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luns, 20 de xaneiro de 2014

Ariel Sharon, el fiero general que se convirtió en pragmático político


Fallece uno de los líderes militares que forjó israel en varias guerras contra los países árabes
Entró en coma en 2006, después de ordenar la retirada de Israel de la Franja de Gaza
      Muere Ariel Sharon

“Lo que usted ve desde ahí no es lo que yo veo desde aquí”. Como primer ministro de Israel, entre 2001 y 2006, Ariel Sharon repitió en numerosas ocasiones esa frase, con la que trataba de justificar unas acciones que aplacaban más a la izquierda que creció detestándole que a los halcones que quedaban desconcertados por las últimas decisiones políticas del fiero general conocido por su temeridad. Sharon el líder de la temida Unidad 101; Sharon el impecable estratega que hizo posible la toma del Sinaí; Sharon que cruzó el canal de Suez y aisló al Tercer Ejército egipcio en 1973; Sharon el general que miró hacia otro lado durante la masacre de Sabra y Chatila, acabó siendo Sharon el que evacuó a más de 9.000 colonos de la franja de Gaza y proclamó que lo que le quedaba por hacer en vida era alcanzar la paz con los palestinos.
Tras sufrir una hemorragia cerebral en 2006, Sharon quedó en un coma en el que falleció este sábado en el centro médico de Tel Hashomer de Tel Aviv. Aún en sus ocho años en coma, Sharon fue una figura detestada por buena parte de la izquierda israelí y por los palestinos, que no olvidan, entre muchas otras cosas, que como ministro aprobó más de 100 asentamientos de colonos en zona ocupada. Aún a día de hoy en Gaza y Cisjordania es una asunción común que fue él, como primer ministro, quien dio la orden de envenenar al presidente Yasir Arafat con polonio antes de su muerte en 2004. Varios informes sobre la muerte del líder palestino han ofrecido recientemente conclusiones contradictorias, entre ellas la de una muerte por causas naturales.
Sharon fue un experto en destruir lo que construyó. A pesar de sus denodados esfuerzos por ampliar las colonias en zona palestina, como Primer Ministro ordenó la retirada unilateral de Gaza. Su recuerdo no es honroso para los colonos, que habían visto en él a un posible defensor de sus intereses. Fue de hecho él quien en 1977, como ministro de Agricultura, introdujo y avanzó la idea de poblar de colonias judías las colinas de Cisjordania, para proteger Jerusalén y la llanura que se extiende a su oeste hasta el Mediterráneo. Había entonces 25 asentamientos, aprobados por el gobierno laborista. Hoy consideran los grupos observadores que son más de 120.
Según escribió en su autobiografía, de 1989, titulada Warrior (Guerrero): “Durante 10 años había buscado una forma de asentar a judíos en esos lugares. Comencé con campos militares, e hice grandes avances (aunque sin éxito) para que se mudaran allí mujeres e hijos de soldados. Conocía muy bien esas zonas, estaba comprometido con la idea de establecer una presencia judía allí”.
Décadas después, su decisión de abandonar Gaza rompió también al Likud, que él había ayudado a convertir en una formidable fuerza política, capaz de robarle la hegemonía política al laborismo que forjó el Estado de Israel. Como primer ministro, Sharon decidió romper con esa formación y formar su propio partido, Kadima, para presentarse a las elecciones de marzo 2006. El partido las ganó, pero ya sin él, que dos meses antes había sufrido el infarto cerebral que le dejó en estado vegetativo el resto de su vida. Su delfín, Ehud Olmert, se convirtió en primer ministro por un solo mandato. La marcha de Sharon del Likud le abrió el camino de nuevo a Benjamín Netanyahu al liderazgo del partido y, finalmente, del gobierno, hasta hoy.
Sharon nació de padres bielorrusos en Kfar Malal, en la Palestina bajo mandato británico. Se unió de joven, a los 14 años, a la Haganá, la milicia judía que se creó para proteger las comunidades judías y que fue decisiva en la consecución de la independencia de Israel. En los años 50 el recién formado Ejército israelí le encomendó el liderazgo de la Unidad 101, encargada de tomar represalias contra localidades árabes en Jordania, después de infiltraciones y ataques de guerrilleros palestinos.
