Amosando publicacións coa etiqueta Antiglobalización. Amosar todas as publicacións
Amosando publicacións coa etiqueta Antiglobalización. Amosar todas as publicacións

mércores, 8 de maio de 2013

Cumbre del G-8, Génova, julio de 2001: la película


‘Diaz’, de Daniele Vicari, reconstruye la violencia policial contra el movimiento antiglobalización
La acción de los agentes acabó con 25 de ellos condenados en los tribunales

Fueron cuatro minutos. Aunque le parecieron una eternidad. Tumbado, en posición fetal, Chabier Nogueras aguantó los porrazos que le propinaban los agentes. Era la noche del 21 de julio de 2001, Génova acogía una reunión del G-8, y unos 400 policías irrumpieron en la escuela Armando Diaz, supuestamente en busca de los black block con los que se habían enfrentado en los días previos. Pero allí solo dormían 93 “personas claramente inermes” —según diría el Supremo finalmente—, entre ellos el activista aragonés.
No era un nido de anarquistas, sino la sede del Genova Social Fórum (una organización que coordinaba a los movimientos de manifestantes). Dio igual. Se llevaron golpes, traumas críticos, pulmones perforados y fracturas. Las paredes de la escuela se cubrieron de sangre. Y la policía italiana se manchó con “la mayor suspensión de los derechos democráticos en un país occidental desde la Segunda Guerra Mundial”, en palabras de Amnistía Internacional. Sobre esa página negra pone sus focos Diaz. No limpiéis esta sangre, el filme de Daniele Vicari que se estrena el próximo 10 de mayo en España.
En realidad, la historia —y la película— empieza antes. Ríos de manifestantes de todo el mundo se congregaron en Génova del 19 al 22 de julio de 2001 para protestar contra la globalización y los ocho hombres más poderosos del planeta. La aplastante mayoría lo hizo con marchas pacíficas. Pero unos pocos escogieron el enfrentamiento con la policía. Los choques con los miles de agentes desplegados por el Gobierno de Berlusconi se saldaron con un muerto, el joven Carlo Giuliani. “Las cargas policiales fueron de una crudeza que no nos podíamos imaginar. Había un clima de miedo, acoso y exageración. Parecía que los agentes contemplaran la posibilidad de que hubiera muertos”, recuerda Andrés Padilla, otro activista que se desplazó a Génova. En esta atmósfera, en una ciudad blindada, los antidisturbios acudieron a la Diaz en busca de culpables y, quizás, venganza.
 “Fue un momento único. Cientos de policías mantuvieron, bajo la mirada de las cámaras, un comportamiento que negaba el Estado de derecho”, asegura Vicari. Y así lo reflejó en el filme: con algunas imágenes reales, y sobre todo con secuencias que no dejan mucho espacio para la imaginación. “Puede que sea una película, pero no es ficción”, defiende la web del largometraje. Así, Diaz muestra como los 93 que dormían en la escuela fueron apaleados (y, algunos, llevados a la comisaría de Bolzaneto y “torturados”, como dejó claro en 2008 la primera sentencia sobre esos sucesos) sin que hubiese acusaciones ni pruebas contra ellos. De hecho, el Supremo italiano denunció en 2012 “el odioso comportamiento de quien, en posición de mando, una vez descubierto que el registro había acabado en masacre injustificable, decidió insistir en las detenciones creando una serie de circunstancias falsas”.
Ya desde la primera instancia judicial quedó demostrado, por ejemplo, que los agentes habían introducido en la Diaz dos cócteles molotov, requisados en los días previos, para usarlos como pruebas. Sin embargo, esa primera sentencia condenó a nueve policías aunque absolvió a toda la cadena de mando. “La justicia truncada”, tituló La Repubblica.
Hubo que esperar hasta la apelación, de 2010, y la sentencia definitiva del pasado julio para llegar a un veredicto que Nogueras considera “exitoso”. El tribunal de apelación elevó las condenas a 25 de los 28 imputados, entre ellos algunos de los jefes de la policía: por lesiones, a los agentes, y por sus testimonios falsos, a los directivos. El Supremo confirmó finalmente esta vuelta de tuerca.
