luns, 4 de xuño de 2012

Maestras republicanas: la doble depuración


Por: Carmen Morán | 28 de mayo de 2012
De todos es sabido que la República lo fue muy principalmente de los maestros. Pero en el tiempo actual se hace imprescindible poner en la memoria histórica el foco de las diferencias de sexo. Y aquí las hubo, tanto en el papel que desempeñaron las mujeres como enseñantes como en la universal depuración que sufrió el colectivo finalizada la Guerra Civil. De aquella tarea y de su posterior castigo, de la pena en la cárcel y en el exilio tratan algunos de los ensayos recogidos en un libro titulado Las maestras de la República, editado por Catarata. El volumen es fruto de un trabajo encargado por la Fundación Pablo Iglesias y la Federación de Enseñanza de UGT que culminó con la entrega de un premio-homenaje a todas aquellas maestras  entregado el 8 de marzo, Día de la Mujer. 
El gran legado de la República al feminismo fue la igualdad legal proclamada, al menos, en el papel, dice en este libro María del Carmen Agulló Díaz. Muchos muros fueron cayendo, no sin ruido, primero y muy simbólico el que dividía a los niños de las niñas en las escuelas. También los docentes, ellos y ellas, pudieron compartir entonces el desempeño escolar como iguales. No era poca cosa para las mujeres, un sexo acostumbrado a ejercer su pequeño reinado de puertas adentro, en la casa, en el hogar, tenía ahora un completo reconocimiento en el trabajo profesional. Y eso ya constituyó una enseñanza en sí mismo. Que alumnos y alumnas tuvieran delante cada día a una mujer dueña de su vida, liberada, moderna e independiente, ejerciendo su labor remunerada y tratándose con sus colegas masculinos de tú a tú lanzaba y propagaba a la sociedad un nuevo modelo de relaciones: el de la igualdad.
Eran, además, muchas de ellas mujeres ideologizadas, sindicalizadas, territorios que siempre fueron varonías. De modo que, cuando las sublevadas botas militares aplastaron todo aquello, las maestras fueron un grupo “valorado cualitativamente con mayor escrúpulo”, dice Sara Ramos Zamora, y se ejerció sobre ellas una represión con un carácter “más preventivo y ejemplarizante”. Se puso una doble lupa a su trayectoria, la que las juzgaba como enseñantes y como mujeres. Si bien el castigo fue mayor para los hombres –paternalismo, quizá- las libertades que estas mujeres habían conquistado se miraron con indisimulado asco. Las Comisiones Depuradoras franquistas, por las que tuvo que pasar todo el colectivo docente, “veían más grave que las maestras tuvieran ideas de izquierdas que las tuvieran los maestros”. Porque feo y escandaloso, venían a decir, es que un maestro con sus ideas “convierta la escuela en un semillero de comunistas; pero en una maestra sube de punto lo pernicioso de tales escándalos”, señalaba un miembro de aquellas comisiones. Y las maestras acusadas de pertenecer a la federación de Enseñanza de UGT, la FETE, se calificaron directamente como “un caso perdido”. “Llega a ser repulsiva la conducta de esa maestra, de veintisiete años de edad, en plena juventud ya pervertida”, decían en la Comisión de Toledo sobre alguna pobre muchacha. El régimen veía en ellas la incalculable traición de haber abandonado “su condición femenina y haberse distanciado de su papel de esposas y madre”, recuerda Agulló Díaz.
Gran pecado que encima remataban al impartir una educación laica, igualitaria, alejada de los valores cristianos que habían de formar a la mujer para ser ama de casa, amantísima madre y esposa, buena cocinera y todas esas cosas de sobra cacareadas. Por eso, entre las acusaciones destinadas a las maestras figuraban en mayor medida que los cargos hacia los hombres, aquellas de “haber contraído matrimonio civil”, “profesar el amor libre” o “alentar a su esposo a bajas pasiones por acabar con viejos prejuicios”. Hombre, por Dios, hacer esas cosas.
El franquismo volverá a imponer a las maestras la tarea de prolongar en la escuela los valores de la familia –la familia del régimen, claro-. O sea, religión, maternidad, cocina (las tres K del nazismo), por simplificar. Mientras, en la cárcel, las republicanas seguían desempeñando su magisterio completo,  y en el exilio, capítulos ambos que pueden leer en el libro que motiva este texto.
Si el papel de la mujer se ha silenciado tanto tiempo, subsumido en genéricos masculinos, parecido le ocurre muchas veces al mundo rural, que no tiene su capítulo propio cuando sus diferencias son muchas. En este libro Carmen María Sánchez Morillas le abre su espacio a las maestras rurales, “anónimas unas veces, otras conocidas, que esperaban a sus niñas al borde del camino […] anhelando que no faltase, esta vez, ninguna, y que acudieran algunas nuevas. […] No temían a los hombres, más bien eran ellos los que les guardaban cierto recelo, recelo por ser mujeres, recelo por tener estudios y, en definitiva, por saber y por conocer”.
Aquellas maestras, que “transformaron el mundo con un arma poderosa: un sencillo lápiz”, también hicieron familia, quizá no del gusto del régimen, sino la que constituía su grupo escolar y el afán diario de desasnar las rústicas mentes infantiles. Antes de que llegaran las misiones pedagógicas, con más medios y mayor acompañamiento, las maestras combatían como podían la mucha miseria del mundo rural. Andrea, nonagenaria hoy, siempre recordó como una maestra en El Torno (Cáceres), su maestra, le regaló un par de zapatillas para que no acudiera descalza a la escuela. Fue, seguramente, el primer calzado que tuvo. Esta anéctota es de la abuela de quien escribe. Lean el libro. Hay muchas más.

