Amosando publicacións coa etiqueta liberalismo. Amosar todas as publicacións
Amosando publicacións coa etiqueta liberalismo. Amosar todas as publicacións

luns, 3 de marzo de 2014

La Constitución de Antequera de 1883: horizontes para un país


El proyecto establecía adelantos democráticos y logros sociales verdaderamente avanzados para la época, desde el feminismo a la igualdad social.
Por RUBÉN PÉREZ TRUJILLANO 20/02/2014 eldiario.es

El fracaso de la I República sumió al republicanismo en una grave crisis. La Revolución regional-cantonalista (1873-1874), muy extendida por Andalucía, fue reprimida por el general Pavía, el golpista que  abriría paso a la Restauración borbónica.
1883 es un año difícil. Andalucía es escenario del hambre, las epidemias y el desplome de las clases medias urbanas. El nuevo régimen se consolida y da un rumbo autoritario a la Revolución burguesa. La mayoría de los trabajadores y jornaleros no ven otro refugio que las organizaciones anarquistas, cada vez más numerosas. Algunos todavía alternan su militancia sindical (anarquista) con la política en las filas del republicanismo confederal. Montajes como el de "La Mano Negra" pone a los opositores en el patíbulo. En verano se dicta el estado de guerra en media Andalucía.
La Asamblea del ala andaluza del Partido Demócrata Republicano Federal, liderado por Pi y Margall,  tuvo lugar en Antequera (Málaga), entre los días 27 y 29 de octubre de 1883. Allí se aprobó el Proyecto de Constitución o Pacto Federal para los Cantones regionados andaluces, redactado por Carlos Saornil.
El texto manifiesta una conexión estrecha entre regionalismo, campesinado y superación del concepto burgués de nación. Todo un código político de carácter social y económico que intentaba reavivar el espíritu de 1873 que la manu militari impidió llevar a buen puerto.
Un constitucionalismo revolucionario
Lo primero que llama la atención de la Constitución de Antequera es su arquitectura, tanto desde un punto de vista formal como material. No es para menos: convergen las ideas de Proudhon (depuradas de sexismo), el contractualismo sinalagmático de Pi y Margall, el socialismo utópico (sobre todo Fourier), el liberalismo social y el primer feminismo. En este cruce de caminos surge el andalucismo político.
La Constitución está compuesta por tres proyectos de confederación que, articulados mediante cuatro apéndices, estaban destinados al municipio, el cantón y la Federación Andaluza o Estado de Andalucía.
Al mismo tiempo, la Constitución encarna el pacto social entre individuos, clases y pueblos. Es un instrumento pacífico para la transformación, que aspira a romper la unidad del poder, repartir la tierra desamortizada entre los campesinos y cambiar la unidad nacional por la unión libre. Estamos ante un proyecto constitucional sui generis, verdadera joya jurídica y sin parangón en la historia del constitucionalismo.
La República desde abajo
El confederalismo de inspiración pimargalliana compuso un movimiento para, además de estructurar democráticamente el Estado, fundar o acaso expresar la existencia de viejas naciones.
El sujeto original del pacto constitucional es inicialmente, y seguirá siendo una vez inserto en la Confederación, el pueblo andaluz. Es el único que puede decidir su inclusión en la Confederación ibérica, delimitando el contenido de los derechos de soberanía que desea ceder. A la Federación Andaluza corresponde interponerse ante cualquier acto o ley que atentase contra sus derechos y competencias exclusivas, reasumiendo las competencias delegadas, reformando su Constitución e incluso, si fuera necesario, ejerciendo el derecho de secesión.
La consigna "unidad en la libertad" exige una comunidad contractual, voluntaria. De ahí la intención de edificar desde abajo un nuevo proyecto nacional: la España o, mejor dicho, la Iberia de los pueblos.
Nacionalidad y autodeterminación
En los textos de 1883 se sostiene solemnemente que el pueblo andaluz tiene su nación. Ante todo, es una comunidad de recursos producidos colectivamente y puestos a disposición de personas iguales. Una comunidad, también, de cultura (generalización de la educación pública y gratuita, revitalizadora de las memorias colectivas de cada pueblo ibérico), solidaria (el asistencialismo redentor como fuente de legitimidad), de sufrimiento (el drama del jornalero, la proletarización y el hambre como telones de fondo) y de lucha (incardinada en el proceso revolucionario democrático). Una comunidad, en suma, basada en el reparto.
