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mércores, 16 de abril de 2014

La Historia desentierra Treblinka


Arqueólogos británicos excavan por vez primera en uno de los campos de exterminio nazis
Hallan importantes restos de la masacre masiva de judíos

Treblinka era uno de los argumentos preferidos de los negacionistas del Holocausto. Los testimonios de los supervivientes y los documentos hablaban de un campo de exterminio a hora y media de Varsovia, pero en el punto indicado solo había una loma verde, una granja, un bosque. Nada que ver con los barracones y con las duchas de Auschwitz. Nunca se habían hallado evidencias de la maquinaria del mal que acabó con entre 700.000 y 900.000 judíos y un número indeterminado de gitanos. Nunca... hasta ahora. Un equipo de la Universidad de Staffordshire (Reino Unido), comandado por la arqueóloga forense Caroline Sturdy Colls, ha encontrado la primera evidencia física de las cámaras de gas, cimientos y losas, además de varias fosas comunes.
Su investigación no solo es importante porque aporta la única prueba tangible de que Treblinka no es un mito, sino por los medios empleados para dar con ella. Durante seis años, explicaba ayer a EL PAÍS la doctora, se hicieron mapas computarizados y fotografías aéreas, se usaron sofisticados GPS y georradares, incluso un escaneo láser —denominado Lidar—, todo para hallar muestras de que había tierra removida y algún indicio de obra pasada. Es un proceso que, en la base, se asemeja al empleado en España para buscar algunas fosas de la Guerra Civil, incluyendo la del poeta y dramaturgo Federico García Lorca en Granada.
Aunque los nazis hicieron un buen trabajo escondiendo el campo, ocultándolo en una inocente zona de labranza a base de tirar los muros, rellenar los huecos y nivelar el suelo, los expertos lograron detectar tres zonas, bastante distantes entre sí, en las que comenzaron a cavar y encontraron los primeros huesos humanos, muchos en un nivel muy superficial y con extraños cortes. Aún no está claro el número de cuerpos localizados.
Luego vinieron los cimientos, oquedades tapadas a conciencia con todo tipo de materiales que fueron la base de las cámaras de gas. Y también el descubrimiento más macabro: unas losas de cerámica, finas, entre rojizas y mostaza, con la estrella de David en relieve. Muchos supervivientes habían hablado ya de esos dibujos, como se ve en sus relatos en el Museo Yad Yashem de Jerusalén: la cámara de gas, contaban, estaba disfrazada de mikvé, el baño ritual judío, por lo que los hombres y mujeres que llegaban a Treblinka pensaban que iban sencillamente a lavarse. El símbolo sagrado del judaísmo en la fachada de ese edificio al que los arrastraban les hacía sentirse seguros, confiados... y engañados hasta el último momento. Así durante los 24 meses que funcionó el campo, entre 1942 y 1943.
Gracias a las excavaciones, se ha podido diseñar además un mapa del recinto, desde la vía de tren a la que llegaban los judíos y gitanos —a los que se prometía que Treblinka solo era una zona de paso, antes de ser deportados al Este, como recuerda el profesor Gideon Greif— hasta las dos cámaras de las que hay restos, una con capacidad para 600 personas y otra para 5.000, y el pasillo al aire libre por el que los llevaban. Hay testimonios, no obstante, que hablaban de hasta una decena de cámaras repartidas por la zona. En 60 minutos, los vivos pasaban del tren a la desnudez y a la muerte, según indican los arqueólogos en el documental Treblinka: la máquina de matar de Hitler, emitido por el Smithsonian Channel, donde se ha dado a conocer este descubrimiento y que incluye una recreación del espacio.
La profesora Sturdy Colls explica que su mayor afán era el de ser respetuosa con la zona, convertida en lugar de homenaje a las víctimas tras la Segunda Guerra Mundial y donde se habían vetado las excavaciones, por respeto.
Vía correo electrónico, Sturdy Colls sostiene que convenció a los responsables del museo e incluso al Gran Rabinato de Polonia de que su técnica no invasiva iba a respetar a los muertos y, a la vez, a dar respuestas a los vivos. “La primera vez que fui allí me quedó claro que había una abundancia de evidencias que habían sobrevivido en el terreno y probaban que Treblinka fue un campo de exterminio, no de paso. Ser capaz de confirmarlo ha sido un honor para mí. Había que hacerlo para que aprendan las generaciones futuras”, indica la doctora, especializada en usar sus conocimientos forenses con fines históricos, más allá de sus clases universitarias y de sus colaboraciones con la Policía británica. La zona, remarca, ha quedado luego tal y como la encontraron, con los monolitos de piedra que recuerdan a las innumerables víctimas.
Su técnica, abunda, abre “nuevas posibilidades para el examen del Holocausto o de otros sitios de conflicto”, por lo que planea continuar indagando en otros escenarios. Ya lo ha hecho, usando estos mismos medios, en Staro Sajmiste (Belgrado) y en las islas del Canal del Reino Unido, con resultados positivos. Pero Treblinka es diferente, “especial”, por lo que supone para las víctimas, que ahora pueden enseñar al mundo las piedras que vieron y tocaron. Para dar a conocer los descubrimientos y los métodos empleados, se preparan ya una exposición y un libro con la tarea del equipo de Staffordshire.