Según él mismo la definió, era “un comando de élite con la misión de responder con fuerza a los grupos terroristas”. En aquellas misiones Sharon ejecutó algo que se convirtió en un credo sagrado para las Fuerzas de Defensa de Israel: las represalias a los ataques sufridos debían ser enormes y contundentes, para disuadir a los palestinos y sus aliados de atreverse a atacar de nuevo.
Sharon ascendió pronto entre los rangos del ejército, con fama de temerario y brillante, a pesar de una empedernida rebeldía que a veces se traducía en desobediencia. En las sucesivas guerras de Israel desde 1956 tomó parte y lideró operaciones en la península del Sinaí, que quedó bajo control de Israel desde 1967 y durante más de una década. Llamado a filas seis años después, en lo que los israelíes temían que iba a ser el desastre de la guerra del Yom Kipur, cuando Siria y Egipto atacaron por sorpresa, el general asumió la temeridad de cruzar el Canal de Suez, para aislar allí a 8.372 soldados egipcios. Según escribió el general en un informe de operaciones, “ese cruce fue el punto de no retorno de la guerra… fue el cruce lo que nos dio la victoria”.
Lo que parecía una carrera de grandes gestas bélicas quedó en entredicho por la invasión de Líbano en 1982, ejecutada de forma militarmente implacable pero terriblemente concebida, dejando a los israelíes sin un objetivo claro a largo plazo. Sharon era ya entonces un político derechista, ministro de Defensa en el gobierno de Menájem Begin. A él se le atribuye el haberse lavado las manos mientras una milicia falangista, cristiana y libanesa entraba en los campos de refugiados de Sabra y Chatila a ejecutar civiles palestinos. Según concluyó en 1983 la Comisión Kahan, encargada de investigar la masacre, “al señor Sharon se le considera responsable de ignorar el peligro del derrame de sangre y la venganza cuando aprobó la entrada de los falangistas en los campos”.
Según han revelado varios documentos gubernamentales desclasificados décadas después, Sharon temía las posibles consecuencias de semejante informe. En su autobiografía se describió como un cabeza de turco y culpó a “un confuso estruendo en el que cuentos salvajes, ultrajes morales y una cínica explotación política de la tragedia por los laboristas competían entre ellos”.
Abandonó la cartera de Defensa, pero no la política. Fue él quien en 2000, como candidato a primer ministro, visitó la explanada de las Mezquitas en Jerusalén prendiendo la mecha de la segunda intifada, que trajo a Israel una oleada de ataques suicidas con explosivos. Murieron en una década 1.000 israelíes y 6.300 palestinos. Y Sharon ganó, con una de las mayores victorias de la historia política israelí, para decidir que quería hacer paz. En su discurso inaugural empleó esa palabra 22 veces. “Le extendemos la mano a la paz. Nuestro pueblo está comprometido con la paz. Sabemos que la paz implica dolorosas concesiones de ambas partes”, dijo.
 A su cuenta y riesgo ordenó pues la retirada de Gaza. Era un experimento, que debía sentar las bases para la paz. En la Franja ganó poder el grupo islamista Hamás, que ya ha librado dos guerras contra Israel y otra, civil, contra las fuerzas de Al Fatá, el partido que gobierna Cisjordania y negocia en solitario con Israel.
La de Ariel Sharon es una historia intrínsecamente israelí, la de un halcón que al asumir el poder completo se dio cuenta de que sólo le quedaba la opción del pragmatismo. Así le sucedió a Begin, que firmó la paz con Egipto en 1979 devolviendo el Sinaí, y así le ocurre a Netanyahu, que ahora negocia a contracorriente de la derecha la formación de un Estado palestino. Lo escribió Sharon en su biografía, a modo de justificación de sus más graves decisiones y como testamento político: “Era lo que resultaba práctico, era el camino pragmático a recorrer en ese momento”.