domingo, 3 de xuño de 2012

El paso al frente de las gitanas


El colectivo Kalis de Cibo lucha contra el abandono escolar de las niñas romaníes
DIANA MANDIÁ Santiago de Compostela 25 MAY 2012 - 21:45 CET
Ni Merche, de 29 años, ni Esmeralda, de 32, ni siquiera Loli, de 20, o Nazaterh, de 19, estudiaron más allá de los 11 o 12 años. Abandonaron sus estudios al acabar la educación primaria, jamás se matricularon en secundaria —a pesar de ser obligatoria— y desde ese momento se dedicaron en cuerpo y alma a la venta ambulante, el negocio familiar. Todas nacieron y se criaron en Santiago, donde viven todavía, y se felicitan porque las sobrinas y a las hermanas pequeñas encontrarán el camino de la educación superior más despejado. Son gitanas y parte de un colectivo, Kalis de cibo (Gitanas de hoy, en romaní) que renace en la sede de la Fundación Secretariado Xitano de Santiago después de años de parálisis. Cada dos semanas celebran el Café para todas, encuentros supervisados por una mediadora en los que las participantes intercambian consejos sobre salud, alimentación o educación. Con estas jornadas, intentan que las niñas no dejen sus estudios en plena infancia — ni que los padres las animen a hacerlo— y que el matrimonio precoz no sea el único destino de su vida adulta. Solo el 20% de los niños gitanos abandona el instituto con el título de la ESO bajo el brazo, según la propia Fundación Secretariado Xitano.
“Cuando empezamos, venían chicas que querían trabajar pero no lo hacían porque sus padres no querían”, explica Esmeralda Jiménez, que llegó a mediadora por casualidad después de pasarse años en el mercadillo con su familia. Abandonó los estudios a los 11 años y con el tiempo consiguió vender mercancía propia para no depender de los ingresos de los suyos. “Tenía hasta coche, no me faltaba de nada”, recuerda. Pero cuando quiso dejar la venta ambulante y mejorar sus perspectivas laborales se encontró sin formación en medio de las turbulencias de un mercado laboral arisco. Asesorada por la anterior mediadora del grupo, volvió a los libros y ahora estudia para sacarse el graduado escolar de adultos. “Aunque la educación es obligatoria hasta los 16 años, hasta hace 4 años muchos padres dejaban de llevar a los niños al instituto antes, y eso que sabían que iban a ser multados o algo peor. Ese problema ya no lo tenemos, es más, los padres se están volcando en los estudios de sus hijos”, cuenta.
Su compañera Loli, doce años más joven, sufrió atrancos casi idénticos antes de volver al instituto y poder beneficiarse de la bolsa de trabajo para azafatas de congresos que la Fundación mantiene con Ecotur. Tiene 20 años y en 6º de Primaria, su familia decidió que no seguiría estudiando. Sus padres tenían miedo, cuenta. “al que dirán”. También recelaron de su primer trabajo en un cafetería y del curso de azafatas que siguió para competir por un puesto en Ecotur. “Al final me dejaron ir porque les convencí de que era importante para mi futuro. A los 15 años conocí a la mediadora del grupo, todo lo que tengo es por ella. Por entonces yo no veía más que las cuatro paredes de mi alrededor”, recuerda.
 “El salto que hemos dado las mujeres gitanas es grandísimo. Hasta 1978 no se nos reconoce la igualdad ante la ley. Dos tíos de mi madre fueron fusilados por unos falangistas por el simple hecho de ser gitanos. Están enterrados en Caldas de Reis”, añade Merche, 29 años, casada a los 26 y madre de dos hijos. Más que un retraso en la edad del matrimonio, que advierten que no es generalizado, defienden que lo que ha transformado sus vidas es la posibilidad de escoger el momento y la persona con la que casarse. Defienden a ultranza las reglas de la comunidad — entre ellas, la virginidad como argumento para la confianza de marido y familia— pero insisten en que los cambios son muchos. Merche, la única del grupo que tiene esposo e hijos, pone el ejemplo de su madre, pedida a los 14 años. El novio, de 20, la conoció en una boda, le gustó y la pidió al padre, muy reticente a sacar a su hija de casa por miedo a que alguien quisiera casarse con ella. Pero esa noche estaba borracho y aceptó; la palabra de la hija valía poco si el padre ya había dado su consentimiento al enlace, así que con 15 la recién casada tuvo su primer hijo. Ahora, insiste, a nadie se le impone el matrimonio. “Antes, si los padres lo aceptaban, ella no decidía nada, pero ahora, si la mujer no quiere, no hay matrimonio”, aclara Esmeralda. Las cuatro se declaran enemigas del concepto “integración” y hasta piden que no se mencione. “No queremos integración, queremos convivencia. No nos gusta ese concepto porque nos despoja de nuestra identidad”, advierte Loli. “No dejamos de ser gitanas por estudiar o trabajar”, recalca, ante el gesto de asentimiento de sus compañeras.

