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sábado, 23 de novembro de 2013

Hugo Jaeger, el fotógrafo personal de Hitler que retrató los guetos de Polonia


17 octubre 2013 20minutos.es

El fotógrafo Hugo Jaeger (1900-1970) no consideró necesario anotar el nombre de la muchacha, una vecina de Kutno (Polonia) a la que retrató en 1939. Podemos sostener sin demasiado riesgo de error que intercambió con ella algunas palabras pese a que él era un alemán fervorosamente nazi y ella una judía encerrada en un gueto que sería, para utilizar el término exacto que fue apuntado en los expedientes, “liquidado” en la primavera de 1942, menos de tres años después.
Es difícil saber qué emoción conducía la actitud de Jaeger, un tipo bávaro, de buena familia, nacido en la correctísima ciudad de piedra de Múnich y convencido de que la Gran Alemania era un premio al que los arios estaban destinados por razones históricas y, por extensión, convencido también de que la joven de la sonrisa directa era una “perra”, una “parásita”, una “rata”… Como cualquier judío.
Si todo retrato es un prólogo de la muerte, una intención de retener en un espacio bidimensional el aliento vital, los de la chica judía de Kutno —porque el fotógrafo nazi le hizo un par de tomas, por eso sostengo que intercambiaron algunas palabras, que quizá él le reclamó la sonrisa y ella, confiada, se la concedió— lo son con una intesidad atroz.
Cuando hizo las fotos en los guetos de Kutno y Varsovia, Jaeger sabía que estaba retratando a personas con fecha de caducidad, a futuras víctimas del exterminio. No se puede deducir otra cosa sabiendo que era el fotógrafo personal de Adolf  Hitler desde 1936 y ninguna puerta se le cerraba en el Reich. Estaba en la nómina de los esbirros.
En el futuro Jaeger diría —como tantos millones de alemanes y alemanas sostendrían pese al olor a carne quemada que entraba en las salas de estar como un invitado cotidiano— que nada sospechaba , que le gustaba retratar, que aquellos judíos polacos le interesaron por motivos documentales.
No era un gran fotógrafo. Ni siquiera dominaba las reglas básicas de la composición, en las que le ganaba de calle el otro reportero oficial nazi, Heinrich Hoffman, pero Hitller confiaba en Jaeger porque ambos preferían las imágenes en color y el retratista se inclinaba por el revelado de diapositivas, que en los años treinta y cuarenta todavía era dificultoso.
El Führer adoraba como Jaeger capturaba la épica astracanada de los desfiles e incluso había recibido el encargo de documentar la celebración del 50º cumpleaños de Hitler y el fotógrafo le había mostrado en el centro de una turbamulta de arias semihistéricas en torno al ídolo, había firmado uno de los retratos oficiales del tirano y había logrado franquear la intimidad del paranoide dictador para retratar sus espacios íntimos. Insisto: Jaeger no era un inocente reportero y su cámara estaba manchada de inmundicia.
Me importan bastante poco las fotos de nazis que firmó Jaeger, otro nazi, pero sigo sin entender qué estrategia le llevó a dejar constancia de aquellos que estaban marcados para la masacre —los 400.00 judíos de Varsovia y los 8.000 de Kutno—. Sus imágenes de los guetos polacos son únicas, ningún otro reportero logró dar testimonio fotográfico de las antesalas de la aniquilación universal prevista para estas personas que posan sin aparente fingimiento ante la cámara de Jaeger.
Lo que vino después es casi tan indescifrable como lo anterior. Tras la derrota nazi, el fotógrafo, que intentó buscar el anonimato en Múnich, no fue perseguido, ni siquiera interrogado. Guardaba dos mil diapositivas en una maleta, entre ellas algunos retratos de jerarcas y simpatizantes nazis de primer nivel que le hubieran venido muy bien a la justicia aliada postbélica. Aseguró que unos soldados estadounidenses lo detuvieron para revisar la valija, pero encontraron primero una botella de coñac y se conformaron con el alcohol. Luego, eso dijo, enterró las fotos en las afueras de la ciudad en tarros de cristal y las vendió por una cantidad no revelada en 1965 a la revista Life. La publicación se mostró tan recatada y melindrosa como es costumbre y no hizo públicas las imágenes hasta 2005.
Como tantos otros alemanes que invitaban a entrar en casa al olor a carne quemada, Jaeger murió limpio. Me gusta pensar, sin embargo, que su condena es eterna y está dictada por las dos fotos, una con sonrisa y otra sin ella, de una anónima muchacha de la campiña polaca a la que retrató sabiendo que le esperaba el martirio.
Ánxel Grove

