sábado, 2 de novembro de 2013

Memoria histórica: necesaria e imprescindible


Que pasou en Pontevedra desde o 36 ao 39?. Xosé Álvarez Castro tenta recrear o horror que se viviu na Pontevedra do golpe de Estado de Franco na que non faltaron os paseos e os fusilamentos.
Por Manuel Rodríguez Alonso | Cangas | 10/10/2013 galiciaconfidencial.com
Estes días pasados estamos fartos de ler na prensa defensas e gabanzas do franquismo, como as declaracións dos alcades de Baralla (Lugo), Beade (Ourense) ou mesmo actos de exaltación de símbolos franquistas como o de Quijorna, en Madrid. Fronte a estas versións interesadas do franquismo son máis que necesarios libros coma este de Xosé Álvarez Castro, que nos presentan a ditadura franquista, sobre todo nos seus comezos, xa non como un golpe de Estado, senón como un xenocidio.
O autor comeza por nos presentar cal era a situación sociopolítica na Pontevedra anterior ao golpe de Estado de 1936. A seguir desmiúza polo miudo a trama golpista na Pontevedra de 1936. Acerta plenamente o autor cando inclúe textos das Instruccións Reservadas do golpista xeneral Mola sobre o procemento que se debe seguir cos líderes políticos, sindicais e cidadáns opostos ao Movemento. Arrepía ler unha crueldade programada tan grande. O autor cita por nomes e apelidos os militares rebeldes e os seus apoios civís. Así temos a infamia concretada en nomes e apelidos.
O autor estuda polo miúdo os procedementos de eliminación dos opositores ao golpe de Estado. Distingue entre os paseos e mais os consellos de guerra, que, na práctica totalidade dos casos, nin aparencia tiñan de legalidade. Loxicamente aparecen os nomes das vítimas, mais tamén, como xa vimos a propósito dos militares golpistas, tamén rexistra o autor os nomes e apelidos dos represores máis caracterizados. Sobresae entre estes a figura pavorosa de Víctor Lis Quibén, que seica sorría cando lle dicían que participara en douscentos paseos.
Se os paseos eran asasinatos puros e duros, os consellos de guerra, que o autor describe polo miúdo e con reprodución das intervencións das autoridades militares, eran verdadeiras farsas legais para levar ao paredón ou ao cárcere os disidentes. Se entre os paseadores destacaba a figura de Lis Quibén, aquí sobresae o tremendo fiscal militar Rivero de Aguilar. Son, como xa dixemos, os nomes da infamia.
O autor para dar unha visión completa do que foi o horror na Pontevedra do golpe de Estado pasa tamén revista á actuación da Igrexa a prol do Movemento, á represión no Ensino ou mesmo aos cárceres dos primeiros anos. Nin tan sequera falta a incautación dos bens de moitos dos antifranquistas.
Xa que logo estamos perante unha obra que resulta imprescindible para comprender o que foi a ditadura franquista. O autor, con estes datos, demostra que foi un verdadeiro crime contra a humanidade ou xenocidio. Aparecen persoas de relevo, como Bóveda, que sufriron a furia fascista, mais tamén moitos outros personaxes anónimos que foron paseados, fusilados ou encarcerados porque defendían unhas ideas que non coincidían coas dos golpistas. Non foron estas mortes froito de odios ocasionais ou vinganzas persoais, senón que había un plan xeral de exterminio dos disidentes e líderes cívicos, de acordo coas terribles e arrepiantes Instrucciones Reservadas do xeneral Mola.
En fin, temos que ler e mesmo utilizar nas nosas clases de Secundaria e Bacharelato este e outros libros coma este (penso nos de Amoedo ou Agrafoxo, tamén publicados en Xerais) que nos poñen diante, con total obxectividade e documentación incontestable, que o franquismo foi un verdadeiro xenocidio. Para que despois algún alcalde diga por aí que as vítimas do franquismo algo tiveron que facer… Simplemente defendían de xeito pacífico as ideas de seu. Iso levounos ao cárcere ou mesmo á morte.