Ahora bien, no es la primera vez que prende la idea de afirmar política y constitucionalmente la unidad del pueblo andaluz. A pesar de lo que se dice, ya antes de la Constitución de Antequera tenemos algunos ejemplos, como cierto proyecto hasta hoy inédito, el de Constitución federal español publicado por Flamilso en la vorágine del Sexenio (1869), o los proyectos constitucionales del revolucionario andaluz Roque Barcia (1870), dirigente del Cantón de Cartagena.
Derechos y deberes para una sociedad justa
Recoge el documento que los poderes públicos andaluces tienen por objeto "el advenimiento de la verdadera igualdad social, mediante la independencia económica del pueblo". Se consagra por primera vez en un código constitucional el derecho al trabajo, el derecho a la igualdad de las mujeres (no sólo al sufragio) y la progresividad del sistema fiscal.
En aras de la emancipación, se dispone el derecho a la educación pública, gratuita y obligatoria para ambos sexos, así como la prohibición de las órdenes religiosas como forma de hacer realidad el derecho a la libertad religiosa. También se proscriben los impuestos indirectos, y se garantiza el "derecho de propiedad limitado por los derechos sociales". Asimismo, se prevé la creación de un instituto de crédito y el arrendamiento de las propiedades públicas a favor de sindicatos.
Democracia republicana representativa
"Andalucía es soberana y autónoma -establece el art. 1 de la Constitución de la Federación Andaluza-, se organiza en una Democracia republicana representativa, y no recibe su poder de ninguna autoridad exterior al de las autonomías cantonales que le instituyen por este Pacto". La fórmula combina elementos de representación con otros de participación popular. De fondo, algunos preceptos destinados a combatir la corrupción, con un rígido sistema de incompatibilidades.
Entre los mecanismos de representación, cabe destacar la garantía de representación parlamentaria de las minorías, un Congreso andaluz compuesto por "diputados de población" (procedentes de partidos) y "diputados de profesión o clase" (procedentes de sindicatos y organizaciones patronales) o el sufragio universal permanente para asegurar el origen electo de los tres poderes.
Dentro del componente radicaldemócrata se encuentra el derecho al referéndum, a la participación directa en las "Asambleas comunales" a nivel municipal, a la revocación del mandato de los representantes, a la iniciativa popular no sólo legislativa sino también a la hora de reformar la Constitución o suscribir Pactos con otros Estados, etc.
El legado de la Constitución de Antequera
Aparte de las novedades que introdujo en el panorama constitucional y político, la Constitución de Antequera desempeña principalmente un doble papel. En primer lugar, es un indicador estimable de la toma de conciencia andaluza en un contexto de lucha por la democracia. En segundo lugar, permite constatar que el andalucismo toma carta de naturaleza en 1883 dentro de unas coordenadas ideológicas muy particulares. El nacionalismo andaluz es libertador ("liberalista", como diría Blas Infante entrado el siglo XX) y destinado a la promoción de las clases populares, al estilo de los primeros nacionalismos decimonónicos, tempranamente estrangulados. Y es que, habiendo nacido de las entrañas del republicanismo confederal, aspira a una virtud que incluso le hace distorsionar sus caracteres nacionalistas: no existe el "nosotros" (Andalucía) en oposición a "los otros" (España), porque también se es español si -y sólo si- previamente se es andaluz.
El proceso constituyente de 1883 fue víctima del sistema canovista. Y el intento siguiente correría igual suerte, esta vez a manos del alzamiento militar en julio de 1936. Sin embargo, la Constitución antequerana pervivió como referente en la marcha hacia el autogobierno, apareciendo en el proyecto de 1933, en el tardofranquismo y en la conquista de la autonomía por la vía del art. 151 de la Constitución de 1978. Así, el nuevo Estatuto de 2007 reconoce en su preámbulo la trascendencia de dicho texto. Aunque tenga poco que ver con la Constitución de Antequera, el actual régimen autonómico hunde en ella sus raíces.