domingo, 28 de abril de 2013

El secreto de Hitler era el odio


Laurence Rees analiza en su nuevo libro el “oscuro carisma” del líder nazi

Creemos saberlo prácticamente todo de Adolf Hitler, pero quedan secretos irreductibles de su personalidad y su liderazgo. Para el célebre historiador y documentalista británico Laurence Rees (Ayr, Escocia, 1957), ninguno como de qué manera consiguió arrastrar tras de sí, en la terrible espiral de la guerra y el genocidio, a millones de alemanes. A tratar de dilucidar eso y a explicar las claves de la fatal atracción del líder nazi, el autor de Auschwitz, El holocausto asiático, Una guerra de exterminio y A puerta cerrada, ha dedicado su nuevo libro, El oscuro carisma de Hitler (en Crítica, como todos los anteriores). Rees destaca en los rasgos de Hitler "su ilimitada capacidad de odio". Y advierte: "El poder del odio está infravalorado. Es más fácil unir a la gente alrededor del odio que en torno a cualquier creencia positiva".
 Como persona, señala Rees, Hitler era bastante lamentable. Un tipo psíquicamente “muy dañado”, incapaz de amistades y afectos verdaderos, bañado en odio y prejuicios. “Solitario y con una visión de la vida como lucha y de los seres humanos como animales". Pero tenía carisma. "Solemos creer que el carisma es un valor positivo, pero lo pueden poseer personas despreciables", reflexiona. Rees "Lo más importante que hay que entender del carisma de Hitler es que dependía de la gente. El carisma no existe sin conexión. No se puede ser carismático en una isla desierta. Buena parte lo pone el otro". Vaya, como el amor. "Sí, la idea es que cuando sentimos una conexión especial con alguien creemos que depende de ese alguien pero en realidad depende en parte de nosotros. El carisma de Hitler procedía tanto de la gente que lo seguía como de él. Por eso ahora no lo percibimos en fotografías o películas. No nos habla a nosotros. No somos de su tiempo. Lo que ha cambiado no es él, sino la percepción que tenemos de él".
Rees explica cómo entre los propios alemanes fue cambiando la influencia del carisma de Hitler. "Personas que lo veían como un personaje ridículo o perturbado en 1928 pasaron a considerarlo un salvador en 1933". Siempre hubo, sin embargo, gente inmune a su carisma. Philipp Von Boeselager, que se conjuró para matarlo, lo encontraba indigno y decía que era repugnante verlo comer: un patán. "Bueno, pero hay que recordar que para muchos alemanes los políticos educados eran los que les habían llevado al Tratado de Versalles y al desastre: tiempos no convencionales requerían líderes no convencionales".
Había que estar predispuesto para seguir a Hitler, dice Rees, aunque él, el líder, aportaba su intransigencia, su absoluta seguridad de su papel como figura providencial, su habilidad para conectar con las esperanzas y los deseos de millones de alemanes, su descontrolada emotividad y, sobre todo, su contagioso odio. “Una de las cosas más difíciles del mundo es asumir las culpas y responsabilidades propias, todos estamos predispuestos a proyectar nuestras frustraciones sobre el otro, en forma de odio”.
