Amosando publicacións coa etiqueta Medio Ambiente. Amosar todas as publicacións
Amosando publicacións coa etiqueta Medio Ambiente. Amosar todas as publicacións

mércores, 1 de xaneiro de 2014

La pobreza hídrica de 2.500 millones de personas


Unos 2.000 niños mueren al día por enfermedades asociadas a la carencia de agua y saneamientos seguros
La mejora del abastecimiento humano se debe acompañar de la mejora de los ecosistemas hídricos
Es necesario extender el saneamiento a un ritmo de 660.000 personas por día hasta 2015
Casi 800 millones de personas no tienen acceso seguro a fuentes de agua potable; 2.500 millones no disponen de servicios de saneamiento (alcantarillado y depuración, básicamente); y 2.000 niños mueren al día por enfermedades asociadas a estas dos carencias. Estos datos volvieron a resonar durante la celebración, el pasado 10 de diciembre, del Día Internacional de los Derechos Humanos. Organizaciones como Ongawa Ingeniería para el Desarrollo Humano y End Water Poverty advirtieron del largo camino que queda para superar la “pobreza hídrica” que viven muchas personas y que también afecta al medio ambiente.
Desde Ongawa, María del Mar Rivero recordaba que aunque el acceso al agua potable y al saneamiento aparecen mencionados, entre otros, en el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966 que recoge el derecho a un nivel de vida adecuado y a la salud, “no es hasta el 10 de julio de 2010 cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoce el derecho al agua y al saneamiento como derechos esenciales”. En el lado positivo hay que mencionar que en las dos últimas décadas más de 2.000 millones de personas han accedido a agua potable segura.
Reducir a la mitad el porcentaje de la población mundial que no dispone de este servicio era uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) de las Naciones Unidas. Según esta última organización, en 2010 la proporción de población con acceso a ese tipo de fuentes llegó al 89% (76% en 1990). “Esto significa que la meta relativa al agua potable se logró cinco años antes de la fecha programada, a pesar del crecimiento significativo de la población”, relatan en el informe de 2013, publicado en el mes de junio, sobre el estado de cumplimiento de los ODM.
Sin embargo, la propia ONU reconoce en dicho informe que le inquieta “la calidad y la seguridad de muchas de las fuentes mejoradas de agua potable”, y advierte de que la cantidad de personas sin acceso seguro a este bien podría ser dos o tres veces superior a las estimaciones oficiales. Además, dicho acceso no se logra de manera uniforme en todas las regiones, ya que en el Cáucaso y Asia central la cobertura cayó del 89% en 1990 al 86% en 2011. Y hay algo más: el 38% de los 6.200 millones de personas que usan fuentes mejoradas de agua potable no cuenta con la comodidad de disponer de este recurso por cañerías en su hogar ni con los beneficios para la salud y económicos asociados.
Vertido químico no río Songhua (China)
Casi 2.400 millones de personas tienen que dedicar mucho tiempo y energía en filas situadas en lugares públicos donde se suministro de agua y acarrear pesadas cargas al hogar que a menudo solo satisfacen las necesidades esenciales de agua potable. End Water Poverty señala que las mujeres del hemisferio sur emplean 200 millones de horas al día para colectar agua y caminar una media de seis kilómetros diarios con 20 litros sobre sus cabezas. La ONU quiere aportar aquí algunos datos positivos, como el porcentaje de personas que deben utilizar agua de superficie sin tratar, que cayó del 6% en 1990 al 3% en 2011. “De todos modos –prosiguen en el informe de los ODM–, más de 180 millones de personas deben recurrir a ríos, arroyos, estanques o lagos para satisfacer sus necesidades diarias de agua potable”.