La vida diaria en los campamentos: tres oficios del desierto saharaui


La vida sigue en el campamento de refugiados saharauis de Dajda (Argelia) mientras despega el FiSahara, el único festival de cine del desierto.
Mohamed, Bulah y Salem nos cuentas los trabajos con los que sobreviven en uno de los campamentos saharuis que subsisten gracias a la ayuda internacional
Gabriela Sánchez - Tindouf (Argelia) 10/10/2013 – eldiario.es

Ahmed se lava las manos sentado en la entrada del pequeño comercio de su padre. La diminuta tienda de comida está a rebosar. Jhuta y Anguia pasean cargadas con bolsas de pan muy cerca del lugar exacto donde ha comenzado una nueva edición del Festival de Cine de Sahara (Fisahara): una comitiva de cerca de 200 personas aterrizó en Dajla, el campamento más aislado del desierto argelino, pero la rutina matinal de la población saharaui se mantiene, calmada pero ocupada.
Mohamed observa a los extranjeros desde la puerta de su barbería; Bula reconoce no haberse enterado aún de las proyecciones de esa noche mientras matiza el 'patio' de una de las casas que ha construido; sale una decena de niños del lugar donde trabaja Salem con dirección a los talleres infantiles, pero él escuchará las películas desde el supermercado. Son algunos de los oficios esparcidos por el desierto.
Esperar cortando barbas
Aparece inscrito en la fachada exterior junto a su nombre en árabe: “Barbero”. Primera pista para descubrir la fuerte influencia de este idioma en la persona que ha sacado el pequeño negocio adelante. Mohamed es cubaraui. Así se llaman entre ellos, con una sonrisa irónica, los muchos saharauis que cursaron su educación secundaria y universitaria en Cuba.Pasó once de sus 25 años en ese país pero, una vez diplomado en Electrónica, regresó a su lugar natal, uno de los cinco trozos con vida del desierto argelino: el campo de refugiados de Dajda. ¿Qué hace un electricista cortando barbas? “Yo espero aquí. Quiero vivir en mi país natal, pero sobre todo me gustaría regresar a mi tierra. Nunca perderé la esperanza, pero creo que moriré en este desierto”, dice el saharui. El discurso de Mohamed sobre el futuro del Sáhara Occidental refleja su desconexión política sobre la paralización de un pueblo que espera. Él solo espera, sin plantearse mucho qué ocurre mientras.
El aspecto decadente de la entrada de esta peluquería masculina rompe con el detallismo de su interior. Una pequeña sala impoluta con todo lo necesario para desempeñar este viejo oficio. “Cuando vivía en Cuba cortaba el pelo a algunos de mis compañeros y así aprendí”, dice. Ahora es el barbero de un campo de refugiados. “Cuesta sacar esto adelante, me llevo lo justo para poder sobrevivir”. Los horarios, como los de otras de las personas que trabajan en el sector servicios saharaui, son sacrificados: de ocho de la mañana a 12 de la noche. “Hay gente a la que le gusta cortarse el pelo a esas horas”, matiza el cubaraui. Un descanso intermedio de cuatro horas le permiten comer “tranquilo y disfrutar de la familia”.
Construir casas no permamentes
“Contruyo casas”, dice Bulah manteniendo una media sonrisa constante. “Aprendí mi oficio de la experiencia, de la necesidad de crear un sitio donde vivir”, recuerda el albañil. Después de hacer la suya y la de algunos de sus familiares, comenzó a cobrar por ello. Por casa 100 ladrillos ecreados, 1000 linares, lo que equivale a 10 euros.
Las casas saharauis que no son jaimas (construidas con telas), están elaboradas con ladrillos de adobe, una mezcla de arena y arcilla. ¿Por qué adobe? Sus viviendas son temporales, como supuestamente lo es su estancia en el desierto. El campamento de Dajda existe desde 1975, desde el inicio del exilio saharaui, desde el comienzo de los bombardeos que dejaron las marcas que aún muestra la madre de Bula y que mataron a dos hermanos que nunca llegó a conocer. 38 años de casas de adobe.
El 'Carrefour' Saharaui
Entre dunas y nada, se eleva una estructura, también de adobe, con una inscripción pintada junto al dibulo de un brick de leche Puleva: 'Carrefour'. “Cuando hicimos más grande la tienda, unos amigos y yo buscamos en internet algunos productos para adornar la fachada y que quedase más bonita. Encontramos estos y así quedó”, dice uno de sus empleados entre risas. “El Baraka” es el nombre real de la tienda de comida más grande del campo de refugiados.
Aquí trabaja Salem como vendedor. Es otro de los cubarauis de Dajda. También regresó. “Aquí está mi familia. Es difícil vivir aquí y encontrar trabajo pero yo quiero estar con los saharauis”, confiesa el joven. Su horario se extiende desde las siete de la mañana hasta las 12 de la noche, con un descanso intermedio. En sus 24 años de vida ya ha trabajado como electricista particular y profesor de español en la escuela del campamento. El sueldo de todos estos trabajos es bajo, 100 dinares como máximo, cuenta Salem, matizando que como reparador de aparatos electrónicos “no sacaba nada”.
“Es duro pero entre todos nos ayudamos. Quiero vivir con mi Sahara con nuestra cultura, nuestro estilo de vida... Hasta que volvamos a nuestra tierra”, añade. Su testimonio intuye de nuevo cierta desconexión política. “Nosotros nos encargamos de sobrevivir. Vosotros -los periodistas- tenéis que llevar el mensaje para que cambien las cosas”.
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Nota: Esta cobertura de eldiario.es en el Sáhara es posible por la invitación de FiSahara. La organización del festival ha corrido con los gastos del viaje.