¿Dependía el carisma de Hitler del éxito? "Sí, ese aspecto fue vital. Si alguien dice que va a hacer algo extraordinario y lo hace, la siguiente vez es más fácil tenerle fe. Hitler jugaba fuerte, al todo o nada, y cada triunfo fortalecía su carisma. Muchos militares, por ejemplo, que lo miraban con suspicacia, se rindieron a su genio, a su intuición, el famoso Fingerspitzengefühl, tras la larga serie de victorias que parecían inexplicables. Aunque hoy retrospectivamente no lo veamos así y Montgomery dijera que la regla número uno de la guerra era no invadir Rusia, para la mayoría parecía mucho más increíble vencer a Francia que a la URSS".
Entonces, ¿cómo sobrevivió su carisma a las derrotas a partir de Stalingrado? "Al revés que Mussolini, Hitler desmanteló las estructuras del estado, así que era más difícil apearlo del poder, además, a los alemanes se les había inculcado el miedo al Ejército Rojo y su venganza, que se iba a producir con la derrota aunque se deshicieran de Hitler, y por supuesto, Hitler incrementó el terror de su aparato represivo en proporción directa a la pérdida de su liderazgo carismático".
Hitler cultivaba su carisma. "Absolutamente, de muchas maneras pequeñas incluso. Usaba gafas pero nunca se dejaba ver y retratar con ellas. Cargaba una lupa. Hasta fabricaron una máquina de escribir especial con caracteres muy grandes para escribirle los textos que tenía que leer, la Führeschreibmaschine. También estudiaba mucho su imagen en el espejo y practicaba su famosa mirada penetrante”.
Rees señala las diferencias entre Hitler y Stalin en términos de carisma. "Stalin practicaba el carisma negativo, toda la imagen de Hitler le parecía una sandez. Con Stalin no había reglas para evitar ser asesinado. Nadie estaba seguro. En la Alemania nazi estaba claro quienes iban a ser perseguidos por el régimen, en la URSS estalinista no. Stalin unía con el miedo como Hitler con el odio".
Rees es un hombre afable, acostumbrado a tratar con la gente. Ríe y bromea a menudo pero debajo de esa capa alegre y aparentemente desenfadada se percibe la profundidad de un hombre que lleva años, toda su carrera, enfrentándose a lo peor del ser humano. Para sus libros y famosos documentales de la BBC ha entrevistado a innumerables personas que vivieron la II Guerra Mundial, soldados y civiles, víctimas y verdugos. Cuando le pregunto cuál de todos esos testigos de la barbarie le ha impresionado más, pensando que me dirá que algún miembro de Einsatzgruppen o Kenichiro Oonuki, el piloto kamikaze fracasado, se ensimisma un buen rato antes de contestar: "Toivi Blatt, un judío polaco deportado en 1940 al campo de exterminio de Sobibor, donde toda su familia fue asesinada. Blatt participó en la revuelta de prisioneros de 1943 y logró escapar con un balazo en la mandíbula. Hablábamos sobre lo que son capaces de hacer los seres humanos, y le pregunté qué había aprendido de su experiencia. Me contestó: ‘Solo una cosa, nadie se conoce de verdad a sí mismo'”.