Pero el objetivo marcado para 2015 está a medias de conseguir, ya que la gran deficiencia siguen siendo esos 2.500 millones de personas sin saneamiento adecuado de las aguas. En 1990 algo menos de la mitad (49%) de la población contaba con este servicio, y según los ODM la cobertura debe extenderse al 75% para cumplir con la meta. El nivel actual es del 64%. A pesar de que cada día nacen más personas en hogares con inodoros conectados a redes de alcantarillado y depuración, hay que “extender los servicios de saneamiento a aproximadamente 660.000 personas al día hasta 2015”, concluye el informe.
María del Mar Rivero enfatiza que “el derecho humano a la salud, a la alimentación o a la educación, se ven afectados directamente cuando no se respeta el derecho humano al agua y al saneamiento, por lo que no se puede hablar de garantizar cualquiera de ellos sin agua o sin saneamiento”. Entre otras consecuencias, las enfermedades de transmisión hídrica (especialmente las diarreas), las causadas por un saneamiento inadecuado o aquellas derivadas de una alimentación deficiente “suponen un coste económico en medicinas y cuidados que afectan gravemente a las familias y, en definitiva, a los Estados”, recuerda la representante de Ongawa.
Problema social y ambiental
Tanto el acceso al agua potable como el saneamiento de este recurso están plenamente vinculados a la protección de nuestro entorno, tanto que la propia ONU los incluye dentro del objetivo general número 7: “Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente”. Por este motivo, Sandra Postel, directora del Global Water Policy Project, critica que “los avances logrados en la satisfacción de las necesidades humanas de agua no han estado acompañados lamentablemente de progresos análogos en la satisfacción de las necesidades de los ecosistemas”.
Postel expresa esta postura en la edición de 2013 del informe La situación del mundo. ¿Es aún posible lograr la sostenibilidad?, coordinado por el Worldwatch Institute y publicado en España por Fuhem Ecosocial e Icaria Editorial. Para esta investigadora estadounidense los beneficios en hectáreas regadas, kilovatios hora generados y personas abastecidas se han conseguido “a costa de grandes perjuicios para unos 470 millones de personas que dependen de los ríos y que habitan aguas abajo de las grandes presas, así como de la calidad y productividad de ecosistemas de agua dulce que proporcionan servicios muy valiosos”.
En su aportación a La situación del mundo, Sandra Postel enumera varias iniciativas repartidas por todo el mundo y realizadas por Administraciones, empresas y ONG que conjugan el servicio a las personas con la protección de los ecosistemas. Y también se dirige a los habitantes del planeta, en especial a los del mundo más rico: “Fabricar una camisa de algodón requiere 2.500 litros de agua, pero si mil millones de personas comprasen dos camisas menos cada uno, el ahorro de agua sería suficiente para satisfacer las necesidades alimentarias anuales de 4,6 millones de personas”. También hay efectos positivos si optamos por una dieta más ecológica (“todos los días comemos mil veces más agua de la que bebemos”) y un transporte más sostenible (“llenar el depósito de un coche requiere13 litros de agua por cada litro de combustible”). “La buena noticia es que apenas hemos comenzado a utilizar nuestro ingenio y capacidad inventiva para enfrentarnos a este desafío”, aventura Postel.

martes, 24 de decembro de 2013

Brasil lembra Chico Mendes 25 anos após o seu assassinato


A luta pela preservação da Amazônia, em especial pela manutenção das atividades extrativistas, sofria um duro golpe há 25 anos. Em 22 de dezembro de 1988 foi assassinado, no interior do Acre, Francisco Alves Mendes Filho, o Chico Mendes. Artigo tirado do Portal Vermelho. 
AGÊNCIA BRASIL sermosgaliza.com

A morte do líder sindicalista repercutiu mundialmente e provocou mudanças na forma como o Brasil passou a lidar com as questões relacionadas ao meio ambiente. 
De vida simples, Chico Mendes era enfático na defesa dos seus princípios. Ele conquistou o apoio dos companheiros seringueiros, de políticos, de artistas e de ativistas das causas ambientais em todo o mundo. “O Chico era uma pessoa que sabia respeitar todo mundo, sabia se relacionar com todo mundo e sabia construir a amizade e a confiança das pessoas”, descreveu à Agência Brasil Raimundo Mendes Barros, primo de Chico.
