Amosando publicacións coa etiqueta refuxiados republicanos. Amosar todas as publicacións
Amosando publicacións coa etiqueta refuxiados republicanos. Amosar todas as publicacións

venres, 23 de novembro de 2012

“Señor embajador, escribo a lápiz porque no tenemos tinta más que para el sobre”


Extractos de las cartas enviadas por los republicanos españoles solicitando asilo en México
"Es muy triste tener que esconderse como si uno fuera una mala persona y el único delito que tengo es haber defendido a la República española”, escribe desde París un exiliado en una carta dirigida el 4 de abril de 1939 a la Embajada de México solicitando asilo en este país. Como miles de compatriotas, la inmensa mayoría internados en campos de concentración del sur de Francia, los refugiados exponen en ellas el drama de la derrota, las precarias condiciones de vida en la que se encuentran, la pérdida de familiares y bienes y la imposibilidad de volver a la España de Franco donde solo les espera el cadalso. Gente de todos los oficios y profesiones, que relatan su desgracia, desde quienes no tienen “más tinta que para escribir el sobre” hasta el muchacho de 14 años que quiere emigrar “para ser un hombre y no un golfo”. Unos testimonios prácticamente inéditos a los que ha tenido acceso EL PAÍS y de los que hoy publica la segunda entrega.
» Carlos Sala Franqueza, 48 años, Alicante (Champs du Bigné). “Sr. Embajador: Mil perdones por escribirle con lápiz (...) No tenemos tinta más que para escribir el sobre, debido a que no disponemos de moneda francesa y la española no la quieren (...) Dentro de la desgracia, si es que esto lo es, he forjado una ilusión: poder ir a Méjico para ensayar el cultivo del arroz (...) Soy hijo de Pego, donde se cultiva el arroz bomba de tanta fama en España (…)”. (Ver página 1 de la carta | Página 2 | Página 3 | Página 4)
» Miguel Samitier Rodríguez, Campo 13 (Depósito de Intendencia de Saint Cyprien). “No quiero cansarle con mi narración, porque vd. sabrá positivamente qué son estos campos de Concentración. Privados de la libertad. Aquí estoy, sr. Cónsul, esperando el día feliz, que un país quiera recogerme. Mientras tanto espero esa gran felicidad, yo, sinceramente y sonrojándoseme la cara, le pido me envíe algún dinero para poder vestirme”. (Ver página 1 de la carta | Página 2)
» Francisco Seut Vidal, 57 años (Hospital de Greqier, Cotes du Nord). “Sin pensamiento de bolber a mi patria por allar e enbadida por el fascismo ya que alli nos espera la orca o el precidio, pido que semire aber si se me puede dar modo de vida en este pais o trasladarme para Mejico o Rusia ya que en dicho refugio me allo solo sin familia ninguna ya que no tengo la suerte de encontrar a mis 2 hijos que (...) se allan en algun campo de concentracion o refugio de Francia (sic)”. (Ver página 1 de la carta | Ver página 2)
» Conrado Álvarez, 14 años. “Muy señor mío: me perdonarás en que metome hesta poca de libertá, en pedirle un pasaporte para Méjico. Pues me encuentro solo y le agradecería mucho. Soy agustador en mecánica tengo 14 años. Pues uste vera, quiero ser un hombre i noser el dia de mañana un golfo. Perdoneme y agame este pequeño fabor (sic).” (Ver la carta)
MÁS INFORMACIÓN
» Victoriano Allende Simón. “Me encuentro en este campamento en condiciones de vida verdaderamente inhumanas, durmiendo en la arena al aire libre, sin cama ni techo alguno, como miles de españoles que nos hemos jugado la vida defendiendo la democracia del mundo en nuestro país y deseo salir cuanto antes para la gran nación mejicana”. (Ver la carta)
» Emilio Ruiz. “El campo de concentración, tal como lo han concebido y realizado los franceses, nos inspira poca confianza, por temer que Francia termine por entregar a Franco a los combatientes de la República (...) Elevamos a usted nuestra angustiada súplica”. (Ver página 1 de la carta | Página 2 | Página 3)
» Francisco Ramón Olivar. “Soy un pobre literato, sin otra arma que su pluma y otro ideal que el de expandir la cultura a las mentes de sus hermanos”. (Ver página 1 de la carta | Página 2 | Página 3 | Página 4)
