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xoves, 27 de febreiro de 2014

Trabajo basura a orillas del Mithi


Altaaf, Shaeneez y decenas de personas se ganan la vida buscando metales y plásticos entre los desperdicios acumulados junto a este río que atraviesa Bombay

En la ciudad de Bombay, Dharavi constituye el mayor barrio de chabolas de Asia. Allí, son bien conocidos los oficios de lavandero, artesano, reciclador y sastre, entre otros, pues el enclave ha sido durante muchos años el centro de producción de cientos de empresas del mundo. Pero más allá, justo donde el conocido slum termina para dejar paso al río Mithi, a la altura de Mahim, un grupo de personas ha acondicionado el lugar para establecer su puesto de trabajo. Son recicladores de lo ya reciclado en las factorías y plantas de la ciudad. Compran sus desechos en busca de alguna pieza de metal que haya podido escapar al primer filtro. Allí, rodeados de un entorno pestilente repleto de heces humanas y animales, y restos de todo tipo de inmundicia, ocupan la mayor parte de su día. Altaaf llegó a este grupo con una mentalidad distinta, con ganas de progresar. Gracias a él optimizaron su método de búsqueda, lo que supuso multiplicar por cuatro las ganancias y mejorar en parte su calidad de vida.
La rutina de Altaaf en Aurangabad, unos trescientos cincuenta kilómetros al este de Bombay, era lo que uno espera de un sastre común en India. Un despertar cada día, entrar a la factoría a escuchar el traqueteo de las máquinas para regresar a su casa a oscuras con poco más que nada en los bolsillos. Altaaf se casó joven y pronto, incluso antes de llegar los hijos al matrimonio, comenzaron los problemas económicos. Su salario de sastre no les alcanzaba para vivir en su pequeña casa y se vio obligado a buscar algo más rentable.
Su condición de musulmán le permitió casarse de nuevo con otra mujer aunque ninguna de las dos tardó en abandonarlo. Altaaf se quedó solo. Había renunciado a su trabajo, fracasado en sus relaciones y pasaba los días de aquí para allá en busca de quehaceres de los que sacar algún beneficio. Un día, andando cerca de la estación de tren de Mahim, en Bombay, vio a unas personas que parecían atareadas en la orilla del río y se acercó a curiosear. Rahul era el nombre de un tipo que rondaba los cuarenta, ataviado de vestiduras exentas de todo lujo al que se acercó a pedir información. Por entonces, Rahul era una especie de encargado de la empresa y al recibirle, directamente le invitó a trabajar con ellos en unas condiciones que mejoraban de sobra las que había tenido en su puesto anterior, por lo que aceptó y comenzó de inmediato.
Su labor era sencilla, aunque no agradable. El lugar era una montaña de la más pestilente masa informe de objetos intercalados entre desperdicios con un tono marrón oscuro que aportaba cierta homogeneidad. Altaaf compraba las bolsas de desechos, las cargaba en su carreta hasta la orilla del río, buscaba con sus manos entre toda aquella porquería y revendía el metal que encontraba a las propias factorías o almacenes de reciclaje a los que había comprado la basura. Exactamente igual que sus compañeros en Mahim. Todos traían sus sacos en los que gastaban unas 3.500 rupias de media al día (casi 42 euros), los vaciaban, buscaban y vendían su botín después por unas 3.700 (44 euros aproximadamente) luego tiraban los desperdicios al vertedero. Un día, Altaaf propuso un nuevo método: quemar los restos que pudieran contener algo de metal, y colar las cenizas en la orilla del río, de forma que si algo se les había escapado a los ojos, podía ser rescatado una vez los residuos plásticos hubieran ardido. Todos estuvieron de acuerdo en hacer caso a su propuesta y desde entonces, en la orilla del río Mithi se puede ver, cada noche y cada amanecer, una columna de humo negra que al desvanecerse deja un ambiente cargado y una montaña de ceniza que esconde tres veces más metal del que encontraban a ojo. Sus ganancias, después del cambio, ascienden a unas 700 rupias diarias (más de 8 euros).
Cada uno de los doce operarios tiene asignada una función en el río. Unos buscan por encima algún trozo de cualquier metal que se hubiera escapado a los recicladores anteriores, otros separan piezas de plástico que puedan incluir partes metálicas, como algunos juguetes, o fragmentos de aparatos electrónicos. Otros amontonan los desechos y los queman para luego transportar las cenizas hasta el borde del agua y que los cernedores, provistos de grandes coladores de plástico, filtren la mezcla con un movimiento circular. Al final del proceso, se extraen los pedazos de cristal o vidrio que tampoco se fundieron en la hoguera. “Hay bastante trabajo –afirma Altaaf– y, aunque hasta los propios recicladores de Dharavi nos miran por encima del hombro, ganamos dinero suficiente para vivir”.
Su jornada comienza normalmente a las nueve de la mañana y acaba a las siete de la tarde, pero cada uno es libre de marcharse antes o quedarse más tiempo. No hay a quien rendir cuentas, salvo algún joven que venga contratado una jornada. “Cuanto más trabajas, más ganas –declara Altaaf con un breve movimiento de hombros, como quien quita importancia a sus propias palabras por ser evidente lo que describen–. Nunca bajamos de las 500 rupias diarias ni superamos las 1.000, con eso alcanza a muchos para ayudar a sus familias, incluso para emplear a algún chaval que haga el trabajo más costoso. El problema de la mayoría de estas personas no es el dinero sino el alcohol”. Según el obrero, sus compañeros no son capaces de “pensar fuera de la burbuja“. Se limitan a hacer lo que se les ha dicho que hagan para terminar su día, comprar algo de comer y bebida para pasar la noche suficientemente ebrios. “Así un día tras otro. No aspiran a nada más”, explica.