sábado, 21 de decembro de 2013

Una joven conciencia literaria de Israel


Nir Baram se enfrenta a los clichés judíos con la primera novela de un hebreo que trata la Segunda Guerra Mundial sin centrarse en el Holocausto
El país es el invitado en la Feria Internacional de Guadalajara

Hay algo intensamente desafiante en Nir Baram. En su obra y también en su persona. En rebeldía, ha hecho algo que solo un israelí sin miedos puede hacer. Le ha ofrecido a su país una novela en la que retrata los horrores previos a la II Guerra Mundial de forma perturbadora: sin retratar a monstruos ni narrar sus sangrientos crímenes, dejando apenas entrevista la muerte de millones. En Las buenas personas Baram somete al devenir de la historia a dos seres humanos especiales, rebosantes de talento y sensibilidad. Ambos tientan al lector desde sus fascinantes personalidades, y trágicamente acaban eligiendo ser colaboradores de los grandes males del siglo XX por un cruel y desangelado oportunismo. Sus decisiones tienen unos devastadores efectos y los engullen a ellos mismos y a la dignidad de toda una generación.
“Es el primer libro en Israel que trata de la Segunda Guerra Mundial sin centrarse en el Holocausto”, explica Baram en su apartamento en Tel Aviv, desde el que trabaja. Sus protagonistas, Thomas y Sacha, son resortes imprescindibles del mal, pero no lo ejecutan directamente. Por ellos mueren miles de personas, pero no ven directamente la sangre que emana de sus acciones. “Me centré en colaboradores, y cuando escribí el libro pensé en las implicaciones morales de hacerlo. Pero al fin y al cabo creo en que la literatura no debe educar al lector sino hacerle reflexionar”.
La provocación de Las buenas personas fue mayúscula en un país donde el Holocausto no es solo un doloroso recuerdo sino también una posibilidad de futuro de la que advierten frecuentemente los políticos. David Ben Gurion, padre fundador de la patria, escribió en 1960 que “en Oriente Próximo, en Egipto y Siria, los aprendices de nazis quieren destruir Israel”. El mes pasado, durante una visita oficial del presidente francés, François Hollande, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dijo, en referencia a Irán, que su deber es “evitar que nadie ejecute un nuevo holocausto”.
Carente de lecciones morales, el libro se presta a interpretaciones muy diversas. Parte de la crítica hizo trizas sus premisas, no su estilo. Hubo quienes acusaron a Baram de relativizar el mal. “Cuenta, por milésima vez, lo que ya se ha contado en un sinfín de ocasiones”, escribió tras su publicación Nissim Calderon en el diario Yedioth Aharonot. “Y dice cosas por milésima vez que ni siquiera son inteligentes cuando se cuentan bien. El mal nazi y el mal soviético fueron pérfidos. El mal israelí es diferente. Sugerir que debemos entender los tres usando los mismos parámetros es como sugerir que un médico trate el sida con los medios con que se trata un ataque al corazón”.
La novela fue publicada en 2010 en Israel, donde ha vendido 40.000 ejemplares, un fenómeno en un mercado pequeño como el del hebreo. Ha sido traducida a 14 idiomas, entre ellos español, en una reciente edición de Alfaguara. En septiembre Baram publicó su última novela en hebreo, El mundo es un rumor, otro éxito de ventas que ha generado un intenso debate en Israel sobre el agotamiento del capitalismo. La líder del Partido Laborista, Shelly Yacimovich, ha definido esa obra como la “más inteligente, penetrante y provocadora documentación hasta la fecha sobre los procesos económicos, sociales, y morales” que recientemente han generado protestas en todo el mundo, incluido Israel.
Baram, nacido en Jerusalén en 1976, es hijo de su tiempo. Su padre, Uzi Baram, fue ministro de Isaac Rabin en aquellos días convulsos posteriores a la firma del acuerdo de paz de Oslo con los palestinos. “Había una atmósfera muy violenta en Israel, no creo que hoy nadie pueda entenderlo. El odio al gobierno de Rabin era máximo”, recuerda. A diario temía por la seguridad de su padre y su familia. Eran los días de las manifestaciones con los ataúdes de cartón y de las fotos trucadas de Rabin vestido de nazi, antes de su asesinato en 1995, a pocos metros de donde vive hoy Baram.
Hoy, Israel, dice Baram, recoge las tempestades de la siembra de aquellos vientos. “Vivimos en un estado constante de paranoia que no es solo por Netanyahu, sino porque se ha creado una sociedad consumida por el racismo y el miedo”, opina. “Culpar a Netanyahu no sirve de nada. Es solo un payaso. Es solo un representante del estado mental israelí”. Como en todo, Baram va un paso más allá. A diferencia de la gran mayoría de escritores de su generación, da por cumplidos los objetivos del sionismo. “No creo en un estado judío, sino en un estado israelí”, dice. Su ideal: que la izquierda israelí y palestina se unan en crear una “sociedad multiétnica”.
“Me lavo las manos por lo que os ha pasado: estoy limpia de la sangre de estos justos”, llega a exclamar Sacha, protagonista de Las buenas personas, al enfrentarse a su culpa. No la juzga Baram. Tampoco la historia. No es nadie para la posteridad. La fría distancia del autor es todo un riesgo narrativo cuando viene de Israel y pertenece a un pueblo, como el judío, marcado por persecuciones y exterminios. Pero Baram renuncia voluntariamente a las pasiones y a los clichés que Israel proyecta en el extranjero. Así es su obra, y él mismo resume sus convicciones en una frase: “Nunca aceptaré escribir en clichés para tener éxito en los círculos literarios de Nueva York”.