» Laudelino Moreno, director general de Comercio en el primer bienio de la República. “Haber sido educado en un hogar laico y republicano, manteniéndose toda la vida, con palabras y actos, fiel a los ideales de Justicia social y de Libertad; no he servido ni serviré jamás a un régimen basado en otros principios: haber estado emigrado de España los tres últimos años de la Dictadura de Primo de Rivera y durante la de Berenguer tener nueve procesos por delitos contra el régimen monárquico, dos por la ley de Jurisdicciones”. (Ver página 1 de la carta | Página 2)
» Salvador Marín. “Nuestras mujeres, que no quisieran caer en manos de los traidores e invasores de España, sufren en los campos de concentración los rigores del tiempo, las vicisitudes propias del exilio y lo que es peor, el trato soez e indecente de la Gendarmería y senegaleses franceses. Compañeros nuestros han muerto de frío y de hambre…”. (Ver página 1 de la carta | Página 2)
» Remedios Manzanares Marlasca y Josefina González (Ambas de 21 años, de la Agrupación de Mujeres Antifascistas y Sindicalistas de la UGT). “Ambas tenemos el firme convencimiento de que nuestra convivencia con el fascismo es imposible y no estamos dispuestas a volver a España”. (Ver página 1 de la carta | Página 2)
» Emilio González. Comandante de Infantería. “Desgraciadamente los que solamente nos hemos dedicado desde pequeños a la carrera de las armas no servimos para otra profesión y por eso con toda franqueza expongo mi situación pues soy hombre curtido en la guerra pero que solo entiendo de esta y no puedo decir que voy a desempeñar otra profesión ni oficio que no entiendo”.
» Isaías de Haro. Profesor Mercantil. Funcionario del Ministerio de Trabajo (Campo de Saint Ciprien). “Soy hombre que jamás ha granjeado el favor del amigo y por consiguiente ni ahora ni nunca me he valido de buscar influencias para conseguir lo que siempre he considerado justo. Hoy que el tiempo ha pasado y que he visto que otros que posteriormente a mi solicitud han marchado ya, me permito a V. rogarle si fuera posible incluir mi nombre en las futuras expediciones. Si me conociera y viera la fe y el entusiasmo con que se lo pido tengo la seguridad absoluta que no dudaría en hacer cuanto estuviera en su mano por complacerme”.
» Antonio Gómez Zapatero, ingeniero (Residente en el Mediodía francés). “Obligado a salir de España con mi familia ante el avance de las tropas fascistas sobre Barcelona, me encuentro en Francia sin medios ni posibilidades de trabajo en Europa, teniendo la convicción de que mis ideales democráticos sinceramente sentidos han de impedirme toda actividad profesional en la España sometida a poderes totalitarios y creyendo posible el desenvolvimiento de mi citada actividad como Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos en la noble nación mexicana acudo a V. E.”
» Carmelo Pérez Ramos. (Campo de concentración de Argeles sur Mer). “Soy hobrero y tengo experiencia en el cultivo de árboles albaricoques, melocotoneros o durasnos, peras, ciruelas y piña y otras muchas facilidades de la agricultura. Pues aquí me tienen como prisionero en un campo de concentración sin el menor motivo...”. (Ver página 1 de la carta | Página 2 | Página 3)
» Licesio Domínguez Lorenzo (París). “Verdaderamente es muy triste de tener que esconderse uno como si fuera una mala persona, y el único delito que tengo es de haber defendido la REPÚBLICA ESPAÑOLA”. (Ver la carta)

xoves, 22 de novembro de 2012

Querida tierra hermana…


"Con España presente en el recuerdo / con México presente en la esperanza”, escribió el poeta Pedro Garfias a bordo del vapor Sinaia, uno de los primeros barcos que en junio de 1939 atracaban en el puerto de Veracruz con más de mil refugiados republicanos españoles tras la Guerra Civil. Atrás quedaban cientos de miles de exiliados atrapados la mayoría en los campos de concentración franceses. Anticipando el final del conflicto, el Gobierno del general Lázaro Cárdenas había puesto en marcha la mayor operación de solidaridad internacional que probablemente se haya visto nunca. México estaba dispuesto a dar pan, hogar y trabajo a todos aquellos para los que nunca habría paz ni piedad ni perdón en la España de Franco. En la oscuridad de los barracones, entre el hacinamiento, el hambre, la enfermedad y la desolación de quienes habían perdido familia, amigos, trabajo y posición, México brillaba como un sueño.