Altaaf vive en un pequeño apartamento por el que paga 4.000 rupias mensuales (unos 47 euros), así que su salario, que oscila entre las 15.000 y 30.000 al mes (de 180 a 360 euros) le sobra para ahorrar con vistas a crecer en el futuro. “Estando aquí no nos van a respetar nunca. La sociedad no nos ve como personas”, asevera Altaaf, que ya tiene pensado montar su propio almacén de reciclaje confiando en la prosperidad de este negocio. Hoy en día reciben basura de todos los rincones de la ciudad, sumada a la que llega en camiones desde Goa, Bangalore o Madras. Cuando tenga su propia planta, espera contratar a algunos de sus colegas y ganar consideración y posición social. Sólo entonces se planteará volver a casarse. “Cuando tenga algo que ofrecer a mi esposa”, dice.
Shaeneez trabaja a unos diez metros de Altaaf y su historia representa la lamentable realidad de muchas mujeres de clase baja en India. Trabaja la jornada completa para ganar dinero y pagar estudios a sus hijos. “No quiero que acaben en este sitio. No me importa trabajar más horas si con ello les ayudo a tener un futuro mejor”, dice decidida y esperanzada. Shaeneez tiene cuarenta y tres años, tres hijos y un marido alcohólico.
Por ser la única mujer del lugar, sus compañeros la protegen y la ayudan en lo que pueden. Shaeneez llega a su puesto a las nueve de la mañana, un asiento improvisado en el suelo sobre una capa de plástico entre montañas de desperdicios. Su labor consiste en separar pequeños cristales y vidrios que han quedado enteros junto con las piezas de metal tras la quema. La mujer confiesa trabajar de manera autómata y hacer todas las horas extra que puede. “Mientras estoy aquí, me olvido de lo demás. Lo que me queda después es bastante peor”, alude con resignación a la situación de su hogar. Al salir del basurero le queda más de una hora de trayecto en trenes, la compra, la cocina y las tareas domésticas, pues toda la responsabilidad de la familia recae sobre ella, además, su paga tiene que sufragar todos los gastos, incluído el alcohol para su marido y, por supuesto, barajar la opción del divorcio no forma parte de la educación que recibió.
Después de media vida en el slum, los servicios sociales consideraron el caso de Shaeneez y su familia y les concedieron una vivienda bastante alejada del centro de la ciudad. “Las tres horas diarias que gasto en ir y volver las podría invertir en trabajar y ganar más. Casi prefería la chabola”, se lamenta la recicladora aunque está agradecida por poder ofrecer la comodidad del techo estable a sus hijos.
Johnny, de veinticuatro años y Mehmood, de veintiséis son dos de los cuatro hermanos que trabajan también en el vertedero del río Mithi. Nacieron y se criaron en ese entorno y a su edad, no se cuestionan por qué ni cómo siguen aún allí. Se limitan a trabajar como los demás, sin mayor aspiración ni arrepentimiento. Tienen suficientes ingresos para subsistir en su choza en el corazón de Bombay y la atmósfera que les rodea, a pesar del hedor y las ratas, desprende fraternidad. Según los hermanos, sus compañeros son como su familia y no necesitan más.
Ninguno de los trabajadores del área usa mascarilla para protegerse de los gases que emiten sus hogueras. Tampoco zapatos cerrados ni guantes. No hay regulación de las cantidades de plástico quemado, la emanación de gas o las condiciones sanitarias. “No es cuestión de dinero. Estamos todos sanos y no necesitamos protección realmente. Los pobres no enfermamos. Tenemos preocupaciones mayores como para permitirnos caer enfermos”, afirma Altaaf.
Como muchos de los que viven en situación de pobreza, Altaaf, Shaeneez y la mayoría de los trabajadores del río valoran que los visitantes, en lugar de parar desde lejos con sus cámaras como quienes hacen un tour por la sabana, se acerquen y hablen con ellos. Les hace sentir que tienen una historia que contar, que son más que una atracción turística.
Sin embargo, al enfrentarse a diario a unas condiciones deplorables para el resto de clases sociales, están acostumbrados a la marginación y no ponen objeciones. Tienen su manera de entender la vida. “Somos pasajeros de un vehículo y sólo Dios puede conducir”, son las palabras de Altaaf, que indican, no conformismo, pero sí aceptación, pues de alguna manera le complace estar donde su Dios le ha llevado. Casi todos soportan desde la infancia la mirada altiva de la ciudad que apenas repara en su presencia para quejarse. Sin embargo, igual que el resto de ciudadanos, ellos también despiertan cada mañana para completar su jornada de trabajo y costearse la vida que pueden llevar. Incluso algunos, como Altaaf, no se conforman, reflexionan, meditan y avivan esa ambición que es tan humana, pese a la oscuridad que asoma detrás de cada puerta. Esa que muchos desesperanzados pierden y dedican su existencia a vagar por el mundo en un largo día que alterna noche y luz de doce en doce horas.