venres, 24 de xaneiro de 2014

Mariana Pineda y otras amazonas


Por: EL PAÍS | 13 de enero de 2014
Por Juan Francisco Fuentes y Pilar Garí

En 1814, las liberalas -así denominadas a veces por sus enemigos– no pasaban de ser una exigua minoría a la que la monarquía absoluta prestó escasa atención, salvo que se empeñaran en ayudar a los presos y en importunar a las autoridades con sus quejas. Si la propaganda servil se fijó en ellas fue para señalar los desvaríos a los que había llegado el liberalismo en aquellos años en que todo anduvo revuelto. Por el contrario, a partir de 1823 la represión fue implacable también con ellas. Las cárceles, galeras y casas de arrecogidas fueron recibiendo a las más comprometidas o a las más infelices, aquellas que no habían podido huir a tiempo o que no contaban con ningún tipo de protección en las altas esferas. Otras se vieron más o menos libres de la persecución oficial, pero no del acoso de sus vecinos más exaltados. En algunos casos, la presión ambiental sobre una mujer conocida por sus ideas liberales podía llevarla a cambiar de residencia e incluso a huir al extranjero, como hizo Tecla López de Angulo, monja del convento de las Huelgas, secularizada en 1822, que tuvo que abandonar Burgos y buscar refugio en Francia al no poder soportar por más tiempo los atropellos y las amenazas de los serviles.
En el origen del terror blanco, con los voluntarios realistas como su principal brazo ejecutor, había a menudo una motivación social, porque el absolutismo popular tendía a identificar a los liberales con los propietarios, y a éstos con las nuevas formas de propiedad. Para ellos, ser negro era cosa de ricos. Algunas señoras liberales, por su parte, pensaban que bajo la monarquía absoluta el populacho se sentía como pez en el agua. En realidad, esas dos visiones antagónicas del conflicto no estaban tan alejadas una de otra. El hecho es que, como denunció la propia policía, la gente de cierta posición se veía acosada, y a veces despojada, por la plebe absolutista, que actuaba movida por el odio de clase y por la propaganda clerical. El lamento, en 1823, del autor de El Tío tremenda abundaba también en las implicaciones sociales del liberalismo femenino: ¡cuánto daño le hacían a la causa del altar y del trono esas “señoras de más alto rango” que se dedicaban a propagar la doctrina constitucional! 
Hay casos dramáticos de mujeres perseguidas hasta el ensañamiento por sus ideas liberales, como Rosa Zamora, imputada en la intentona de Pablo Iglesias en Almería en 1824 y encerrada por tiempo indefinido en la Real Cárcel de Granada, en un cubículo infecto calificado como “un sitio destinado para matar gente” por los dos médicos que la visitaron a instancias del tribunal. No era sólo la inhumanidad del aparato judicial y carcelario absolutista, sino la falta de medios de un sistema que no estaba preparado para castigar a las mujeres por delitos de naturaleza política, máxime tratándose, como ocurría a menudo, de señoras de la “clase y estado” de la propia Rosa Zamora, como dijo el responsable de Real Cárcel de Granada para justificar los problemas irresolubles que planteaba su reclusión.
Las casas galera y cárceles femeninas habían sido pensadas para mujeres de la plebe acusadas de delitos comunes, como prostitución, robo o infanticidio, una circunstancia que motivó frecuentes quejas de las presas políticas, condenadas a compartir su infortunio, en palabras de una de ellas, con “mujeres prostitutas y disolutas sin vestigio alguno de pudor y educación”, que constituían a todas luces una compañía inadecuada para “una mujer de clase”. En otras ocasiones, esa carencia de medios resultó providencial para salvar de la cárcel a alguna sospechosa, como Francisca Tentor, implicada en la trama conspirativa de Málaga en 1831. Así le constaba al gobernador militar, González Moreno –el verdugo de Torrijos–, quien, sin embargo, prefirió demorar su detención, entre otras razones, por no disponer “del local proporcionado en que constituirla, y en que se halle (…) con la decencia y decoro que exigen su sexo, su estado y la calidad de su persona”.
Aunque atenuada en algunos casos por las carencias materiales del sistema y cierta inercia paternalista, la represión absolutista alcanzó de lleno al liberalismo femenino desde el principio hasta el final de la Década Ominosa. La intensidad y las formas variaron según el momento. Primero fueron las Comisiones Militares y las Juntas de Purificación; posteriormente, a partir de 1830, la iniciativa la llevó sobre todo la policía de Calomarde.
