sábado 19 abril 2014

Norman Bethune, el médico que ayudó a las víctimas de la desbandá


OLIVIA CARBALLAR / 7 Abr 2014 publico.es

“Imaginaos ciento cincuenta mil hombres, mujeres y niños que huyen en busca de refugio hacia una ciudad situada a cerca de doscientos kilómetros de distancia. No hay más que un camino. No hay más vía de escape. Y este camino, encajonado entre los altos picos de la Sierra Nevada y el mar, cortado en sus mismos tajos, sube y baja, desde el nivel del mar a las montañas, en declives de más de 30 metros”. Quien escribe este párrafo no se lo imaginó. Lo vivió. Lo fotografió. Lo contó. Y ayudó a muchos de esos hombres, mujeres y niños a salvar sus vidas. Es Norman Bethune, un médico canadiense que llegó desde Barcelona a Almería, con un camión con sangre para practicar transfusiones, el 10 de febrero de 1937, en plena desbandá del pueblo malagueño.
“En Almería supimos la noticia de la caída de Málaga y nos aconsejaron que no siguiésemos nuestro camino”, cuenta Bethune en su relato El crimen del camino Málaga-Almería, que acaba de ser reeditado por la Consejería de Aministración Local y Relaciones Institucionales. Él y su ayudante, Hasen Sise, continuaron a bordo de la UVI móvil de aquel momento. Un cambión ambulancia pintada de gris, conducida por otro canadiense, con el siguiente letrero: “Servicio permanente de transfusión de sangre”. “Llévate a este, mira este niño. Este va herido. Niños con los bracitos y las piernas enredados en trapos ensangrentados; niños sin zapatos, con los pies hinchados; niños que lloraban desesperados de dolor, de hambre, de cansancio. Doscientos kilómetros de miseria. Imaginaos lo que serían cuatro días de andar escondiéndose en el puerto”. ¿A quién elegir? ¿A quién ayudar ante la multitud de padres clamando ayuda? El doctor y sus ayudantes terminaron desmontando el interior de la ambulancia y la usaron para trasladar a los más necesitados, sobre todo a los niños.
El profesor Majada, delante del televisor, horrorizado por las imágenes de la guerra de Yugoslavia, se dijo: “Esto es lo mismo que lo que vi en aquellas fotografías”
El Parlamento andaluz acoge estos días la exposición Norman Bethune. La huella solidaria, organizada por el Centro Andaluz de Fotografía (CAF). La muestra, que acoge las únicas fotografías que dan testimonio de aquel horror, está acompañada por una publicación trilingüe (español, inglés y francés) que contiene, junto a las imágenes, las narraciones del propio Bethune y de cómo vivió la tragedia que sufrieron los civiles malagueños, e incluso, testimonios de quienes entonces eran unos niños recopilados por el comisario de la exposición y coordinador de la publicación, Jesús Majada. “Yo me encontré con ese horror de casualidad. Me dedicaba a estudiar cómo los extranjeros veían a los andaluces y tuve noticias sobre un médico que había escrito un libro sobre el crimen del camino Málaga-Almería. Lo encontré en una biblioteca de Cataluña“.
El profesor Majada no tenía ni idea en ese momento de lo que habían vivido estas personas a pesar de que llevaba treinta y tantos años viviendo en Málaga. Hasta que un día, delante del televisor, horrorizado por las imágenes de la guerra de Yugoslavia, se dijo: “Esto es lo mismo que lo que vi en aquellas fotografías”. Nada decían los libros de esa historia tan cercana que, sin embargo, sí estaba presente en muchas familias malagueñas. “Era una historia muy viva que estaba silenciada”, añade Majadas. Entonces tampoco se hablaba de memoria histórica. Ni cuando se expuso por primera vez esta muestra, hace diez años, que ha recorrido ya una docena de ciudades españolas y ha pasado por Montreal y México.
