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luns, 14 de abril de 2014

Suecia admite que durante 100 años marginó y esterilizó al pueblo gitano


El Gobierno reconoce 100 años de persecución y robos de niños

A lo largo del último siglo, Suecia esterilizó, persiguió, arrebató niños y prohibió la entrada en el país a los gitanos; y las personas de esa minoría étnica fueron tratadas durante décadas por el Estado como “incapacitados sociales”. Estos anuncios no los ha hecho una ONG militante. Es el relato del Gobierno conservador sueco, que en un gesto inédito en Europa, tanto por su honestidad intelectual como por la amplitud del respeto a la verdad, se ha decidido a mirar atrás y a rebuscar en sus archivos más oscuros.
La idea es saldar cuentas con el pasado para tratar de mejorar el presente: “La situación que viven los gitanos hoy tiene que ver con la discriminación histórica a la que han estado sometidos”, afirma el llamado Libro Blanco, que ha sido presentado esta semana en Estocolmo, y en el que se detallan los abusos cometidos con los gitanos a partir de 1900.
El ministro de Integración, Erik Ullenhag, ha definido esas décadas de impunidad y racismo de Estado como “un periodo oscuro y vergonzoso de la historia sueca”. Sus palabras han coincidido con un episodio que ilustra la situación actual: el miércoles, una de las mujeres gitanas invitadas a dar su testimonio vio cómo el personal del hotel Sheraton le prohibía la entrada al desayuno.
Los abusos históricos, señala el Libro Blanco, siguieron un patrón inventado hace siglos por las monarquías europeas: comenzaron con los censos que elaboraron organismos oficiales como el Instituto para Biología Racial o la Comisión para la Salud y el Bienestar, que identificaron a los gitanos que habitaban en el país. Los primeros documentos oficiales describían a los gitanos como “grupos indeseables para la sociedad” y como “una carga”. Entre 1934 y 1974, el Estado prescribió a las mujeres gitanas la esterilización apelando al “interés de las políticas de población”, como hizo Australia con los aborígenes. No hay cifras de víctimas, pero en el Ministerio de Integración explican que una de cada cuatro familias consultadas conoce algún caso de abortos forzosos y esterilización. Los organismos oficiales se hicieron con la custodia de niños gitanos que arrancaban a sus familias. El estudio tampoco ofrece datos sobre esta costumbre, pero Sophia Metelius, asesora política del ministerio, explica que se trataba de “una práctica sistemática”, sobre todo en invierno.
Estocolmo admite que prohibió entrar a los gitanos en Suecia hasta 1964, pese a que se conocía la suerte que había corrido la minoría bajo la expansión nazi: los expertos calculan que al menos 600.000 romaníes y sintis fueron exterminados en el Porrajmos, La Devoración en calé, a manos del régimen hitleriano y otros afines.
El Libro Blanco detalla los ayuntamientos suecos que prohibieron asentarse de forma permanente a los gitanos, y recuerda que los niños eran segregados en aulas especiales y que se les impedía acceder a los servicios sociales. “La idea era hacerles la vida imposible para que se fueran del país”, resume Metelius.
Algunas de estas prácticas suceden todavía en diversos países europeos, y la gitanofobia cabalga con fuerza en Francia, Gran Bretaña y Alemania. París desalojó en 2013 a más de 20.000 gitanos de sus chabolas. Berlín planea una ley para evitar que los migrantes rumanos y búlgaros —la mayoría, romaníes— sin trabajo se queden más de seis meses en el país.
La próxima semana, la Unión Europea celebrará una cumbre especial para evaluar la marcha de las políticas de integración de la minoría romaní. El panorama general es desolador, con picos de odio racial en Hungría, Eslovaquia y la República Checa.
En Suecia, un país de unos nueve millones y medio de habitantes, viven hoy más de 50.000 gitanos. De momento, las autoridades no contemplan la compensación a los familiares de las víctimas de abusos, aunque el Libro Blanco abre la puerta a las demandas. El Gobierno ha establecido la verdad histórica cruzando entrevistas personales con docenas de gitanos y los archivos oficiales. “No son revelaciones nuevas. Los gitanos llevan años contándonos estas historias, pero no se les hacía caso. Ahora, simplemente, hemos recopilado los documentos oficiales y los hemos cruzado con testimonios”, dice Sophia Metelius.
La coalición de centro-derecha vigila el fuerte ascenso en los sondeos de la extrema derecha (un 10% de intención de voto), y se ha propuesto combatir los mensajes xenófobos con una firme defensa de la tradición progresista sueca.
La aceptación masiva de refugiados sirios es una de las políticas con las que liberales y conservadores quieren demostrar que el catastrofismo populista no debe irremediablemente convertirse en profecía autocumplida. El reconocimiento de las salvajadas cometidas con los gitanos camina en esa misma dirección. La ironía es que el civilizado y tolerante norte no lo era tanto. La esperanza, que cunda ese infrecuente ejercicio de memoria y respeto.