 “Ele era uma pessoa simples, sem ambição, e que tinha como único objetivo defender os interesses daqueles menos favorecidos tanto em termos de informação como em termos econômicos”, acrescentou a vice-presidenta do Sindicato dos Trabalhadores Rurais de Xapuri, Dercy Teles. Primeira mulher a presidir uma entidade sindical trabalhista no Brasil, Dercy esteve ao lado de Chico Mendes na criação da entidade em Xapuri.
Atraídos pelo ouro branco, milhares de nordestinos começaram a migrar para a Floresta Amazônica no final do século 19. Em meio a mais de 5 milhões de metros quadrados de floresta, começava uma história de disputas econômicas, conflitos por terra e luta pela preservação da selva. Foi nesse cenário que Chico Mendes se tornou símbolo da luta pela manutenção da floresta e da cultura do seu povo.
Com o fim do apogeu da borracha, depois da 2ª Guerra Mundial, em 1945, de explorados pelos donos das terras, os seringueiros passaram a ter que lutar pela permanência na floresta. Com o início da queda no preço da borracha, os fazendeiros passaram a vender as propriedades.
Na década de 1970, os governos militares iniciam a política de ocupação da Amazônia. Com isso, passam a estimular produtores rurais do Sul do país a ocupar os estados do Norte, inclusive o Acre. O resultado foi um novo ciclo de derrubada das matas para a exploração de madeira, plantio de soja e criação extensiva de gado, com estímulos financeiros do governo brasileiro e de bancos internacionais de fomento, como o Banco Interamericano de Desenvolvimento (BID).
“Eles [os proprietários de terra] venderam os seringais [depois da queda do preço da borracha] mas não disseram para os fazendeiros do Sul que tinha gente no seringal. Venderam como se não morasse ninguém, mas em cada seringal daqueles tinha 100 pessoas, 50 famílias. Esse pessoal ia para onde? Eram casados, tinham filhos. Os fazendeiros quando compraram não queriam ninguém, eles queriam despejar todo mundo e daí que foi criado o sindicato e o movimento para empatar e eles não tirarem o pessoal”, lembrou o ex-seringueiro Luiz Targino, companheiro de Chico Mendes na exploração do látex.
Os empates, idealizados pelo seringueiro Wilson Pinheiro, que presidiu o Sindicato dos Trabalhadores Rurais de Brasileia, consistiam em os trabalhadores rurais bloquearem a derrubada da mata se colocando a frente dos peões contratados pelos fazendeiros. Algumas vezes, para sensibilizar os peões com suas motosserras, mulheres e crianças eram colocadas na linha de frente. Com o assassinato de Wilson Pinheiro, em julho de 1980, a estratégia ganha ainda mais força com Chico Mendes. “Os empates foram fruto da sabedoria do Chico e desse espírito de não querer o confronto, de não querer o derramamento de sangue”.
Antropóloga e amiga do líder extrativista, Marly Alegretti recorda os conflitos da época. “Fiquei muito impressionada com a movimentação que estava acontecendo naquela ocasião. Havia muitos desmatamentos e os seringueiros estavam se organizando. Ninguém sabia, naquele momento, que lá no Acre, em Xapuri, que os seringueiros, que eram pessoas muito pobres e muito isoladas, praticamente sem poder nenhum, sem visibilidade, estavam fazendo uma defesa da floresta. E aquilo me impressionou bastante”, disse.
A postura dos seringueiros, no entanto, contrariava os interesses de grandes fazendeiros e as ameaças e os assassinatos de líderes sindicalistas começam a se tornar frequentes. Depois da morte de Wilson Pinheiro, outras lideranças também foram assassinadas, como Ivair Higino, dirigente sindical em Xapuri, morto em 1988.