Durante cinco días, sin apenas descansar ni dormir, este médico canadiense salvó vidas y ayudó a muchas familias desfallecidas y hambrientas, “a costa de poner él mismo en riesgo su propia existencia y la de sus heróicos ayudantes”, escribe el director general de Memoria Democrática de Andalucía, Luis Naranjo, en el prólogo del libro reeditado. Héroes, sin embargo, ignorados en España. “Hasta hace muy poco el hospital principal de Málaga se llamaba Carlos Haya, el aviador que bombardeó la ciudad”, recuerda Majada. “Bethune debe ser recuperado como parte importante de la memoria democrática de este país, ya que representó como pocos los valores de solidaridad, resistencia y lucha por la libertad y la justicia que constituyen el mayor patrimonio histórico de las clases trabajadoras”, añade Naranjo.
“Cuando se habían alejado los aviones levanté del suelo los cadáveres de tres niños que habían estado tres horas de pie en una cola esperando su ración de una taza de leche condensada y un pedazo de pan”
 Deliberadamente arrojaron diez bombas en el centro mismo de la ciudad, en la calle principal, donde, amontonados en el pavimento, dormían exhaustos los refugiados. Cuando se habían alejado los aviones levanté del suelo los cadáveres de tres niños que habían estado tres horas de pie en una cola frente al Comité Provincial de Evacuación, esperando su ración de una taza de leche condensada y un pedazo de pan, único alimento disponible. La calle parecía un degolladero, con los muertos y los agonizantes, alumbrado por las llamas de los edificios que ardían”, escribió Bethune. “¿Qué crimen habían cometido estos hombres de la ciudad para ser asesinados de modo tan sangriento?”, se preguntaba el médico. “Su único crimen había sido el de votar por un Gobierno del pueblo”.
En 1938, Bethune viajó a China para unirse al Ejército Popular, donde ejerció como cirujano de campaña. Las condiciones insalubres en las que operaba le provocaron una septicemia que le causó la muerte el 12 de noviembre de 1939. Este año justamente se cumple el 75 aniversario de su fallecimiento. En China es una figura legendaria. En Canadá, un genio. En España, de momento, un desconocido.

Christina Pitouli: "Lo primero para concienciar de la ablación es que las mujeres africanas hablen de ello"


Su documental 'Bref', que da voz a víctimas de la mutilación genital femenina afincadas en España, ha sido premiado en el Festival de Cine de Málaga.
ANNA FLOTATS Madrid 07/04/2014 publico.es

En algún lugar de África, hace algunos años, un grupo de chicas víctimas de la ablación explicaron a una profesora cómo sus madres y abuelas les habían dicho que estar circuncidadas era algo bonito que servía para ser fiel. "¡Bref!", les espetó la maestra antes de contarles que con esa mutilación habían perdido una fuente de placer. En francés coloquial, bref significa "basta", "suficiente", "ya está". Esa profesora interrumpió a sus alumnas para que, por un momento, pensaran sin hacer caso a sus creencias y conocimientos. Y porque precisamente busca el mismo efecto, Bref es el título del documental que refleja esta historia y que ganó la Biznaga de Plata Afirmando los Derechos de la Mujer en el Festival de Cine de Málaga. Su directora, Christina Pitouli (Ioannina, Grecia, 1986) ha querido decir "basta", "suficiente", "ya está" a la vertiente informativa de la mutilación genital femenina. Su película sólo da voz a mujeres africanas residentes en España que han sido víctimas de la ablación y a dos hombres, también africanos. A través de sus vivencias, opiniones y contradicciones, el documental pretende "generar conversaciones y hacer pensar" sobre una práctica que han sufrido cerca de 140 millones de niñas y mujeres, según la OMS.
¿Por qué decidió hacer un documental sobre la mutilación genital femenina?