venres, 17 de xaneiro de 2014

"Al sistema le viene muy bien que los gitanos estemos en una franja de la que no podamos salir"


Conversación con cinco mujeres gitanas, emancipadas y feministas
"Si los medios de comunicación nos estereotipan y se ríen de nosotras, hagamos medios de comunicación gitanos"
La falta de referencias no estereotipadas condiciona la construcción de la personalidad del gitano que quiere identificarse como tal
Mario Munera / Queralt Castillo – Madrid 03/01/2014 – eldiario.es

Son las seis de la tarde y empiezan a llegar. Cinco mujeres, gitanas, emancipadas e independientes, Y sobre todo, defensoras de su cultura, sus orígenes y su historia como gitanas. Patricia Caro, Soraya Giménez, Pepi Fernández, Araceli Cañadas y Gina llegan dispuestas a desmontar el imaginario que se le atribuye al pueblo gitano, y más concretamente, a sus mujeres.
El último informe de la Fundación del Secretariado Gitano junto al Centro Nacional de Innovación e Investigación Educativa (CNIIE) arroja unos datos desalentadores: "Sólo el 62,7% ha completado como máximo la educación primaria, sólo el 24,8% ha logrado el título de graduado de la ESO y únicamente el 7,4% ha logrado finalizar la educación secundaria no obligatoria (bachillerato y formación profesional de grado medio)". En el informe se esgrimen varias posibles causas para intentar dar una explicación a este fenómeno: la reciente incorporación de los gitanos y las gitanas a la aulas, las responsabilidades familiares (por pedimiento, casamiento y responsabilidades o de otra índole), la disponibilidad de los recursos económicos y el nivel sociocultural de los padres, entre otras.
Estas cinco mujeres son críticas con esas conclusiones. Para Patricia Caro, estudiante de psicología e integrante de la asociación Gitanas Feministas por la Diversidad, los datos "no son representativos". Tampoco Pepi Fernández, trabajadora social, tiene la misma percepción que el informe: "la realidad que se pinta en el estudio es muy mala, pero la situación no es así. A día de hoy hay muchos gitanos y gitanas, y más gitanas, de hecho, con estudios superiores".
Araceli Cañadas, doctoranda en la Universidad de Alcalá, donde imparte la asignatura "gitanos de españa, historia y cultura", arremete contra el argumento que intenta explicar el fracaso escolar del alumnado gitano a partir de la reciente incorporación de este pueblo a las aulas. "El primer documento conocido hasta el momento donde se habla de la llegada de los gitanos a España data de 1425, estamos hablando del siglo XV", exploca. "¿Estamos diciendo que en seis siglos, la comunidad gitana sólo se ha dedicado a leer la mano y a delinquir? Es ilógico... Habrá una parte de la población gitana que haya ido a la universidad, desde siempre, pero son los gitanos invisibles porque no se quiere mostrar esa realidad".
Para Cañadas, la situación actual del pueblo gitano es mucho mejor que la de hace treinta años, pero aún hay mucho trabajo por hacer: "la educación en general es muy mala y si ya hablamos de temas de interculturalidad y de respeto al diferente, la cosa se complica...pero para todo el mundo. Es un problema de cómo está montado el sistema educativo, que en general no sabe manejar la interculturalidad".
Una identidad negada se traduce en no saber quién eres ni cómo funciona el mundo. "A todo el mundo le cuesta mucho trabajo saber quién es. Incluso puede ser que te mueras y no lo sepas. ¿Qué es ser gitano? ¿Y español? ¿Y europeo? ¿Qué es ser mujer? ¿Qué es ser hombre? La identidad es algo que cada uno tiene que trabajar", reflexiona Cañadas. "La diferencia que hay entre la identidad gitana y las demás, es que si tú quieres profundizar en tu identidad paya, tienes argumentos, libros, documentos, profesores etc. Pero si tú quieres profundizar en tu identidad gitana careces de un corpus bibliográfico o documental, careces de una tradición académica... En esos momento, te vuelven a remitir a esos esquemas fijos y estereotipados, y te encuentras entre eso o la nada". Araceli sabe de qué habla. Hace 20 años intentó empezar unos estudios de doctorado sobre la comunidad gitana pero no fue posible, desde la universidad se le aconsejó que no lo hiciera. Sin darse por vencida, actualmente está haciendo un doctorado sobre el análisis sociolingüístico del habla de los gitanos de Madrid, el gitañol.