Em 1975, Chico Mendes assume a secretaria-geral do Sindicato dos Trabalhadores Rurais de Brasileia. No ano seguinte, intensifica os empates. De volta a Xapuri, ajuda a fundar, em 1977, o sindicato dos trabalhadores rurais da cidade onde foi eleito vereador. Na época, começa a receber ameaça de morte, assim como outros sindicalistas.
As lutas do seringueiro ultrapassam as fronteiras do Brasil. Ele é reconhecido como uma liderança mundial da luta pelas causas ambientalistas e recebe vários prêmios internacionais. Com a cabeça a prêmio, em 1988, Chico Mendes pede proteção policial e passa a ser escoltado por soldados da Polícia Militar. Contudo, sete dias após completar 44 anos, é assassinado na própria casa, com o tiro de espingarda no peito, em casa. Os policiais que faziam a segurança dele fugiram.
Chico, que casou duas vezes, deixou três filhos: Ângela (do primeiro casamento), Sandino e Elenira. Dois anos depois do crime, os fazendeiros Darly e Darci Alves foram condenados a 19 anos de prisão como mandante e executor do assassinato.
Principal testemunha do caso, o menino Genésio Ferreira da Silva, então com 13 anos, disse que ouviu pai e filho planejando o crime. Para tentar inocentar o pai, Darci confessou o crime. Os dois, que chegaram a fugir da cadeia e depois foram recapturados, cumpriram pena e estão em liberdade. Darly continua morando em Xapuri.

domingo, 6 de outubro de 2013

Etiopía. El infierno de los afar


Al noreste del país africano residen un millón y medio de personas, muchos nómadas. En este lugar desértico y azotado en los últimos meses por una fuerte sequía, buscan agua y luchan contra la desnutrición. Quienes lo han pisado se preguntan: ¿por qué vivir aquí?
De repente, una mujer ha surgido de la nada. A 51 gra­­dos centígrados, un poco menos a la sombra, es difícil distinguir entre la realidad y la imaginación, pero la mujer ha ido cobrando forma en la nebulosa de este inmenso desierto, el lugar más profundo y caluroso del planeta, en la región de Afar, al noreste de Etiopía.
Un poco más cerca, la distinguiremos mejor, delgada, cubierta hasta la cabeza por un vestido azul marino y un velo oscuro con estampados de cachemir verdes, cargando un niño a sus espaldas. Cuando esté más cerca, tendrá edad: 18 años, asegura. Y luego el nombre: Samala. ¿De dónde viene? Es difícil la pregunta para la mujer afar (el pueblo seminómada que da nombre a la región). Su tribu se desplaza constantemente por este vasto territorio de la woreda (distrito) de Teru, en una de las cinco zonas más remotas de la región. Por eso no hay otro modo de decirlo: surge de la nada. Pero a Samala Hamed le debe de parecer que el fotógrafo y los médicos del centro de desnutrición también surgen de la nada. No importa. Viene a salvar al hijo.
Los afar, algo menos de un millón y medio de personas, caminan por aquí desde hace siglos, sin descanso, después de que el mar se retirase miles de millones de años atrás. Y si los geólogos no se equivocan, este antiguo fondo marino, también una bomba de relojería sísmica y volcánica, volverá a ser cubierto por el océano. Los restos de Lucy, nombre de una canción de los Beatles con la que se bautizó al esqueleto de uno de los primeros homínidos hallado en estas tierras, nos remontan a un tiempo en que esta zona fue un vergel. Se permite, pues, la exageración: aquí empezó todo, y aquí puede que todo termine.
La mayor parte de los que han visitado Afar concluyen que este sería el último lugar donde se hubieran imaginado una vida humana posible. Suelen compararlo al paisaje de la Luna o al de Marte, pero hay un símil aún más recurrente: el infierno.