Me interesaba mucho el tema como directora y como mujer. La mutilación genital femenina tiene mucho que ver con España y con Europa porque hay gente que vive aquí y tiene otro tipo de relación con este tema. Aquí es ilegal, pero en África es prácticamente obligatoria, si no cambia la mentalidad, de manera que existe un conflicto entre dos culturas. La idea surgió de una colaboración con la ONG Médicos del Mundo en Catalunya, que quería hacer un vídeo informativo sobre los datos y las consecuencias de la mutilación genital femenina. Entonces pensé que sería más eficaz, en un proceso de sensibilización, hacer algo más allá de informar. La ONG aceptó mi propuesta de realizar un documental dando la palabra únicamente a los protagonistas de la historia. Pensé que, de ese modo, las personas que comparten cultura con los hombres y mujeres que aparecen en la película, tendrían más interés en escuchar, se generarían conversaciones y lograríamos que la gente hablara del tema, que es el primer paso y el más importante para sensibilizar. 
¿Por ese motivo no hay información ni voz en off en la película?
Claro. Viendo Bref nadie puede informarse exactamente sobre qué es la ablación y cómo se hace, pero no me interesaba hacer eso. Lo que quería era que después de ver la película, uno pudiera sacar diez temas de conversación y luego buscar más, pensar más, reflexionar más. Sensibilizar a la gente de aquí es muy fácil, no hace falta hacerlo porque ya tenemos una postura crítica sobre el tema. Me interesaba que pudiera provocar conversaciones entre gente que viene de culturas subsaharianas, por ejemplo, escuchando a sus compatriotas defendiendo o criticando la ablación, mencionando la ley o la sexualidad. Creo que una de las razones más importantes por las que el cambio de mentalidad es tan lento es que nadie habla de ello. La mutilación genital femenina es un tabú y ese es el centro del problema, porque si no se habla de un tema no puedes informar ni sensibilizar de él.
¿Influye en este oscurantismo el hecho de que se mezcle la mutilación con la religión?
Esta es una de las muchas razones, pero la ablación no aparece en ningún libro sagrado de ninguna religión. Aun así, cada tribu o comunidad que lleva a cabo esta práctica la adapta a su religión y se convierte en algo intocable. Dar el cambio es responsabilidad de los que representan la religión en cada comunidad, pero como estas prácticas forman parte de la tradición, la intervención occidental se interpreta a veces como un ataque. La falta de información y la inercia también dificultan el cambio. Conocí a muchas mujeres que habían sobrevivido, pero tampoco sabían lo que habían perdido porque nunca lo tuvieron. En ese contexto, ven que mutilando a sus hijas van a hacerles la vida más fácil en África, ni siquiera se plantean no hacerlo.
Una vez en España, ¿de qué manera se dan cuenta estas mujeres de lo que significa estar mutiladas?
Hay mujeres que han cambiado de idea porque han recibido información, pero no son la mayoría. Normalmente se informan en cursos y actividades organizadas por ONG. Entonces empiezan un proceso muy largo y muy difícil que consiste en darse cuenta de que todo lo que han aprendido no es verdad. Hay mujeres que se cierran y no quieren escuchar nada más porque interpretan esa información como una ofensa a su orgullo, a su cultura. Muchas llevan más de diez años en España y apenas hablan español, siguen trabajando en casa, hacen una vida como la que harían en África. Muchas de esas mujeres ni siquiera han descubierto que no mueres en el parto si tienes clítoris. El problema es que en África, la mutilación se presenta como algo bueno, limpio, bonito, que te convierte en una mujer superior. Aquí, en cambio, lo llamamos mutilación, una palabra negativa. Por eso cambiar de opinión es un paso muy grande que, por supuesto, se puede dar, pero tiene que darse de una manera más colectiva. Si es individual, es muy difícil.
¿Falta implicación por parte de las instituciones en este sentido?
Sí. Aunque lo más importante siempre es la manera. Hay que encontrar el modo de acercarnos y comprender, para lograr que la gente escuche. Al fin y al cabo, son cosas con las que uno ha crecido, ellas han dejado a sus familias en África, que siguen pensando lo mismo, y por eso sienten que están traicionando lo que les han enseñado sus madres. Hay que hacer mucho trabajo en los países de origen, pero sobre todo hay que formar y dar voz a gente de aquí que ha cambiado de opinión para que hagan de mediadores en los países de origen. Mi voz tiene menos peso. La gente necesita escuchar a gente de su propia cultura.