Las voces, las súplicas, de aquellos miles de personas derrotadas que querían escapar de la pesadilla quedaron registradas en las cartas que enviaron en 1939 y 1940 a la Embajada de México en París solicitando emigrar. Un material inédito, conservado en el Archivo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores mexicana, al que ha tenido acceso EL PAÍS y del que emerge un relato colectivo de hombres y mujeres de todos los oficios y profesiones en cuya peripecia vital se mezclan la desesperación y el orgullo, la ternura y el valor.
Más de 7.000 cartas, correspondientes a muchas más vidas interrumpidas, escritas a lápiz y a pluma, con todo tipo de letra y clase de papel, redactadas por quienes en el invierno de 1939 cruzaron la frontera “a pie, sin fortuna, con las manos limpias”, como escribe el 14 de febrero de ese año el refugiado Fernando Pintado cerca de Perpiñán. En muchas de ellas, el autor añade el nombre de sus familiares, amigos del trabajo, compañeros de armas o de barracón.
La mayoría dieron con sus huesos en los campos de internamiento, como era su nombre oficial, del sur de Francia, vigilados por gendarmes franceses y soldados senegaleses. En las cartas dan testimonio de las penalidades que sufren allí. José Pomés, redactor de Diario Gráfico y La Noche, de Barcelona, cuenta desde el campo de Bram el 12 de junio de 1939: “Me encuentro en el más lamentable estado, sin ropa, ni salud, ni dinero francés… va para tres meses tirado en un montón de paja sin ni siquiera una manta”. Manuel Guiú Macía, que solicita “ingresar voluntariamente en el Ejército mexicano o en su legión”, exclama desde el pabellón 27 del campo de Septfonds: “Los días aquí transcurren lentos, eternos, y ¡¡¡la aurora de esa tenebrosidad tarda tanto en descubrirse!!!”.
Tres milicianos de la República firman el 2 de julio de ese año y desde ese mismo campo esta joya de humildad literaria: “No dudando de que la voz y los ruegos de estos sin patria suplicantes serán atendidos con la justicia que nuestro caso requiere. Nuestra profesión es la campesina”. A las lamentables condiciones materiales de los exiliados había que añadir unas circunstancias políticas completamente desfavorables que solo la tenacidad en el mantenimiento de sus principios por parte del Gobierno mexicano y la habilidad de su cuerpo diplomático pudieron salvar.
Entre los documentos, ahora desempolvados, se encuentra este mensaje cifrado enviado el 27 de enero de 1939 por el embajador mexicano en París, Narciso Bassols, al presidente Cárdenas: “Política Francia seguirá invariable. Stop. Relaciones díceme no podremos recibir excombatientes ni refugiados políticos. Stop. Comprendiendo problemas únicamente me permito pedirle que México sostenga su ofrecimiento conocido universalmente de abrir puertas a republicanos españoles. Stop. Creo que tratándose personas filiación política bien definida estamos obligados recibirlos”.
Hubo más dificultades, como la rivalidad de las organizaciones españolas que competían por ayudar a los refugiados, las diferencias de criterio en la selección de los asilados por parte del Gobierno mexicano e, incluso, la conveniencia o no de sacar de España a hombres en edad militar antes del fin de la guerra. El embajador Bassols expone este último problema con crudeza en otro telegrama ahora reencontrado, fechado el 1 de marzo de 1939 y dirigido a la cancillería mexicana: “Como lucha española no ha terminado trabajadores útiles no puedan alejarse definitivamente debilitando resistencia. Stop. En general todavía no llegan solicitudes de buena calidad excepción ancianos y niños. Stop. Hasta hoy gran mayoría corresponde gente derrotista sin sentido lucha social y con mezquino egoísmo. Stop”.