venres, 1 de xuño de 2012

Se vende Franco... por una película


Un documental sobre memoria histórica lanza una campaña de micromecenazgo con obras de arte
¿Está usted dispuesto a financiar la recta final de una película documental sobre los residuos del franquismo en un pueblo de la Mancha comprando por mucho menos de su valor real una serigrafía del artista alemán Daniel Ritcher inspirada en el rostro del propio Caudillo? Si la respuesta es sí, siga leyendo.
La manchega Lucía Palacios y el alemán Dietmar Post llevan 10 años rumiando Los colonos del Caudillo, la película documental que han rodado estos dos inquietos cineastas que en 2008 ganaron con su documental Monks, the transatlantic feedback el Adolf-Grimme Award (el equivalente en Alemania a los Goya, con la particularidad de que el género documental se considera a la misma altura que la ficción o las series de televisión). Años antes, en 2002, lograron una notable resonancia gracias a otro de su trabajos, Reverendo Billy y su Iglesia de Parar las Compras, rodada en Estados Unidos en torno a la figura de Bill Tallen, activista artístico que en esos años encabezó una airada cruzada anticonsumo.
La idea de la nueva película nació hace más de una década, cuando precisamente vivían en EE UU. En un viaje a España, Palacios y Post fueron al pueblo manchego de ella, Moral de Calatrava. De excursión, se acercaron a una localidad vecina, Llanos del Caudillo. El lugar, recuerdan, les causó un fuerte impacto, sobre todo a él. “Era nuevo, de los años cincuenta, de casas adosadas blancas y con una torre de iglesia enorme. A Dietmar le llamó la atención que mantenía en sus calles los símbolos franquistas. Empezamos a investigar sobre aquel lugar y me marcó descubrir lo poco que sabía sobre el pasado de mi propio país”, recuerda Palacios. En 2008, fueron testigos de un hallazgo que determinó que siguieran adelante con el proyecto: en el pueblo se encontraron decenas de cajas con documentos sobre la creación y administración de Llanos del Caudillo. Salvados literalmente de la quema en el último minuto, en esos papeles está, como afirma el alcalde del pueblo, “la historia de un pueblo sin historia”.
Protagonizada por el exministro franquista José Utrera Molina, el expresidente del Gobierno Felipe González y los habitantes del pueblo, la película (narrada por el actor Juan Diego Botto) propone una revisión de la historia a partir de uno de los 300 asentamientos construidos por Franco durante sus años de dictadura. Lugares utópicos en los que, según una cita de la ordenación de los pueblos que creó el régimen copiando el sistema de Città nuove de Mussolini, “el nuevo hombre fascista habría de nacer: el hombre antiurbano y antiobrero, apegado a la tierra, temeroso de Dios y devoto al régimen, del cual es deudor de todo, casa, tierra y trabajo, bajo el control del partido”.
Para los dos cineastas, lo que comienza como la revelación de un episodio desconocido de la historia de España acaba convirtiéndose “en un espejo de la sociedad española en el presente”. Los Colonos del Caudillo, explican, “es una revisión del legado de Franco, una mirada hacia el pasado que nos ayuda a encontrar las claves del presente y entender un país en el que la figura del dictador aún persiste”.
El estreno mundial está previsto para el próximo otoño, pero para poder terminar la película (faltan 50.000 euros para llevar a cabo las mezclas de sonido, correcciones de color y la promoción) sus creadores, que no lograron ayuda del ICAA para su filme, pidieron al artista Daniel Ritcher, uno de los más importantes de Alemania, con quien habían colaborado en algún proyecto musical, que se implicara en su idea de micromecenazgo: una plataforma de crowdfunding que tiene como recompensa una de las 50 serigrafías de 100 x 140 centímetros firmadas por el artista a 300 euros. “Daniel realizó cuatro collages de Franco y nosotros, en lugar de venderlos por su precio, muy alto en el mercado, decidimos hacer las serigrafías y con ellas inventar una forma nueva de financiación”.

