domingo, 3 de xaneiro de 2010

Supervivientes de trinchera extranjera


Lucharon en la II Guerra Mundial junto a los aliados o junto a los nazis en la División Azul. Han asistido a la transformación de su mundo. Los últimos españoles aún vivos hacen memoria

JOSEBA ELOLA- El País- 03/01/2010

Alberto Díaz Gálvez se fue a la guerra por una frase que pronunció su padre. Fue un sábado, la memoria no le falla a este superviviente de la II Guerra Mundial que ya cuenta 89 años. Estaban sentados a la mesa su madre, los nueve hermanos, y en un extremo, su padre, hombre severo, siempre comiendo con un periódico en una mano y la cuchara en la otra. Reinaba el silencio sepulcral de siempre para no entorpecer la lectura del progenitor. Daban por la radio el parte, hablaban de los avances de los alemanes en el frente ruso. A un hermano de Alberto se le ocurrió hacer una broma sobre los falangistas, y aunque se trataba de una familia básicamente apolítica, el padre pidió a los chicos que no criticaran tanto, ya que ellos no estaban dispuestos a irse al frente.

Díaz Gálvez terminó de comer y se fue a cortar el pelo. Tenía 18 años. Dos años antes había intentado unirse a las Juventudes Socialistas Unificadas, del bando rojo, pero no se lo habían permitido por ser demasiado joven. Meses antes, sus dos mejores amigos se habían unido como voluntarios a la Marina de Franco, pero a él le habían rechazado: era un chico bajito, delgadito, pesaba 52 kilos.

Salió con el pelo recién cortado y se fue directo para la jefatura de las milicias de Almería. Se alistó en la División Azul -el cuerpo de voluntarios que luchó junto a los alemanes-. "Yo tenía ansiedad por salir de Almería, por irme a donde fuera", recuerda. "Yo era muy inquieto, me apuntaba a todo. No tenía ideales políticos. Buscaba la aventura, y no ser menos que otros".

Así comenzó la peripecia de Alberto Díaz Gálvez, uno de los miles de españoles que participaron en la II Guerra Mundial. El documentalista Alfonso Domingo acaba de publicar Historias de los españoles en la II Guerra mundial, un libro que recoge los testimonios de cerca de cincuenta españoles que combatieron junto a los aliados o junto a las tropas nazis.

Para algunos, la II Guerra Mundial fue una oportunidad de seguir luchando por la libertad tras la derrota en la Guerra Civil. Para otros, la oportunidad de detener el avance del comunismo. La mayoría de los entrevistados por este periódico no reniega hoy de sus ideas. Y coinciden en la inutilidad de las guerras. "No me reprocho haber ido a la División Azul, no me avergüenzo", confiesa Díaz Gálvez, "pero menuda estupidez son las guerras, ¡irse a morir por la patria a Rusia!, ¡vas tú a arreglar el mundo, chalao!", dice con el gracejo de su acento almeriense.

El 17 de marzo de 1942, Díaz Gálvez recibió un balazo que le entró por debajo del pómulo izquierdo y le salió por detrás de la oreja. Tuvo suerte, dijeron los médicos: le dispararon tan de cerca que la bala entró y salió rápido. Perdió un ojo y la audición de un oído en el batallón de choque en el que le integraron en Rusia.

Martes de la semana pasada, ocho de la tarde. En su casa de Majadahonda, José María Bravo muestra la traducción que estaba haciendo de un manual de instrucciones en ruso del avión U2. Bravo fue un as de la aviación del bando republicano. Se formó como piloto en la Unión Soviética. Su destreza en el pilotaje del Polikarpov I-16 (conocido como Mosca) le llevó a una carrera de ascensos vertiginosa. Con tan sólo 22 años, ya estaba al frente de la unidad aérea más potente del bando republicano. El 8 de enero de 1939, cruzó los Pirineos presionado por el empuje de las fuerzas franquistas. Pasó por el campo de concentración de Argeles. Pero fue en el campo de Gurs donde conoció al representante del Ejército soviético que le convenció para volver a Rusia. Allí vivió entre 1939 y 1960. Allí le pilló la II Guerra Mundial.

Bravo llegó a estrechar la mano de Stalin. Corría el año 1943 y le acababan de nombrar capitán de una escuadrilla de vuelos nocturnos. Se encontraba acuartelado en Bakú, defendiendo los campos petrolíferos. Su escuadrilla solía escoltar a los aviones que debían cruzar el mar Caspio. Un día le pidieron que escoltara con su escuadrilla a dos aviones de Aeroflot hasta Teherán. Sin darle más detalles. Bravo tenía 26 años. Pasó tres días en Teherán, oyendo rumores de que por allí andaba el jefe supremo soviético. En el momento de emprender el regreso hacia Bakú, pidieron a Bravo que formase en fila en el aeródromo central junto a los 12 miembros de su escuadrilla. Tieso como un palo, vio cómo Stalin se acercaba a saludar a todos los miembros de la escuadrilla por haberle escoltado -y ellos, sin saberlo-. Al llegar a su altura, Stalin se detuvo ante Bravo, el jefe de la escuadrilla.

-"¿Tú qué eres, ¿georgiano?", le preguntó.

- "No, soy español, generalisimus", contestó Bravo, comunista para quien, en aquel momento, Stalin era poco menos que dios.

-"¿Y qué haces aquí?", le pregunto Stalin.

Bravo le contó su historia. Él y toda su escuadrilla estaban vestidos con su uniforme de trabajo en Bakú, una camisa y unos pantalones cortos que de lo desteñidos que estaban, parecían blancos. Concluida la explicación, Stalin disparó una tercera pregunta: "¿Y por qué llevas a todos tus pilotos en calzoncillos?".

El avergonzado jefe de escuadrilla tuvo que explicar que ése era el material que les habían entregado en Bakú. Tres días más tarde, llegaban a la base nuevos y relucientes uniformes. El 10 de diciembre, el jefe supremo le condecoraba con la orden de la Guerra Patria por haber prestado servicio. "Era un dios. Entonces no sabíamos nada de las barbaridades que dicen que hizo", contaba la semana pasada en su casa José María Bravo. Cuatro días después de hablar con EL PAÍS, Bravo fallecía, a los 92 años. "Yo nací comunista y moriré comunista", dijo en su última entrevista el legendario piloto republicano.

También se reafirma en sus ideas de siempre José Miranda, militar que combatió en las filas franquistas durante la Guerra Civil y que llegó al frente ruso en abril de 1942. Acudió para cubrir las bajas que ya acuciaban a la División Azul y se incorporó al frente del río Vóljov.

Impecablemente trajeado, con el pelo cano peinado para atrás, Miranda ofrece un aspecto espectacular a sus 92 años. "Cuando me lo dice alguna mujer, le digo: '¡Pues, chica, aprovecha la oportunidad!", suelta con su sonrisa picarona el ex militar. Sentado en el sofá de su casa en Toledo, un retrato del rey Juan Carlos custodia a sus espaldas.

