venres, 19 de outubro de 2012

Dos millones de años, en cien cosas


El director del British Museum construye una historia alternativa de la humanidad a partir de objetos escogidos entre su colección
Estandarte de Ur (2.600-2.400 a. C.)
Ni batallas ni reyes ni tratados diplomáticos. Los seres anónimos se abren paso en la historia aunque el misterio de sus vidas se perpetúe hasta la eternidad. Imposible conocer la identidad del tallador del primer cuchillo que empleó la especie, del burócrata que inventó la escritura para facilitarse la vida o del mochica que convirtió una vasija de arcilla en una obra de arte. Ellos trasvasaron su gloria personal al objeto. Son las cosas fabricadas por seres anónimos desde que la especie adquirió su marchamo actual las que hablan de sus congéneres, de sus costumbres, de sus creencias o de sus ritos. Y delatan con similar entusiasmo aspectos de la vida en un palacio chino o en una mina boliviana.
Vaso de prata atopado en Palestina no ano 10
Neil MacGregor (Glasgow, 1946) ha aprovechado el infinito arsenal del British Museum para escribir La historia del mundo en 100 objetos (Debate). Para contar una historia del mundo. “Podrías elegir otros cien objetos distintos y construir otro relato”, matiza en el propio museo, durante un encuentro con periodistas españoles, invitados por la editorial.
MacGregor dirige el British. Convengamos que objetos no le han faltado. Ni conservadores como Barrie Cook, coautor del libro inspirado en una serie radiofónica de la BBC, saben cuántas piezas almacena el gran mastodonte creado en 1753 bajo ese soplo ilustrado que aspiraba a disponer de templos donde almacenar todo el conocimiento del mundo. Un imposible, sí, pero el British es junto al Metropolitan o el Louvre uno de los pocos que sigue empeñado en conseguirlo.
El libro arranca con los objetos hallados en la garganta tanzana de Olduvai donde empezó todo y concluye con una lámpara solar, que facilita que la vida siga allá donde parece imposible. “Usar cosas es lo que nos convierte en seres humanos”, sentencia MacGregor. Entre la herramienta prehistórica y la tecnología basada en energías renovables, desfilan objetos esenciales —la piedra Rosetta, una metopa del Partenón, una momia de Tebas, una estatua de Buda, un relieve maya, un tugra de Solimán el Magnífico o un cronómetro del Beagle, por citar algunos— y también joyas menos conocidas, como la cerámica superviviente más antigua del mundo, fabricada en Japón hace 7.000 años (la vasija Jomon), o el escudo de corteza de árbol arrojado por un australiano anónimo cuando se encontró por vez primera en 1770 con un europeo bien conocido: James Cook.
Contar una historia a partir de objetos democratiza el relato: las sociedades ágrafas están excluidas de la historia asentada sobre textos. “Durante mucho tiempo Europa ha sido el centro. Esta clase de historia no tiene sentido, necesitamos una historia a la que pertenezca todo el mundo. Del lado europeo tienes textos, pero de otras civilizaciones, tienes objetos, que nos ayudan a contar su historia”, defiende MacGregor, un escocés que ensancha la sonrisa al escuchar cuestiones sobre las peticiones de restitución de patrimonio a sus lugares de origen.
El tesoro del British es poco británico: ellos almacenan colosales legados monumentales y artísticos de Súmer, Asiria, Persia, Egipto o Grecia, entre otras valiosas antiguas civilizaciones. En el libro MacGregor no elude la controversia. En directo, tampoco. “Es válido contar con un único lugar donde sea posible comparar esos objetos culturales con los de otras culturas”, afirma. El mandato fundacional del museo —gratuito y universal— sigue vigente: “Es una colección de todo el mundo para todo el mundo”.
El papel español en la obra es el de país puente de los europeos hacia otras culturas: el mundo islámico y las civilizaciones nativas de América. Un astrolabio judío del siglo XIV, que parece “un reloj de bolsillo de gran tamaño”. Se ignora quién fue su dueño, pero “habla de una gran síntesis intelectual, y de un tiempo en el que las tres religiones —el cristianismo, el judaísmo y el islam— coexistieron pacíficamente”. Tiene caracteres hebreos, palabras españolas y nombra a las estrellas en árabe. “Las tres confesiones convivieron en provechosa fricción, y entre las tres hicieron de la España medieval el motor intelectual de Europa”.
Menos idílico es el relato de la colonización española en América —si la serpiente de turquesas azteca hablara tendríamos un gran relato del encuentro entre Moctezuma y Hernán Cortés, de la muerte del gobernante y la destrucción de la capital azteca— y de cómo el real de a ocho se convirtió en la primera moneda global de la historia durante cuatro siglos. “En el frío helado de las altas montañas, la pulmonía era un peligro constante, y el envenenamiento por mercurio mataba con frecuencia a quienes trabajaban en el proceso de refinado”, escriben. Los reales circularon por Europa, Asia, África y Australia. Ellos, mejor que los documentos, son testimonio de una historia de explotación salvaje, circulación universal y sueños de reyes que creían en imperios sin ocaso.

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