venres, 28 de marzo de 2014

El ‘Diario de Ana Frank’ se acerca a las generaciones actuales


La pieza incluye por primera vez los pasajes censurados por Otto, el padre de la famosa víctima del Holocausto
Una nueva adaptación teatral del Diario de Ana Frank está a punto de aparecer en escena. Titulada Anne, la obra incluye por primera vez los pasajes censurados tras la Segunda Guerra Mundial por el padre de la niña. Los encargados de actualizar uno de los libros más reconocibles del Holocausto son el matrimonio formado por los escritores holandeses Leon de Winter y Jessica Durlacher. Hijos ambos de supervivientes del horror nazi, han aceptado el encargo del Fondo de Ana Frank de Basilea (Suiza), dueño de los derechos de autor. El estreno está previsto para el próximo 8 de mayo en el nuevo Teatro Ámsterdam, erigido para acoger la obra.
El paso de la niñez a la adolescencia de Ana Frank, que murió de tifus en 1945, a los 15 años, en el campo de concentración germano de Bergen-Belsem, se produjo durante los dos años de escondite en la capital holandesa. Sus padres y hermana, además de otras cuatro personas, se ocultaron en la parte de atrás de un edificio de los canales, y en sus escritos hay algunas críticas contra su madre. También queda claro su despertar al amor y sus sentimientos hacia Peter, el hijo del matrimonio que estuvo con ellos. Delatados, de los campos de concentración solo regresó Otto Frank, el progenitor. El Diario fue rescatado por Miep Gies, una amiga de la familia, y Otto consiguió publicarlo en 1950. Suprimió, eso sí, las entradas que consideró comprometidas. Poco podía imaginar entonces que acabarían vendiéndose, en diversas traducciones, unos 35 millones de ejemplares.
 “La adaptación acerca al público actual, sin vulnerarlas, las palabras de Ana”, han asegurado De Winter y Durlacher. El Diario completo apareció en 1995 pero no había sido representado así en escena. Imagine Nation, la productora holandesa, ha querido añadir “momentos del periodo anterior al escondite, y también posteriores a la deportación”. Es más de lo recogido por la propia niña, y esta parte adicional se apoyará en los avances escenográficos del teatro. “La historia necesita ser contada de nuevo a cada generación, y el Fondo de Basilea ha querido darle un baño contemporáneo acorde con su misión educativa”, señalan sus portavoces.
La primera versión recortada del Diario sirvió para que los dramaturgos estadounidenses Frances Goodrich y Albert Hackett —matrimonio como sus colegas holandeses— firmaran una obra de teatro. Estrenada en Nueva York en 1955, tuvo gran éxito y les valió el Premio Pulitzer. En 1958, Hollywood encargó al director George Stevens una película, titulada El Diario de Ana Frank, que dio el espaldarazo definitivo a la historia. La actriz Audrey Hepburn, de padre británico y madre holandesa, recibió el guion, pero rechazó el papel protagonista. Nacida el mismo año que Ana, le recordaba sus propias penurias durante la Segunda Guerra Mundial, que pasó en la ciudad holandesa de Arnhem, ocupada por las tropas nazis.

domingo, 23 de marzo de 2014

"¡Boxeador, si hoy no ganas vas al crematorio!"