mércores, 29 de xaneiro de 2014

85 ricos suman tanto dinero como 3.570 millones de pobres del mundo


El 1% más pudiente de EE UU concentra el 95% del crecimiento tras la crisis, según Oxfam
El 80% de los españoles cree que la ley favorece a los poderosos

La masiva concentración de los recursos económicos en manos de unos pocos abre una brecha que supone una gran amenaza para los sistemas políticos y económicos inclusivos, porque favorece a unos pocos en detrimento de la mayoría. Así que para luchar contra la pobreza es básico abordar la desigualdad. Esta es la conclusión del informe Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica, que publica hoy la ONG Oxfam Intermón.
El estudio parte de datos objetivos de varias instituciones oficiales e informes internacionales que constatan la “excesiva” concentración de la riqueza mundial en pocas manos. Datos como que 85 individuos acumulan tanta riqueza como los 3.570 millones de personas que forman la mitad más pobre de la población mundial. O que la mitad de la riqueza está en manos de apenas el 1% de todo el mundo. Eso sin contar, advierte el informe, que una considerable cantidad de esta riqueza está oculta en paraísos fiscales.
El informe de la organización, que será presentado en el Foro Económico Mundial de Davos junto a un clamor para que se adopten compromisos para frenar la desigualdad, advierte de que “las élites económicas están secuestrando el poder político para manipular las reglas del juego económico, que socava la democracia”.
El informe va acompañado de datos que plasman con nitidez el aumento de la concentración de riqueza en pocas manos desde 1980 hasta la actualidad. O cómo la concentración y la brecha siguen aumentando pese a la gran recesión del año 2008. En Estados Unidos, por ejemplo, el 1% más rico de la población ha concentrado el 95% del crecimiento posterior a la crisis financiera. En Europa, los ingresos conjuntos de las 10 personas más ricas superan el coste total de las medidas de estímulo aplicadas en la Unión Europea entre 2008 y 2010 (217.000 millones de euros frente a 200.000).
La tibieza en la presión fiscal a los ricos, los recortes sociales o el rescate de la banca con fondos públicos son ejemplos de un fenómeno que es tan visible que crece la conciencia pública del aumento de este poder. Oxfam Intermón apoya esta afirmación en una encuesta realizada en España, Brasil, India, Suráfrica, Reino Unido y Estados Unidos, que revela que la mayor parte de la población cree que las leyes están diseñadas para favorecer a los ricos. En España, el 80% de la población cree que las leyes están hechas con este objetivo.
Sobre el caso español, el director de Oxfam Intermón, José María Vera, afirma que el país “no escapa a esta dinámica” y que la actual crisis se explica en parte por ella: “Los casos en los que los intereses de una minoría económicamente poderosa se han impuesto a los intereses de la ciudadanía de a pie son numerosos en la historia de nuestra democracia.
La crisis económica, financiera, política y social que padece España hoy tiene buena parte de su origen precisamente en esas dinámicas perniciosas donde el interés público y los procesos democráticos han sido secuestrados por los intereses de una minoría”.
Entre las políticas diseñadas en los últimos años que favorecen a la minoría de ricos, la organización enumera la desregulación y opacidad financiera, los paraísos fiscales, la reducción de impuestos a las rentas más altas o los recortes de gasto en servicios e inversiones públicas. El informe constata cómo, en el caso de Europa, “las tremendas presiones de los mercados financieros han impulsado drásticas medidas de austeridad que han golpeado a las clases baja y media, mientras los grandes inversores se han aprovechado de los planes de rescate públicos”.
Por todo ello, Oxfam Intermón exigirá en el marco del Foro Económico Mundial de Davos a sus asistentes (sean particulares o representantes de Gobiernos) que adopten compromisos en áreas como los paraísos fiscales (que no se permita que se utilicen para evadir impuestos); que se hagan públicas las inversiones en empresas y fondos; que respalden sistemas fiscales progresivos; que exijan a sus Gobiernos que los impuestos se destinen a servicios públicos o que si lo son inviertan en atención sanitaria y en educación universales, o que las empresas que representan paguen salarios dignos a sus empleados y los países legislen en esta dirección, fortaleciendo umbrales salariales y derechos laborales.
Por si a alguien se le ocurre pensar que los planteamientos de Oxfam Intermón son utópicos, la organización recuerda que “esta peligrosa tendencia” es reversible y que existen ejemplos de ello. Fue el caso, recuerda, de Estados Unidos o Europa tras la II Guerra Mundial, cuando el crecimiento económico se compatibilizó con la reducción de la desigualdad, o el caso de América Latina, donde la brecha ha disminuido “significativamente durante la última década gracias a una fiscalidad más progresiva, los servicios públicos, la protección oficial y el empleo digno”.
El informe también contempla ejemplos de concentración en países en desarrollo y alude a la superminoritaria élite india, millonarios que en buena parte han forjado sus fortunas en sectores cuyos beneficios dependen del acceso a los servicios básicos; al poder de las élites en Pakistán y su influencia en la manipulación legal; a la desigualdad en África, pese a la abundancia de recursos, o a lo que llama “red mundial de secretos bancarios”, que no es otra que la que forman los paraísos fiscales.