Más que de los cuarenta grados bajo cero que quedaron grabados en la memoria de Alberto Díaz Gálvez, el divisionario almeriense Bravo se acuerda de las nubes de mosquitos. Llegó a Vóljov en primavera, en plena época del deshielo. Su sección tuvo que transitar por suelos enfangados, con mosquiteras que cubrían su cuerpo hasta las rodillas. Miranda, que no aparece en el libro de Alfonso Domingo, vivió la terrible batalla de Krasny Bor, en la que murieron 2.500 divisionarios españoles en un solo día. Fue el 10 de febrero de 1943.

El regimiento 262 fue el que se llevó la peor parte. El suyo, el 263, tuvo menos bajas. A Miranda le salvó su cantimplora. Lo cuenta por primera vez, y su hija, presente durante parte de la entrevista, se sorprende. Ella no conocía la historia. No sabía que a su padre le salvó una cantimplora mientras recorría la línea de los hombres de su sección en una trinchera de Krasny Bor.

"Estoy orgulloso de haber pasado por la División Azul", dice Miranda, que después desarrolló una carrera militar y hoy es miembro de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo. "No tuve contacto con judíos y, desde luego, no se puede tolerar lo que se hizo con ellos. Pero yo no me sentí utilizado. Yo fui a luchar contra el comunismo".

Alfonso Domingo, documentalista que ha enfocado más sus trabajos hacia el bando republicano -"pertenezco a una generación a la que hurtaron una parte de la historia"-, afirma que la División Azul tiene una parte "quijotesca". Cuenta en Madrid que entrevistó a una cincuentena de ex combatientes para sus documentales o lo largo de diez años. Muchas historias se quedaron fuera de los documentales, así que las volcó en su libro. "Ellos son antibelicistas, pero casi todos volverían a hacer lo mismo", explica. "El español, como soldado, tiene valores de sacrificio, de abnegación, es muy bravo".

Brava fue la hazaña del legendario comandante Robert. Al mando de 300 hombres, liberó la ciudad de Foix, en el sur de Francia. Echó a los nazis en apenas cuatro horas. Fue el 18 de agosto de 1944. "Pude tener frente a mí a la raza superior de rodillas", dice con orgullo, en conversación telefónica, desde Agen, al norte de Toulouse, Francia. Para él, la Segunda Guerra Mundial fue una revancha tras de salir derrotado de España.

Empuñó por primera vez un rifle, el mítico Winchester, en la Guerra Civil, a los 17 años. Participó en la batalla del Segre: "Recuerdo el entusiasmo de matar, porque nosotros no tuvimos juventud, pasamos directamente de la adolescencia a la vida adulta. Nos enseñaron a matar para que no nos mataran".

El comandante Robert se llama José Antonio Alonso. Se puso ese nombre de guerra en homenaje a un compañero de la Resistencia francesa que murió. Le costó abrirse camino en el maquis, la guerrilla antifranquista, por ese aspecto de dandy que tenía, imberbe, con ese pelo teñido de rubio. Pero su arrojo le convirtió en un héroe de la Resistencia. No ha vuelto a vivir a España porque considera que nunca se ha reconocido el papel de los republicanos que se refugiaron en Francia durante la II Guerra Mundial. Alonso encabezó una brigada en el fallido intento de liberación del valle de Arán, en 1944. "El pueblo español nunca ha reaccionado contra el franquismo", manifiesta. "La democracia no existe más que de nombre. Hoy en día, es el capital el que manda. No comprendo cómo la gente no reacciona. En mi época, los jóvenes reaccionaban".

Neus Catalá también intentó luchar contra la dictadura desde territorio francés. Colaboró con la Resistencia francesa, siempre fue una luchadora, su compromiso empezó durante la Guerra Civil, cuando se convirtió en miembro de las juventudes del PSUC. Pero fue durante la II Guerra Mundial cuando pudo pasar a la acción. Transportaba armas y comida por los bosques para el maquis. A finales de 1943 fue detenida y torturada en Francia. El 3 de febrero de 1944 entraba en el campo de concentración de Ravensbrück (Alemania), con sus barracas verdinegras, sus 22 grados bajo cero y sus cuervos atraídos por el olor a carne quemada. La colocaron en la fábrica de obuses. "Cada día te metían el miedo en el cuerpo", recuerda por teléfono desde su casa en Rubí. "Te tenían 12 horas trabajando de pie para fabricar armas que matarían a los tuyos. ¿Imagina lo que es eso?".

Estuvieron a punto de ahorcarla por sabotaje en la fábrica, como a sus dos mejores amigas, que acabaron en uno de los cuatro hornos crematorios que había en este campo de concentración para mujeres. Después fue trasladada a un campo de concentración en Chequia. Nunca sospechó que en un campo cercano estaba detenido su marido, Albert Roger, que murió en el trayecto de vuelta a Francia, tras la liberación: "Estaba agotado". A sus 94 años, Catalá se declara, como siempre, comunista. "Pero estamos muy lejos de ganar la partida".

Unos y otros lucharon por sus ideas. Por sistemas que acabaron en otra cosa. Ellos, los supervivientes, no pagaron la guerra con su vida, pero la siguen arrastrando. "Las guerras no resuelven nada", decía la semana pasada en su casa José María Bravo, el as de la aviación republicana, cuatro días antes de fallecer. "¿De qué sirven la guerra de Irak, o la de Afganistán?".

La civilización perdida


Se mantiene el misterio sobre el nacimiento y la desaparición de los Tartessos, un pueblo extinguido hace 3.000 años. Un equipo de investigadores rastrea sus orígenes en Doñana

LIDIA JIMÉNEZ- El País- 02/01/2010

Hace casi 3.000 años existió en Andalucía una civilización rica y avanzada cuya grandeza, cuentan los eruditos, no fue igualada en mucho tiempo. A aquel pueblo, admirado por los griegos, se le denominó Tartessos, como el río que lo atravesaba, el actual Guadalquivir. La explotación de minas de oro y plata y el comercio con los fenicios la convirtieron en una sociedad más o menos organizada que fue conocida como la primera civilización de Occidente. Ahora, un equipo de investigadores del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), coordinados por el arqueólogo Sebastián Celestino y el historiador y antropólogo Juan José Villarías, rastrean 200 hectáreas del parque nacional de Doñana en busca de asentamientos humanos pertenecientes a aquella civilización que vivió en lo que son hoy las provincias de Sevilla, Huelva y Cádiz entre los siglos IX y VII antes de Cristo.

Otros investigadores, como el cubano Georgeos Díaz-Montexano, van bastante más lejos y aseguran que, sumergida por esa zona, "sin ninguna duda", se encuentran los restos de la Atlántida, la mítica ciudad descrita por Platón que decenas de historiadores, antropólogos y curiosos se han afanado por encontrar. Los investigadores españoles creen que esto es un disparate.