Por: Manuel Morales | 13 de marzo de 2014

Segundo Espallargas Castro, alias Paulino, fue un aragonés orgulloso por haber sobrevivido al espanto de los campos de la Alemania nazi. Lo hizo gracias a sus largos brazos y sus manos grandes, que le mantuvieron invicto en los combates de boxeo que los comandantes de Mauthausen organizaban los fines de semana para distraerse y apostar. Espallargas, fallecido en París en 2012, volvió de aquel horror para contarlo: "Los nazis me decían, 'si no ganas, vas al crematorio'. Así que, ser boxeador, me salvó". Su testimonio es uno de los 20 recopilados durante los últimos cuatro años por la periodista Montserrat Llor en el libro Vivos en el averno nazi (editorial Crítica). Llor cuenta que, durante la entrevista con Espallargas, este estaba muy interesado en que "diera a conocer a los españoles todo aquello. Parece algo muy lejano pero nunca se sabe…", decía el exboxeador de Mauthausen. 

Es difícil escoger entre los sobrecogedores relatos de la obra de Llor. Todos los deportados recuerdan con nitidez su llegada a los campos, el hambre atroz que pasaron, el miedo a la enfermería, de donde muchos no salían, los gritos de los guardianes, sus trajes de rayas... Estos son los testimonios que más impactaron a la autora:
Francisco Bernal
Este zapatero zaragozano que murió en París en 2013 es uno de los personajes de película de aquellos años de vergüenza para el ser humano. Bernal logró vivir en Mauthausen gracias a su buena maña como zapatero. Él fabricó zapatos para los españoles en los que les escondía mantequilla y azúcar que conseguía gracias a su estatus de trabajador necesario para los nazis. Otros prisioneros contaron de Bernal que se afanaba en que los que vagaban descalzos en la nieve del campo de Abensee -al que fue destinado a finales de 1943- tuvieran algo que atarse a los pies. En sus cinco horas de conversación con Llor, Bernal desgranó su pasado como voluntario republicano en la Guerra Civil, su paso a los Regimientos de Extranjeros en Francia para luchar contra los nazis y cómo, tras ser capturado, llegó a Mauthausen el 9 de septiembre de 1941: “Nos sacaron a puntapiés del tren, nos hicieron llegar corriendo hasta la puerta del campo. Subimos a palo limpio a la desinfección. Menos mal que era por la tarde, porque por la noche habríamos ido a la cámara de gas... allí vivías o morías de inmediato según la mano de obra que necesitaran".
Elisabet Ricol
Los españoles entrevistados por Llor "guardaron silencio durante años, no decían nada porque era una autoprotección para sobrellevar aquel dolor y porque no tenían palabras para expresar la magnitud de lo vivido", dice la periodista. En el caso de las mujeres, "la liberación llegaba cuando se casaban y, sobre todo, tenían su primer hijo". Una de aquellas heroínas fue Elisabet Ricol, francesa de padres turolenses, autora de Memorias de la Resistencia, donde detalló su experiencia. Ricol fue brigadista en la Guerra Civil y luchadora de la Resistencia. Deportada a Buchenwald, allí se las ingenió para formar "una biblioteca itinerante", con un centenar de libros que pasaba de un barracón a otro. Ricol, fallecida en 2012, dejó escrito qué sucedió tras recuperar la libertad: “Salió de nuestro interior todo el horror de las tragedias vividas. Las pesadillas se prolongaron durante años y resucitaron los recuerdos que nos obsesionaban”.
Manuel Alfonso Ortells 
