presidente del Tribunal Supremo sabe perfectamente lo que esto significa. Y no olvide que, por lo que veo, se trata de un destierro a un obispo sin la sentencia de un juez", contestó el cardenal a Ruiz
El Gobierno parecía estar "dispuesto a llegar hasta el final", incluido, afirma Tarancón, "la ruptura de relaciones con la Iglesia". Entre tanto, Tarancón, como recoge en sus memorias, publicadas por la editorial PPC, se preguntaba si Franco conocería este asunto: "No puedo creer que Franco esté al tanto. El Caudillo es mucho más listo y más sagaz para dejarse enredar por este incidente casi al final de su vida, a no ser, como aseguran algunos, que el Caudillo tenga ratos de casi inconsciencia y le hayan sorprendido en alguno de ellos", escribe el cardenal Tarancón.
La pena del destierro es la excomunión
El domingo 3 de marzo se desata la locura. El sacerdote Martín Descalzo, y ex director de Vida Nueva, telefonea a Tarancón y le informa que el Gobierno acaba de dar la orden de salida de España a monseñor Añoveros. Un avión le estaba en el aeropuerto. La siguiente llamada que recibe el cardenal procede del propio Añoveros, que le confirma que el jefe de la policía le ha dado orden por teléfono de que se prepare, porque le ha de acompañar dentro de media hora a un viaje al extranjero.
Añoveros, ni corto ni perezoso, contesta al jefe de Policía que, según el Derecho Canónico, hay excomunión para quienes impiden "la libertad de acción de un obispo" y que él no puede abandonar su diócesis sin "permiso del papa". Las cartas ya están sobre la mesa. El Gobierno ha declarado abiertamente su intención de expulsar al obispo y monseñor Añoveros no ha dudado en recordar que la consecuencia de esta acción es la excomunión.
Una vez llegados a este punto se recrudecen las llamadas desde la Santa Sede a la nunciatura de Madrid, del Gobierno a los obispos y de nunciatura a los ministros. El conflicto se estaba yendo de los manos y había que frenarlo porque las consecuencias podían ser muy graves tanto para el Estado franquista, que podría perder su principal pilar de apoyo, y para la Iglesia, que gracias al Concordato de 1953 gozaba de tantos privilegios en España.
Cumbre en El Pardo
Es ente punto donde el cardenal Tarancón se pregunta si Franco está al tanto de las consecuencias del conflicto. Él no tenía dudas de que Franco era más audaz que lo demostrado hasta ahora por su gobierno. De este modo, Tarancón acude a El Pardo para reunirse con el dictador por vía oficial. Sin embargo, no se le permite la entrada. El cardenal recurre entonces al capellán de El Pardo, monseñor Bular, para que le consiga un acceso extraoficial. Tarancón nunca aclaró públicamente en vida si consiguió acceder a Franco.
Una fuente presencial de esta visita de Tarancón al Pardo, cerca a ambas partes, da testimonio, sin embargo, del éxito de Tarancón en su propósito. "Tarancón se reunió con Franco. Le expuso que si continuaban en su propósito de expulsar al obispo tendrían que excomulgarlo a él y a todo su gobierno. Fue entonces cuando Franco afirmó que no sabía nada", señala esta fuente que prefiere mantenerse en el anonimato.
Acto seguido, Franco mantendría una reunión con Arias Navarro y el avión, que esperaba al obispo de Bilbao para su expulsión del país, desapareció del aeropuerto sin dejar rastro. El peligro de expulsión había desaparecido y, por extensión, la excomunión de Franco también. El conflicto continuaría varias semanas más en otro tono, con el problema del nacionalismo vasco entremedias y con acusaciones a la Iglesia vasca de pertenecer al entorno de ETA. Sin embargo, más reuniones y más conversaciones entre altos cargos de la Iglesia y del Estado apagarían el fuego por propia conveniencia.
"Eso a vosotros no os importa ya"
La versión facilitada a Público no es la única existente sobre cómo se resolvió este conflicto y cómo terminó la amenaza de excomunión a Franco. Santiago Calvo, quien fuera secretario particular del cardenal Marcelo González -Primado de España y arzobispo de Toledo de 1971 a 1993-, señaló en el año 2013, en declaraciones a Europa Press, que la reunión que consiguió desbloquear la situación fue la mantenida por el cardenal Marcelo y el propio Franco, de 28 minutos de duración, la mañana del 4 de marzo de 1973.
Sea como fuere, Franco consiguió evitar la excomunión y la ruptura de los acuerdos con la Santa Sede. Tarancón moriría en 1994 y dejaría siempre la incógnita de si llegó a reunirse con Franco para evitar su excomunión y de si llegó a mostrar a Franco la carta que tenía preparada para su excomunión. "Cada vez que le hemos preguntado al cardenal Tarancón si en aquella reunión tenía en el bolsillo la orden de excomunión al propio Franco, el cardenal nos miraba con una sonrisa y con su habitual aire socarrón contestaba: 'Eso a vosotros no os importa ya. Es algo que ya sucedió y que quedó atrás'", sentencian las fuentes contactadas por Público.

