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sábado, 29 de marzo de 2014

Misión: reformar España


Una muestra recrea en la BNE la labor renovadora en la ciencia, la política y las artes de la Generación del 14
Hace cien años, José Ortega y Gasset (1883-1955) pronunció en el Teatro de la Comedia en Madrid un discurso, Vieja y nueva política, que se convirtió en el certificado de nacimiento de un movimiento de científicos, escritores, políticos e intelectuales unidos por un afán común —reformar España— que prevaleció sobre sus diferencias. Cuando Ortega invitó a europeizar el país, el mundo se movía a grandes zancadas (movimiento sufragista, apertura del canal de Panamá, nuevas teorías de Einstein y Freud, inauguración de la primera aerolínea regular) aunque faltaban pocos meses para que el inicio de la Gran Guerra frenase en seco la carrera.
La exposición La Generación del 14. Ciencia y modernidad, inaugurada ayer por el príncipe Felipe en la Biblioteca Nacional donde permanecerá hasta el 1 de junio, rescata a todos aquellos que pugnaron por sumarse a la corriente del progreso social, como Ortega y Gasset, Azaña, Marañón, Juan Ramón Jiménez (en 1914 publicó Platero y yo), Madariaga, Sánchez Albornoz, Gómez de la Serna, Pittaluga o Falla. Junto a ellos —y esta fue una de las singularidades de la generación— se codeaban mujeres, que estaban (o lo estarían a la vuelta de los años) en primera línea de la filosofía, la pedagogía, la literatura, el periodismo o la política: María de Maeztu, Victoria Kent, Clara Campoamor, María Goyri, Margarita Nelken, María de la O Lejárraga o Sofía Casanova.
La ciencia, una asignatura pendiente pese a algunas figuras sobresalientes como Ramón y Cajal (Nobel en 1906), se convirtió en troncal. “Ciencia resultó la palabra clave para aquel grupo generacional que, de hecho, fue el primero en la historia de España que no estuvo compuesto por hombres vinculados, únicamente, al mundo de las letras”, escribe en el catálogo el comisario general Antonio López Vega, que ha contado también con el asesoramiento del historiador Juan Pablo Fusi. Son los años de gloria de Leonardo Torres Quevedo, que desarrolló el transbordador del Niágara o una máquina precursora de la calculadora, entre otros inventos. “Ningún ingeniero español ha tenido la repercusión internacional de Torres Quevedo. España vive una edad de plata en la ciencia en el primer tercio del siglo XX, sobre todo gracias a las becas de la Junta de Ampliación de Estudios (1907)”, señala José Manuel Sánchez Ron, el comisario científico de la muestra, organizada por la BNE y Acción Cultural Española (AC/E).
La junta becó a 2.000 científicos para formarse en el exterior, entre ellos 350 médicos, que establecieron conexiones con los talentos de la época y que facilitaron las visitas a España de Albert Einstein, Marie Curie o Paul Valéry. “La junta fue el embrión y fundamento de una nueva medicina que constituyó uno de los enclaves de modernidad”, sostiene López Vega. Se revolucionaron la investigación, de la mano de Cajal, y la asistencia, de la mano de Marañón. Su viaje a Las Hurdes, en 1922, que se enmarcaba en esta visión de la medicina como una obligación pública, “permitió poner en marcha acciones terapéuticas que paliaron el hipotiroidismo congénito y endémico de su población”, precisa el comisario.
Arropada por una colección de obras de artistas coetáneos, como Picasso, Miró, Zuloaga, Gargallo, Gutiérrez Solana o María Blanchard, la muestra explora las relaciones del grupo con América y con los movimientos nacionalistas. “Tienen una idea integradora de España”, subraya López Vega.
En Cataluña arranca el noucentisme (D'Ors fue la principal figura), que impulsó instituciones, como el Institut d'Estudis Catalans, que “pudieran legitimar culturalmente la política”, según Ricardo García Cárcel y Andreu Navarra Ordoño. En Galicia, en opinión de Ramón Villares Paz, se forja el grupo más fértil y compacto de toda su historia cultural contemporánea: la xeración Nós, con figuras como Alfonso R. Castelao, Vicente Risco o Ramón Otero Pedrayo. Jon Juaristi señala que en el País Vasco, marcado por “una fuerte impronta regionalista”, destaca la figura de Ramón de la Sota, que financió la revista Hermes e impulsó la creación de la Sociedad de Estudios Vascos.