Este barcelonés nonagenario esquivó la muerte gracias a su calidad como dibujante. Llor lo visitó en su casa de Talence (Francia) y lo recuerda como un hombre "divertido e inquieto". Ortells, al igual que otros cientos de miles de españoles, cruzó la frontera francesa. Después, se alistó para luchar contra Hitler. Él fue uno de los 7.600 españoles enviados a Mauthausen, de los que murieron 5.000, según las cifras manejadas por Llor, que cita a los historiadores. "A mí me salvó el  dibujo", contó. Los nazis requirieron de Ortells para que dibujase los planos de otros campos. También trabajó en el servicio de limpieza de su barraca y si lo hacía bien, le daban más comida que él compartía a escondidas: "Buscaba ayudar a mis paisanos, es lógico". Esa solidaridad entre españoles es, subraya Llor, denominador común en las personas con las que habló. El día que los aliados liberaron Mauthausen a Ortells le entró una angustia muy grande: "Me tumbé en la hierba varias horas, perdí la noción del tiempo. Cuando desperté, unos franceses estaban cantando La Marsellesa, me puse a llorar, volví a entrar en el campo y aquella noche dormí por primera vez en años como un ángel”. Ortells aún vive en Burdeos rodeado de sus dibujos.
Neus Català
Desde que quedó libre del campo de Ravensbrück, esta tarraconense nacida en 1915 en Els Guiamets dedicó sus días a recoger las palabras de otras prisioneras en su libro De la resistencia y la deportación. 50 testimonios de mujeres españolas. Català detalló a la autora de Vivos en el averno nazi cómo a las mujeres les ponían inyecciones para retirarles la menstruación; o las formaciones, desnudas y a temperaturas gélidas, para elegir cuales tenían aún carnes para ser explotadas y cuales, por su debilidad, eran enviadas de inmediato a las cámaras de gas. Detenida junto a su marido en el sur de Francia por la Gestapo por colaborar con la Resistencia, fue torturada y separada de su pareja en Limoges. A él lo enviaron en otro tren y nunca más volvieron a verse. Entre sus recuerdos permanece imborrable el traslado en convoy a Ravensbrück: "Cuatro días sin parar, sin aire para respirar, espalda contra espalda, con un cubo de basura en medio para hacer nuestras necesidades. Algunas salieron muertas...". Català fue mandada después a otro campo, Holleischen (hoy República Checa), donde trabajó en una cadena de montaje de armas que ella y otras compañeras se esforzaron en boicotear: "Con escupitajos, poniendo aceite en la pólvora, el caso era sabotear, sabotear, sabotear...".

Cuando acabó el espanto, los españoles comprobaron que sus desgracias no habían terminado. No podían volver a la España de Franco, eran rojos, entre ellos Marcelino Bilbao, que había sufrido los experimentos médicos en Mauthausen, donde le pusieron una inyección al lado del corazón en seis ocasiones: "A algunos les daban convulsiones, a otros se los llevaban a rastras... de 30 sobrevivimos siete". Bilbao (fallecido en enero de este año) recuerda que cuando la Cruz Roja Internacional llegó al campo, clasificaron por nacionalidades a aquellos esqueletos andantes, pero no tenían instrucciones para los españoles. "Así que, cogimos un carro y nos fuimos de allí andando". Para los españoles que habían conseguido el milagro de sobrevivir al infierno, les llegaba el desafío de inventarse una nueva vida lejos de su país.

mércores, 19 de marzo de 2014

Sebastià Piera, un comunista del siglo XX


El soldado de Pandora -como lo definió en Ricard Vinyes en su biografía- combatió desde el primer día y siguió haciéndolo con el Ejército Rojo hasta la derrota del nazi-fascismo
Andreu Mayayo 11/03/2014 - eldiario.es