mércores, 1 de xaneiro de 2014

La pobreza hídrica de 2.500 millones de personas


Unos 2.000 niños mueren al día por enfermedades asociadas a la carencia de agua y saneamientos seguros
La mejora del abastecimiento humano se debe acompañar de la mejora de los ecosistemas hídricos
Es necesario extender el saneamiento a un ritmo de 660.000 personas por día hasta 2015
Casi 800 millones de personas no tienen acceso seguro a fuentes de agua potable; 2.500 millones no disponen de servicios de saneamiento (alcantarillado y depuración, básicamente); y 2.000 niños mueren al día por enfermedades asociadas a estas dos carencias. Estos datos volvieron a resonar durante la celebración, el pasado 10 de diciembre, del Día Internacional de los Derechos Humanos. Organizaciones como Ongawa Ingeniería para el Desarrollo Humano y End Water Poverty advirtieron del largo camino que queda para superar la “pobreza hídrica” que viven muchas personas y que también afecta al medio ambiente.
Desde Ongawa, María del Mar Rivero recordaba que aunque el acceso al agua potable y al saneamiento aparecen mencionados, entre otros, en el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966 que recoge el derecho a un nivel de vida adecuado y a la salud, “no es hasta el 10 de julio de 2010 cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoce el derecho al agua y al saneamiento como derechos esenciales”. En el lado positivo hay que mencionar que en las dos últimas décadas más de 2.000 millones de personas han accedido a agua potable segura.
Reducir a la mitad el porcentaje de la población mundial que no dispone de este servicio era uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) de las Naciones Unidas. Según esta última organización, en 2010 la proporción de población con acceso a ese tipo de fuentes llegó al 89% (76% en 1990). “Esto significa que la meta relativa al agua potable se logró cinco años antes de la fecha programada, a pesar del crecimiento significativo de la población”, relatan en el informe de 2013, publicado en el mes de junio, sobre el estado de cumplimiento de los ODM.
Sin embargo, la propia ONU reconoce en dicho informe que le inquieta “la calidad y la seguridad de muchas de las fuentes mejoradas de agua potable”, y advierte de que la cantidad de personas sin acceso seguro a este bien podría ser dos o tres veces superior a las estimaciones oficiales. Además, dicho acceso no se logra de manera uniforme en todas las regiones, ya que en el Cáucaso y Asia central la cobertura cayó del 89% en 1990 al 86% en 2011. Y hay algo más: el 38% de los 6.200 millones de personas que usan fuentes mejoradas de agua potable no cuenta con la comodidad de disponer de este recurso por cañerías en su hogar ni con los beneficios para la salud y económicos asociados.
Vertido químico no río Songhua (China)
Casi 2.400 millones de personas tienen que dedicar mucho tiempo y energía en filas situadas en lugares públicos donde se suministro de agua y acarrear pesadas cargas al hogar que a menudo solo satisfacen las necesidades esenciales de agua potable. End Water Poverty señala que las mujeres del hemisferio sur emplean 200 millones de horas al día para colectar agua y caminar una media de seis kilómetros diarios con 20 litros sobre sus cabezas. La ONU quiere aportar aquí algunos datos positivos, como el porcentaje de personas que deben utilizar agua de superficie sin tratar, que cayó del 6% en 1990 al 3% en 2011. “De todos modos –prosiguen en el informe de los ODM–, más de 180 millones de personas deben recurrir a ríos, arroyos, estanques o lagos para satisfacer sus necesidades diarias de agua potable”.