luns, 4 de febreiro de 2013

La banalidad del mal, 50 años después


Una película sobre Hannah Arendt reconstruye una polémica de hace medio siglo
Su crónica del juicio en Jerusalén contra el jerarca nazi Adolf Eichmann provocó controversias
las grandes polémicas intelectuales del siglo XX cumplirá pronto 50 años. El 16 de febrero de 1963 la revista The New Yorker dedicó 73 páginas a una crónica del juicio que había condenado a muerte en Jerusalén al teniente coronel de las SS Adolf Eichmann, encargado del transporte a los campos de concentración y exterminio. El texto era la primera de cinco entregas y lo firmaba Hannah Arendt, la pensadora alemana de origen judío que en 1951 había entrado en la historia de la filosofía con Los orígenes del totalitarismo.
La aparición del reportaje desencadenó una tempestad de acusaciones ancladas en dos puntos. Por un lado, el papel que los líderes judíos habrían jugado en la elaboración de las listas de deportados. Por otro, la idea de que Eichmann no era un ser demoniaco sino un diligente funcionario, lector de Kant, alérgico a la violencia y empeñado en cumplir las órdenes, un ser banal al que la irreflexión “le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo”. Informe sobre la banalidad del mal fue precisamente el subtítulo que la politóloga puso a su crónica cuando, meses después, se convirtió en el libro Eichmann en Jerusalén. Existe Traducción española de Carlos Ribalta en Lumen y Debolsillo y Taurus ha publicado una versión reducida en su colección Great Ideas. Es todo un síntoma que Hannah Arendt (Hannover, 1906-Nueva York, 1975) sea la única mujer estudiada individualmente por Nigel Warburton en Una pequeña historia de la filosofía, recién publicada por Galaxia Gutenberg en traducción de Aleix Montoto. También lo es que el capítulo que le dedica esté centrado en el libro de 1963.
Casi medio siglo después, la polémica en torno a aquella obra sirve también de columna vertebral a la película de Margarethe von Trotta Hannah Arendt, que no tiene prevista fecha de estreno en España, pese a haber obtenido la Espiga de Plata en la última Seminci (Semana de Cine de Valladolid). Si Von Trotta fue musa de Fassbinder, la musa de Von Trotta es Barbara Sukova, impecable en el papel de la filósofa. La Hannah Arendt de Von Trotta arranca con el secuestro de Eichmann a cargo de los servicios secretos israelíes en Argentina, donde vivía de incógnito, y recurre a imágenes de archivo para reconstruir el juicio y al flashback para apuntar la relación de Arendt con Martin Heidegger, su maestro y amante antes de que este mostrara su apoyo al partido nazi y ella tuviera que huir a Francia para asentarse definitivamente en Nueva York. “Fuimos expulsados de Alemania porque éramos judíos. Pero apenas cruzamos la frontera francesa, nos convirtieron en boches”, escribió. “Aparentemente nadie quiere saber que la historia contemporánea ha creado una nueva clase de seres humanos: la clase de los que son confinados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos”.
En el número 370 de Riverside Drive transcurre la mayor parte del metraje de una película de ideas en la que el trabajo de los actores matiza lo abstracto de algunas discusiones. Junto a la propia Sukova-Arendt, brillan los encargados de interpretar a su segundo marido —Heinrich Blücher (Axel Milberg)—, a su gran amiga y defensora —la novelista Mary McCarthy (Janet McTeer)— o a su gran amigo y luego detractor Hans Jonas (Ulrich Noethen), condiscípulo de la pensadora en los cursos de Heidegger. “No diga mi nombre en la misma frase que el de ese nazi”, dice él en el filme.
“La imagen que habían creado era la de un ‘mal libro’; ahora han de probar que fue escrito por una ‘mala persona”, escribió Hannah Arendt al recordar las acusaciones que recibió. Algunos insinuaron que su informe nacía del odio a su propia condición de judía. No todos fueron tan sutiles: “¿Es nazi Hannah Arendt?”, se titulaba una carta colectiva publicada por Le Nouvel Observateur. La polémica es ya historia. No en vano, Von Trotta ha contado con la colaboración de los archivos sobre el Holocausto de Steven Spielberg, la Universidad de Jerusalén y la Organización Sionista Mundial.