Todas están de acuerdo con el problema que supone la búsqueda de la identidad de una misma. Ellas han salido del estereotipo, han vencido esas barreras invisibles pero muy presentes a los que debe enfrentarse el pueblo gitano y en el camino, se han encontrado a ellas mismas sin perder sus orígenes u obviar sus tradiciones. Soraya Giménez, que trabaja en el Instituto de Cultura Gitana, insiste en la importancia de los tiempos de maduración. "Todo tiene tiempos de maduración. A día de hoy, las cosas han cambiando y la causa gitana está gestionada jurídicamente en el estado. Hay un Instituto de Cultura, un Consejo estatal...y son esos los mecanismos que ayudan a normalizar al cuestión gitana. Con esta base, nos toca a los gitanos y gitanas trabajar, porque no sirve de nada continuar quejándose. Si los medios de comunicación nos estereotipan y se ríen de nosotras [En referencia al Programa "Palabra de Gitano" que emite la cadena Cuatro], hagamos medios de comunicación gitanos y luchemos. En realidad es un problema de autoestima".
Una autoestima que, según ellas, no se trabaja en las aulas, sino todo lo contrario. El sistema educativo intenta homogeneizar colectivos y suprimir las diferencias en lugar de sacarles provecho para enriquecerse culturalmente. "Yo he visto en algunas clases, como el profesor o profesora le dice al niño o niña gitana que se duerma, que mientras no la líe, ya todo está bien, porque esa es la imagen que se tiene del pueblo gitano... como si siempre estuvieran causando problemas en clase, cuando en realidad no es así", dice Gina, estudiante de trabajo social.
Y este es un punto de inflexión clave en el avance o retroceso de la comunidad gitana. En ocasiones, las bajas expectativas que se tienen del alumnado gitano condicionan de manera definitiva su fracaso en los estudios. "A eso se le llama el efecto Pigmalión", puntualiza Patricia. El efecto Pigmalión en el ámbito escolar se traduce en la influencia que los/as profesores/as tienen sobre el alumnado en función de las expectativas que se crean y de cómo se los trata en base a ellas. También Pepi ha presenciado escenas grotescas donde una directora de colegio aseguraba, aún a día de hoy y con total impunidad, que "no sé porqué pero a los gitanos les cuesta más aprender". Y eso es más que racismo. "Es fascismo", sentencia Patricia. "Al sistema le viene muy bien que los gitanos estemos en una franja social de la que no podamos salir".
Con un enfoque adecuado, clases menos numerosas y profesionales más formados/as en temas de interculturalidad y respeto al diferente eso no pasaría. "En los pueblos es diferente que en las ciudades. El maestro está más implicado con el alumnado. En las ciudades eso no se da porque las clases son colmenas y cúmulos de guetos", asegura Soraya, que ha crecido en un pequeño pueblo de Zaragoza.
¿Cómo hacer entender a la sociedad que Pepi, Soraya, Patri, Gina y Araceli no son excepciones? Araceli lo tiene claro: "cuando una cree en sí misma, es capaz de todo". Pepi apuesta por el uso de las redes sociales para denunciar las imágenes negativas que desde algunos medios de comunicación y colectivos se proyecta de la comunidad gitana. El pueblo gitano debe tratar de fortalecer su autoestima, retarse a logros, conseguirlos (con la dureza que eso supone) e ir conquistando metas. Madurar y salir de la zona de confort. Para ello, sin embargo, aún habrá que romper muchos techos de cristal y "deshacerse del suelo pegajoso", como dice Soraya.
Hay iniciativas en marcha que fomentan ese autoconocimiento para cambiar percepciones. Una de ellas es la primera asociación de feministas gitanas "Asociación de gitanas feministas y por la diversidad", aún en estado embrionario o la iniciativa Edukaló, que lucha contra el absentismo escolar del alumnado gitano, promovido desde la Federación Autonómica de Asociaciones Gitanas.
Sólo mediante la formación, la desaparición de los estereotipos, la lucha por una autoestima en alza y el reencuentro con una identidad en ocasiones perdida, el pueblo gitano ocupará un lugar sin prejuicios en la sociedad, lejos de la imagen manida y rancia. Y ellas tienen mucho que decir, porque pisan fuerte y porque como repite Pepi: "Nosotras valemos".