La magnitud de la represión permite calibrar tanto la importancia del Trienio en la socialización del liberalismo entre las españolas como la disposición de muchas de ellas a luchar por las libertades tras el triunfo de la reacción. En ocasiones, se trataba simplemente de esconder un ejemplar de la Constitución, un uniforme de miliciano o un trozo de una lápida constitucional. Este tipo de prácticas, frecuentes a lo largo de toda la década –recuérdese que Mariana Pineda fue ejecutada por el “detestable delito” de guardar una bandera–, definen dos características del liberalismo femenino que en la clandestinidad iban a resultar de enorme importancia: la estrecha relación de la mujer con los elementos simbólicos de la revolución y su dominio del espacio privado, ámbito fundamental de la actividad conspirativa. La mujer liberal –la viuda sobre todo– desempeñó en él una labor impagable protegiendo a prófugos de la justicia, recibiendo y repartiendo correspondencia, auspiciando reuniones, escribiendo ella misma cartas e informes con tinta invisible y a veces participando en los núcleos conspirativos que fueron surgiendo por toda España, especialmente en Andalucía y Levante.
Corrieron suerte muy diversa. Algunas, con graves responsabilidades políticas, escaparon milagrosamente a la represión, mientras otras fueron detenidas y condenadas a duras penas de cárcel, cuando no a la muerte. (…) Eran las nuevas “amazonas de la libertad”, según la imagen utilizada por el italiano conde Pecchio en una de sus cartas desde la España del Trienio, en la que se refiere a la juventud y la belleza de las partidarias del régimen constitucional español.
Lo de las “amazonas de la libertad” circulaba ya por Francia en tiempo de la revolución, lo mismo que otras locuciones asociadas al mito de las amazonas. Hay frecuentes alusiones a ellas en las guerras de independencia de principios del siglo XIX, como la española o la griega, y en las luchas revolucionarias en que intervienen las mujeres.
El Trienio liberal, en cambio, pese a la referencia de Pecchio a Cádiz y Valencia como lugares en los que habitan “les plus belles amazones de la liberté”, no resultó especialmente propicio a la imagen de mujer belicosa e intrépida. Era lógico que, una vez alcanzada la libertad, el mito sufriera un cierto eclipse, por más que en alguna ocasión alguien se acordara de las guerreras de la Antigüedad y las citara de pasada. La razón de ello la encontramos en un artículo de prensa, publicado en 1820, en el que se encomia el patriotismo de las “jóvenes solteras” de Cangas de Onís que se han ofrecido para adornar la lápida de la Constitución con vistas a los festejos cívicos organizados por el ayuntamiento. Si el despotismo se hubiese prolongado por más tiempo, afirma el autor, “hubiéramos visto amazonas en defensa de la Constitución”. “Mas”, añade, “ya que su brazo no ha podido manejar la espada de la patria, ahora desean emplear sus delicadas manos en embellecer el monumento o lápida del hermoso Código”. En suma, el tiempo del sacrificio y el heroísmo había pasado; al menos, de momento.
La hora de las amazonas volvió a sonar con la restauración absolutista de 1823 y en especial con la gran ofensiva lanzada por los liberales tras el triunfo de la revolución francesa de 1830. Es entonces cuando, según el marqués de Custine, el gobierno de Fernando VII [en la imagen, en un óleo de Goya del Museo del Prado] piensa que el liberalismo español ha dotado a su organización clandestina –su “ejército invisible”– de “escuadrones de amazonas” listos para el asalto final contra la monarquía absoluta.
La expresión, registrada ya en la Guerra de la Independencia española y años después en la Polonia sublevada contra los rusos, refleja en esta etapa final del reinado de Fernando VII una doble realidad. Por un lado, la notable participación femenina en las redes conspirativas de los años 1830–1832, aprovechando su mejor adaptación a la actividad clandestina –¿no tenía un punto de clandestinidad la vida de la mujer en el ámbito privado?– y su –hasta entonces– menor vulnerabilidad a la represión absolutista. Por otro, la decisión del régimen y, según Custine, del propio monarca de dar un escarmiento –“faire un example”– que pusiera fin a tanta conspiración y a tanta amazona suelta. La propia Gaceta de Madrid hablaría de “escarmiento” al informar de la ejecución de Mariana Pineda, y lo justificaría por la necesidad de contrarrestar la táctica adoptada por los revolucionarios de involucrar en sus planes “al sexo menos cauto y más capaz de interesar la ajena compasión”. Ser mujer y liberal en España se estaba poniendo cada vez más peligroso.
Juan Francisco Fuentes, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense, y Pilar Garí, traductora y escritora, son autores de Amazonas de la libertad. Mujeres liberales contra Fernando VII (Marcial Pons), que saldrá a la venta el 15 de enero. Este texto es un extracto de sus conclusiones.