venres, 1 de novembro de 2013

La dignidad de los comerratas


Varanasi, ciudad india en el valle del Ganges, es un paraíso para los dioses y una ciénaga para sus mortales
Cientos de mujeres se organizan en pequeñas aldeas para salir de la pobreza extrema a la que el sistema de castas, la explotación y la superpoblación someten a sus familias
Juan Luis Sánchez - Varanasi (India) 09/10/2013 – eldiario.es

A Jyoti la llaman comerratas. Sostiene a su hermana en brazos y camina sin resbalar por el fanguizal que es hoy su aldea después de la lluvia. Dice que tiene 19 años y parece que son 13: figura menuda, ojos de niña que ya no juega, un adorno en la nariz.

A Jyoti la llaman comerratas, como a toda su familia. Viven en la aldea de Kapil Dhara, a unos kilómetros al norte de la ciudad sagrada de Varanasi (Benarés), en el corazón del valle del Ganges, una explanada eterna que es el paraíso de los dioses hindúes y budistas y una ciénaga para sus mortales. En los 10 kilómetros que separan el río santo de la aldea de Jyoti se extiende la vida en forma de pasta densa y concentrada, como si no hubiera sido terminada de untar. Una pobreza urbana monocorde y contundente camufla entre borrones de suciedad escenas que ya por separado serían insoportables. El barro colecciona rostros, el agua encharcada hace tiempo que dejó de buscar una alcantarilla, los edificios son tela raída.  

En el epicentro mundial de la superpoblación las leyes de la física mutan; las motos y los coches están libres de las reglas de la inercia, sus conductores no sienten miedo; los que pasean no pasean, atraviesan corrientes de tráfico y esquivan hombros; la gravedad no afecta a las estanterías de las tiendas, que acumulan telas, zapatos y semillas que a pesar del bullicio están ahí para no ser vendidas nunca; las ruedas de las bicicletas y los rickshaws no se pinchan a pesar de que el asfalto de las calles está enterrado en polvo y basura, agujeros y piedras; los hombres resisten recostados sobre cualquier esquina el murmullo infartado de las bocinas, que no se avisan sino que conversan.
El punto de apoyo para que Varanasi no pierda por completo su contacto con las normas físicas de este mundo parece estar sobre el lomo de las vacas: deambulan nunca muy lejos de sus invisibles dueños con la parsimonia de la que respira aire tranquilo en una dehesa, con la tranquilidad de lo sagrado, con la pesadez del centro de una órbita.
A Jyoti la llaman comerratas, como a toda su familia, como a muchas de las personas de su aldea. Mira con ojos avergonzados y escépticos. Le preguntamos qué quiere ser de mayor en un impulso egoísta para recibir una caricia de su inocencia todavía infantil, para que contradiga con algo de esperanza lo que dicen sus ropas, su pelo, sus pies, sus manos, su debilidad física. "Maestra", responde sin entusiasmo, consciente de la ficción. "Ya eres maestra de tu hermana, ¿verdad?", decimos ya rozando el patetismo. "Sí".