venres, 20 de decembro de 2013

Cuatro de cada diez gitanas que dejan los estudios se casan o cuidan de la familia


Un 64% de los jóvenes gitanos no acaba la ESO frente al 13% del conjunto del alumnado

“Brutal y alarmante”. Estos son los calificativos que Isidro Rodríguez, director de la Fundación Secretariado Gitano, le atribuye al alto porcentaje de alumnos gitanos que no finaliza la enseñanza secundaria obligatoria (ESO), un 64%. Una cifra muy por encima del fracaso escolar en el conjunto de los estudiantes (13%). Más aún, las causas por los que los estudiantes gitanos abandonan los estudios reflejan un patrón de desigualdad entre chicos y chicas. Mientras el principal motivo por el que ellos dejan el instituto es para buscar un trabajo, ellas lo hacen para casarse o cuidar de la familia. Un 42,7% aseguró que esta era la razón por la que salían del sistema educativo. Así lo refleja un estudio sobre la materia publicado este jueves por la Fundación Secretariado Gitano, en colaboración con Unicef y el Ministerio de Sanidad.
Muchas de las amigas de Ruth Motos, alumna de 15 años de 3º de la ESO, han dejado el instituto para cuidar de su familia o casarse. “Las que se han pedido, que así lo decimos los gitanos, creo que hacen mal porque son muy jóvenes y les queda toda la vida”, explica. Ella no piensa en casarse ni en tener novio. Quiere, pese a las dificultades –este año repite curso--, continuar sus estudios. “Quiero hacer un módulo de grado medio en estética porque me gustaría trabajar en una peluquería”, detalla. “Quiero trabajar”, repite.
“Las chicas salen peor paradas en la mayoría de indicadores del estudio”, explica Mónica Chamorro, directora de educación de la Fundación Secretariado Gitano. Esto se explica, dice, porque lo que la familia espera de ellas es que sean cuidadoras y, aunque no contraen matrimonio tan jóvenes como hace décadas, su prioridad es casarse y encargarse de la casa. “Estas son unas obligaciones que no casan bien con acudir a la escuela”, abunda Chamorro.
Con todo, Rodríguez subraya que la comunidad gitana ha avanzado en igualdad e integración, aunque no todo lo deseable. “Pero es posible. No es cierto que no se puedan integrar, lo que pasa es que partían de una situación marginal que arrastran desde hace siglos. Habrá más avances si se eleva su nivel educativo”, señala. El informe apunta, de hecho, que uno de los motivos por los que el alumnado gitano abandona las aulas es porque no observan en sus padres o su entorno referentes de otros gitanos que hayan estudiado.
La elevada tasa de abandono temprano —normalmente, a los 16 años cuando la enseñanza ya no es obligatoria— provoca que solo un 20% de los gitanos de 18 años estén escolarizados. A esa misma edad, ese índice se eleva a un 71% en el resto del alumnado.
Estos indicadores, extraídos de los resultados de 1.600 entrevistas, reflejan que la educación es “un derecho que no está garantizado para los gitanos”, según Rodríguez. “Las familias, los centros y la Administración tienen que responsabilizarse de que los chavales estudien porque la educación no solo condiciona su futuro, sino también el de toda la comunidad”, señala. La brecha entre gitanos y el resto de alumnos significará en el futuro menos oportunidades de empleo y mejorar su calidad de vida para los primeros. Esto perpetuará la cronificada situación de desigualdad.
Por eso, el director de Secretariado Gitano reclama que el Estado y los centros educativos promuevan programas para ayudar y retener en el sistema a estos estudiantes.
Pese a este escenario de fracaso y desigualdad, Rodríguez hace también una lectura positiva de los datos. “Hace unos años los adolescentes ni siquiera estaban escolarizados”, apunta. Si bien, Chamorro reconoce que ahora lo están porque es obligatorio hasta los 16. “El objetivo tiene que ser que continúen y en esto tiene un fuerte peso la familia”, abunda. “Mis padres y amigos me animan a que siga estudiando, pero mucha gente cree, sobre todo los propios gitanos, que los gitanos no estudian”, explica Motos.
“El entorno incide de manera significativa en la trayectoria educativa”, dice el documento. Por eso las acciones de Secretariado Gitano en su programa Promociona, se centran en trabajar estrechamente con los alumnos, pero también con sus familias. “Necesitan apoyo y concienciación”, subraya Rodríguez. “A veces sienten que son los únicos de su barrio que animan a sus hijos a estudiar, por eso organizamos encuentros entre familias para que vean que hay más”, explica Chamorro.
A los chavales les dan clases de apoyo , pero también organizan jornadas en el que les presentan a otros gitanos que han continuado su educación, que se han ido de Erasmus. “Es importante que tengan estos modelos de referencia”, apunta la responsable de educación de la Fundación.
¿Por qué abandonan?
Según el estudio elaborado por la Fundación Secretariado Gitano, estos son los principales motivos por los que los gitanos dejan sus estudios.
      Un 30% dice que abandona el sistema educativo porque está cansado o no le gusta estudiar.
      El 29,5% alega “motivos familiares”. Sin embargo el abandono por esta causa (ayudar en el hogar o casamiento) es mucho más relevante entre las chicas, el 42,7% frente al 14,9 de chicos.
      El deseo de buscar trabajo es la causa fundamental entre ellos (21,7%), un porcentaje que se redice al 9,3 entre las jóvenes gitanas.