venres, 6 de decembro de 2013

La canción que le metió un gol al franquismo


Se cumplen 50 años del triunfo de la canción “Se’n va anar” en el Festival de la Canción del Mediterráneo
La pieza cantada por Raimon se convirtió en un fenómeno social y reivindicativo

La noche del 22 de septiembre de 1963 el Palacio de las Naciones de la Feria de Muestras de Barcelona acoge la final del V Festival del Mediterráneo, un certamen musical que ha nacido siguiendo el modelo de San Remo y que reune un conjunto de melodías de los países ribereños del Mediterráneo como Francia, Italia, Grecia, Israel, Mónaco, Argelia, y por supuesto España, el país organizador. El festival promovido por Radio Nacional cuenta con la colaboración de TVE como altavoz mediático. Entre las canciones finalistas una balada en catalán con el título de Se’n va anar y firmada por el poeta Josep Maria Andreu y el compositor Lleó Borrell que se alza con el triunfo por votación popular. Para Raimon, uno de los defensores de la canción junto con la cantante Salomé resultaba curioso que "en un festival donde se podían oír canciones en griego, hebreo, francés, italiano, turco o español, no se pudiera escuchar una canción cantada en catalán”.
La organización del festival ha admitido la composición en catalán junto a otras dos canciones en español como representantes de España. “Creo que ellos, los organizadores, no se imaginaban que la canción pudiera pasar a la final y mucho menos, ganar” recuerda Josep Maria Macip, director de la discográfica Edigsa, el sello que a trancas y barrancas ha conseguido vencer los obstáculos de la administración franquista y comenzar a publicar discos en catalán. Desde la editorial, se ve la oportunidad de oro que puede significar el festival para la difusión de esta nova cançó y la cultura catalana."Se trataba de utilizar los medios de comunicación que para nosotros eran inaccesibles como la televisión para dar a conocer una lengua y una realidad de país”, agrega.
“En esos momentos —afirma Raimon— había por parte del régimen, con Fraga Iribarne en el Ministerio de Información y Turismo, una voluntad de dar una imagen de flexibilización y sin duda pensaron que no pasaría nada que una canción en catalán participara en el Festival”. Pero el triunfo de Se’n va anar acabó convirtiéndose en el altavoz de una nueva canción cantada en catalán y que iba más allá de muchas de las melodías estereotipadas que se escuchaba en la radio”. Josep Maria Macip evoca todavía con emoción aquella aventura musical. “Tuvimos que luchar mucho para convencer a Raimon ya que como es lógico no se veía ni participando ni interpretando un tema que se salía de las canciones que él hacía como Al vent o Diguem no. Y el cantautor prosigue:  “A mí me convencieron con un argumento: si cantaba yo tendría un significado distinto la interpretación de esta canción en catalán que si lo hacía otro cantante”. Pero había un peaje a su participación.”Creo que ha sido la única vez en mi carrera profesional que he cantado con americana y corbata”.
Si las imágenes de Raimon grabadas para el No-Do nunca más se volverían a ver, sí que se puede ver a una jovencísima Salomé interpretando apasionadamente Se’n va anar. “Todavía recuerdo la gala final —relata la cantante— con el público puesto en pie aplaudiendo, sin duda a una canción en catalán, pero también a una balada que fundía maravillosamente lirismo y fuerza. La prueba de su calidad es que se hicieron muchas versiones de ella, entre ellas una de la cantante italiana Mina cantando en catalán”. Para Salomé el triunfo en el festival significó su definitiva profesionalización. “Pasé a cobrar hasta 30.000 pesetas por gala que en aquellos años era una cifra astronómica para un intérprete en España”.
“Como en otro momentos de la historia —explica Macip— hubo una movilización de la gente, resultaba curioso ver tanto profesor universitario y sacerdotes entre el patio de butacas del Palacio de las Naciones”. Raimon añade: “Recuerdo que estando entre bastidores uno de la organización comentó: 'como gane la canción en catalán, se jode el festival". Pero Se’n va anar acabaría venciendo para sorpresa de los administradores franquistas. En las ediciones posteriores Radio Nacional cambió el sistema de votación y nunca más volvería a ganar una canción en catalán.