A sentencias y actas se remitió Vicari para su versión “cero novelizada” de lo ocurrido. Bastante cruda era ya la realidad. “Parecía una construcción contra los agentes. Pero luego vi que los relatos de los testigos coincidían perfectamente, incluso con lo declarado por algunos policías”, recuerda. A eso Vicari añadió las entrevistas a 50 testigos, entre víctimas y agentes. Y con Ana, una activista alemana que aparece en el filme, cuyo testimonio le dejó impactado: “Fue tan fuerte que pensé que tal vez no fuera justo rodar la película”.
Otra joven alemana fue la razón por la que Diaz arrancó. “Tras el primer juicio dijo que jamás volvería a Italia. Pensé que la cosa iba conmigo, que era mi país”, cuenta Vicari. La idea acababa de nacer. Faltaba el dinero. Y solo llegó tras decenas de noes. “En Italia nadie quería hacer este filme. Era la primera vez que a Domenico Procacci [el productor] ni le leían el guion que enviaba”. Prueba de ello es que una historia tan italiana acabe saliendo con una coproducción internacional. Y otro indicio es la circular con la que el Ministerio de Interior obligó a los policías italianos a no hacer declaraciones sobre Diaz.
“Ninguno de los condenados pidió jamás disculpas”, cuenta Laura Tartarini, abogada que ha asistido a las víctimas en toda su odisea judicial. Aunque el jefe de la policía, Antonio Manganelli (fallecido el pasado 20 de marzo), afirmó tras la sentencia definitiva que había llegado “el momento de las excusas a los ciudadanos que han sufrido daños, y a los que, confiando en esta institución, la han visto en dificultad”. A estas declaraciones se remite la policía italiana para todas las demás cuestiones, relacionadas con lo sucedido en Génova, que este periódico le planteó en un correo electrónico.
Finalmente, Rumanía y Francia financiaron a Vicari. Mientras que Italia, según el director, respaldó a los agentes de la irrupción, aunque fuera con su silencio: “Detrás de esa masa de policías no basta con pensar que hubiera una orden. Estaban convencidos de que el país estaba con ellos. Con una sociedad civil alerta jamás lo hubiesen hecho”. Para Vicari la clave es una “pérdida de confianza mutua entre ciudadanos e instituciones”. “La impotencia de los Gobiernos para detener las protestas hace que aparezca la policía. Pero si cada problema social pasa a ser de orden público, la democracia ya no tiene sentido”, agrega el cineasta.
Sobre eso, y unos cuantos asuntos más, el director quiere hacer reflexionar al espectador: “Espero que la gente entre en la sala con dos preguntas y salga con 200”. Aunque, entre tantas dudas, existe el riesgo de que una acabe siendo: ¿acaso la policía es un enemigo? De eso, y de una reproducción algo superficial ha sido acusado Vicari por sus (pocos) críticos.
De torturas, en cambio, fueron acusados los que irrumpieron en la Diaz y terminaron su trabajo en Bolzaneto. Pero ese delito no existe en la legislación italiana. Así que los agentes fueron imputados por lesiones graves. Un crimen más leve, que ya ha prescrito. Ninguno de los policías condenados pisará la cárcel, aunque fueron apartados de empleos y cargos públicos durante cinco años.
Por ello, Chabier Nogueras aún sigue peleando. Ha acudido, junto con otras víctimas, al Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, para pedir que Italia tipifique el delito de tortura. La Corte admitió a trámite en enero su recurso y dio tres meses al país transalpino para aclarar los sucesos de Génova. También hay otros frentes abiertos: el juicio por lo ocurrido en la comisaría de Bolzaneto terminará en mayo. Y luego arrancará la causa civil, para las compensaciones en dinero a las víctimas. “Me importa que se establezca la verdad histórica”, cuenta el activista. Porque muchas heridas se cicatrizan. Pero cuatro minutos de palizas, 12 años después, siguen doliendo.