xoves, 5 de decembro de 2013

Gitanos, el presagio de otras infamias


Artistas e intelectuales franceses alertan de la amnesia y los nuevos síntomas racistas
La persecución a los romaníes antecedió a las dos guerras mundiales
Montreuil-Bellay es un pequeño pueblo cercano a Saumur, una de las capitales de la provincia de Maine y Loira. Aquí habita desde hace siglos la vieja Francia, la Francia profunda del terruño, la blanca Francia de la flor de lis que bebe vino embotellado hace medio siglo y come mantequilla y champiñones. Es la Francia que vota a Marine Le Pen, la Francia avara de ‘Eugenia Grandet’, la novela de Balzac; la belicosa Francia de la Escuela de Caballería y el Museo de los Tanques de Saumur. La Francia que lleva a sus hijos a escuelas integristas y que obedece las consignas del ‘châtelain’, el señor del castillo, que manda más que los alcaldes.
En este feudo medieval del rey René y de los Anjou, plagado de almenas resplandecientes que parecen sacadas del juego Exín Castillos, sucedió hace 75 años una historia ejemplar o espantosa, según se mire. La historia avergonzó tanto a la gente del Loira que nadie habló de ella durante cuatro largas décadas.
El 6 de enero de 1940, el capitán del Ejército republicano español Manuel G. Sesma, nacido en Fitero (Navarra), llegó a Montreuil-Bellay desde el campo de Gurs al mando de la Octava Sección de la 184ª Compañía de Trabajadores Españoles, formada por 250 personas. Sesma había salido de España en febrero de 1939, con los 450.000 refugiados del primer éxodo republicano.
En 1983, el capitán le contó a Jacques Sigot, maestro de escuela e historiador local, que los españoles levantaron en menos de seis meses 19 kilómetros de vía férrea “moviendo con las manos unas vías que pesaban 0,7 toneladas”. Aquel terreno iba a albergar al personal de un arsenal de pólvora, pero el avance alemán hizo cambiar de idea a los franceses, que en junio de 1940 ordenaron a los republicanos construir un campo de concentración para “individuos sin domicilio fijo, nómadas y extranjeros que tengan el tipo romaní”.
Los españoles solo tuvieron tiempo de levantar la cárcel subterránea, “que tenía celdas de 1.30 metros x 1”, y algunos barracones, según cuenta Sesma en el libro de Sigot ‘Montreuil-Bellay, un camp de concentration pendant la Seconde Guerre Mondiale’.
Los alemanes entraron en Montreuil-Bellay el 21 de junio de 1940, y tras alambrar el solar, lo usaron para retener a soldados franceses y a civiles extranjeros. Entre el 8 de noviembre de 1941 y el 16 de enero de 1943, el lugar se convirtió en el mayor campo de concentración de gitanos de Francia. “El campo estaba custodiado por la Gendarmería”, escribe Sigot, “y en junio y julio de 1944 fue bombardeado, antes de ser liberado en septiembre de 1944. Los gitanos volvieron un mes después y estuvieron hasta el 16 de enero de 1945, cuando fueron trasladados a Jargeau y a Angulema”.
Muchos gitanos nacieron aquí, y murieron más de 100. Pero su historia permaneció silenciada hasta que Sigot descubrió las ruinas en los años ochenta y un puñado de militantes progitanos decidió combatir la amnesia histórica colocando placas conmemorativas para recordar que en Francia hubo al menos 30 campos de concentración de gitanos parecidos a este.