martes, 3 de setembro de 2013

Una pasión de 42.000 fotos


Un coleccionista de Málaga atesora un conjunto de imágenes que muestran la España del XIX
Juan Antonio Fernández Rivero difunde la obra de los pioneros de este arte a través de su blog
      FOTOGALERÍA Una muestra de la colección
Boyeros en Málaga (1880)

Una mujer mira a la cámara con timidez mientras oculta su rostro tras un abanico. A un paso, un galán se toca el sombrero mientras parece dedicarle un requiebro. Sabemos que la escena ocurrió en una calle de Córdoba en los años setenta del siglo XIX y que el francés Jean Laurent (1816-1886), el fotógrafo más emblemático de la España decimonónica, tomó aquella escena. Esta imagen es una de las 42.000 fotos antiguas que atesora el malagueño Juan Antonio Fernández Rivero. Apasionado del coleccionismo desde niño, pasó de los sellos a las postales antiguas, después fue fotógrafo aficionado hasta que la lectura de La historia de la fotografía en España, desde sus orígenes hasta 1900, del hispanista estadounidense Lee Fontanella, le impelió a recopilar más y más instantáneas.
Fernández Rivero (Málaga, 1956), economista de formación, lleva un cuarto de siglo adquiriendo fotografías. Primero empezó con las que habían tenido como objetivo su ciudad, Málaga —hoy constituyen la cuarta parte de la colección—, después amplió el foco a Andalucía y resto de España. Su "especialidad", dice, es el siglo XIX (en los años cuarenta de esa centuria llegó la revolucionaria manera de fijar la realidad). "Las fotos de entonces son comerciales y documentales, a diferencia de lo que ocurrió a finales del XIX, cuando los fotógrafos empezaron a crear arte", explica sentado frente a un espeto de sabrosas sardinas en un chiringuito en la playa en Málaga.
Este autor de una decena de libros sobre fotografía añade que las que se tomaron en el XIX en España fueron sobre todo de ciudades andaluzas (Granada, Sevilla, Córdoba...) "por el mito romántico de lo árabe que buscaban los viajeros". "El Patio de los Leones de la Alhambra fue uno de los motivos más retratados en todo el mundo en esa época, junto a las cataratas del Niágara y París", la ciudad donde se había presentado el invento de la fotografía el 15 de junio de 1839 en el mismo Parlamento. Madrid y sus alrededores, Toledo y Barcelona fueron los otros espacios españoles más buscados por los primeros fotógrafos.
Fernández es también "un investigador" que desde su web —con unas 10.000 obras ya digitalizadas— y su blog difunde la obra de los pioneros mientras no ceja en su labor de coleccionista: "Continuamente estoy adquiriendo piezas, siempre originales, no hace falta ser millonario, esto no es como la pintura". Fernández ha reunido a las afueras de Málaga su catálogo con la ayuda de su esposa, Teresa: pujas en subastas de Londres, París y Nueva York, compras a marchantes, anticuarios y particulares, "muchas en Estados Unidos", y visitas a ferias como la que se celebra anualmente a finales de mayo en Bièvres, alrededores de París.
De la colección, 18.000 son fotos del XIX y 10.000 son tarjetas postales de las primeras décadas del XX. "También tengo unas 9.000 fotografías estereoscópicas" (compuestas por dos imágenes unidas, tomadas desde distintos ángulos, que al contemplarse con un visor se convierten en una sola, tridimensional y con sensación de profundidad. "Fue un invento con poco éxito porque en seguida llegó la propia fotografía". Además, unas 2.500 cartes de visite, pequeños retratos que los burgueses entregaban a familiares y amigos para los álbumes y que se pusieron de moda sobre 1860.
Daguerrotipos y calotipos
El catálogo lo completan un centenar de daguerrotipos (el primer procedimiento fotográfico) y ambrotipos (negativos de cristal sobre fondo negro); fotos iluminadas (pintadas), álbumes victorianos de viajeros del XIX, con las fotos que compraban para mostrar a sus amistades y libros ilustrados. Una colección que el fotohistoriador Publio López Mondéjar valora por sus piezas del siglo XIX, lo que la sitúa "entre las ocho o diez mejores de fotografía privada en España".
A Fernández le cuesta escoger las joyas de su tesoro. Se inclina por el álbum del capitán Pilkington: "Lo compré en Christie’s en 1998 y tenía 30 fotografías de Charles Clifford", el otro extranjero —junto a Laurent— que fotografió España en el reinado de Isabel II. "Es un álbum de 55 x 75 centímetros, de la década de 1850, con encuadernación repujada en oro. Contiene las imágenes que este militar inglés, culto, aficionado a la fotografía y destinado en Gibraltar compraba de los sitios que veía; también pegó acuarelas, dibujos, litografías... 241 piezas en total". También destaca la colección taurina del francés Luis Leon Masson, que forman parte de un álbum que perteneció al duque de Montpensier, cuñado de Isabel II. Si tiene que quedarse con piezas sueltas, elige una antigua, el Retrato de James Linton, pescador en New Haven, un calotipo (negativo directo sobre papel) de 1845, obra de los escoceses Hill y Adamson; y otro calotipo, del irlandés E.K. Tenison, un romántico que recorrió los polvorientos caminos de la Península y que hizo 40 fotos entre 1852 y 1854.
"Yo no he tratado de acumular porque sí. El coleccionismo debe tener un sentido, un valor documental y criterio histórico. Recopilo pensando en que esto tenga algún día una función museística", un deseo que no ha encontrado eco en su ciudad, aunque en ocasiones ha prestado fotos a instituciones para exposiciones. "Me gustaría que la colección no se eche a perder", lamenta mientras mira al horizonte, al monte de Gibralfaro: "Es la obra de mi vida".