Y sin embargo, aquí, en este infierno de sal, potasio y azufre, hombres y mujeres se debaten entre el nomadismo tradicional y la sedentarización, entre la escasez de agua y la amenaza de la desnutrición. No hay ningún visitante, incluyendo algunos viajeros célebres que pasaron por sus alrededores, como Rimbaud, cuando dejó la poesía para traficar con armas, o el gran Kapuscinski, que no se hayan hecho la misma pregunta: ¿cómo es posible la vida en estas condiciones? Y además, ¿para qué vivir aquí?
Esa es otra pregunta que probablemente no se hace Samala, ni tampoco los sanitarios que vienen de otras partes de Etiopía con Médicos Sin Fronteras (MSF) y que tratarán al pequeño que sufre desnutrición. Es su primer hijo. Tiene nueve meses, cuenta Salama, mientras lo sostiene en brazos frente a la cámara. El pequeño, enclenque, con la cabeza doblada sobre el codo, duerme profundamente. Es la segunda vez que ingresa en el centro de nutrición terapéutica de Alelu, la localidad más importante del distrito. Salama cree que tras recibir el alta la primera vez, en el camino de vuelta a casa, “el viento le hizo daño y el pequeño enfermó de nuevo”.
Los afar, en camino
Los niños en Afar, nada más nacer, son puestos al camino (una metáfora viva) por esta inmensa región tachonada de rocas incandescentes, donde la tierra se cuece o suda sal. Esta es su “oro blanco”. Solía llevarse a Yibuti a lomos de dromedarios y mulas, y se pagaba a buenos precios. Pero ahora la comercialización en masa, por medio de camiones que viajan por la única carretera posible que une Addis Abeba con Yibuti, entre otros factores, ha hecho que baje el precio.
El afar apenas deja rastro en los lugares donde se asienta. Sus chozas precarias resisten tormentas de arena y temperaturas extremadamente calurosas. Es una pugna constante contra el olvido que impone la naturaleza. Salama también atravesó con su hijo esa nada cubierta por tormentas de arena, enfundados los dos en el vestido oscuro. “Caminé durante ocho horas”, dice. Ha venido sola. Hay otras mujeres que la conocen y la saludan, acercando la palma de su mano a los labios y luego besándole en la cara. Las que no llevan velo, que suelen ser solteras, se hacen en el cabello una filigrana de trenzas. Algunas tienen las paletas afiladas. Se trata de un concepto estético peculiar, pero a pesar de la dureza del clima, de la amenaza de la desnutrición y de las largas caminatas, no hay duda: aquí se le da valor a la belleza como una forma de dignidad.
Muchos hombres afar caminan en fila, como sus dromedarios, por rutas alejadas de las carreteras a Yibuti. Por cada seis camélidos, un hombre. Lo poco que queda de los afar son sus tumbas, hechas de piedras amontonadas en forma circular o cilíndrica. Las que tienen piedras en disposición vertical indican que hubo una muerte violenta. Los cadáveres suelen enterrarse en el mismo lugar donde caen. Eso y los Kaláshnikov que algunos cuelgan de sus hombros, junto a los jilé que llevan en la cintura (una suerte de machete con forma de daga), son las huellas de una violencia antigua, y que está en el aire, no siempre de manera evidente. Todo lo demás se mueve con la cadencia de los dromedarios.
Y todos ellos, hombres y camélidos, con una sola cosa en la cabeza: “el agua”, me dice Juan Carlos Tomasi, el fotógrafo que ha estado acompañando en el mes de julio la intervención nutricional de MSF en la región: “el agua”.
Tomasi y yo hemos viajado juntos muchas veces, y casi siempre a contextos bastante remotos, olvidados salvo por los cuatro locos de las organizaciones humanitarias y algunos periodistas. Cuando estamos en España, quedamos siempre en el London, el viejo bar del Raval de Barcelona donde nos contamos los viajes mutuamente en un par de cervezas. Pero esta vez ha sido distinto. El fotógrafo ha sobrepasado los cincuenta años, es padre de un niño reciente, y aunque ha estado durante las dos últimas décadas en casi todos los conflictos y desastres de la Tierra, esta vez tiene algo inquietante en la mirada. Extraño al menos. Hay viajes que se enquistan en la retina. Su relato se ha prolongado durante más tardes de lo normal en el London. Tomasi le da vueltas a lo que ha retratado con su cámara para tratar de explicárselo, como si fuera una ecuación complicada. Es como si quisiera extirparse algo alojado allí donde no podrían detectarlo los rayos X ni las tomografías.