Las ruinas del campo de Montreuil-Bellay fueron declaradas patrimonio nacional en 2012. Pero no son nada fáciles de encontrar. Además de la cárcel subterránea, solo quedan los cimientos y el suelo de uno de los barracones, y tres tramos de escaleras de piedra. La cárcel tiene forma de cueva –troglodita, las llaman aquí- y en las rocas hay algunos nombres grabados: Duval, Reinhard… “Quizá fueran primos de primos del gran guitarrista Django Reinhardt”, explica Kkris Mirror, un dibujante de cómic y activista progitano nacido en Saumur, que en 2008 publicó el libro ‘Tsiganes’, que narra en blanco y negro la historia de Montreuil-Bellay.
Mirror, que ha venido desde su casa de Brézé en su Harley-Davidson, cuenta que el cmpo “llegó a albergar a 1.018 gitanos en agosto de 1942. Había casi 100 barracones, iglesia y escuela”. El dibujante y guionista tenía sus razones para interesarse por el asunto. “Desde pequeño viví el trauma de mi padre, que estuvo internado en un ampo alemán durante la guerra. Se escapó vivo de milagro, y yo empecé a dibujar su historia a los diez años. Luego supe que al lado de nuestra casa hubo un campo de concentración, organizado no por alemanes sino por franceses. Y más tarde me enteré de que mis vecinos –el charcutero, el carpintero…- habían trabajado en él como guardianes para evitar ser enviados al ST0 –el Servicio de Trabajo Obligatorio- en Alemania. Entonces decidí hacer el libro”.
Mirror es uno de los artistas e intelectuales que en 2010, como réplica a los ataques de Nicolas Sarkozy contra los romaníes, montaron una plataforma para rescatar la memoria de la persecución. El padrino de la iniciativa fue el cineasta romaní Toni Gatlif (que ha contado la historia en películas como Liberté y Latcho Drom), y también colaboraron el autor de cómics Emmanuel Guibert y el fotógrafo Alain Keler, autores de ‘Un viaje entre gitanos’, que resume los diez años que Keler pasó con los romaníes europeos.
“En Francia las persecuciones de gitanos comenzaron mucho antes de la ocupación alemana”, escribió en 2010 la historiadora Marie Christine Hubert. “Ya en septiembre y octubre de 1939, la circulación de nómadas fue prohibida en varias provincias. Y en Indra-Loira los gitanos fueron expulsados. La ocupación nazi agravó aun más las cosas. Los gitanos de Alsacia y Lorena fueron expulsados en julio de 1940 hacia la zona ‘libre’”.
Esos gitanos compartieron campos con los republicanos españoles en Argelès-sur-Mer, Barcarès o Rivesaltes antes de ser llevados en noviembre de 1942 al campo de Saliers (Bouches-du-Rhône), “especialmente creado por el Gobierno de Vichy para los gitanos. En cada provincia, los gitanos fueron censados, reagrupados y vigilados”, recuerda Hubert.
La infamia no fue exclusiva del Loira, ni de Francia. El fantasma de la gitanofobia ha recorrido Europa en paralelo al antisemitismo y a la islamofobia desde que llegaron los primeros gitanos de la India hace diez siglos. El miedo al que viaja en carromatos, duerme al raso y le canta a la luna es parte de las raíces –cristianas- de Europa. Y hoy, igual que en la Edad Media, los gitanos son noticia –o rumor- en Grecia, Francia, Irlanda, Suecia, Rumanía o España por los mismos bulos y leyendas de hace 500 años: si tienen una hija rubia es porque roban niños —aunque apenas haya antecedentes judiciales que sostengan—. Si no, como dijo el ministro del Interior, Manuel Valls, es que “son culturalmente distintos y no se quieren integrar”.