xoves, 28 de marzo de 2013

Aventura postrera del diputado Power


Los restos del representante de Puerto Rico en las Cortes de Cádiz regresan a la isla en el 'Elcano'
El diputado Power ha tardado 200 años en volver a casa, pero lo está haciendo de la misma manera en que se marchó: en barco de vela.
Ramón Vicente Power y Girart, político y marino, representante de Puerto Rico en las Cortes de Cádiz, falleció en 1813 durante su estancia en la ciudad a causa de una epidemia de fiebre amarilla que asolaba Europa. Sus restos, que se encontraban en el Oratorio de San Felipe Neri, fueron embarcados el sábado día 2 en el puerto de Cádiz a bordo del buque escuela de la Armada Española Juan Sebastián Elcano y viajan actualmente hacia Puerto Rico, donde se espera que lleguen el 6 de abril.
Allí los recibirá, para entregarlos a las autoridades, el cónsul español Eduardo Garrigues. Un curioso azar del destino ha querido que se trate del mismo diplomático que, siendo cónsul en Namibia, hubo de encargarse en 2000 de devolver a Botsuana los restos del guerrero disecado conocido como el Negro de Banyoles. A ver si va a ser una costumbre. “Es una singular coincidencia, qué le voy a hacer”, dice Garrigues por teléfono. “Cosas de la carrera”.
Se le aguarda al viejo diputado Power con enorme expectación en la isla caribeña y se le tributarán honores dignos de un jefe de Estado. Está previsto saludarle a su llegada con cañonazos desde la fortaleza de El Morro, el castillo que vigila la entrada del puerto de San Juan y, tras el desembarco, llevarlo en desfile con guardia de honor hasta el Capitolio, donde se le rendirá homenaje en un clima de previsible fervor patriótico. El retorno de los restos de Power, considerado un padre de la patria, se ha revestido, mirando de reojo a EE UU, de gran significado político en Puerto Rico. El país debate continuamente sobre el mantenimiento de la categoría de Estado libre asociado (ELA) de EE UU o la plena integración como 51 Estado de la Unión. Partidarios de una y otra opción tratan de sacar rédito del retorno del prócer, un hombre que tuvo una voz (y voto) en las Cortes doceañistas de la que carecen actualmente los puertorriqueños en el Congreso estadounidense.
La vida de Power estuvo a la altura del extraordinario destino de sus huesos, que la semana pasada, tras un responso en San Felipe Neri fueron trasladados en procesión hasta el Elcano por una guardia compuesta por miembros de la agrupación recreativa de los Voluntarios Distinguidos —que se atavían vistosamente con trajes militares de la época de las Cortes— y subidos a bordo con la tripulación del navío formada. Los restos, en una pequeña caja, han sido colocados en la capilla del barco, que viaja a América en el curso de su habitual crucero de instrucción de guardiamarinas.
El diputado ahora repatriado fue oficial de la Armada Española —alcanzó en 1811 el rango de capitán de fragata—, combatió a los corsarios ingleses en el Caribe y en 1809 defendió Santo Domingo del asedio de las tropas napoleónicas. Su padre, Joaquín Power y Morgan, de orígenes irlandeses aunque nacido en Bilbao, estaba relacionado —nadie es perfecto— con el tráfico de esclavos. De hecho, el progenitor llegó a Puerto Rico como agente de la Real Compañía de Asiento de Negros (conocida como la Gaditana de Negros) que regulaba la trata en la isla y controlaba la importación de África. Con posterioridad (no se le puede negar coherencia al hombre) fue alguacil mayor del Santo Oficio por el Tribunal de la Inquisición de Cartagena de Indias. La madre, María Josefa Girart y Santalla, era barcelonesa, hija de un capitán de artillería.