A la angustia de los exiliados se sumó el pavor ante un inminente reconocimiento de Franco por Francia e Inglaterra, con las consiguientes deportaciones y el estallido de la II Guerra Mundial, como reflejan las cartas de los republicanos, conscientes de que ya no podrían volver a su país. Juan del Hoyo escribe en septiembre de 1939 desde Burdeos: “Por mi cualidad de magistrado no puedo ni pensar en regresar a España; la policía francesa me apremia por tantas prórrogas de estancia que he solicitado”. Ramón Infante Varela, desde el hospital Civil-Asilo de Montauban, expone: “Debo decirle que la actuación política de mi esposa (Maruja Lafuente, de 25 años, de Gijón) en España ha sido muy significada, por haber ostentado cargos de responsabilidad máxima en el Partido Comunista de la Región Asturiana, pues se trata de la hermana de la heroína del Movimiento de Octubre de Asturias, Aída Lafuente, y por este motivo, bajo ningún concepto puedo volver a España”. Juan Ponsivell, de la Brigada de Carpinteros del campo de Barcarès, asegura: “Nada hay en mi actuación durante la guerra ni antes de ella de que pueda avergonzarme, pero no quiero volver a la tierra que ha hollado el fascismo extranjero con la ayuda de unos hombres que imitando al conde don Julián han traicionado a su patria y asesinado a sus hermanos”.
Los motivos varían, pero la urgencia por huir a México es la misma. El capitán de infantería Antonio Pascual Arnao, de 34 años, casado, de Barcelona, explica el 20 de abril de 1939 que “principalmente por ser francmasón es evidente que mi vuelta a España es absolutamente imposible sin exponerme a una cierta e irreparable represión (…) hay que tener presente que Franco ha jurado exterminar a los masones, cosa que cumple con inaudita crueldad”. Ese mismo día, el mecánico José Puig Bosch afirma desde el campo de concentración de Argelès-sur-Mer: “Renuncio a volver a mi patria, según noticias de mis familiares, en un registro en mi casa han quemado más de cien libros (…) por el solo hecho de ser republicanos-federales toda nuestra vida y el no haber bautizado a nadie de dos generaciones”. Otros alegan “incompatibilidad moral” con el régimen franquista, y otros, como Carmelo Perdigó Casanovas, de Esquerra Republicana de Cataluña, razones más concretas: “Siéndome imposible el regreso a España por haber pertenecido al Cuerpo de Seguridad (policía secreta) de Cataluña desde el año 34…”.
La situación internacional continuaría empeorando con la caída de París en junio de 1940, la ocupación alemana de Francia y la constitución del régimen de Vichy del mariscal Pétain. La acción solidaria del presidente Cárdenas se complicaría extraordinariamente. México, sin recursos ni marina, trataba el problema de una población de desterrados sin Estado con otro país ocupado militarmente y con soberanía limitada.
Además, la guerra pronto se extendería al Atlántico haciendo casi imposible la travesía, y la evacuación de españoles cesaría durante meses o se ralentizaría ese año, como muestran las cartas. Solo las dotes de persuasión del diplomático mexicano Luis I. Rodríguez permitirían relanzar el traslado de refugiados. En una memorable entrevista celebrada el 8 de julio de 1940 en Vichy, Rodríguez convenció a Pétain para que autorizase la operación, no sin antes tener que oír del mariscal preguntas como esta: “¿Por qué esa noble intención que tiende a favorecer a gente indeseable?”, o afirmar que los republicanos tenían que afrontar la suerte reservada “a las ratas en las grandes miserias”.