luns, 3 de marzo de 2014

La Constitución de Antequera de 1883: horizontes para un país


El proyecto establecía adelantos democráticos y logros sociales verdaderamente avanzados para la época, desde el feminismo a la igualdad social.
Por RUBÉN PÉREZ TRUJILLANO 20/02/2014 eldiario.es

El fracaso de la I República sumió al republicanismo en una grave crisis. La Revolución regional-cantonalista (1873-1874), muy extendida por Andalucía, fue reprimida por el general Pavía, el golpista que  abriría paso a la Restauración borbónica.
1883 es un año difícil. Andalucía es escenario del hambre, las epidemias y el desplome de las clases medias urbanas. El nuevo régimen se consolida y da un rumbo autoritario a la Revolución burguesa. La mayoría de los trabajadores y jornaleros no ven otro refugio que las organizaciones anarquistas, cada vez más numerosas. Algunos todavía alternan su militancia sindical (anarquista) con la política en las filas del republicanismo confederal. Montajes como el de "La Mano Negra" pone a los opositores en el patíbulo. En verano se dicta el estado de guerra en media Andalucía.
La Asamblea del ala andaluza del Partido Demócrata Republicano Federal, liderado por Pi y Margall,  tuvo lugar en Antequera (Málaga), entre los días 27 y 29 de octubre de 1883. Allí se aprobó el Proyecto de Constitución o Pacto Federal para los Cantones regionados andaluces, redactado por Carlos Saornil.
El texto manifiesta una conexión estrecha entre regionalismo, campesinado y superación del concepto burgués de nación. Todo un código político de carácter social y económico que intentaba reavivar el espíritu de 1873 que la manu militari impidió llevar a buen puerto.
Un constitucionalismo revolucionario
Lo primero que llama la atención de la Constitución de Antequera es su arquitectura, tanto desde un punto de vista formal como material. No es para menos: convergen las ideas de Proudhon (depuradas de sexismo), el contractualismo sinalagmático de Pi y Margall, el socialismo utópico (sobre todo Fourier), el liberalismo social y el primer feminismo. En este cruce de caminos surge el andalucismo político.
La Constitución está compuesta por tres proyectos de confederación que, articulados mediante cuatro apéndices, estaban destinados al municipio, el cantón y la Federación Andaluza o Estado de Andalucía.
Al mismo tiempo, la Constitución encarna el pacto social entre individuos, clases y pueblos. Es un instrumento pacífico para la transformación, que aspira a romper la unidad del poder, repartir la tierra desamortizada entre los campesinos y cambiar la unidad nacional por la unión libre. Estamos ante un proyecto constitucional sui generis, verdadera joya jurídica y sin parangón en la historia del constitucionalismo.
La República desde abajo
El confederalismo de inspiración pimargalliana compuso un movimiento para, además de estructurar democráticamente el Estado, fundar o acaso expresar la existencia de viejas naciones.
El sujeto original del pacto constitucional es inicialmente, y seguirá siendo una vez inserto en la Confederación, el pueblo andaluz. Es el único que puede decidir su inclusión en la Confederación ibérica, delimitando el contenido de los derechos de soberanía que desea ceder. A la Federación Andaluza corresponde interponerse ante cualquier acto o ley que atentase contra sus derechos y competencias exclusivas, reasumiendo las competencias delegadas, reformando su Constitución e incluso, si fuera necesario, ejerciendo el derecho de secesión.
La consigna "unidad en la libertad" exige una comunidad contractual, voluntaria. De ahí la intención de edificar desde abajo un nuevo proyecto nacional: la España o, mejor dicho, la Iberia de los pueblos.
Nacionalidad y autodeterminación
En los textos de 1883 se sostiene solemnemente que el pueblo andaluz tiene su nación. Ante todo, es una comunidad de recursos producidos colectivamente y puestos a disposición de personas iguales. Una comunidad, también, de cultura (generalización de la educación pública y gratuita, revitalizadora de las memorias colectivas de cada pueblo ibérico), solidaria (el asistencialismo redentor como fuente de legitimidad), de sufrimiento (el drama del jornalero, la proletarización y el hambre como telones de fondo) y de lucha (incardinada en el proceso revolucionario democrático). Una comunidad, en suma, basada en el reparto.