¿Ha cambiado su percepción a raíz de la película?
Mucho. Desde el principio hasta el final del rodaje. Cuando empecé tenía una postura absolutamente negativa sobre la mutilación, que lo sigue siendo por supuesto, pero tenía una perspectiva de blanco y negro. Pensaba que era una violación de los derechos humanos, de los derechos de la mujer y que se hace porque la mujer tiene que ser fiel y no tener necesidad sexual. Pero luego, hablando e investigando, te das cuenta de que es más complejo y tienes que intentar entender cosas que no se pueden entender a la primera. A mí me costó mucho esfuerzo comprender cómo una mujer que adora a sus hijas toma la decisión de mutilarlas o coserlas. Cambió mi opinión porque me di cuenta de que hay fuerzas sociales muy potentes que hacen que una mujer acabe creyendo que ha sido ella la que ha decidido. Empecé a pensar de una manera más compleja y gracias a la película adquirí un punto de vista más amplio.
Por ejemplo, una chica que no aparece en el documental me contó que el sexo con una mujer que está cortada es mucho mejor para el hombre. Son cosas muy delicadas porque forman parte de la imagen que se han construido para justificar lo que hacen. El tema es más complejo, no es tan fácil como decir 'es una violación de los derechos humanos y debes dejar de hacerlo', por eso se necesita mucho más trabajo. Y creo que se hace muy buen trabajo porque todas esas mujeres que aparecen en Bref han cambiado de opinión y tienen la valentía de poder decirlo y tomar decisiones para el futuro de sus hijas.
En el documental aparece un hombre africano que afirma que prefiere las mujeres que no están mutiladas. ¿Es el testimonio más rompedor?
No puedo priorizar, cada uno de ellos tiene su propia fuerza y por eso está en la película. El de ese hombre, Baba, es muy importante porque vive una pequeña transformación durante la entrevista. Yo le pregunto "¿Una mujer puede ser fiel sin estar cortada?" y él se toma mucho tiempo para pensar la respuesta. Hay mucho silencio. Me gusta porque es como si se lo planteara por primera vez y al final dice algo que es muy lógico, responde que no. Algunas mujeres que vieron la película en Londres me dijeron que eso no era nada importante. Para nosotras, no, claro. Pero para ellas, sí lo es y mucho. Las mujeres africanas pueden oír a mujeres occidentales decir que hay hombres que prefieren mujeres no cortadas, pero que lo diga un hombre africano que sabe de lo que habla es más importante. 

venres 18 abril 2014

La huella sonora de un mártir


Se cumplen 20 años del suicidio de Kurt Cobain, líder de Nirvana y figura icónica del ‘grunge’, el último movimiento que intentó dinamitar la industria musical

Han pasado ya 20 años de la muerte de Kurt Cobain. Músico, cantante, compositor y líder de Nirvana, el grunge y la Generación X. Y, sorpresa, Universal, su discográfica, lo ha ignorado. Ni un lanzamiento conmemorativo. Claro que no queda mucho donde rascar: los tres álbumes de estudio que editaron entre 1989 y 1994 se han multiplicado ya hasta convertirse en unas 20 reediciones oficiales, a las que hay que sumar otros tantos DVD con directos, recopilatorios, lujosos boxset y nuevas versiones de su unplugged póstumo y la recopilación de rarezas Incesticide.
Su cadáver fue encontrado el 8 de abril de 1994 por un electricista que iba a efectuar unas reparaciones en una pequeña habitación sobre el garaje de su mansión a orillas del lago Washington. El hombre llamó a una emisora de radio local antes que a la policía. La autopsia reveló que se había disparado en la cabeza tras inyectarse una dosis mortal de heroína. No fue posible precisar la fecha exacta. A efectos legales se determinó que fue el día 5. Pero realmente fue en algún momento entre el 4 y el 6. Tenía 27 años.