Es difícil contar su viaje. Él lo hace a través de sus fotos. Es su mirada. Yo intento traducir sus palabras entrecortadas. Verán, es un tartamudo genial que habla con todo (gesticulando con la mirada, los labios, los brazos). Cuando dice que hacía mucho calor, no dice “hacía calor”, sino que abre los brazos como alguien que se ahoga y busca el aire y repite hasta que duele “¡pero mucho calor!”. En esta ocasión acompañó como siempre a los equipos de MSF como parte de un trabajo audiovisual más amplio sobre la desnutrición en diferentes contextos. En Afar, como en otras partes del Cuerno de África y del Sahel, estos meses, entre mayo y octubre, suelen ser críticos, y la desnutrición llega a sus picos más altos. Pero hay algo en Afar que nadie sabe explicar de dónde viene: la fascinación que produce.
La falta de lluvias de los últimos años, y en particular de los últimos meses, se lo han puesto más difícil aún a los afar. De ahí que en el mes de marzo, después de una evaluación realizada por MSF en coordinación con las autoridades locales, se detectó que la desnutrición aguda severa afectaba ya a más del 26% de los menores de cinco años, y también a embarazadas y lactantes.
Modernización y bidones de agua
El Gobierno etíope está en constante alerta ante la amenaza de la desnutrición en sus regiones más complicadas. Conoce la imagen que surge en el subconsciente colectivo de medio mundo cuando se escucha el nombre de Etiopía: las terribles hambrunas de los años setenta y ochenta. Las autoridades no quieren que ello empañe los esfuerzos por desarrollar y modernizar el país. Y esto en Afar no es una tarea sencilla.
Precisamente, para Firehiwot Sintayehu, investigadora del departamento de ciencias políticas y relaciones internacionales de la Universidad de Addis Abeba y buena conocedora de Afar, el primer problema de la región es el impacto que tiene el desarrollo impuesto por las inversiones del sector público y privado (la mayoría, siempre foráneas) en el modo de vivir y la economía tradicional de la población. “Afar es sinónimo de lejanía para el resto de los etíopes, no solo por los cientos de kilómetros que lo separan de la capital, sino culturalmente. La mayoría de los etíopes sabemos muy poco de los afar”, me dice Firehiwot por teléfono desde Addis Abeba. “Se trata de una minoría en un país de 80 millones de personas y más de 70 lenguas y dialectos”.
En el camino, el Gobierno etíope ha instalado tubos de canalización que forman una extraña pieza de este paisaje incomparable. También hay algunos pueblos construidos no hace mucho en zonas remotas, que se agrupan en torno a un centro de salud y una escuela y un surtidor de agua. Aquí todo surge en medio de la nada. Pero esas instalaciones se vacían en tiempos de escasez, porque la vida de los afar se defiende en movimiento y sin mucho equipaje.
Lejos de la única carretera transitable, las señas de la modernidad y el comercio son los bidones de plástico amarillo con los que mujeres y niños (casi nunca hombres) acarrean el agua desde los escasos pozos. Una pequeña de apenas nueve años, muy delgada, vestida con una túnica de algodón de color rojo chillón y estampados verde fluorescentes, sonríe ante la cámara antes de atarse a la espalda con un lienzo roto un recipiente de 25 litros. Luego se va caminando con la espalda doblada. El bidón no tiene tapa y riega por el camino una buena parte del líquido.