La investigación del CSIC comenzó realmente en 2005, pero hasta ahora no se habían llevado a cabo intervenciones directas sobre el terreno. El pasado septiembre, por primera vez, se realizaron pequeñas catas de tierra repartidas en unas 200 hectáreas del parque nacional, en concreto en las marismas de Hinojos (Huelva). Los hallazgos más importantes, por ahora, han sido restos de cerámica de la Edad del Bronce. Por el momento no se ha encontrado huellas tartésicas.

Esos ansiados vestigios sí han aparecido en otras zonas próximas, como Mesas de Asta, Algaida. También en sitios al otro lado del río, en Sanlúcar, Jerez y El Puerto de Santa María. "Si existieron en el otro lado, también debieron de existir aquí: hubo dos terremotos, uno de ellos fue una especie de tsunami que arrasó todo y coincide con la época de esplendor tartésica", explica Celestino. Esto corroboraría la tesis de un posible asentamiento prerromano que pudo esfumarse en esa zona, pero el experto prefiere no aventurarse con teorías.

Tartessos fue también el nombre del río al que los romanos bautizaron como Betis y los árabes como Guadalquivir (río grande). Los tartésicos, aculturados por fenicios antes de la llegada de los griegos, se dedicaban a la metalurgia, el comercio y la pesca. No se sabe si Tartessos fue también el nombre de su metrópoli más importante, una especie de capital tartésica, porque nunca se ha encontrado su ubicación.

En cualquier caso, hay imágenes que muestran la intervención humana en el área acotada. Las fotografías aéreas tomadas sobre las marismas desde 1956 muestran todas lo mismo en la parte sur: extrañas formas circulares de distintos tamaños (hasta 200 metros de diámetro) y, sobre todo, figuras rectangulares, imposibles de concebir como producto de la naturaleza. Esas imágenes se mostraron en la tesis del científico alemán Rainer Kühne (2004), que está convencido de que existió una gran ciudad tartésica que estaría ubicada en Hinojos. Kühne se basa en evidencias literarias de Estrabón y Pausanias.

"La capital de Tartessos estuvo situada entre las dos bocas del río Betis. De acuerdo con Pausanias, Betis era el río más grande de Iberia. Baetica fue el antiguo nombre para Andalucía. El antiguo Baetis no es sino el Guadalquivir, cuyo estuario sigue estando en el mismo sitio. Creo que la capital de Tartessos está situada dentro del parque nacional de Doñana", razona el alemán con silogismos. Tras Kühne, renació la fascinación y el interés por Tartessos y por la Atlántida.

El alemán afirma que Platón usó la geografía y la cultura tartésica para describir la legendaria ciudad sumergida. Desde 2005, el grupo de investigadores del CSIC ha realizado sondeos, topografía eléctrica e intervenciones indirectas. Y hace cuatro meses, se comenzó a excavar. "A finales de verano comenzamos las técnicas directas mediante catas en la tierra de un metro por dos", explica Antonio Rodríguez, geólogo de la Universidad de Huelva. Villarías añade que el grupo se encuentra a la espera de más datos para continuar con la investigación. "Algunos resultados pueden todavía tardar, ya que algún análisis no depende de nosotros directamente", señala el antropólogo.

Lo que sí está claro es que hay restos arqueológicos, muy probablemente tartésicos. La razón por la que nunca se había adentrado en el parque es que la mayoría de los investigadores partían de la premisa de que aquello siempre fue agua. Durante cientos de años, después de la última glaciación, aquello era agua, del mar, al principio, y de un gran lago, después. Esta teoría, sin embargo, está siendo revisada por los geólogos desde hace más de una década.

Sean cuales sean los hallazgos finales, la expectación sigue creciendo. El próximo 15 de enero, un arqueólogo estadounidense, Richard Freund, acudirá a Hinojos y dará un nuevo empuje a la tesis tartésica de Doñana. Junto a él viajará un equipo de National Geographic. Mientras se dispara el interés internacional, el CSIC insiste en las evidencias sobre el terreno.

La mayor distancia científica se toma con la posible creencia de que la Atlántida está bajo las marismas de Hinojos. Que la ciudad descrita por Platón, de puertas de plata y organización circular, se hubiera sumergido sin dejar rastro en Doñana es calificado por los investigadores españoles como un disparate o, más suave, "algo difícil de creer". Pero siempre hay quien cree.

El investigador cubano Georgeos Díaz-Montexano lleva 15 años inmerso en la búsqueda de la Atlántida. Fundamenta su teoría con gran convencimiento y montañas de papeles y gráficos: "Platón describe con detalle la ciudad y la sitúa en el estómago (en griego, pro tou stomatos) de las Columnas de Hércules", que se corresponden tradicionalmente con el Estrecho de Gibraltar. "Las evidencias sustentan cada vez con más fuerza que la Atlántida no era una mera ficción, fábula o mito inventado por él, sino una historia verdadera (alêthinon logon, en griego, o veram historiam, en latín), como Platón siempre sostuvo", asegura el investigador, que culpa al "fatalismo geográfico" el hecho de que no le tomen en serio. "Si fuera alemán en vez de cubano, me escucharían más", protesta antes de sentenciar: "La Atlántida no está exactamente donde investiga el CSIC, pero está cerca".

Larsson narra el Día D


Stieg Larsson, el autor del fenómeno Millennium, fue un gran periodista antes de lanzarse a la novela negra. En este texto, inédito en españa, relata el desembarco de Normandía con el estilo vibrante y la capacidad para jugar con los detalles que marca su narrativa

STIEG LARSSON- El País- 02/01/2010

El 6 de junio de 1944 permanecerá para siempre en los libros de historia como el día en que tuvo lugar la Operación Overlord, la invasión por parte de los aliados de la Europa bajo el poder de Hitler.

El desembarco se llevó a cabo a lo largo de un tramo de costa de 80 kilómetros en las proximidades de la ciudad normanda de Caen. En pocas horas, varias de las sencillas aldeas de la zona entraron a formar parte de la historia mundial.

Junio de 1944. La Segunda Guerra Mundial llevaba causando estragos casi cinco años. Europa se encontraba devastada y destrozada por las bombas, inmensas urbes soviéticas habían quedado reducidas a ruinas y en el desierto del Sáhara vehículos acorazados neutralizados por el enemigo se cubrían de herrumbre.

En varias islas apenas divisables del Pacífico, Estados Unidos y Japón libraban algunas de las batallas más cruentas de la guerra. Que habría una invasión en Europa era algo anunciado. La Unión Soviética llevaba tiempo exigiendo un segundo frente para aliviar el del Este. Las potencias occidentales habían iniciado ya el asalto de Italia, pero estaba claro que resultaría imposible avanzar hacia Alemania cruzando los Alpes. La invasión debía venir desde la costa atlántica. Dónde y cuándo era un secreto bien guardado.