Pero el objetivo marcado para 2015 está a medias de conseguir, ya que la gran deficiencia siguen siendo esos 2.500 millones de personas sin saneamiento adecuado de las aguas. En 1990 algo menos de la mitad (49%) de la población contaba con este servicio, y según los ODM la cobertura debe extenderse al 75% para cumplir con la meta. El nivel actual es del 64%. A pesar de que cada día nacen más personas en hogares con inodoros conectados a redes de alcantarillado y depuración, hay que “extender los servicios de saneamiento a aproximadamente 660.000 personas al día hasta 2015”, concluye el informe.
María del Mar Rivero enfatiza que “el derecho humano a la salud, a la alimentación o a la educación, se ven afectados directamente cuando no se respeta el derecho humano al agua y al saneamiento, por lo que no se puede hablar de garantizar cualquiera de ellos sin agua o sin saneamiento”. Entre otras consecuencias, las enfermedades de transmisión hídrica (especialmente las diarreas), las causadas por un saneamiento inadecuado o aquellas derivadas de una alimentación deficiente “suponen un coste económico en medicinas y cuidados que afectan gravemente a las familias y, en definitiva, a los Estados”, recuerda la representante de Ongawa.
Problema social y ambiental
Tanto el acceso al agua potable como el saneamiento de este recurso están plenamente vinculados a la protección de nuestro entorno, tanto que la propia ONU los incluye dentro del objetivo general número 7: “Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente”. Por este motivo, Sandra Postel, directora del Global Water Policy Project, critica que “los avances logrados en la satisfacción de las necesidades humanas de agua no han estado acompañados lamentablemente de progresos análogos en la satisfacción de las necesidades de los ecosistemas”.
Postel expresa esta postura en la edición de 2013 del informe La situación del mundo. ¿Es aún posible lograr la sostenibilidad?, coordinado por el Worldwatch Institute y publicado en España por Fuhem Ecosocial e Icaria Editorial. Para esta investigadora estadounidense los beneficios en hectáreas regadas, kilovatios hora generados y personas abastecidas se han conseguido “a costa de grandes perjuicios para unos 470 millones de personas que dependen de los ríos y que habitan aguas abajo de las grandes presas, así como de la calidad y productividad de ecosistemas de agua dulce que proporcionan servicios muy valiosos”.
En su aportación a La situación del mundo, Sandra Postel enumera varias iniciativas repartidas por todo el mundo y realizadas por Administraciones, empresas y ONG que conjugan el servicio a las personas con la protección de los ecosistemas. Y también se dirige a los habitantes del planeta, en especial a los del mundo más rico: “Fabricar una camisa de algodón requiere 2.500 litros de agua, pero si mil millones de personas comprasen dos camisas menos cada uno, el ahorro de agua sería suficiente para satisfacer las necesidades alimentarias anuales de 4,6 millones de personas”. También hay efectos positivos si optamos por una dieta más ecológica (“todos los días comemos mil veces más agua de la que bebemos”) y un transporte más sostenible (“llenar el depósito de un coche requiere13 litros de agua por cada litro de combustible”). “La buena noticia es que apenas hemos comenzado a utilizar nuestro ingenio y capacidad inventiva para enfrentarnos a este desafío”, aventura Postel.