La esgrima verbal de Luis I. Rodríguez prevaleció, y tras el acuerdo del 22 de agosto de ese año, México aceptaba, bajo la protección de su bandera, a todos los españoles refugiados en Francia y costear parte de su sustento, que sobre todo corría a cuenta de las organizaciones republicanas de ayuda. Tras la derrota de la República, unos 450.000 españoles huyeron a Francia. Dos tercios de ellos acabarían volviendo a España después. A partir de 1939, cerca de 20.000 encontrarían un nuevo hogar en México. Ese año llegaron a este país 6.236 refugiados, y en 1940, tan solo 1.746. Las cartas demuestran que el número de solicitudes de asilo fue muy superior al de las personas que finalmente cumplieron su sueño.
Las misivas, escritas por hombres en su mayoría entre los 25 y los 45 años y procedentes sobre todo de Cataluña, Levante, Asturias, Andalucía y Madrid, siguen una pauta: agradecimiento a México, enumeración de méritos antifascistas y profesionales, exposición de su futura contribución a la nación de acogida y relato de la desgracia caída sobre sus vidas.
Aun siendo un exilio en gran parte de profesionales y técnicos cualificados, muchas cartas sorprenden por su estilo elevado –“No deseamos regalo para nuestras vidas. Pedimos calor para nuestras aspiraciones”; “México, insignia liberal de la América hispana, hoy hacemos promesa de nuestro sacrificio”; “Que han tenido que huir de su tierra ante el fantasma negro de la reacción, sostenido por los militares perjuros, hijos de aquellos mercaderes de la espada que, en años remotos, solo tenían por oficio el robo, el asesinato y la befa de vuestras costumbres en sus aventuras coloniales”–, no exento a veces de pedantería: “Mi objetividad, que será anhelo de muchos, no dejará de ser estudiada por ese negociado que tan dignamente representa…”.
Tampoco falta, dadas las condiciones de extrema necesidad en que se encuentran, cierta picaresca para conseguir el objetivo de emigrar. Desde quienes afirman hablar varios idiomas hasta el caso del periodista madrileño Ezequiel Enderiz Olaverri, de 49 años, quien asegura que “actualmente preparaba la biografía del presidente de México señor Lázaro Cárdenas”, o del abogado sevillano Ricardo Calderón, de 40 años, quien, entre sus méritos literarios, destaca “un poema titulado Sac…Nicte, que pudiera ser de extraordinario interés para el indio maya”.
Ni un punto de resentimiento por ver embarcar a otros antes. El chapista socialista madrileño Federico Antonio de la Huerta, agente de policía durante la guerra, escribe al embajador mexicano desde el campo de Bram: “Usted fue sorprendido en su buena fe en el envío de emigrados con muchos señoritos, que no tienen oficio ni beneficio y máxime que donde se encuentran los verdaderos trabajadores, revolucionarios y honrados, es en los campos de concentración…”.
Buena parte de los refugiados exponen, a veces con dibujos y esquemas, cómo México podría aprovechar su experiencia profesional en la industria, la agricultura, el Ejército, la enseñanza, la academia, la prensa, el teatro e, incluso, en el mundo de los negocios. Algunos casos poseen una cómica ternura. Vitaliano Gómez, desde el barracón 44 del campo de Septfonds, propone a las autoridades mexicanas “crear una granja de 250 gallinas ponedoras y 20 conejos reproductores”, para lo que necesitaría “un crédito de 2.500 pesos a reintegrar en cuatro o cinco años”. Antonio Martínez, agricultor de Murcia, se ofrece para mejorar la calidad del pimiento en el país del picante, y Mariano Potó, de Barcelona, sugiere que “sería interesante la creación de una cátedra para difundir entre los intelectuales mexicanos la concepción sinóptica de la cultura…”.
Pero las cartas cuentan sobre todo la tragedia de miles de vidas rotas. Carmen Planet expone así su caso: “… habiendo perdido a mi esposo en Madrid el 7 de noviembre de 1936 habiendo ido voluntario a luchar siendo militar retirado y a una hija de 17 años habiendo ido también a luchar voluntaria y murió el 20 de octubre de 1936 en el frente de Sigüenza y los tres varones que me quedan, también voluntarios y el de 18 años inútil de guerra y el de 22 años teniente de Sanidad de Líster que actualmente se encuentra en el campo de Argelès-sur-Mer…”.