Sus más allegados pasan de puntillas por esta efeméride macabra. No hay noticias de Dave Grohl y Chris Novoselic, sus compañeros de grupo. Su viuda, Courtney Love, ha concedido una breve entrevista al semanario británico NME en la que asegura que prefiere celebrar el cumpleaños a su muerte y habla de proyectos futuros: un biopic, un documental y, agárrense, un musical en Broadway.
Este último es solo una posibilidad (aterradora, eso sí); la película todavía es un proyecto. En cambio, el documental está en marcha. “Tenemos la esperanza de que será el The Wall de esta generación: una mezcla de animación e imagen real que permitirá experimentar a Kurt como nunca antes. Es ambicioso”, declaraba su más que posible director, Brett Morgen, que ya realizó uno sobre los Rolling Stones.
Lo más parecido a una celebración es la inclusión de Nirvana en el Rock’n’roll hall of Fame, el  museo de Cleveland que decide quien tiene derecho a figurar en la realeza del rock. Cada año admite a diez nombres. En la ceremonia anual, que se celebra el 10 de abril, serán admitidos junto a Nirvana: Peter Gabriel, Cat Stevens, Kiss, Hall & Oates, Linda Rondstadt, E Street Band, y dos managers: Andrew Loog Oldham (Rolling Stones) y Brian Epstein (Beatles).
Sí, parece que la memoria de Kurt Cobain ha sido fagocitada por esa industria que pretendía destruir, o al menos cambiar. Porque lo importante de Nirvana no fue tanto su éxito como su declaración de guerra a lo que llamaban “música corporativa”. Contraponían valores como honestidad al puro negocio. Pretendían que el rock fuera tomado por grupos de inadaptados con guitarras y durante un tiempo pareció que lo habían logrado. Tenían especial fobia al rock de estadio, personificado en ese momento por Guns n´Roses, cuyo líder Axl Rose, era objeto de sus chanzas. Así como Extreme, cuya exitosa balada More than words encarnaba todo lo que pensaban que iba mal en el rock. Impostación, y sensiblería.
El 21 de septiembre de 1991, Nirvana, un semidesconocido trío de Seattle publicaba Nevermind, su segundo disco, primero en una multinacional. El vídeo del primer sencillo Smells like teen spirit, se estrenó en 120 minutes, programa de música underground de la cadena MTV que llevaba años emitiéndose de madrugada. Tiene tanto éxito que pasa a rotación diurna. Allí explotó. Nevermind vende tres millones de copias en tres meses. Hoy lleva más de diez.
Nevermind no era en apariencia muy distinto de lo que llevaban años haciendo otras bandas: Husker Du, Pixies, Dinosaur Jr., Black Flag o Melvins. Pero tenía unas melodías brillantes y una producción mucho más limpia. Aunque no lo bastante como para despojarla de la furia de sus antecesores. Siempre dijeron que sabían que tenían algo gordo entre manos. Un solo día de grabación en el estudio de Los Ángeles donde lo registraron costaba más que toda la grabación de su primer disco, Bleach, de 1989. Pero nadie pensó que fuera a llegar tan alto. Y menos a marcar los gustos de una generación entera.
A la industria discográfica aquello le pilló desprevenida ¿Quién iba a esperar que lo que el público quería eran grupos que mezclaban hard rock y punk, salidos de una ciudad olvidada del noroeste de Estados Unidos? Seattle, el epicentro de la mayoría de las bandas de aquel movimiento, era solo conocida por ser la ciudad más lluviosa de EE UU y por haber sido el lugar de nacimiento de Jimi Hendrix. Una invasión zombie hubiera sido más verosímil.
Porque el mainstream se movía en otras coordenadas, absolutamente opuestas. En 1991 la gran estrella mundial era el canadiense Bryan Adams, que tenía 32 años. Su balada Everything I do (I do it for you) batió en Reino Unido un récord de 1955 al pasar 16 semanas en el Número Uno. Era la banda sonora de Robin Hood, protagonizada por el actor de moda, Kevin Costner, que al año siguiente rodaría El guardaespaldas, con banda sonora de su partenaire en el filme, Whitney Houston. En España reinaban Mecano y Julio Iglesias. Y las ondas estaban copadas por Phil Collins, Rod Stewart (que había encadenado cuatro éxitos consecutivos tras su edulcorada versión del Downtown train de Tom Waits), Chris Rea o el I’m too sexy de Right Said Fred. En general todo parecía dirigido a menores de 14 o mayores de 40.