Ramón Power nació en la Muy Noble y Leal Ciudad de San Juan Bautista de Puerto Rico en 1775. Se lo inscribió como “hijo de padres blancos y que proceden de españoles”. A los 13 años lo enviaron a Bilbao a estudiar y en 1792 sentó plaza de guardiamarina en Ferrol. Tras muchas vicisitudes navales, batallas y peligros, regresó a Puerto Rico en 1801 al morir su padre. Allí, según las investigaciones de Juan Torrejón Chaves, de la Universidad de Cádiz, mandó la goleta correo Cometa, el único navío que mantenía la comunicación de Puerto Rico con el continente americano. Vivió aventuras dignas de Jack Aubrey y Hornblower mientras le daban caza barcos ingleses, y luego contra los franceses.
Era Power hombre de rostro curiosamente aniñado y así se le representa en los cuadros que se conocen de él, como el retrato obra de Federico Godoy que se expone en el Museo de las Cortes de Cádiz. A esa circunstancia se debe probablemente el título de otro lienzo en el que se le muestra en el trance de ser rescatado al caer al agua mientras saltaba de la fragata La Esperanza a una lancha: El salvamento del niño don Ramón Power. En 1809, mientras estaba embarcado, fue elegido por los cabildos de Puerto Rico para representar a la isla en las Cortes de Cádiz. El influyente obispo de Puerto Rico, Juan Alejo de Arizmendi, gran valedor de Power, explica José María García León en En torno a las Cortes de Cádiz (Quorum, 2009), le encargó las instrucciones, con peticiones como la creación de una universidad, la construcción de hospitales, caminos y puertos, el fomento de la agricultura, el comercio y la industria. Para que siempre recordara su compromiso con sus paisanos, le entregó, en un legendario gesto patriótico, su anillo pastoral. Power será ahora enterrado en la catedral de San Juan junto al amigo obispo.
Power llegó a Cádiz a bordo de la corbeta española Príncipe de Asturias el 8 de junio de 1810. Fue el único representante ultramarino no suplente presente en la apertura de las Cortes Extraordinarias el 24 de septiembre. Al día siguiente lo eligieron vicepresidente. En Cádiz gozó de gran popularidad. “No hubo en aquella Asamblea persona más generalmente querida”, dice de él Rafael de Labra en El panteón doceañista (1913). Liberal, logró varias ventajas comerciales y económicas para Puerto Rico. El 28 de noviembre de 1811 se aprobó la ley Power que otorgaba independencia a la isla para atender sus asuntos financieros, habilitaba los puertos de Mayagüez, Ponce, Fajardo, Aguadilla y Cabo Rojo, permitía la libre exportación de harinas y ganado, y derogaba el sistema de abasto forzoso.
La estancia de Power en Cádiz se alargó inevitablemente al fallecer el diputado de fiebre amarilla en su casa el 10 de junio de 1813 a las tres y media de la tarde. Estaba soltero y carecía de hijos legítimos. Fue enterrado en el cementerio general de San José Extramuros. En 1931 los restos, que se habían mezclado con los de otros difuntos, fueron trasladados a la cripta del Oratorio de San Felipe Neri y depositados en una gran urna funeraria de piedra blanca. La repatriación ha tenido lugar tras un largo proceso de identificación y análisis forense. La investigación concluyó que, con un alto grado de probabilidad, lo que transporta el buque Elcano con sus velas henchidas son realmente los huesos del diputado, marino vuelto a la mar, camino ya de casa.