Los padres de Jyoti han tenido cuatro hijas y dos hijos; eso para una familia pobre india es un problema: significa que tendrán que pagar una dote a cada uno de los maridos de sus cuatro hijas por "hacerse cargo" de sus mujeres. Una ruina. India, con 1.200 millones de habitantes, es de los pocos lugares del mundo donde hay más hombres que mujeres: muchas niñas son asesinadas por sus padres al nacer y conforme la tecnología avanza las clases medias y altas pueden acceder a radiografías y abortos selectivos en función del sexo detectado en el feto. 

A Jyoti la llaman comerratas, como a toda su familia, como a muchas de las personas de su aldea, como a cientos de miles de personas más en varios estados del norte de la India, porque así es como llaman a toda su tribu: son los musahar, un grupo de la casta de "los intocables", el nivel más excluido del sistema de segregación social que sigue imperando en la India a pesar de los esfuerzos públicos por corregirlo a través de cuotas y discriminación positiva en algunas instituciones.
La propia filosofía divina que hay tras el sistema de castas frena esa emancipación: la creencia hindú dice que quien ha nacido siendo un dalit, un marginado, es como pago por lo hecho en una vida anterior; por tanto, lo que hay que hacer para ser algo más privilegiado es portarse bien en esta vida.
Dice la leyenda que cuando fueron creados los primeros hombres, los dioses les entregaron un caballo y una herramienta de trabajo. Uno de ellos usó la herramienta para hacer dos agujeros a cada lado del vientre de su animal para poder fijar allí sus pies y no caerse al montar. Esa crueldad enfadó mucho al dios Parmeshwar, que le hizo a él y a sus descendientes cazadores de ratas. Con este agradable cuento como argumento, el sistema de castas ha relegado tradicionalmente a los musahar –que de hecho significa literalmente "buscadores de ratas". El sacerdote Abhi, que lleva 35 años trabajando en el estado de Uttar Pradesh, hizo su tesis doctoral sobre los musahar: "como solo consiguen trabajo en la agricultura, cazan ratas para poder comer", nos explica. "Cavan debajo de las plantaciones de arroz porque saben que allí se esconden los roedores", dice. Esos cultuvos pertenecen a terratenientes de otras castas que les dan trabajo como agricultores unos meses al año.

En las camas de Kapil Dhara no hay colchones. Un somier de madera atravesado por cuerdas gruesas preside los cuartuchos de casas de barro; de pared a pared, algunas veces de ladrillo como símbolo de prosperidad, un cordel sostiene el peso de las colchas y de la ropa familiar que escurren la humedad.  
En la calle empedrada un cerdo engorda en un barrizal oscuro a la puerta de una casa que venderá su carne. En la esquina de más acá luce una pequeña tienda que presume con tiras de paquetitos de dulces prefabricados colgando del quicio y bolsas de galletas clavadas en la pared; en el escalón, la madre prepara bandejas de cereales, la abuela pela verdura y los niños juegan con dos piedras redondeadas hasta que hacen de canicas. El padre de la familia, que va y viene con la moto cada tanto a por la mercancía, observa desde el claroscuro.
Una de las cosas que ve, a su derecha, es a dos chicas en los límites del cultivo fregando los platos con barro, a falta de estropajo y jabón. A su izquierda, una señora hace una de las especialidades de los musahar, unas coronas de hojas secas cosidas para emplatar comida en bodas y fiestas.
La tienda, el cerdo, las coronas… estas iniciativas de autoempleo surgen con la ayuda de un sistema de microcréditos que poco a poco cambia la mentalidad y las oportunidades en aldeas como esta. Las mujeres –siempre las mujeres– ahorran hasta que tienen un bote suficiente como para dar prestado a alguna familia de la comunidad que tenga un proyecto de economía productiva –no vale reparar la casa, y mira que lo necesitan– y quiera financiarlo. La familia se compromete a devolver el dinero a ese mismo bote con un interés del 2%, en lugar del 10% de bancos que además no confiarían un crédito a personas tan pobres.