“¡Y pensar que yo voté en 2012 por los socialistas!”, exclama Kriss Mirror. “Da mucha pena ver que el racismo antigitano sigue saliendo gratis y es rentable políticamente. Es lamentable porque los gitanos suelen ser la primera señal de alarma de que algo terrible va a pasar. Cuando los republicanos llegaron a Montreuil-Bellay, Francia no estaba en guerra y todavía no existía Vichy. Las leyes raciales las aprobó la III República. El decreto es del 6 de abril de 1940. Pero la primera ley racial del siglo XX se aprobó en 1912, dos años antes de la I Guerra Mundial. Y todavía sigue vigente”.
¿El racismo antigitano es rentable? La frase tiene una parte de verdad: a menudo concede enormes réditos de popularidad a quienes lo practican, y rara vez se oyen noticias de denuncias o detenciones por agresiones verbales o físicas a gitanos. La impunidad es uno de los sellos de esta fobia barata, que tan cara puede salir —en imagen y votos— cuando los señalados pertenecen a minorías más cohesionadas y mejor integradas.
Pero la idea de que el racismo anti-gitano renta es un doble filo para la democracia y el Estado de Derecho. El 16 de julio de 1912, Francia colocó a la comunidad gitana, a la que llamó “nómada”, en un estado de excepción que dura todavía: les negó el carné de identidad normal, y les obligó a portar un permiso de circulación antropométrico. Un siglo después, el año pasado, el Consejo Constitucional estableció que ese carnet es discriminatorio e inconstitucional. Pero la mayoría de gitanos franceses sigue usando esos papeles.
Según la historiadora Marie Christine Hubert, “el nomadismo de los gitanos siempre fue combatido por las autoridades francesas, que pensaban que los gitanos realizaban tareas de espionaje”. La ley de 1912 respondió a esa paranoia regulando el ejercicio de las profesiones ambulantes y prohibiendo la circulación de nómadas. Eso permitió identificar y controlar a los gitanos no sedentarios: fue el paso previo y su exterminio masivo.
Francia y Alemania, enemigos íntimos en tantas guerras, vivieron la misma obsesión al mismo tiempo. Ian Hancock, profesor de la Universidad de Texas, ha escrito que la cacería de gitanos en Alemania fue el primer anuncio de lo que vendría: “Durante la República de Weimar, que instauró la igualdad de los ciudadanos ante la ley, la policía de Bavaria y, después, la de Prusia, abrieron oficinas especiales para controlar a los gitanos. Los fotografiaban y tomaban sus huellas como si fueran delincuentes comunes. En 1920, se les prohibió entrar en los parques y los baños públicos. En 1925, fueron enviados a campos de trabajo. En 1935, los nazis rescataron leyes antigitanas de origen medieval para oprimirlos más”.