DESINFORMACIÓN

Las especulaciones sobre el desembarco abundaban. En Suecia la preocupación era palpable: los altos mandos de la Armada sueca temían que la invasión tuviera como escenario Dinamarca, lo que llevó a mantener el estado de alerta durante toda la primavera. Hitler, por su parte, estaba convencido de que se produciría cerca de Calais, al ofrecer el Canal de la Mancha la distancia más corta. Los servicios de inteligencia británicos se empeñaron a fondo en labores de desinformación para mantener a Hitler en esa creencia. Alemania llevaba ya un año tratando de contrarrestar esa amenaza con la Fortaleza Europa, un sistema de búnkeres que se extendía desde Dinamarca hasta la frontera española.

Hitler había asignado al mariscal de campo Erwin Rommel, héroe de guerra del desierto del Sáhara, la misión de defender la costa del Atlántico. Rommel era de la opinión de que la suerte de Alemania se decidiría durante las primeras horas de la invasión, por lo que intensificó hasta el extremo las tareas de fortificación.

EL FRACASO DE LA INVASIÓN: UNA CATÁSTROFE

El plan de invasión fue diseñado por un restringido círculo en torno a Dwight Eisenhower, el comandante en jefe, al que se había encomendado una misión apenas envidiable. Una vez puesto en marcha el desembarco sería imposible detenerlo. Si el asalto se malograba, las consecuencias podían ser catastróficas; en el peor de los casos, la derrota en la guerra. La invasión requería de una planificación minuciosa para la casi inconcebible misión de trasladar al otro lado del mar, con la ayuda de 6.000 embarcaciones, unos 200.000 soldados con sus correspondientes tanques, cañones y demás equipamiento.

Eisenhower se vio también obligado a mediar entre los dos geniales divos de la contienda: el mariscal de campo inglés Montgomery y el general norteamericano Patton, ambos deseosos de dirigir la invasión. Tras ciertas dudas, acabó asignando la tarea a Montgomery.

UN FUERTE TEMPORAL

Ni el propio Eisenhower conocía el momento exacto de la invasión, que dependía de una serie de condicionamientos: un nivel de marea favorable para el desembarco, una noche oscura sin luz de luna y una fecha veraniega para poder aprovechar al máximo la luz del día.

Las mencionadas circunstancias se cumplieron el 5 de junio, pero justo entonces se desató una tormenta con vientos huracanados a través del canal que a punto estuvo de dar al traste con toda la invasión. Ya se habían hecho a la mar unos diez mil soldados, apretujados en las embarcaciones que debían llevarlos al otro lado y que habría que devolver a tierra en caso de cancelarse la operación.

Rommel dio gracias al cielo por la tempestad y se mostró tan convencido de que no habría invasión que se dirigió a Berlín. En la tarde del 5 de junio, Eisenhower reunió a sus colaboradores más cercanos para tomar la crítica decisión. Un aplazamiento implicaría como mínimo un retraso de un mes, periodo que Rommel aprovecharía para reforzar las playas, pero, por otra parte, la meteorología adversa y las olas de gran tamaño podían aniquilar toda la operación.

Los meteorólogos pronosticaron para el 6 de junio una transitoria mejoría, lo que no impidió que la lluvia siguiera cayendo a cántaros. El impaciente Montgomery mostró su opinión favorable a la invasión y, no sin dudarlo un buen rato, Eisenhower finalmente dio su visto bueno.

EL PUENTE PEGASUS

El primer contacto con el continente tuvo lugar justo antes de la medianoche del 5 de junio, cuando un centenar de soldados de comando ingleses tomaron atropelladamente tierra con ayuda de tres planeadores en una franja de 200 metros sobre un prado de Bénouville, junto al canal del Orne. Ya eso fue toda una hazaña. Las aeronaves eran sencillas construcciones de madera de balsa y tela de saco. Carecían de motor, siendo transportadas a remolque por aviones Hércules, a los que iban unidos mediante cables a la manera de una sarta de perlas. Al llegar a la costa francesa se cortaron los cables, los pilotos tuvieron que guiar sus aparatos siguiendo su curso en medio de una compacta oscuridad y un intenso viento. Más que aterrizar se estrellaron de forma más o menos controlada.

Se trataba de un comando seleccionado con esmero y encabezado por el mayor John Howard, experto en operaciones especiales. Se consideró como una de las misiones más delicadas de toda la guerra. De hecho, Howard llevaba varios meses entrenando a sus hombres con el solo objetivo de conquistar un puente fuertemente defendido sobre el canal del Orne y mantenerlo hasta la llegada de una fuerza de rescate.

Al puente se le asignó el nombre en clave Pegasus. Había sido minado y los alemanes tenían la orden de volarlo en caso de invasión. Este pequeño puente, con una importancia prácticamente nula hasta entonces, resultaba ahora clave en el conjunto de los planes bélicos de los aliados. Por una parte, las tropas germanas podían emplearlo para la llegada de refuerzos y, por la otra, era por aquí que los aliados debían pasar para extender la batalla fuera de Normandía. Era necesario tomarlo intacto, ya que su destrucción podía ocasionar un retraso fatídico en el avance de las tropas aliadas.

LA HUIDA DE BONCK

Minutos antes de la medianoche, el soldado raso Bonck atravesó el puente y se detuvo en seco. No daba crédito a sus ojos. Un comando de 22 soldados ingleses se aproximaba rítmicamente a la carrera en dirección a él, con la cara pintada y armados hasta los dientes. Tras pensárselo apenas un segundo, Bonck optó por lo único razonable: poner pies en polvorosa. Como con todos los planes militares, en el Día D muchas cosas no salieron conforme a lo previsto. Más de 18.000 paracaidistas estadounidenses fueron lanzados sobre el flanco izquierdo de la zona de invasión. Su objetivo principal era el pueblo de St. Mère-Eglise, que haría las veces de punto de reunión de las tropas desembarcadas.

Justo después de las doce de la noche, los paracaidistas aterrizaron en St. Mère-Eglise y de inmediato se vieron envueltos en una refriega con la guarnición local. La toma propiamente dicha de la aldea fue lo único que, en líneas generales, salió según los planes. Por lo demás, la unidad se dispersó a los cuatro vientos y tuvieron que pasar unas doce horas para poder recomponerla.

Se desconoce el número de paracaidistas que perecieron ahogados en los anegados lodazales bajo los 50 kilos de su equipamiento o por ir a parar al canal. El resto pasó la noche vagando de un lado a otro en medio de la oscuridad en un irreal juego del escondite con las patrullas alemanas.

OMAHA BEACH

De puertos de todo el sur de Inglaterra acudieron miles de embarcaciones para participar. A la medianoche confluyeron en una zona bautizada como Picadilly Circus, en las proximidades de Portsmouth, para luego poner rumbo a la costa de Normandía.

Llegado el amanecer del 6 de junio, las condiciones meteorológicas habían mejorado, pero las olas seguían siendo altas. Las embarcaciones con demasiado cargamento volcaban y se iban a pique. Miles de soldados, lanzados al agua con los rostros aún verdes por el mareo, iniciaban su camino arrastrándose hacia la playa.