martes, 12 de marzo de 2013

Alemania se ríe de Hitler


El libro 'Él ha vuelto', del periodista Timur Vermes, traza un retrato cómico y moderno del dictador
La obra ha vendido medio millón de ejemplares
El libro que apasiona a los alemanes tiene una portada singular, cuesta 19,33 euros, un precio que no fue elegido al azar, ha vendido casi medio millón de ejemplares y relata las aventuras de un personaje que provocó la mayor tragedia en el país, inventó el Holocausto y que aún sigue siendo considerado como uno de los hombres más siniestros que haya vivido en el siglo XX. Timur Vermes, un periodista de 45 años, en su libro Er ist wieder da, (traducción al español: Él ha vuelto. En septiembre lo editará en España Seix Barral) hace despertar a Adolf Hitler, 66 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, en el corazón de Berlín.
El 30 de agosto de 2011 el Führer, que aun viste su uniforme, se despierta en un descampado de Berlín. Le duele la cabeza y no sabe dónde está, ni tampoco cómo pudo llegar a ese lugar. Su amnesia no está causada por la borrachera (¡el Führer es abstemio!) y, tumbado sobre el suelo no ve más que cielo azul sobre él y se asombra al oír el canto de los pájaros. "¿Acaso una pausa en los combates?" se pregunta Hitler.
Cuando logra levantarse grita "¡dónde está Bormann!", y, al no obtener una respuesta de un grupo de jóvenes que juegan con un balón, se pone a caminar, asombra de los vehículos modernos que transitan por las calles de la capital del Reich hasta que llega a un quiosco de periódicos, donde el dueño le dice, junto con ofrecerle trabajo: "Te pareces a Hitler".
El dictador comienza a vender periódicos hasta que un día, una productora de televisión lo "descubre" y lo convierte en una estrella. Desamparado y sin su guardia pretoriana y asesina de las SS, Hitler termina siendo un protagonista estelar de una sociedad donde el éxito se mide por la audiencia y por la difusión que tiene en las redes sociales.
"¡Vales tu peso en oro, querido! ¡Y no es más que el principio, créeme!", le dice la productora a la nueva estrella emergente del mundo del espectáculo germano. "El libro es terriblemente divertido", admitió Peter Hetzel, el crítico literario de la cadena de televisión SAT 1, al justificar el éxito que ha tenido la primera novela escrita por Vermes.
El libro, en efecto, ya engancha con su portada que está ilustrada por el famoso mechón de pelos del dictador y un título, que ocupa el lugar del famoso bigote de Hitler. El precio -19,33 euros- alude al año en que Hitler llegó al poder. Él ha vuelto se ha convertido en el mayor éxito de librería en el país y, algo raro en un libro de ficción, está provocando una inédita polémica en torno a una idea capital que sigue estando vigente en el país: ¿es legítimo y necesario reírse de Hitler?
Vermes no tiene ninguna duda al respecto. "La gente se está riendo de Hitler desde 1940 y en la actualidad, muchos programas hacen parodias sobre el dictador", dijo el periodista, quien está convencido de que Hitler podría volver a tener éxito en la Alemania del siglo XXI. "Si tantos le ayudaron a cometer sus crímenes fue porque les gustaba. No se elige a un loco. Se elige a alguien que atrae o al que se encuentra admirable", declaró el autor a la prensa alemana.
"Se dice a menudo que si volviese un nuevo Hitler sería fácil pararle los pies. He intentado mostrar, por el contrario, que incluso hoy Hitler tendría una posibilidad de triunfar, solo que de otra manera", añadió.
De hecho el autor muestra en su libro que un demagogo como Hitler podría volver a tener éxito en la Alemania del siglo XXI, un país donde los medios para conquistar a las masas han cambiado y ya no es necesario un Joseph Goebbels, porque las nuevas tecnologías pueden prescindir del genial y malévolo ministro de propaganda.
"En Alemania hay una extraña fijación por Hitler, algo casi maníaco", señaló el periódico Süddeutsche Zeitung, al hacerse eco del éxito del libro escrito por Vermes, pero añade que el libro es "políticamente ingenuo". Y para la revista STERN la obra es "de un mal gusto grotesco". La sátira del autor también ha sido criticada en el país: Daniel Erk, un conocido especialista del nazismo, dijo que presentar a Hitler como una figura cómica es una peligrosa "banalización del mal" y desvirtúa los hechos históricos.
Pero, ¿cómo explicar el éxito arrollador que ha tenido el libro, que ocupa desde hace dos meses el primer lugar en la lista de superventas de la revista Der Spiegel? Aunque Hitler se suicidó en su búnker hace casi 68 años, dejando a un país en ruinas, en Alemania aún sigue existiendo una extraña y maníaca fascinación por el dictador, pero también el país sufre un ataque de neurosis cuando el fantasma del dictador reaparece, como sucedió con el estreno de la película El hundimiento, que relata los últimos días del dictador encerrado en su búnker.
La cinta provocó un debate nacional porque el director se atrevió a retratar a Hitler como un ser humano, un hombre que era capaz de tener sentimientos y de llorar. Poco después, críticos y publico maldecían y alababan por igual la cinta Mein Führer: la realmente verdadera verdad sobre Hitler, del director de origen judío Daniel Levy, que mostraba al dictador como un pobre diablo que se orinaba en la cama y no poda hacer el amor con Eva Brau.
Por eso, el escándalo y la polémica están asegurados cuando el libro escrito por Vermes llegue a la pantalla. El escritor ya vendió los derechos a un productor que aún se mantiene en el anonimato.