El III Reich exigió a los gitanos cumplir un requisito que duplicaba el exigido a los judíos para clasificarlos como no arios: si solo dos de sus bisabuelos eran parcialmente gitanos, no podrían salvarse. A día de hoy, las cifras del Holocausto gitano - Porrajmos, la devoración, en caló- siguen siendo aproximativas, aunque según escribió Simon Wiesenthal a Elie Wiesel en 1984, “los gitanos fueron asesinados (en una proporción) similar a la de los judíos; en torno al 80% (murieron) en el área de países ocupados por los nazis”.
Según algunos revisionistas, las detenciones masivas evitaron que los gitanos franceses murieran como en Austria y Alemania —donde el 90% fueron desaparecidos—, o, en menor medida, en Polonia, Hungría, Italia, Yugoslavia y Albania. Vichy impidió que fueran enviados a las cámaras de gas como ocho millones de judíos y (cerca de) un millón de romaníes europeos. Para Hubert, se trata de una verdad a medias: “Si bien los gitanos de Francia escaparon a la ‘Auschwitz Erlass’ del 16 de diciembre de 1942, que ordenó la deportación y el exterminio de todos los gitanos del Gran Reich, en 1943 hubo hombres deportados desde el campo de Poitiers –cerca de Saumur- y muchas familias de las provincias del Norte y Paso de Calais fueron detenidas y exterminadas por los alemanes”.
Los datos de Hubert indican que “al menos 6.500 personas vivieron entre 1940 y 1946 en 30 campos de concentración franceses en razón de su pertenencia real o supuesta al pueblo gitano. Sus bienes fueron expropiados y sufrieron la mayor precariedad material y moral”. En Montreuil, los vecinos pagaban entradas para poder verlos, según cuenta Mirror en su libro. Hubert: “Los niños recibían una educación católica en los campos. Y en casos extremos, eran separados de sus padres y entregados al Servicio Social o a instituciones religiosas para extraerlos definitivamente de un medio que se juzgaba pernicioso”.
La duda es: ¿quién ha robado niños a quién a lo largo de la historia?
Como ha pasado hoy con la llegada de los socialistas al poder, la Resistencia, la Liberación y la paz no fueron gran ayuda para los ‘tsiganes’. Los últimos estuvieron encerrados en el campo de Alliers, cerca de Angulema hasta mayo de 1946, nueve meses después de la Liberación.
Montreuil-Bellay había cerrado mucho antes, recuerda Kkris Morris: “Cuando trasladaron a los gitanos, el director del campo, un petainista convertido en resistente, decidió encerrar a las prostitutas de la zona y se puso a regentar el burdel. La epidemia de sífilis fue tan brutal que las mujeres de los pueblos exigieron que se cerrara el campo”.
La reparación oficial a los presos del bronce nunca llegó. “Nadie ha sido indemnizado por haber sido encerrado en los campos franceses, y tampoco hubo compensación moral porque esa realidad no dejó el menor rastro en la memoria colectiva”, ha escrito Hubert.
Quizá por eso, la persecución dura todavía. Entre la indiferencia general, los prejuicios atávicos alentados por los medios, la comprensible renuencia de un pueblo masacrado a exigir justicia –ya sea de forma individual o colectiva-, y el consenso infernal que suscitan entre los políticos de las democracias neoliberales, los gitanos siguen siendo el perfecto chivo expiatorio, la primera señal de alarma de que algo muy profundo no va bien.