Aunque la sorpresa fue total se entablaron duros combates. En Omaha Beach, 34.000 soldados norteamericanos quedaron atrapados en las barreras de alambre de espino y sometidos a un fuego mortífero. En sólo una hora, 2.000 habían perecido y bastantes más resultaron heridos. De las 2.400 toneladas de material previstas, sólo unas cien llegaron a tierra. A las diez de la mañana la situación era tal que tanto alemanes como aliados pensaban que la invasión había fracasado. En otras playas las cosas salieron mejor. Desde Utah Beach las fuerzas norteamericanas avanzaron rápidamente hasta St. Mère-Eglise, mientras que las británicas, partiendo de Juno y Sword Beach, consiguieron abrirse paso rápidamente hasta Caen.

El mariscal de campo Rommel acertó de pleno con su análisis de que Alemania perdería la guerra si sus tropas no eran capaces de detener la invasión en el primer día.

Antes de que la jornada finalizara se había establecido una cabeza de puente en la costa más fortificada del mundo y sólo dos meses más tarde los aliados hacían su entrada triunfal en París.

Traducción del sueco de Joaquín Moya. Este artículo de Stieg Larsson (1954-2004) fue difundido el 31 de mayo de 1994 por la agencia sueca de noticias TT.

El legado creativo de Juantxu Rodríguez


Una exposición muestra todos los temas que inspiraron al fotógrafo asesinado en Panamá hace 20 años

ÁNGELES GARCÍA - El País - 02/01/2010

Ya se han cumplido 20 años desde su muerte, el 21 de diciembre de 1989. Ese día perdió la vida Juantxu Rodríguez, colaborador de EL PAÍS y el primer fotógrafo español asesinado durante un conflicto bélico. Las balas de un marine cortaron en seco una vida dedicada a contar historias detrás de la cámara. Fue en Panamá, en plena calle. La ilegal invasión estadounidense le sorprendió cuando se dirigía junto a la periodista Maruja Torres a realizar un reportaje sobre los jesuitas asesinados en El Salvador.

La imagen de Juantxu muerto, tomada por un cámara de la televisión sueca, dio la vuelta al mundo. Y aunque él no era un reportero de guerra ni estaba allí para retratar la invasión, su nombre ha quedado ligado al conflicto. La Escuela de Fotografía Centro de Imagen de Madrid, EFTI (Fuenterrabía, 4), ha querido hacer coincidir el aniversario de la muerte del fotógrafo con una amplia exposición que se podrá ver hasta el 26 de enero en la que se recupera un legado que habla de tipos marginales, de perdedores y de mundos cargados de conflictos humanos.

La exposición lleva por título Fotografías que hablan solas. Muestra el mundo que le interesaba retratar a Juantxu, un mundo enfocado hacia temas estrictamente humanos.

La exposición arranca con una selección de los muchos trabajos que realizó en Estados Unidos, país al que viajó para retratar españoles. Hizo esos retratos de compatriotas, pero sobre todo capturó el mundo de la calle. El Bronx neoyorquino le fascinó: el interior de los edificios abandonados y repletos de basuras que sólo se atreven a pisotear los yonquis, los grupos de indigentes negros calentándose frente al fuego en plena calle. Imágenes también menos duras, como el grupo multiétnico de niños que miran fascinados un grupo de maniquíes infantiles en un escaparate; la fiesta de comunión de unas niñas negras disfrazadas de princesas; ejecutivos esperando el autobús...

De Madrid, predominan imágenes de boxeo y travestis. Es un mundo nocturno, siempre cargado de humo que, de repente, se suaviza por la presencia de un niño.

La serie dedicada a la margen izquierda de Bilbao está muy ligada con las primeras imágenes que impactaron a Rodríguez. Nacido en Casilla de Coria (Cáceres), emigró con su familia a Portugalete (Vizcaya) con sólo cuatro años. Con los altos hornos como telón de fondo, su mundo se puebla de playas convertidas en muelles, de sardineras arrastrando enormes sacos de pescado en la lonja, de trabajadores arrastrando también grandes sacos y de estampas de jóvenes que intentan evadirse de la falta de horizonte con la música y las drogas.

La serie más amable es la de retratos de gente de la cultura y la ciencia realizados en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Impresiona la mirada de Antonio Saura o de Antonio López; sorprende el aire canalla de Miquel Barceló e impone la fuerza de Octavio Paz.

Todo un legado en la línea de los mejores fotógrafos.

Las raíces gallegas de La Boca


Arqueólogos argentinos reconstruyen la barraca de un emigrante de Bouzas

JOSÉ LUIS ESTÉVEZ - El País - 02/01/2010

La Boca del Riachuelo, barrio portuario de Buenos Aires, es una de las imágenes que suelen venir a la mente cuando se piensa en los lugares señeros de la capital argentina. El club de fútbol que toma el nombre de la barriada, Maradona y las casas de madera pintadas que construyeron los emigrantes genoveses en el siglo XIX se han convertido en las señas de identidad de La Boca. Lo que muchos no saben es que entre los primeros asentamientos de la zona (a un kilómetro del famoso Caminito) se encontraba una barraca que el empresario gallego Francisco de la Peña y Fernández, procedente de Bouzas, construyó en el año 1774. Todavía se conservan los cimientos de aquel primer emplazamiento que en los siglos posteriores dio lugar a la construcción del complejo de naves que hoy se llama Barraca Peña, en honor a su creador.

En los últimos tiempos, el Ministerio de Cultura de Buenos Aires se ha decidido a recuperar una zona que es historia viva de la ciudad y la barraca está en camino de convertirse en un museo, aunque su estado actual todavía es precario. El arqueólogo Marcelo Weissel Alvárez, cuyos apellidos delatan el doble origen alemán y gallego, está al frente del proyecto de rehabilitación del complejo y explica el interés del ayuntamiento porteño por convertir la barraca en un centro de interpretación de la historia del Riachuelo, una zona que fue decisiva para la construcción de la Buenos Aires actual.

Weissel ha reconstruido la historia de la barraca y apunta que Peña y dos de sus hermanos llegaron al entonces Virreinato del Río de la Plata con la intención de comerciar con cueros y otros enseres. Sirvió inicialmente como almacén y así lo indican los restos de cueros encontrados. Curiosamente la barraca de origen gallego acabó en manos de la familia alemana Bunge, cuando una de las hijas de Francisco Peña, Genara, se casó con el entonces cónsul de Prusia Carlos Bunge. Pese a ello la barraca conservó el apellido gallego que la distingue. La zona en la que se ubicaba la barraca fue creciendo poco a poco y a principios del siglo XIX comenzaron a llegar muchos genoveses que se establecieron en las inmediaciones.