luns, 6 de febreiro de 2012

"Eva Braun fue cómplice de Hitler"


La historiadora alemana Heike N. Görtemaker publica un ensayo sobre la relación entre la joven y el dictador en el que acaba con la imagen de Braun de rubia tonta, amante y mujer florero del Führer
PAULA CORROTO MADRID 27/01/2012
Si Eva Braun (1912-1945) llegó a decirle alguna vez a Adolf Hitler Ich liebe dich (te quiero) es algo que quedará siempre entre las paredes del búnker berlinés del dictador, su casa en los Alpes o el estudio de fotografía muniqués en el que esta joven rubia, aria y bávara de clase media tuvo su primer encuentro con el führer en 1929. No obstante, lo que sí reconocen hoy historiadores como la alemana Heike B. Görtemaker es que Braun no fue tan sólo la típica rubia tonta, el florero, la amante de Hitler o la mujer cegada de amor inocente y apolítica, capaz de suicidarse junto a él el 30 de abril de 1945 después de más de 16 años de relación.
"Tenemos pruebas de que, hacia el final de la guerra, Braun apoyó a Hitler en su locura de ser cercado por traidores. Ella se convirtió en su cómplice. [...] No diría que fue una criminal, pero tampoco la mujer pasiva que, simplemente, pasaba por allí", señala a Público esta historiadora.
Las pruebas de las que habla Görtemaker se encuentran en su libro Eva Braun. Una vida con Hitler (Debate), que acaba de salir publicado en español y que ya causó cierta polvareda hace un año en Alemania. En su mayoría son cartas enviadas a su hermana en 1945 en las que Braun insiste en que se guarde toda la correspondencia entre Hitler y ella. También han quedado 22 páginas de su diario personal y las fotos y películas que se hicieron en el Berghof, en las cuales la chica rubia que quería ser fotógrafa mostraba a Hitler como un amante de los niños y un cuidadoso hombre de familia.
"Ella formaba parte de la maquinaria de propaganda. Al contrario de las representaciones que se han hecho hasta ahora de ella, Eva Braun debe ser entendida como parte de un grupo y como miembro del círculo más íntimo de Hitler. Y en este círculo, todos fueron testigos de lo ocurrido y todos estaban convencidos de lo que se hizo", apostilla Görtemaker, quien define sencillamente a Braun como "una defensora sin compromiso de Hitler".
Esta tesis choca con los estudios que se han hecho hasta no hace muchos años de la vida de Eva Braun y de otras mujeres que compartieron su vida con notables nazis como Magda Goebbels, Emmy Göring, Ilse Hess y Margarete Speer. Como señala Görtermaker, después de la guerra y durante 65 años, "mientras que Hitler se convertía en símbolo de la violencia, la inhumanidad, el racismo y la limpieza étnica, Braun era sinónimo de servilismo y sumisión femenina". "Las otras mujeres de los nazis pasaban como víctimas o mujeres florero. Por suerte, las nuevas investigaciones nos muestran ahora un cuadro más complejo y ya no son vistas como inocentes per se, sino que cada vez son más definidas como actores que también jugaron un papel aquellos años", añade la historiadora.
El salvador solitario
Además de su función de cómplice de Hitler, Görtemaker también intenta en este libro sondear las razones que llevaron a Eva Braun a enamorarse de un genocida y cómo pudo establecerse una relación entre una chica de clase media, que apenas tenía 17 años cuando le conoció, y un hombre que buscaba construirse la imagen de un salvador solitario, dispuesto a devolver el orgullo al pueblo alemán después de la humillación del Tratado de Versalles.