Las cinco hermanas Pla Palleja, de Rubí (Barcelona), con edades entre los 20 y los 34 años, refugiadas en el campo de Berck Plage, dicen contar con 3.600 pesetas para el viaje “y “dos relojes de pulsera y uno de bolsillo, un anillo grande de oro y dos monedas argentinas de oro”. Como son sus únicas pertenencias y temen no poder pagar el pasaje, piden al embajador “que aunque sea en un rincón del barco y sin comer nos deje ir a México”. Antonio Paños Garrigues, madrileño, de 36 años, radiotelegrafista, encerrado en el campo de Bram, informa de que todos sus familiares han muerto “víctimas de la aviación durante la guerra” menos su hermano Pedro, “que murió fusilado por los fascistas en Málaga en 1937”.
Durante décadas, la cancillería mexicana ha guardado en estas páginas los gritos de auxilio de los miles de españoles –sastres, camareros, profesores, militares, campesinos, mecánicos, actores, periodistas, contables, funcionarios, médicos, electricistas, ingenieros, estudiantes…– que encontraron una nueva patria en México. Hoy son por fin rescatados, como escribió Juan Rejano, de la “férrea corona del olvido”.
[A lo largo de la próxima semana EL PAÍS publicará más historias relacionadas con las cartas de este archivo]

xoves, 8 de novembro de 2012

El capitán republicano del Real Madrid murió solo en Nueva York


Pedro Escobal, capitán del Real Madrid en los años 20, murió en 2002 en Nueva York Solo, olvidado por su club. El defensa republicano se libró del fusilamiento en la Guerra Civil y marchó al exilio en EEUU donde fue condecorado por su labor como ingeniero en la mejora del alumbrado del barrio de Queens.
Diego Barcala – Madrid- eldiario.es
El que ha oído su nombre en el siguiente turno del fusilamiento y ha sentido la frialdad del paredón no tiene otro recuerdo para el resto de su vida. Perico Escobal fue capitán del Real Madrid en los años 20 y jugador de la Selección en los Juegos Olímpicos de París 1924 pero apenas hablaba de fútbol meses antes de morir en 2002 en su casa del exilio en Nueva York. La infección de su columna por las pésimas condiciones de tres años de prisión era su primer recuerdo de España. Escobal murió solo a los 98 años. Nadie recordó su sufrimiento ni sus años de éxito deportivo. Su cuerpo permaneció abandonado en la morgue neoyorquina durante meses antes de que alguien le enterrara. El capitán del Madrid republicano, desapareció en el olvido.
En una escueta nota en su página web de octubre de 2005, el club en el que debutó a los 18 años en Oporto y del que fue canterano en el Colegio del Pilar, el Real Madrid, reseñó la publicación de un libro escrito por el exjugador. "Se editan las memorias de "Perico" Escobal, capitán del Real Madrid condenado a muerte", decía la información. Lo que se publicó aquel año, o más bien se reeditó, fue 'Las Sacas', por la editorial Biblioteca del Exilio, en un volumen coordinado por la profesora de Literatura de la Universidad de La Rioja, María Teresa González de Garay. 'Las Sacas' es un detallista y espeluznante recuerdo del paso de Escobal por prisión. Pero también es un ajuste de cuentas donde denuncia a los culpables de las atrocidades que vivió en su paso por las celdas.
"Si no iba yo a verle, no iba nadie"
"Siempre que le visitaba enseñaba el hueco que tenía en la columna por la infección que cogió en la cárcel", recuerda Pablo Escondrillas, familiar lejano de Escobal. Pablo, de 38 años, estudió un máster en la Universidad de Columbia en 2001 y aprovechó la cercanía de la facultad a la casa del exfutbolista para visitar a aquel señor mayor que se había casado con una prima de su abuela y que vivía en la ciudad desde 1939. "Era un hombre de una cultura inmensa. Le encantaba hablar de Cervantes y se puede decir que tenía más interés por la cultura que por el fútbol. Su recuerdo más recurrente como deportista era la competencia que este espectáculo tenía con los toros. Decía que en sus años inauguraban campos constantemente por el auge de la popularidad del fútbol. Su mujer murió en 1999 y apenas veía cuando le visitaba. Sabía que si no le iba a ver yo, no iba nadie", recuerda una década después.