Fuera del cine, el interés por la obra de Hannah Arendt no ha parado de crecer. Amén de sus obras filosóficas, solo en España hay disponibles tres biografías suyas y parte de su correspondencia. A ellas acaba de sumarse La batalla de las cerezas. Mi historia de amor con Hannah Arendt (Paidós. Traducción de Alicia Valero), que recoge los apuntes que su primer marido, Günther Anders, tomó cuando eran una pareja de recién casados que discutía a Leibniz en una habitación subalquilada de Drewitz. Siempre pegada a un cigarrillo, “profunda, insolente, alegre, mandona, melancólica, danzarina”, así retrata Anders a la mujer con la que se casó en 1929 y de la que se divorció en 1937. En 1940 ella se casó con Blücher. Ese año fue recluida en el campo de internamiento de Gurs, en el sur de Francia. Allí vivió sus mayores crisis, pero mantuvo la lucidez suficiente para desobedecer la orden que obligaba a los judíos a registrarse en una prefectura. Había aprendido a desconfiar de la policía francesa, decía, leyendo novelas de Simenon. Hannah Arendt se convirtió en apátrida, pero salvó la vida. Aquel registro se convirtió para muchos en el pasaporte hacia los campos de exterminio. A ellos fueron deportados, entre otros, parte de los 6.000 judíos que habían sido transitoriamente enviados a Gurs por un puntilloso funcionario llamado Adolf Eichmann.
Pasto de controversia
JUAN GÓMEZ
Por grandes que sean sus méritos, la vida de buena parte de los grandes filósofos parece casi tan poco cinematográfica como sus obras. Margarethe von Trotta, antigua colaboradora de Fassbinder, ha elegido el libro más controvertido y el más célebre de Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, porque tiene acción, intrigas y una considerable carga polémica que interesará a cualquier curioso.
La película estrenada este mes cuenta la condena a muerte del criminal nazi Adolf Eichmann, oficial de las SS y funcionario del Holocausto, vista por Arendt, alemana y judía. En 1961, la pensadora fue enviada por la revista The New Yorker a cubrir la primera parte del juicio contra él en Jerusalén. Arendt, que era ya una intelectual de renombre, buscó una explicación para la formidable maldad de los actos de Eichmann, a los que asoció la inopinada cualidad de “banales”. Ya el subtítulo de su libro, Un informe sobre la banalidad del mal, cayó como una bomba entre los intelectuales alemanes y entre los pensadores judíos de todo el mundo. Von Trotta cuenta la génesis de la obra en un biopic no apto para exfumadores recientes.
La “banalidad del mal” es hoy lugar común. Se entiende que Eichmann, aquel tipo gris, calvo y míope tan alejado de un Sigfrido wagneriano, se convirtió en asesino de masas por encargo, no por vocación. La Hannah Arendt de Von Trotta, interpretada con fría destreza por Barbara Sukova, se pasa media película intentando que su tesis no sea, a su vez, banalizada. En conversaciones privadas de la Nueva York elegante de los sesenta o en aulas universitarias y siempre —siempre— con un pitillo entre los dedos, la pensadora de Hannover defiende que “las mayores maldades son las cometidas por un don nadie”. Como tituló Der Spiegel en una crítica, la Arendt de Sukowa “se tumba, fuma, piensa” con una “credibilidad que permite seguir la película con gusto y atención hasta el final”. El estreno del filme ha provocado un revuelo considerable en Alemania, donde las tesis de Arendt son aún pasto de controversia. Un crítico del diario berlinés Die Tageszeitung afea al guion que pusiera en boca de Arendt que “Eichmann era incapaz de pensar”, cosa que nunca dijo y que suena a disculpa. También el descafeinado flashback que muestra la historia de amor entre Arendt y su profesor de Friburgo Martin Heidegger. El nazismo militante del a la sazón rector universitario queda diluido en lo que el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung califica de “sólida panorámica […] que renuncia a presentar a una pensadora […] tan controvertida como lo fue en vida”.