El porcentaje de personas que saben escribir y leer no llega al 3% y en el caso de las mujeres la cifra es prácticamente ruido estadístico. Sin ayuda no podrían y las organizaciones locales hacen de guía técnico y sobre todo emocional en un viaje de emancipación que parte desde el cero más absoluto. En Kapil Dhara y otras aldeas de la zona, la organización Lok Chetana Samiti, que coordina el sacerdote misionero Shathish Augustine, recibe dinero de Manos Unidas para el desarrollo comunitario a través de la actividad económica y social de las mujeres.

El viaje hacia la dignidad en la ciénaga santa de Varanasi necesita de mitos nuevos; necesita de leyendas que cambien la condena divina por autoestima, la reencarnación por la urgencia, la sumisión por la lucha. Y esa historia, y es real, se cuenta en una aldea muy cerca de Kapil Dhara, donde viven las 120 mujeres de azul de Gaura Kala.
Hace seis años eran tan pobres, tan sometidas, tan poco conscientes de sí mismas, tan maltratadas como lo son hoy las de Kapil Dhara. El mismo sistema de microcréditos que ahora ensayan entre cerdos y hojas cosidas sus vecinas les ha llevado a formar una comunidad activa y hasta activista con el paso de los años.
A las mujeres de azul de Gaura no hay que escarbarlas con preguntas estúpidas de respuestas estériles, ellas llevan la iniciativa de la conversación en un discurso que, sin traducir, ya suena elocuente. Grueso como lo son sus libros de anotaciones donde organizan las entradas y dineros del banco. Estimulante como la idea de saber que han organizado un grupo de presión para ir a reclamar trabajo a la puerta de responsables empresariales y políticos para hacer pozos, carreteras o canalizaciones. Esperanzador como escuchar de su boca, en una zona empobrecida y marginada con la excusa del castigo divino, donde el matrimonio es concertado y el nacimiento de una hija es una carga, que ese grupo de 120 mujeres de azul de Gaura Kala tiene el valor de ir a las casas si es necesario para advertir a algún hombre que, a su compañera, ni un golpe más.
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Nota: Esta cobertura de eldiario.es en India es posible por la invitación de Manos Unidas. La ONG ha corrido con los gastos del viaje.

'España 1936', el videojuego


El estudio francés AGEOD lanza un título de estrategia basado en la Guerra Civil española
PÚBLICO Madrid 09/10/2013 07:21 publico.es
"¿Podrás conquistar Madrid y forzar la rendición de los Republicanos, o liderarás la victoria de las unidades anarquistas de Durruti?". Así se presenta 'España 1936' , el videojuego de estrategia basado en el Guerra Civil española surgida tras el golpe de estado de Franco, que dejó cientos de miles de muertos, y a la que siguió una oscura dictadura de casi 40 años.
Desarrollado por el estudio frances AGEOD, especializado en juegos de estrategia basados en recreaciones de diversas guerras, promete un gran nivel de detalle y exactitud histórica.
"El jugador debe hacer frente a los verdaderos dilemas y desafíos de los Republicanos y de los Nacionales durante la guerra. No sólo hay que construir y entrenar ejércitos, maniobrar y atacar al enemigo, además hay que administrar los recursos de la nación con el fin de obtener lo mejor de ellos", asegura la web del producto
'España 1936' utiliza el motor de juego AGE, cubre el conflicto completo desde el golpe de Franco hasta el verano de 1939. Incluye más de 200 regiones, con ciudades, carreteras, fábricas de armas, tipos de clima, facciones y subfacciones de la época de la guerra.
El juego está disponible en tres idiomas, español, francés e inglés y sólo será compatible con ordenadores personales con los sistemas operativos Windows, a partir de la versión XP.
El estudio AGEOD es un conocido de los juegos de estrategia pura, y es responsable de multitud de títulos del genero como 'Civil War II' (recreación de la Guerra Civil Americana), 'Pride of Nations -The Franco-Prussian War 1970-1871', 'Alea Jacta Est-Las Guerras Cántabras 29BC' o 'Napoleon's Campaigns'.