Escobal vivió la muerte de cerca. En las citadas memorias dejó decenas de referencias al ambiente moribundo que inundaba la prisión entre fusilamientos, suicidios y condenas a muerte. "Grandes seres humanos como Mozart habían muerto en circunstancias parecidas de soledad. En la sala Once todos morían como cabos de vela encendida que se consumen, lentamente", describió en su libro publicado en Nueva York por primera vez en 1968. Los primeros ejemplares de su denuncia con nombres y apellidos de la represión en La Rioja llegaron a España escondidos en los barcos por marineros de izquierdas que cruzaron el Atlántico.
Exilio desde Portugalete
Escobal huyó con su mujer y su hijo de la España franquista en 1939 desde Portugalete a bordo del barco 'Magallanes'. Salvo una visita en los años 50 para enterrar a su madre, nunca volvió. Gracias a la influencia de su mujer, Teresa Castroviejo, hermana del famoso oftalmólogo, consiguió que las autoridades judiciales archivaran su caso. Escobal fue detenido poco después del 18 de julio de 1936 en Logroño acusado de masón, de auxilio a la supuesta rebelión republicana y de haber contribuido a la quema de conventos en Madrid en el invierno de aquel año. Lo único cierto es que Escobal era afiliado a Izquierda Republicana, pertenecía a la logia Zurbano de Logroño y había ayudado a unas monjas a huir de la quema de iglesias en Madrid. Un conflicto laboral por su nombramiento como ingeniero municipal de Logroño se escondía detrás de la detención por la que estuvo a punto de ser fusilado en una noche cuyo nombre apareció en la lista de los que les había llegado su hora. "Uno de los guardias me empujó con violencia hacia atrás, diciendo entre las risas de sus compañeros: Esta noche no", dejó escrito.
Obligado al exilio, enfermo y débil, lejos quedaban sus años de gloria en Chamartín. Cuando formó un trío defensivo con Quesada y el portero Martínez "impasable", como adjetivaban los cronistas de Madrid en las victorias ante el gran rival, el Athletic Club de Bilbao. Central de una gran fuerza física (medía cerca de 1,90) y gran agresividad, también recibió críticas en algún día flojo. "Escobal se pasó descaradamente al bando de la Gimnástica para ver si así ésta conseguía el empate, cosa deseada por algunos "merengues" para que así aquella se clasificara en segundo lugar en vez del Athletic. Escobal, durante estos últimos diez minutos, no quiso quitar a los gimnásticos ni una pelota, y como Quesada, sin la ayuda de Escobal, nada sabe hacer, el bloqueo de la portería de Martínez se hizo temible", relataba el periodista de la revista Gran Vida en 1924.
Ida y vuelta al Real Madrid
Otras crónicas sí le piropearon. "Violento pero noble; impetuoso, pero sereno, así es Perico Escobal", decía su ficha de la revista La Estampa, el 19 de diciembre de 1929. Escobal llegó a jugar en tres equipos diferentes de la capital entre otras cosas por desavenencias con los directivos del Real Madrid que le dificultaron que compaginara su carrera deportiva con la de Ingeniería industrial. Volvió al Madrid, pero la grada de Chamartín y la prensa merengue le castigaron por su cambio de club. "Recordemos como las ovaciones tributadas a la entrada enérgica, desmedida, de Perico Escobal, como elogio de su valentía, sólo por un cambio de camiseta se convirtieron, -subsistiendo la enérgica y valiente entrada- en vituperio inaguantable", dejó en 1930 para la historia el cronista deportivo de la Revista Crónica sobre un bronco partido del Racing de Madrid y el Athletic Club de Bilbao en el campo de El Parral, en Vallecas.