En 1865 el ferrocarril llega al Riachuelo y la Barraca se convierte en un lugar de recepción de mercaderías de ultramar y de la cuenca del Río de la Plata. Las construcciones que sobreviven son de esa época y fueron diseñadas por Emilio Vicente Bunge, quien llegaría a ser intendente de Buenos Aires a finales de ese siglo. El complejo se compone de un antiguo almacén, un galpón para prensar y almacenar lana y otro con diversos usos. Esa fue la edad de oro del comercio lanar y una etapa básica para la construcción de un país que en las primeras décadas del siglo XX llegó a ser uno de los más avanzados del mundo.

Durante la primera mitad del siglo pasado la Barraca fue gestionada por el ferrocarril y posteriormente es expropiada por el Gobierno de Perón. La ola de privatizaciones que vivió Argentina durante la etapa del presidente Carlos Menem también llegó a este complejo que acabó en manos de una empresa hormigonera, que todavía está instalada junto a los terrenos que ocupa la Barraca. A finales de 2006 volvió a manos públicas y ahora pertenece al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Si los planes del equipo de Marcelo Weissel salen adelante, en unos años el lugar puede llegar a convertirse en un punto importante para explicar la historia de la capital argentina desde el mismo lugar en el que comenzó a crecer la ciudad.

El arqueólogo explica que bajo las baldosas de la Barraca Peña se esconde el ADN de Buenos Aires. Se ha encontrado numerosa documentación que permite reconstruir la historia de esta zona. El propio Weissel dirige el equipo que encontró hace un año los restos de un barco mercante español del siglo XVIII en la cercana zona de Puerto Madero, uno de los lugares más exclusivos de la Buenos Aires actual. Los voluntarios que trabajan en la Barraca han solicitado que el barco pueda ser trasladado hasta el complejo para formar parte del futuro museo que se construirá en la zona. La decisión todavía no está tomada pero sin duda que sería un importante espaldarazo para la recuperación definitiva de la Barraca Peña.

De lo que apenas se sabe nada es del origen de aquellos primeros gallegos con espíritu emprendedor que pusieron los cimientos para la creación de una de las capitales más importantes de Latinoamérica. Queda pendiente una investigación sobre los Peña que dan nombre a la barraca. Buenos Aires fue construida por los gallegos prácticamente desde el principio, frente a los que pensaban que la influencia gallega comenzaba con los grandes fenómenos migratorios de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Las heridas del Congo


Miles de congoleños llevan las marcas de la guerra en sus rostros, algunas se borrarán, pero otros las llevarán por siempre en su memoria
ELPAÍS.com- 02/01/2010
Miles de congoleños llevan las heridas de la guerra en sus rostros. Son marcas físicas que pueden sanar, pero las psicológicas quedarán en su memoria. Su sufrimiento continúa, mientras el conflicto que se extiende ya una generación en las provincias de Kivu Norte y Kivu Sur, en el este de la República Demócrata del Congo (RDC), no tiene visos de acabar.
Médicos sin Fronteras (MSF), una de las pocas organizaciones humanitarias que todavía trabaja en las regiones más violentas de los Kivus y Haut y Bas-Uélé, lanzó en diciembre de 2008 Estado: Crítico, una página web destinada a sacar del olvido y del silencio a las víctimas de los conflictos armados de la República Democrática de Congo.
A través de vídeos, fotografías, blogs y testimonios directos, MSF se ha hecho eco a lo largo de todo 2009 del sufrimiento de miles de congoleños. El proyecto ha llegado a su fin con "Heridas" para recordar al mundo que el sufrimiento de la población congoleña continúa y que el conflicto no ha terminado aún. Miles de personas del este de Congo siguen siendo agredidas, violadas y expoliadas; siguen huyendo para salvarse; siguen perdiendo a sus seres queridos y siguen temiendo por sus propias vidas. Sus heridas, internas y externas, se multiplican cada día.
En "Heridas" se cuenta, por ejemplo la historia de Pierrette, una niña de unos 15 años secuestrada por hombres armados y abusada por uno de ellos todas las noches. O de Antoine, de 16 años, secuestrado durante cuatro meses y obligado a hacer diferentes tareas, que en caso que se negara hacerlas, le acarreaban palizas con látigos.
Para llegar a las zonas rurales, los equipos de MSF transportan clínicas móviles y dan apoyo a las precarias estructuras de salud en ambas provincias. Según la organización, de noviembre de 2008 a octubre de 2009, MSF realizó unas 530.000 consultas y trató a casi 5.000 pacientes con cólera.
"Aunque éste es el último especial de Estado Crítico, MSF seguirá ofreciendo asistencia médico-humanitaria a la población del este de Congo", afirma la organización en un comunicado.

sábado, 2 de xaneiro de 2010

Tropicana cumple los 70 a lo grande


Unos 250.000 turistas, uno de cada diez, han acudido este año al ‘paraíso bajo las estrellas’

HUGO L. SÁNCHEZ/Xornal 01/01/2010

Tropicana es el nombre de la noche habanera. Cuando la orquesta del que se dice y es el más espectacular y glamuroso cabaret de las Américas abre con los acordes de Noche Azul, que se escuchan aun a lo lejos, las cosas cambian y para bien: la fiesta acaba de dar comienzo y hay que disponerse a alucinar. Todo es fascinante y fue concebido con ese único fin, fascinar, hace ahora de eso 70 años, el 30 de diciembre de 1939.

El principal componente del escenario son las estrellas –de ahí su eslogan Un paraíso bajo las estrellas– y la luna, apoyadas por la luz entre el follaje en un jardín boscoso, de muchas palmas reales, con un nostálgico ambiente interior que recuerda lo más avanzado de la arquitectura de mediados del siglo pasado –fue diseñado en 1951–, de arcos, puentes y escaleras. Por ellas bajan las reinas de la noche que el cronista Ciro Bianchi cataloga como “lo mejor de la mulatería cubana”. Vienen con la mínima ropa, plumas y lentejuelas; se mueven por el escenario y entre los espectadores, a la manera tropicana: pisadas largas, sensuales movimientos de cadera, a ritmo con los hombros... Mujeres de las que se puede llegar a pensar que solo existen en las revistas.

A la música, de la que en justa medida alardean los cubanos, le corresponde completar la atmósfera. Lánguida, sugestiva, que despierta lo que hasta entonces el nuevo visitante de Tropicana no sabía que llevaba dentro.

Esto no surgió de la nada. Tropicana es una mujer con tres hombres: Víctor de Correa, un italobrasileño radicado en Cuba que le dio el origen y la grandiosidad; el capital agenciado por el cubano Martin Fox, proveniente de una fortuna que creció con el juego ilícito y los pocos escrúpulos del empresario, y la genialidad del arquitecto Max Enrique Borges, nacido en La Habana, que con 33 años concibió esta obra. Una obra que en su momento de más gloria fue llamado “el night club más atractivo y suntuoso del mundo”. La necesidad, la intuición y el azar los fueron uniendo.