Una relación más extraña aún cuando se sabía que la familia Braun no participaba en los círculos antisemitas que por aquel entonces ya pululaban por Múnich y que incluso, la hermana mayor, Ilse, llegó a trabajar durante un tiempo en la consulta de un médico judío.
La crónica de la pareja se inicia así en octubre de 1929, cuando ambos se encontraron en el estudio del fotógrafo Heinrich Hoffmann en Múnich donde ella trabajaba. "Ese día se quedó en el local después de la hora de cierre cuando Hoffmann le presentó a un tal Herr Wolf y le pidió que fuera a buscar cerveza y leberkäse para los tres [...]. Durante la comida, el extraño la estuvo devorando continuamente con los ojos y más tarde se ofreció para llevarla a casa en su Mercedes, algo que ella rechazo", escribe Görtemaker. Después llegarían más invitaciones al cine, a la ópera. Sin embargo, de aquellos primeros años, hasta 1935 en que ella se establece definitivamente en ese círculo privado del Obersalzberg alpino que él creó como segunda residencia, "apenas hay fuentes", según reconoce la historiadora.
Una relación oculta
Para ella, "en realidad, Eva Braun nunca se enamoró de Hitler. A fin de cuentas, él siempre recalcaba que vivía sólo para la política, y eso concernía también a su vida privada". De hecho, la relación entre ambos permaneció oculta ante la opinión pública hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Como afirma Görtemaker, "fuera del círculo íntimo pocos sabían de su existencia. Incluso en muchas fotos que se hicieron en el Berghof su imagen fue recortada".
No obstante, aunque no quede muy claro si Braun se vio abrumada por la erótica del poder de un hombre que en los años treinta se vio encumbrado como un dios, sí resulta evidente por sus cartas que "se esforzó por encontrar su lugar al lado de Hitler. Ella fue consciente de unir su vida a la prosperidad y la caída de aquel hombre y de seguir su camino hasta las últimas consecuencias", añade la historiadora.
¿Y él qué vio en ella? ¿Por qué el hombre solitario y de sonrisa congelada decidió mantenerla a su lado durante más de una década y media? Según las declaraciones de la secretaria del führer, Christa Schroeder, hechas tras la guerra, Braun se comportaba dentro del círculo íntimo como su esposa y su función a menudo era la de tranquilizadora de los arrebatos de su pareja. "Hitler quizá reconoció en ella a alguien que podía tener a su lado durante toda su vida, debido a unos orígenes y educación tradicional parecidos. La prefirió a ella a cualquier persona con ideas fanáticas. Y llevó su confianza hasta su muerte, casándose con ella la noche antes de su suicidio conjunto", añade Görtemaker.
A pesar de estar en las sombras, Eva Braun fue una figura con cierto poder en el ámbito del dictador y también tenía su lugar en la residencia alpina. Allí se encontraba con Magda Goebbels, Emmy Göring e Ilse Hess, quienes aunque sí tenían una función pública, en el ámbito privado su palabra quedaba por debajo de la de Braun. "Hitler controlaba las relaciones de su amiga pero en la intimidad ella marcaba el paso. Y nadie podía contradecir sus deseos", asegura la historiadora. Un ejemplo es la amistad que Albert Speer mantuvo con ella. "Él sabía que la simple amistad con Hitler no prometía la entrada al poder y al éxito. Para llegar a eso había que pasar por Eva Braun", apunta Görtemaker. Y la rubia, desde luego, ni era un florero ni de tonta tenía un pelo.