En un descanso del IX (y último) Congreso del PSUC, celebrado el 10 de mayo de 1997, Gregorio López Raimundo y Sebastià Piera discutían mucho con voz firme ante la mirada atónita de Víctor (Napoleón Figuerola). Los tres eran miembros de Honor del Comité Central de un partido que habían visto nacer y que marcó para siempre sus vidas. Los tres formaban parte de aquella generación alfabetizada políticamente por la II República y que no dudó en defenderla con cuerpo y alma desde las filas de las Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña. Los tres participaron activamente en la resistencia antifranquista, y el torturador Creix les dejó su huella en la parálisis facial de Piera y en el rictus de la sonrisa de López Raimundo (Víctor fue el único que no cayó nunca en manos de la policía). Para los tres su religión fue el comunismo y su iglesia el Partido.
Hijo de maestros y con acento de catalán occidental que nunca perdió, Sebastià Piera nació el día de los Inocentes del año de la Revolución bolchevique. La guerra truncó sus estudios de Derecho y su preparación en la Escuela de Administración de la Generalitat. El soldado de Pandora -como lo definió en Ricard Vinyes en su biografía- combatió desde el primer día y siguió haciéndolo con el Ejército Rojo hasta la derrota del nazi-fascismo. En 1947 volvió a Cataluña para incorporarse a la resistencia. Tres meses después era detenido y torturado brutalmente pero salvó la piel, a diferencia de Joaquim Puig i Pidemunt, Àngel Carrero, Pedro Valverde y el joven Numen Maestros. Sin embargo, su peor condena fue la exclusión del Partido por la sospecha, esparcida por los infiltrados de la policía, que había sido un delator.
A pesar de su destierro del Partido fue deportado por las autoridades francesas a Córcega en 1951, de la que no podría salir hasta 1965, año en que el nuevo Secretario General de PSUC, Gregorio López Raimundo, accedía a revisar su caso y a aceptarlo de nuevo como militante del Partido. Un militante que defendería la Primavera de Praga y condenaría, sin rodeos, la invasión del Ejército Rojo, del que había sido un miembro destacado.
A pesar de la distancia, Piera vivió con pasión la Transición a la democracia en España y apoyó a López Raimundo y al Guti ante la escisión promovida por sus viejos compañeros Pere Ardiaca y José Serradell. Asimismo, dio el paso del PSUC a Iniciativa sin hacer ningún tipo de aspavientos. Piera había sido comorerista, estalinista, eurocomunista, ecologista y lo que la mayoría del partido decidiera. Era un persona de criterio y de convicciones profundas pero, sobre todo, de una lealtad absoluta al Partido y a sus compañeros.
Aquel 10 de mayo de 1997, en la sala de actos del INEF de Barcelona, Sebastià Piera le paró los pies a Gregorio López Raimundo cuando éste lo invitaba a resucitar el PSUC. "Esta vez no te seguiré, Gregorio", le dijo Piera, y remachó diciéndole "y, además, te equivocas". Sebastià Piera apostó para enterrar al PSUC (¡claro que le hubiera gustado un funeral más solemne!) y dejó volar Iniciativa per Catalunya sin ningún tipo de reparo ni tutela.
En la vida larga y convulsa de Sebastià Piera lo peor que le tocó vivir fue la desconfianza de sus compañeros de partido y, en estos últimos años, la ausencia de Trinitat Revoltó, una mujer extraordinaria, nacida en el Ermita de la Santíssima Trinitat de l'Espluga de Francolí dos años antes de que Sebastián, y su pareja inseparable desde que se casaron en Moscú el 11 de febrero de 1945, decididos a emprender una luna de miel atravesando media Europa hasta llegar a Francia para incorporarse a la lucha antifranquista.
El azar ha querido que en Sebastià Piera nos haya dejado un 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en honor, por supuesto, de aquella costurera que puso hilo a la aguja de su vida setenta años atrás en la escuela de cuadros del Partido en Nagormaia, en las afueras de Moscú. Después de 96 años, nuestro gran Napoleón (con permiso de Víctor) descansa en paz en Ajaccio.