Un año después de su inauguración es cuando comienza a llamársele Tropicana, título de una melodía homónima de Alfredo Brito, estrenada en el local. Y el mito toma forma. Poco después se coloca en una fuente a la entrada del cabaret una estatua de piedra artificial, otro de los emblemas del lugar. Es una bailarina “larga como una tentación y fina como un deseo”, al decir de uno de los diarios de la época.

Entre las figuras clásicas de Tropicana se encuentra también el coreógrafo Roderico Neyra, el monarca del mundo del espectáculo, reclutado por Fox en Sans Souci, otro de los emblemáticos cabarets habaneros de los 50. Rodney, así se le conocía, hizo de cada uno de sus shows algo de lo que todavía hoy se habla con añoranza.

El Salón Dorado, la sala de juegos catalogada como el “casino más hermoso del mundo” o el “Montecarlo de las Américas”, ya no existe. Fue clausurado, junto con todos los de su tipo, por Fidel Castro poco después de derrocar a Fulgencio Batista en 1959, y los clubs nocturnos, junto a todo lo demás, pasaron a ser propiedad del Estado.

EL 'HALL' DE LA FAMA

Por Tropicana pasó lo que más valía y brillaba de mediados del siglo XX: Nat King Cole, Josephine Baker, Los Chavales de España, Carmen Miranda, Liberace, Rita Montaner, Ignacio Villa (Bola de Nieve), Celia Cruz, Olga Guillot, Chano Pozo... y fue visitado por Marlon Brando, Maurice Chevalier…, por políticos estadounidenses, mafiosos de renombre y miembros de la realeza europea.

Las producciones de Tropicana se han presentado en el Waldorf Astoria de Nueva York, el Royal Albert Hall de Londres, el Sporting Club de Montecarlo y el Beacon Theatre de Broadway. Hoy, uno de cada diez turistas que visitan Cuba pasa por el local. Es decir que este año fueron 250.000 personas de los 2,42 millones de visitantes de la isla, según estimaciones oficiales.

Proceden en su mayoría de Europa y América Latina, pero ya no llegan con elegantes trajes y joyas caras, ni en brillantes autos de último modelo. Se presentan vestidos con ropa informal y son transportados masivamente en ómnibus. Los días de gloria quedaron atrás.

Tampoco Tropicana deja de ser una contradicción en una ciudad como La Habana. Los desenfrenados deseos de divertirse de los habaneros chocan con la barrera de que los principales centros de disipación se han convertido en cotos para turistas, los únicos que pueden pagar una noche en paraísos bajo las estrellas.

O Concello de Vigo farase co Arquivo Ksado por 30.000 euros


Adquirirá o milleiro de placas fotográficas que sobreviviu as represalias franquistas contra o autor e ao expolio

Xornal.com 31/12/2009

O concelleiro de Cultura de Vigo, Xesús López, anunciou onte que o seu departamento adquirirá preto dun milleiro de placas fotográficas e varios obxectos pertencentes a Luis Ksado, logo de chegar a un acordo coa familia do fotógrafo galego, que se fará efectivo a comezos de 2010. O edil nacionalista asegurou que a compra efectuarase por un total de 30.000 euros, e destacou que unha parte importante do arquivo de Ksado desapareceu cando o artista foi represaliado durante a Guerra Civil, por iso “cobra máis valor aínda que o que se conserva estea a disposición do público”.

Estes novos fondos sumaranse ao Arquivo Pacheco e ao resto de coleccións fotográficas de titularidade municipal e, a partir de 2011, exporanse no futuro Centro Galego de Fotografía, un museo que se situará no Casco Vello de Vigo.

Pola súa banda, o director do Arquivo Pacheco, Vítor Vaqueiro, explicou que só existen aproximadamente un milleiro de placas fotográficas de Ksado, fondos que cualificou de “tesouro”; porque “houbo quen se apropiou do arquivo facéndoo pasar como propio”.

Agora, a conta pendente do Centro Galego de Fotografía é o arquivo Llanos, que se atopa en Ribadavia. Xesús López lembrou que mantivo conversas coa familia do artista para manter os fondos en Vigo, pero non obtivo unha resposta clara. Os xornalistas preguntáronlle polas últimas declaracións do grupo municipal do PP, que asegurou estar mantendo unha negociación pola súa conta para recuperar o Arquivo Llanos, Xesús López dixo non ter comunicación oficial, pero considerou “positivo” que a oposición traballe coa Xunta e así “sume esforzos para que o arquivo estea onde ten que estar”.

López e Vaqueiro presentaron onte a Axenda de 2010 con fotos do Arquivo Pacheco, e que se centra en fotografías destes fondos datadas dos “anos escuros” da ditadura franquista. Estas imaxes reuniranse posteriormente para formar unha exposición, ao igual que se fixo coas instantáneas femininas da edición da axenda de 2009. Os volumes poderán adquirirse, a un prezo de 14 euros, nos catro museos municipais da cidade,a Casa dás Artes, o Quiñones de León, o Marco e o Verbum.

PARTE DA MEMORIA

Xesús López dixo que a fotografía é parte da historia e por iso cobra importancia conservar os arquivos fotográficos que recollen o pasado da cidade. Dixo que con ese obxectivo hai dous anos comezaron unha serie de iniciativas para que o Arquivo Pacheco fora patrimonio de toda a cidade. Abriuse ao público, púxose en marcha o proxecto Indagacións para documentar os fondos, editouse o libro Marcas de luz, montouse a exposición Mulleres, iniciouse o proxecto O espello da memoria e fíxose no 2009 a primeira axenda con fondos do arquivo.

Este proxecto culminará coa apertura do Centro Galego de Fotografía, que está prevista para 2011, e que ten a intención de converterse nunha referencia no Estado. O proxecto está orzamentado en dous millóns de euros e conta co respaldo económico do Goberno central, que se comprometeu a correr coa metade do seu custo. Estará situado nos edificios 17, 19 e 21 da rúa Chao, que suman no seu conxunto 900 metros cadrados, e que acollerán obradoiros e unha área de restauración, ademais das exposicións para o público. Unha parte do espazo estará reservada aos fondos da futura pinacoteca municipal.

Desaparece de Marsella el cuadro de Degas 'Les Choristes'


El lienzo sustraído componía una exposición en Marsella que debe cerrar el 3 de enero y estaba valorado en 800.000 euros

AGENCIAS - Público - 31/12/2009

La obra Les choristes de Edgard Degas, valorado en 800.000 euros, desapareció del Museo Cantini de la localidad francesa de Marsella, donde se exponía desde el pasado octubre, informaron hoy a Efe en la Reunión de Museos Nacionales de Francia (RMN).

"Está valorado en 800.000 euros, no en 30 millones de euros, euros" como difundieron inicialmente los medios franceses, pues no se trata de un cuadro célebre de Degas, (1834-1917), precisaron las fuentes, que se refirieron a la obra desaparecida como "un pequeño pastel", en referencia a la técnica con la que se pintó.