Nirvana cambió ese panorama en el que lo alternativo, que existía, ocupaba un nicho diminuto. Contó con la ayuda de MTV que descubre que ese nicho tiene futuro e inventa un espacio Alternative nation en prime time. Alternativo es todo lo que tiene cabida en ese programa.  
Ese nuevo sonido, en realidad algo que llevaba fraguándose años fuera del radar de la industria, es bautizado como grunge. Una palabra que viene a significar sucio y cuyo origen no está muy claro, aunque parece que llevaba varios años dando vueltas para definir el sonido de bandas como Green River.
En España, en 1991 TVE reinaba. Rockopop, el entonces programa musical estrella de la cadena pública, fue el primero en emitir Smells like teen spirit. “Más tarde fuimos a verlos a Hawai, al último concierto de la gira mundial. Eran las mismas fechas en las que Cobain se casaba con Courtney Love”, dice Beatriz Pécker, la presentadora del programa.
Cobain se casa en febrero de 1992 con Courtney Love, una antigua stripper que lideraba Hole, otra de las bandas del movimiento, y parecía tener toda la seguridad en sí misma que al líder de Nirvana le faltaba. Cobain era una figura contradictoria. Hijo de padres divorciados, no tenía miedo de hablar de lo inadaptado que se había sentido desde niño, lo que le convertía en modelo a seguir por los millones de adolescentes de todo el mundo que alguna vez se habían sentido como él. Para las chicas era al tiempo una figura a proteger, alguien que pedía ser abrazado y reconfortado, y un apuesto rubio de obvio atractivo sexual. Era una especie de nuevo James Dean, con una higiene mejorable, y una guitarra eléctrica.
Hacía menos de cinco meses que habían publicado Nevermind y en ese periodo habían dado casi 90 conciertos en tres continentes. Cada vez eran más grandes. Fue su último tour en salas, llegaban los estadios. “En los próximos meses oirás hablar de muchas nuevas bandas: The Melvins, Mudhoney, Hole o Sonic Youth, que son los padrinos de todo esto. Bandas honestas”, decía Dave Grohl, el joven batería de Nirvana en una entrevista con Pecker.
Acertaba. Hasta más o menos 1996, decenas de grupos se colaron por la brecha abierta: Soundgarden, Smashing Pumpkins o Pearl Jam. Y también Pavement, Offspring… Pero en ese éxito estaba la semilla del diablo.
Paradoja: la situación era en apariencia inmejorable y ahí radicaba su fracaso. La radio pertenecía al grunge, se multiplicaban los fichajes de bandas indies, las ventas de discos se habían disparado. Era el triunfo de la Generación X, entelequia creada por el escritor Douglas Coupland en su novela homónima. Un libro que dio cobertura intelectual al movimiento y una identidad a sus seguidores. La Generación X es el precedente de la actual generación perdida: hijos del baby boom de los sesenta incapaces de integrarse en la sociedad creada por su padres. Sufrían de “envidia demográfica”, a saber: “Envidia de la riqueza y el bienestar de los miembros de la generación de los años cuarenta en virtud de su afortunado nacimiento”.
Mientras, Nirvana editaba en diciembre de 1992 Incesticide, una recopilación de rarezas intencionadamente áspera. En el interior escribieron: “Tengo una petición para nuestros fans: Si cualquiera de vosotros odia a los homosexuales, a las personas que son diferentes o las mujeres, que nos haga un favor: Que os jodan, no vengáis a nuestros conciertos. No compréis nuestros discos”.