xoves, 21 de xuño de 2012

Israel inicia su caza contra los inmigrantes africanos


La policía detiene a decenas de personas, a las que se les ha retirado el estatus de refugiado, para iniciar un proceso de deportaciones masivas
PÚBLICO.ES 11/06/2012 13:57 Actualizado: 11/06/2012 15:27
El Gobierno de Israel ha conseguido el visto bueno definitivo de la Justicia para empezar a detener y deportar a inmigrantes africanos. De hecho, las fuerzas israelíes han arrestado hoy a 55 personas, que se suman a las 25 detenciones de ayer efectuadas por la Brigada Oz, que se encarga de cumplir con los planes del Ejecutivo hebreo para expulsar a miles de ciudadanos sursudaneses y eritreos.
Poco importa que los detenidos contaran con el estatus, ya retirado, de "protección colectiva", que impedía que fueran deportados ante los conflictos en sus países de origen. Especialmente preocupante es el caso de los sursudaneses, los más perseguidos, que tendrán que volver a una región donde la guerra contra Sudán ha generado medio millón de refugiados.
Las redadas, que ya habían comenzado hace días, cuentan con el respaldo del Tribunal de Distrito de Jerusalén, que rechazó el recurso que habían presentado diversas organizaciones de derechos humanos. Se calcula que en Israel residen de manera ilegal unos 60.000 inmigrantes, los llamados infliltrados, la mitad de los cuales son africanos, de los que -según el Gobierno- entre 1.000 y 1.500 serían sursudaneses, una cifra que ONG locales elevan a entre 5.000 y 7.000. 
Decenas de afectados han protestado contra esta decisión y han salido a la calle con eslóganes como "Los sudaneses no somos cáncer", "Somos refugiados, somos seres humanos", "Somos refugiados, no enemigos" y "No somos infiltrados, somos refugiados". Sin embargo, en el caso de que se nieguen a ser deportados, podrían hacer frente a penas de entre dos y cinco años de prisión de acuerdo a un cambio en la ley realizado recientemente por el Ministerio israelí del Interior que extiende el plazo para que las fuerzas de seguridad puedan mantener detenida a una persona que entre en el país de forma ilegal.
En las últimas semanas se han registrado crecientes protestas e incidentes violentos contra los inmigrantes africanos, a los que se les acusa de casos de violencia contra la población judía. Ante ello, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ya dio la orden hace unos días de acelerar la deportación de los alrededor de 25.000 inmigrantes sin papeles de Sudán del Sur, Costa de Marfil, Ghana y Etiopía.
Todos ellos son "solicitantes de asilo", según ha denunciado a Efe Orit Ruden, de la Organización de Ayuda a Refugiados y Solicitantes de Asilo (ASSAF). "La mayoría de ellos han esperado unos seis años para obtener respuesta a su solicitud, pero no lo han conseguido y ahora les quieren expulsar a Sudán del Sur, donde incuestionablemente se enfrentarán a una situación de riesgo, tanto desde el punto de vista de seguridad como del humanitario", ha declarado la activista.
Las organizaciones también han criticado el doble juego utilizado por el Gobierno que no esperó a la decisión judicial para comenzar las redadas. "La corte ha decidido que está bien quitarles la protección colectiva, pero también ha establecido que tienen derecho a solicitar asilo de forma individual y, dos días después, las autoridades han comenzado a arrestar a familias y niños en mitad de la noche sin darles tiempo para pedir el estatus de refugiado", ha puesto de manifiesto Ruden. La activista ha concluido que "no son criminales, no han cometido ningún delito. Han pedido sus derechos de forma legal, pero el Ministerio de Interior ha decidido tratarlos como criminales".