Ahora bien, no es la primera vez que prende la idea de afirmar política y constitucionalmente la unidad del pueblo andaluz. A pesar de lo que se dice, ya antes de la Constitución de Antequera tenemos algunos ejemplos, como cierto proyecto hasta hoy inédito, el de Constitución federal español publicado por Flamilso en la vorágine del Sexenio (1869), o los proyectos constitucionales del revolucionario andaluz Roque Barcia (1870), dirigente del Cantón de Cartagena.
Derechos y deberes para una sociedad justa
Recoge el documento que los poderes públicos andaluces tienen por objeto "el advenimiento de la verdadera igualdad social, mediante la independencia económica del pueblo". Se consagra por primera vez en un código constitucional el derecho al trabajo, el derecho a la igualdad de las mujeres (no sólo al sufragio) y la progresividad del sistema fiscal.
En aras de la emancipación, se dispone el derecho a la educación pública, gratuita y obligatoria para ambos sexos, así como la prohibición de las órdenes religiosas como forma de hacer realidad el derecho a la libertad religiosa. También se proscriben los impuestos indirectos, y se garantiza el "derecho de propiedad limitado por los derechos sociales". Asimismo, se prevé la creación de un instituto de crédito y el arrendamiento de las propiedades públicas a favor de sindicatos.
Democracia republicana representativa
"Andalucía es soberana y autónoma -establece el art. 1 de la Constitución de la Federación Andaluza-, se organiza en una Democracia republicana representativa, y no recibe su poder de ninguna autoridad exterior al de las autonomías cantonales que le instituyen por este Pacto". La fórmula combina elementos de representación con otros de participación popular. De fondo, algunos preceptos destinados a combatir la corrupción, con un rígido sistema de incompatibilidades.
Entre los mecanismos de representación, cabe destacar la garantía de representación parlamentaria de las minorías, un Congreso andaluz compuesto por "diputados de población" (procedentes de partidos) y "diputados de profesión o clase" (procedentes de sindicatos y organizaciones patronales) o el sufragio universal permanente para asegurar el origen electo de los tres poderes.
Dentro del componente radicaldemócrata se encuentra el derecho al referéndum, a la participación directa en las "Asambleas comunales" a nivel municipal, a la revocación del mandato de los representantes, a la iniciativa popular no sólo legislativa sino también a la hora de reformar la Constitución o suscribir Pactos con otros Estados, etc.
El legado de la Constitución de Antequera
Aparte de las novedades que introdujo en el panorama constitucional y político, la Constitución de Antequera desempeña principalmente un doble papel. En primer lugar, es un indicador estimable de la toma de conciencia andaluza en un contexto de lucha por la democracia. En segundo lugar, permite constatar que el andalucismo toma carta de naturaleza en 1883 dentro de unas coordenadas ideológicas muy particulares. El nacionalismo andaluz es libertador ("liberalista", como diría Blas Infante entrado el siglo XX) y destinado a la promoción de las clases populares, al estilo de los primeros nacionalismos decimonónicos, tempranamente estrangulados. Y es que, habiendo nacido de las entrañas del republicanismo confederal, aspira a una virtud que incluso le hace distorsionar sus caracteres nacionalistas: no existe el "nosotros" (Andalucía) en oposición a "los otros" (España), porque también se es español si -y sólo si- previamente se es andaluz.
El proceso constituyente de 1883 fue víctima del sistema canovista. Y el intento siguiente correría igual suerte, esta vez a manos del alzamiento militar en julio de 1936. Sin embargo, la Constitución antequerana pervivió como referente en la marcha hacia el autogobierno, apareciendo en el proyecto de 1933, en el tardofranquismo y en la conquista de la autonomía por la vía del art. 151 de la Constitución de 1978. Así, el nuevo Estatuto de 2007 reconoce en su preámbulo la trascendencia de dicho texto. Aunque tenga poco que ver con la Constitución de Antequera, el actual régimen autonómico hunde en ella sus raíces.