Se sentían invadidos e incapaces de reconocerse entre ellos, “Era como una vieja película de la segunda guerra mundial en la que estás en una ciudad de estadounidenses normales, pero en realidad, son todos espías nazis. Eso parecía. Daba un poco de miedo”,dice  Ian Mckaye de Fugazi en el libro Nuestro grupo podría ser tu vida. “La impotencia comercial del indie había sido el factor que había unido la escena y había evitado que fuera el nido de víboras mercenarias que eran las majors. Como era un mundo tan pequeño, la cooperación y la honestidad eran necesarias. Gran parte de eso se derrumbó cuando el cielo y no el sótano fue el límite”, escribía el periodista Michael Azerrad, autor de ese libro.
Nirvana ya había reaccionado con rabia al triunfo de Pearl Jam, les acusaban de farsantes y oportunistas. Cobain se sentía responsable de haber pervertido con su éxito el movimiento. de haberlo llenado de advenedizos. Su adicción a la heroína no ayudó. Él aseguraba que la usaba con fines paliativos de los dolores que sufría, una irritación en el estómago que ningún médico fue capaz de diagnosticar y escoriosis. Cuando pretendió dejarlo, por ejemplo tras el nacimiento de su hija Frances Bean, no pudo.
Las presiones aumentaban. Odiaba las giras y su tercer disco In utero, de 1993 se consideró demasiado crudo y le hicieron retocarlo. Cobain era ambicioso, pero no lo suficiente como para cerrar los ojos y dejarse llevar. Estaba desbordado. Entre 1993 y 1994 ocupaba más páginas de sucesos que de música. Hubo un intento de suicidio en Roma. A su vuelta a EE UU ingresó en una clínica de desintoxicación de la que escapó el 30 de marzo de 1994. Se le pierde el rastro hasta el 8 de abril.
Su disco póstumo, el acústico Unplugged in New York, vendería cinco millones de copias. El grunge se convirtió en una etiqueta, Cobain en un martir y Nirvana en un lucrativo negocio. “El día que se anunció su muerte yo estaba en una tienda de discos de segunda mano de Londres. Yo me di cuenta de que había pasado algo porque el encargado salió del mostrador y se llevó a la trastienda todos los discos de Nirvana que había en las cubetas”, recuerda un disquero español.  De repente todo lo que llevase la etiqueta de Cobain tenía un nuevo precio, mucho más alto.
Su muerte causó auténtica desolación. Durante los dos años siguientes a su fallecimiento se asocian con ella sesenta suicidios. Empezando por la de un hombre de 28 años que acudió a la ceremonia pública de despedida en Seattle, llegó a su casa y se pegó un tiro.
Hoy su herencia no resulta clara de trazar. Los más cínicos dicen que solo en cosas como la vuelta de Pixies, en festivales masivos como Lollapalooza, o en el éxito de Green Day y Foo Fighters, el grupo de su ex bateria. El autor británico Bob Stanley es quizás el más duro. "Parece que la postura antimachista y anticorporativa de Nirvana no sirvió para mucho. Pocas semanas después de su muerte, una canción grunge de un grupo grunge prefabricado por Levi´s para una campaña -Inside de Stilskin, fue número uno en Reino Unido. El grunge pronto desembocó en estilos como el rap metal o el nu metal y llevó indirectamente a que los Red Hot Chili Peppers con su ultramasculina mezcla de funk, hip hop y metal fueran el grupo de rock más vendedor del mundo. El amor de Cobain por el punk abrió la puerta a bandas estereotipadas de revivalistas como Blink 182 y Green Day. Y años más tarde a otro nivel más bajo: el punk para preadolescentes de Busted o McFly", dice en su libro de 2013 Yeah, Yeah, Yeah, the story of modern pop.
Michael Azerrad es más generoso y asegura que el éxito de sellos como Matador con grupos como Yo la tengo, Cat Power, Pavement, Superchunk o Jon Spencer Blues Explosion, también es deudor suyo. Y también el de discográficas como Merge, que diez años después publicaron el debut de Arcade Fire.
Pero también hay quien piensa que miles de grupos de rock y sellos independientes que funcionan al margen de la industria han aprendido la lección y son hijos suyos. Y que la próxima revolución, si llega, también lo será.