Los milagros del tratamiento contra la desnutrición
El agua es la ley más fuerte, y quienes escuchan a los ancianos aseguran que su escasez se ha agudizado más en las dos últimas décadas. Las comunidades de la woreda de Teru viven del ganado (cabras y dromedarios) principalmente. Pero en la actualidad, la actividad económica ha decrecido debido a la escasez de animales, básicamente porque no hay suficiente pasto. La falta de agua era tan grave que, durante las primeras visitas de los equipos médicos en el mes de marzo, se observaron con cierta frecuencia cadáveres de dromedarios por todas partes, aunque estos animales pueden aguantar hasta 15 días sin beber, dependiendo de las condiciones físicas y del terreno. Esos cuerpos inertes podían ser indicio de otra cosa: la desnutrición para los niños menores de cinco años y para las mujeres embarazadas y lactantes, que luego se confirmó en la evaluación médica.
En coordinación con las autoridades centrales y regionales, MSF puso en marcha una intervención de emergencia para paliar los estragos de la desnutrición aguda severa y moderada. Según el doctor Jean François Saint-Sauveur, coordinador médico de la misión de MSF-España en Etiopía, se estableció un programa de alimentación terapéutica ambulatoria, incluyendo un centro para ingresar a los pacientes en peor estado o con complicaciones adicionales (como la neumonía severa, entre otras). “Durante los más de tres meses de emergencia, entre abril y julio, hemos tratado a más de 1.600 pacientes por desnutrición aguda y moderada, sumando a niños menores de cinco años y mujeres embarazadas y lactantes”.
La mayoría de los pequeños se han recuperado, y sus familias han seguido recibiendo ayuda alimentaria, según explica Jean François. “Nosotros tenemos otros proyectos en Etiopía, pero en casos de emergencia como estos nos desplazamos ante la alerta dada por las autoridades y tratamos de montar los equipos en tiempo récord”. Estos incluyeron a 50 trabajadores de salud locales, que tras una formación, en tiempo récord también, apoyaron la puesta en marcha del programa nutricional. Su formación servirá para detectar y responder a la desnutrición.
Los que han visto cómo llegan a los centros de desnutrición niños como el que trae Samala a la espalda y son testigos posteriormente de cómo salen totalmente recuperados de los zarpazos de la muerte más violenta del mundo, la del hambre, suelen utilizar otra expresión que se repite: “esto es lo más parecido a los milagros”.
En los últimos años, el tratamiento de la desnutrición se ha desarrollado considerablemente y la incorporación de los preparados alimenticios, como el Plumpynut, son los que están tras este milagro. Pero hacerlos llegar a quienes los necesitan no es nada parecido a un milagro, sino a un viaje tortuoso. “La falta de agua hace que la población se mueva con más asiduidad, y eso nos obliga a ser más flexibles con equipos sanitarios más dinámicos para llegar a todas las zonas de un distrito de más de 80.000 personas, donde el problema era más agudo”, concluye el coordinador.
“Nadie aguanta más de un mes”
El personal internacional y nacional trabajó por turnos de un mes cada uno. David Noguera y Candela Lanusse son un médico catalán y una enfermera argentina bregados en muchas emergencias en contextos extremos. Ambos afirman que nadie que no sea de Afar “aguanta más de un mes allí”. Y con todo, Jean François no olvidará el rostro de David al volver de Afar hacia Addis Abeba lleno de tierra y quemado por el sol. “El tipo nos dio las gracias por haberle permitido ir a echar una mano en un lugar así. Creyó que su trabajo tenía más sentido allí que en ningún otro lugar ni en ningún otro momento”.
A Candela también se le iluminan los ojos cuando habla de Afar: “La primera vez que llegué, me recibió una de sus famosas tormentas de arena, a las que es imposible resistirse. Solo puedes liarte una pañuelo que cubra enteramente la cara y la cabeza, y esperar. Luego, recoger todo lo que se pueda recoger. Por la noche, si refresca algo, se podría dormir al raso, pero no es aconsejable, pues en cuanto enciendes la luz, aparecen arañas enormes y escorpiones. A veces decíamos en broma que nos íbamos a dejar picar por uno de esos animales para enfermar y así tener la posibilidad de ser evacuados. Eso lo decíamos cuando el calor era imposible”.