En sus últimos años de vida su mejor recuerdo del fútbol era el mundo que había conocido gracias a él. "Recordaba cómo había cruzado los Andes y había jugado un partido en Brooklyn con el Madrid", rescata Escondrillas. "Periodistas y directivos del club contra el que íbamos a jugar, miraban con asombro nuestras miserables figuras cuando pusimos los pies en el andén de la estación [de Copenhague]. Oía a Juanito Cárcer [entrenador del Real Madrid de la época] decir: "Estos tíos van a creer que el equipo del Real Madrid somos una partida de vagabundos sucios". En un cambio de decoración apareció la estación de Hamburgo. Una prostituta rubia y no mal parecida me invitaba con sus ojos a una pagada aventura de amor. Nuevo telón. Una taberna de Lille, botellas y vasos rodaban por el suelo mientras unas mujeres terriblemente pintadas nos miraban con expresión de susto", recordaba Escobal en mitad de un delirio provocado por la fiebre de la infección que le atacó en la columna vertebral.
Un gol en Chamartín
Pablo Escondrillas, por indicación de la profesora González de Garay, consiguió arrancar de su memoria alguna descripción de su juego. "Metía pocos goles, pero sí marqué uno desde el campo contrario, en Chamartín, porque el sol deslumbró al portero en un despeje fuerte. El portero, del Unión Sporting de Madrid, no vio el balón después del bote, y fue un gol espectacular", recordó el defensa meses antes de morir.
El crecimiento del fútbol en la España republicana generó un debate en los vestuarios de los grandes equipos. Había que discutir si el fútbol seguía siendo una actividad para jóvenes burgueses o se avanzaba hacia la profesionalización de los jugadores. Escobal se posicionó en favor de la profesionalización y trató de crear un sindicato de futbolistas frente al delantero estrella de su equipo, Juanito Monjardín, favorable al veto al pueblo de las actividades deportivas, según describe el historiador Ángel Bahamonde, citado por González de Garay. En el fondo del debate se encuentra la concepción ideológica de la sociedad. Escobal era afiliado a Izquierda Republicana gracias a la influencia de, entre otros, Santiago Bernabéu. Y Monjardín prestó su apoyo a los ideales golpistas de Falange Española. Sin embargo, nunca llegaron a enfrentarse en la contienda.
Algo que sí le ocurrió al defensa riojano con otros compañeros de equipo. Esta vez de la selección olímpica que acudió a los Juegos de París de 1924, cuando España cayó ante Italia al inicio del torneo. Uno de sus compañeros de equipo era Chomin Acedo del que volvió a tener noticias en la prisión al enterarse de que estaba al frente de las ejecuciones represoras en Haro (La Rioja). "Quizás por parecerme Acedo insincero y fanfarrón fue el único compañero de equipo con el cual no hice amistad en aquel viaje. En el mundo futbolístico de sus tiempos fue un gran jugador", dejó escrito. Escobal escuchó en prisión que Domingo Gómez-Acedo, jugador del Athletic Club de Bilbao entre 1913 y 1929, apostaba con su patrulla "a que su bala entraría por el ojo derecho, por el izquierdo, por la boca u otro sitio del cuerpo de las víctimas".
Precedentes de Guantánamo
Escobal fue detenido y confinado en la prisión improvisada por los rebeldes en el frontón Avenida. Los soldados fascistas que vigilaban aquella cárcel encendían los potentes focos cada noche, en una práctica torturadora predecesora de los métodos aplicados en la base estadounidense en Guantánamo. "Hice una adquisición valiosa para defender mis ojos contra la irritación producida por las potentes bombillas colgadas del techo, y encendidas toda la noche; compré unas gafas negras a un soldado aficionado al fútbol que, quizás por recordar mis actuaciones con el equipo local, me las cedió a un precio razonable", dejó sobre el papel de su diario personal.
Escobal terminó su carrera en el Club Deportivo Logroño. En prisión coincidió con el conserje del club y con otros aficionados que recordaban sus valientes entradas al corte. Su condición de exjugador del Logroñés le posibilitó que un preso le reservara una colchoneta en un cambio de cárcel. "Un preso común, pinche de cocina y aficionado al fútbol, me proporcionó el catre que me permitía no dormir en el suelo", escribió.
La cárcel le marcó de por vida. No sólo por el mal de Pott (una especie de tuberculosis que le afectó la columna vertebral) sino por la rabia de ver un país quebrado por dentro y por fuera que atacaba lo que Escobal más amaba, la cultura y la libertad.