¡Feliz cumpleaños, ‘Golden Gate’!


El puente colgante más famoso de San Francisco cumple 75 años inmerso en reparaciones técnicas para poder mantenerlo abierto al tráfico
“La conozco desde hace 15 años, y cada día es más bella… Su cabello es de un pelirrojo vulgar, tiene unos pies enormes, pero una vez que la has visto broncearse bajo el sol, se convierte en alguien inolvidable”, estas palabras, publicadas en el diario The Chronicle en 1952 por el escritor Dean Jennings, bien podían referirse a una mujer, pero en su caso iban dirigidas al puente Golden Gate que, por aquél entonces, celebraba su decimoquinto aniversario. Este domingo la construcción, una de las obras de ingeniería más importantes y reconocibles del mundo, cumple 75 años.
Sigue manteniendo el mismo tono rojo -en realidad el color se denomina Naranja internacional- y los mismos pies -dos torres de 227 metros de altura- pero el paso del tiempo ha hecho mella en su frágil estructura. El Golden Gate celebrará su cumpleaños inmerso en un proceso de profundos retoques.
Cuando en la inauguración del 27 de mayo de 1937, el ingeniero jefe del proyecto, Daniel Mohn, presentó al Golden Gate como “el puente que durará para siempre”, debería haber tenido presentes los fuertes vientos, la niebla y la falla de San Francisco sobre las que se había erigido la estructura de 1.280 metros de largo. Hoy, un equipo de ingenieros trabaja para garantizar que la construcción se mantenga abierta, pueda soportar ráfagas de hasta 160 kilómetros por hora, terremotos de magnitud 8 y los 110.000 vehículos que cada día circulan por sus seis carriles.
Este domingo, sin embargo, las preocupaciones por su conservación se harán a un lado para albergar los actos de celebración del 75 aniversario. La mayoría, no obstante, no se realizarán sobre el mismo puente. A diferencia de en su 50 cumpleaños, el Golden Gate no se cerrará al tráfico esta vez. Los organizadores no quieren que se repita lo que sucedió en 1987, cuando el peso de los 300.000 peatones que se pasearon sobre él debilitó la estructura del arco provocando que el puente se balanceara. El único espectáculo que albergará será el de los fuegos artificiales que, a partir de las nueve de la noche, se podrán observar desde la bahía de San Francisco. El resto de eventos, la mayoría actuaciones con música y baile, se desarrollarán en Crissy Field.
Setenta y cinco años después de su construcción, el Golden Gate ha dejado de ser el puente colgante más largo del mundo pero la fascinación que causa su estructura de acero cuando asoma entre la niebla húmeda y salada que corroe sus casi dos millones de remaches, sigue intacta. Una niebla que podría empañar buena parte de las celebraciones previstas para el domingo si, como se prevé, se cierne sobre la ciudad.
Pese a los achaques de la edad y las inclemencias del clima, el Golden Gate solo parece verse amenazado en las películas de Hollywood. En sus 75 años de historia ha sido devorado por un tiburón (Mega Shark vs Giant Octopus), ha sido movido telequinéticamente por Magneto (X-Men); ha visto emerger a tres Black Hawk (La Roca) y a soportado el peso de James Bond, encarnado en la piel de Richard Moore, escalando por una de sus torres (Panorama para Matar). Súperman también llegó a tiempo de salvar un autobús escolar. Lamentablemente, ningún superhéroe pudo rescatar a los 11 trabajadores que murieron durante su construcción entre 1933 y 1937.
El Golden Gate además de servir como escenario a películas –además de las citadas conviene recordar su papel protagonista en cintas como Harry El Sucio, Vértigo o El Halcón Maltés- o a protestas de activistas -que suelen colgarse de sus cables para reivindicar sus causas-, e inspirar a escritores, cantantes y poetas, también se ha hecho famoso por ser uno de los lugares preferidos de los suicidas. Más de 1.500 personas han perdido la vida tras arrojarse desde el puente. Las autoridades están sopesando la posibilidad de poner una valla metálica para impedir que la gente salte.
El domingo, el armazón rojo del Golden Gate seguirá varado entre la península de San Francisco y el sur de Marin. Sus cabellos de acero y sus pies de más de 200 metros estarán listos para celebrar sus 75 años de historia y demostrar que “es una prueba evidente de que el ser humano puede alterar el planeta con reverencia”, como escribió Kevin Starr en su libro Golden Gate.