Por su parte, David recuerda que en una de las pocas ocasiones que dispusieron de agua suficiente para poder lavarse, aunque al instante la arena volviera a cubrirles, olió algo que le devolvió a otro lugar, como en un sueño. Se trataba de perfume, quizá solo desodorante; en ese instante apareció Candela, reluciente, peinándose y oliendo a fresco. David la miró sorprendido. Aquella visión, aquel olor, no iban a durar mucho. “¿Qué haces?”, le preguntó, “dentro de poco vendrá otra tormenta de arena”. Ella contestó teatral y medio en broma: “Sí, pero deja que me sienta mujer por un minuto”.
Ni siquiera los más aguerridos de la unidad de emergencias de MSF, a la que pertenece Candela, han podido resistir la prueba de Afar mucho más tiempo. Y a pesar de ello quieren volver. Por supuesto, no porque se detecte un alto índice de desnutrición, sino para reencontrarse con algo que solo allí parece comprenderse. “La experiencia afar es una experiencia extrema”, dice ella. Pero entonces vuelve la pregunta: ¿Qué hace esa población viviendo aquí a pesar de todos los inconvenientes: la falta de agua, el inmenso calor, el ganado escaso, la poca agricultura, el incierto futuro? Una respuesta me la ofrece Firehiwot desde la Universidad de Addis Abeba, y es obvia y demasiado simple: “Esa es su vida, la vida”.
Según la investigadora Firehiwot, el futuro para los afar plantea dos escenarios: uno negativo, en el que las inversiones foráneas impongan su ritmo y sus condiciones y ellos, los afar, se queden sin su medio de vida; y otro algo más optimista, que se basa en un modelo de desarrollo en el que sean partícipes y no solo víctimas o meros espectadores sin saber qué hacer. Pero corresponde a los afar y a sus Gobiernos la tarea de encauzar con sabiduría el cambio de un modelo económico y un modo de vida que puede llevar décadas.
Se estima que la sequía prolongada de esta zona es una de las pruebas más palpables del cambio climático. Dentro de miles de años, aquí vendrá el mar de nuevo. Un poco antes, la vida en la tierra, dicen los expertos, se parecerá mucho a Afar. Si vamos a ser así, gente que se mueve con lo poco que puede llevar encima en busca de agua, merece la pena compartir su experiencia: una enseñanza que en medio de su crudeza señala que a riesgo de todo, hasta en estos extremos, es posible la vida y hasta cierto punto el ritmo de una belleza que surge de la nada para salvar la vida. Hablando de la vida, el hijo de Salama sobrevivirá esta vez.
Un canto afar dice: “A aquellos que codician esta tierra les decimos: nosotros somos sus primeros habitantes. Llevamos el árbol de la dignidad sobre nuestros hombros”. Es posible que aquí estuvieran los primeros hombres, y también que aquí estén los últimos, cuando no quede nada en el resto del planeta. Los niños tratados en los centros de desnutrición de MSF llevan demasiado temprano la marca de los extremos de la vida, sus riesgos e incluso sus increíbles recursos para la supervivencia. Vivir con lo indispensable. El resto tendrá que encontrarse en un camino donde no hay nada, y donde a veces, contra todo imprevisto, surge todo: agua, salud y una sombra.
Se suele comparar a Afar con el infierno. Y a pesar de sus condiciones extremas y sus temperaturas imposibles, a Candela se le iluminan los ojos, David da las gracias, y todos dicen que allí hay algo que emparenta al ser humano con la dignidad. Nadie vuelve del infierno así, con esa mirada entre la fascinación y el desconcierto sin saber explicar lo que ha sentido, como tampoco el fotógrafo que, con el asombro y el cansancio todavía en la cara, se levanta de la mesa: “Tenemos que volver”, me dice. “Ya”.