mércores, 20 de marzo de 2013

La doble vida fotográfica de Echagüe


El MNAC expone las imágenes ‘pictorialistas’ realizadas en África por este ingeniero militar
El primer destino del ingeniero militar José Ortiz Echagüe (Guadalajara, 1886) después de graduarse en 1909 fue la zona del Rif, cerca de Tetuán, donde las minas de hierro que España tenía estaban siendo atacadas por las tribus rifeñas. En África, el joven de 23 años recibió el encargo de dirigir el servicio de fotografía de la unidad de Aerostación, en la que realizaba imágenes, primero desde globos y luego desde aviones, para elaborar mapas y localizar las posiciones enemigas. Pero junto a estas imágenes profesionales, Echagüe también dirigió el objetivo de su cámara de aficionado hacia los hombres y mujeres del país, hacia los paisajes y los temas de la vida cotidiana. Una realidad amenazada, precisamente, por la presencia de las tropas españolas. “Creo que la parte más importante para que un fotógrafo consiga el éxito está en el hecho de ponerse en contacto con los personajes en sus rincones, seguir sus costumbres, observarlas y tratar de capturarlas en su ambiente”, dejó escrito Echagüe en su diario. Casi 80 de las imágenes (pertenecientes a la Universidad de Navarra) que el ingeniero fotógrafo creó en el norte de África, además de una selección de imágenes inéditas procedentes del Archivo General Militar de Madrid con fotografías de dirigibles y vuelos aéreos, pueden verse —hasta el 21 de julio, gratis— en el Museo Nacional de Arte de Catalunya, MNAC.
El comisario Javier Ortiz-Echagüe tiene clara la labor de experimentación de su abuelo, creando texturas tras raspar imágenes como Muchacho rifeño, creando primerísimos planos como en Moro del Rif 2, Rifeña 2 o Mora de Fez 3, y nuevas composiciones en diagonal, puntos de vista y luces extremas, parecidas a las que luego usaron las vanguardias, como en Porteadores. “Presentes en sus primeros años, no las abandonará nunca”, asegura.
Sus fotografías de niños, jinetes armados, comerciantes o incluso escenas de la cruda guerra, son perfectamente reconocibles. Reveladas manualmente, con mucha paciencia y habilidad, Echagüe usó la técnica del carbón fresson —en la que empleaba serrín que luego rascaba para sacar la luz—, interviniendo en el resultado final de cada una de las imágenes. Representante del pictorialismo fotográfico español —algo que él negaba— sus obras, que parecen más grabados que fotografías, van más allá del mero registro de la realidad.
Tercer piloto de aviación con título en España, Echagüe fue un pionero con vida de novela. Tras volver de Marruecos, abandonó el ejército y fundó en 1923 Construccions Aeronáuticas SA (CASA) y, en 1950, la empresa de automoción SEAT.
Echagüe realizó varios libros que le dieron fama mundial. American Photography lo consideró el tercer mejor fotógrafo del mundo en 1935. Publicó Tipos y Trajes de España (1930), España. Pueblos y paisajes (1939), España mística (1943) y España. Castillos y alcázares (1956). Echagüe retomó su pasión por África al final de su carrera en tres viajes en 1964 y 1966 (cuando tenía 78 años). Ahora, el fotógrafo se centra más en paisajes y arquitecturas utilizando la misma técnica de carbones de gran formato e intentando ocultar los elementos más modernos que ya se percibían en la sociedad norteafricana. De esta etapa es una de sus imágenes más famosas: Siroco del Sahara publicada hasta en China y Moscú (fue portada del diario Pravda en 1966). “Son imágenes oníricas e incluso surrealistas”, asegura el comisario delante de Fez 1, en la que el enorme grupo de hombres parece ajeno al fotógrafo. Todos menos un niño que corre en su dirección “y que parece un Cartier-Bresson”, señala Echagüe nieto.
Las imágenes de Ortiz Echagüe recuerdan a fortunys fotografiados. En abril, el diálogo entre los dos autores será posible. Será tras inaugurarse la exposición monográfica que el MNAC ha programado alrededor de la enorme La batalla de Tetuán de Marià Fortuny.