"Por el momento no hay otras informaciones" y la investigación continua, agregaron en la RMN, organismo que gestiona el museo marsellés.

Según precisó la emisora France Info, fuentes judiciales indicaron desde Marsella (sureste) que "no parece haber huellas de infracción" relacionadas con la desaparición de la obra.

El cuadro había sido prestado por el Museo de Orsay de París, especializado en arte del siglo XIX, propietario del valioso fondo impresionista del antiguo Jeu de Paume.

La obra desaparecida formaba parte de la exposición De la scène au tableau, abierta el pasado 6 de octubre en el Museo Cantini y que debe cerrar sus puertas el próximo día 3.

Entre otras telas, la exhibición reunía una veintena de obras del maestro francés, particularmente celebrado por los pasteles en los que captó el mundo del ballet y las bailarinas de finales del siglo XIX. La brigada de represión del bandidaje de la Policía Judicial investiga la desaparición, por encargo de la fiscalía de Marsella, precisaron fuentes judiciales.

Catalunya decide el destino de la treintena de fosas reclamadas


La mayoría de familias se conforma con dignificar las zonas de enterramiento

L. DEL POZO - Público - 31/12/2009

Catalunya empieza a decidir en enero el futuro de las fosas donde yacen las víctimas de la represión franquista. La treintena de solicitudes al respecto recibidas por la Generalitat hasta ahora provienen de personas que quieren saber qué pasó en esos lugares, aunque fuentes de la Conselleria de Interior explican que la mayoría de peticiones se conforma con dignificar la zona y no pide la exhumación.

El motivo es sencillo. En Catalunya la represión franquista llegó tarde a finales de 1938 y hubo resistencia por parte de la República. La mayoría de los cadáveres enterrados en las fosas pertenecen a soldados, no a civiles como en Andalucía o Extremadura, donde al inicio de la contienda la represión franquista fue fortísima y se asesinó de forma generalizada en cada pueblo y en cada barrio, de modo que todo el mundo sabía dónde habían matado a su pariente .

"El vacío de tanto tiempo sin saber dónde está el familiar hace que la certeza de conocer por fin el lugar sea suficiente y, en muchos casos, no sientan la necesidad de exhumar", explica la historiadora Queralt Solé.

El Comité técnico para la Recuperación y la Identificación de Personas Desaparecidas durante la Guerra Civil y la Dictadura Franquista en Catalunya se reunirá por primera vez en enero para decidir qué hacer con cada fosa, según las circunstancias y el estado de los restos.

El Parlament aprobó el pasado junio la Ley de Localización, Identificación y Dignificación de las fosas comunes de la Guerra Civil y la represión franquista. La Generalitat nombró luego a un Comité de expertos para que evaluara la conveniencia o no de exhumar cada fosa.

Falsas esperanzas

Los integrantes del Comité son antropólogos, historiadores, miembros de asociaciones de víctimas y juristas. Su objetivo, explica María Jesús Bono, directora general de Memoria Histórica de la Generalitat, es hacer las intervenciones lo más científicas posible, de forma que se evite decepcionar a los familiares. "¿Sabes cuánta frustración se genera cuando en una fosa no se encuentra nada?", resume Solé, miembro del Comité.

En Catalunya, la ley dicta que la recuperación de la memoria histórica es obligación de los poderes públicos, a diferencia de la norma española, que otorga subvenciones pero deja la iniciativa en manos de particulares o asociaciones que, en algunos casos, no están en condiciones de aplicar todo el rigor científico deseable en las exhumaciones, según opina Bono.

La Junta de Andalucía tuvo que redactar el verano pasado un protocolo para "racionalizar" la exhumación de sus fosas.

La Generalitat dispone del censo de desaparecidos

Otra norma
Catalunya no se rige por la Ley española de Memoria Histórica , sino que tiene una norma propia: la Ley del Memorial Democrático y la Ley de Fosas.

El censo
Según la Ley de Fosas, todo ciudadano tiene derecho a saber qué pasó con sus familiares durante la Guerra Civil y la represión franquista. Por eso se creó el Censo de los Desaparecidos. La Generalitat ha recibido 3.300 solicitudes de personas que quieren saber cómo y dónde murieron su padre o su abuelo. Se han contestado 900, aunque no siempre se averigua qué pasó exactamente.

Condiciones
Para que el Govern sufrague la apertura de una fosa común, deberá pedirlo primero algún familiar o una entidad dedicada a la recuperación de la memoria histórica; luego, un comité técnico deberá dar su visto bueno, tras comprobar que hay pruebas documentales; y en último lugar, la Generalitat decidirá.

Ensayo en Gurb
El protocolo de las exhumaciones se ensayó en una fosa común en Gurb (Barcelona) hace un año. A partir de los restos humanos hallados en la zona, se identificó a cuatro soldados republicanos de Gavà desaparecidos durante la Guerra Civil. El proceso costó 60.000 euros.

Até cando a "vergoña"


A Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica da Coruña denunciou onte o “atraso absolutamente inxustificable” na aplicación da lei que incluía a retirada de 53 símbolos franquistas. Entre eles, aínda non se retirou a estatua de Millán Astray, a placa da Capitanía que homenaxea a Cánova Lacruz ou os escudos da ditadura do cuartel de Atocha

AGN. Galicia-Hoxe. 2-1-2010

A Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica (CRMH) da Coruña denunciou onte, nun comunicado, o "atraso absolutamente inxustificable" na aplicación da lei, dous anos despois da súa publicación no Boletín Oficial do Estado e catro meses despois de que o pleno da corporación municipal do concello aprobase a retirada de 53 símbolos franquistas, entre eles os nomes de 23 rúas da cidade.

No escrito, cualifican de "vergoña" que aínda non se retiraran símbolos como a estatua de Millán Astray, a placa que no lateral de Capitanía homenaxea ó golpista Cánova Lacruz ou os escudos da ditadura do cuartel de Atocha. "A que espera o alcalde para retirar as placas das rúas franquistas e restituír os nomes tradicionais, como prometeu?", expón. Onte, un xornal galego publicaba que a filla de Millán-Astray recorreu na Subdelegación do Goberno contra a retirada da estatua do seu pai porque o Concello da Coruña non lle concedeu "audiencia".

Doutra banda, a CRMH oponse á iniciativa anunciada polo Concello de manter durante un tempo o nome antigo da rúa co novo, coa intención de suavizar as repercusións do proceso de substitución das placas e facilitar a adaptación de comercios e particulares á nova denominación. Para a Comisión, este proceso de convivencia dos dous nomes sería "un auténtico despropósito" e inciden en que "contribuiría máis a aumentar a confusión entre os veciños e as persoas que visitan a cidade". "Non coñecemos un concello que seguise ese método", engaden no escrito, no que instan o Concello para levar a cabo outro tipo de medidas, como informar os veciños afectados do cambio.