mércores, 21 de novembro de 2012

Lugo lembra o papel da muller no galeguismo


Os actos de celebración do 94º aniversario da Asembleia Nazonalista de Lugo, organizados pola A. C. Cultura do País, contaron cunha charla coloquio sobre “A participación política das mulleres durante o primeiro terzo do século XX. O galeguismo” a cargo da historiadora Isabel Rodríguez.
A.E. Sermos Galiza

Esta fin de semana celébrase o 94º aniversario da Asembleia Nazonalista de Lugo na que se asinou o Manifesto nazonalista, o documento común do noso nacionalismo até a chegada dos golpistas e a posterior ditadura. Participaron un total de 63 persoas, a maior parte procedentes da Coruña, con representación de 67 sociedades agrarias, 5 centros culturais; e a adhesión de 5 federacións agrarias, 11 concellos, máis de 49 Asociacións e numerosas personalidades. Fora no hotel Méndez Núñez os días 17 e 18 de novembro de 1918, ao amparo das Irmandades da Fala, e marcou o inicio do nacionalismo galego moderno. 

Actos en Lugo
A Asociación Cultura do País organizou, por cuarto ano consecutivo, os actos de conmemoración do aniversario da Primeira Asemblea Nacionalista. Nesta ocasión  a actividade centrouse na participación política das mulleres naqueles tempos, un aspecto ao que se adoita dar pouca relevancia. Consistiron cunha ofrenda floral diante do Hotel Méndez Núñez, sé da Asemblea Nacionalista, e unha charla charla-coloquio no Lar da Cultura do País, sobre “A participación política das mulleres durante o primeiro terzo do século XX. O galeguismo” a cargo da historiadora Isabel Rodríguez Mate.
A participación da muller
Na charla celebrada en Lugo, Isabel Rodríguez apuntou que na propia Asemblea non participou ningunha muller, mais no manifesto asinado recoñecíase no capítulo terceiro artigo segundo, “a igualdade de dereitos para a muller” e foi na II Asemblea de 1919 cando se recolle a “igualdade absoluta, política e civil, da muller co home”.
Sobre a presencia de mulleres no daquela Partido galeguista, Isabel Rodríguez lembra os datos aportados polo historiador  J. G. Beramendi, e afirma que “a porcentaxe de mulleres afiliadas foi escaso en todo o período, representando aproximadamente, salvo algunhas excepcións, entre un 3 e un 15% do total”.
Unha das fontes onde atopamos referencias ás actividades das mulleres neste colectivo foi o xornal A Nosa Terra. “En 1933 creouse unha efémera sección titulada “O recanto da muller”, na que se fixeron ouvir Carmen Lobeiras, Elvira Bao, María Santos ou Xaquina Trillo”. A historiadora sinala que foi nesta publicación onde se divulgaron dous Manifestos de mulleres vinculadas ao Partido Galeguista de Ourense e ás súas Mocidades. “Tamén sabemos da existencia dun importante colectivo de mulleres santiaguesas, que en 1934 enviaron un telegrama asinado por María Xesús Otero de Gándara á Asemblea Constituínte da Unión de Mocidades Galeguistas”.
Para Isabel Rodríguez “o galeguismo deste período, malia ter perpetuado algúns dos roles tradicionais asignados aos xéneros, contribuíu a normalizar e a impulsar a presenza política das mulleres”.