venres, 26 de abril de 2013

Decrecimiento, cámaras y acción


'Stop! Rodando el cambio' es el primer documental que se realiza en España abordando el decrecimiento, una corriente que advierte contra los perjuicios del desarrollo incontrolado y la explotación sin límite de los recursos naturales
DANIEL FERNÁNDEZ Madrid 13/04/2013 publico.es

"El racionalista -escribía Hermann Hesse- cree que la tierra ha sido entregada al hombre para que la explote. Su fe en la inmortalidad es la fe en el progreso". El racionalismo y el progreso de los que hablara el premio Nobel alemán son ideas que tuvieron su origen en el corazón de Europa, y para escarnio del Viejo Continente se han traducido, especialmente en el último siglo, en sinónimos de crecimiento. Quienes han advertido este proceso señalan la continua explotación del medio, el espectacular aumento de la población que pasa hambre a pesar de que se producen más alimentos que en cualquier otro momento de la historia y la emisión desproporcionada de residuos como tres de los fenómenos más perniciosos que se esconden tras ese afán de crecimiento.
Sin embargo, la premisa del desarrollo sobre la que se asienta la supervivencia de los Estados es una carrera no solamente errónea sino limitada. Por eso en los últimos lustros ha venido cobrando fuerza una crítica al apetito voraz del capitalismo: el decrecimiento. Nacido a raíz de la ecología social, una corriente que defiende la imposibilidad de separar la supervivencia de la ecología del comportamiento humano, el decrecimiento viene a trasladarnos un mensaje sencillo pero de vital importancia, y es que no podemos continuar viviendo por encima de nuestras posibilidades. Autores como Ignacio Ramonet o Serge Latouche han respaldado esta visión y desde hace años han dedicado parte de sus esfuerzos a reforzar la base intelectual del mismo.
Con el fin de dar mayor difusión a estas ideas se estrena este fin de semana en la Facultad de Ciencias de la Información de Ciudad Universitaria el documental Stop! Rodando el cambio, el primer trabajo audiovisual en España que aborda esta corriente y que representa además la ópera prima de sus seis autoras: Alba, Blanca, Paula, Irene, Jenn y Elena; todas ellas fruto de la cantera de la Universidad Complutense: "nos dimos cuenta de que las alternativas ya existían, y no sólo eso, sino que muchas ya se llevaban fraguando desde hace tiempo", explican.
Producido por La Semilla y próximamente disponible de forma gratuita en su página web, la idea del documental surgió hace dos años y ha permitido que su media docena de realizadoras recorrieran España y Francia en busca de alternativas prácticas y teóricas. En el mes que ha durado la grabación han visitado ecoaldeas como las de Matavenero o Valdepiélagos; viajado a Ibort y Aineto, dos pueblos cedidos legalmente en Huesca que autogestionan sus actividades; y descubierto fincas ecológicas como La Garma en Cantabria o Permablitz en Barcelona. Pero, además, en aproximadamente noventa minutos tienen tiempo de mostrar de primera mano los argumentos de algunos de los defensores más conocidos del decrecimiento, como el profesor de Ciencia Política Carlos Taibo, la periodista Esther Vivas, el profesor de Filosofía Jorge Riechmann o la antropóloga Yayo Herrero.
A camino entre la teoría y la teórica se encuentran también los activistas Florent Marcellesi y Enric Durán, entrevistados igualmente para el documental. El primero, investigador del partido ecologista EQUO, define ilustrativamente cuál es la motivación última del decrecimiento para ponerse en marcha: "El crecimiento infinito en un planeta finito es imposible". Aunque quizás, más que decrecimiento en singular, sería más acertado hablar de 'los decrecimientos', pues la obra muestra, ante todo, una visión plural de las diversas manifestaciones en las que aquél puede tomar forma. Por su parte, el catalán Enric Durán encarna hoy una de las mayores representaciones de la desobediencia civil en España y sus declaraciones denunciando la estrechez de la legalidad para emprender un cambio real son de las más enriquecedoras de este trabajo.
Por su evidente actitud crítica y la de quienes lo promueven se podría pensar que el decrecimiento se vincula a una ideología política concreta, pero sus autoras matizan: "bebe de muchas corrientes ideológicas, las aúna, y las promueve; pero no se puede considerar como una ideología política, sino como una forma de ver el mundo, de respeto a la naturaleza y de respeto a los seres que viven en ella". Por ello rechaza postulados de reciente aparición como el 'desarrollo sostenible' o los 'econegocios', promovidos por el denominado 'capitalismo verde', ya que son "dos caras de la misma moneda".La propuesta básica del decrecimiento está orientada en otra dirección y, tal como explica Carlos Taibo en El decrecimiento explicado con sencillez, se puede resumir en siete principios que, gracias al documental, vemos que no sólo son posibles sino también deseables: la primacía de la vida social, la estimulación del ocio creativo, un mayor reparto del trabajo, la implantación de una renta básica de ciudadanía, la reducción del tamaño de las infraestructuras, la recuperación de la vida local y, finalmente, la sobriedad y sencillez voluntarias.
"Se trata de restaurar los equilibrios con el medio natural que la industrialización, la urbanización y el colonialismo han roto", reflexiona en su libro el profesor Taibo, porque el decrecimiento apuesta por una salida ante la "crisis del capitalismo y civilizatoria" que denuncia Yayo Herrero en una de sus intervenciones en el documental. No obstante, las creadoras de Stop! Rodando el cambio se muestran algo más pesimistas cuando se les pregunta por la implantación global de una alternativa: "el decrecimiento vendrá dado de manera masiva no por convicción sino por necesidad, cuando los límites naturales del planeta se vean muy seriamente dañados y cuando los recursos naturales escaseen." Se entiende esta falta de optimismo cuando, a pesar de acercarnos peligrosamente al colapso del planeta, hasta ahora no ha existido voluntad política de incluir medidas de este tipo en la agenda de los partidos: "el decrecimiento, primero es a nivel individual, luego se daría a nivel social y el tercer escalón sería a nivel político. Pero aún no hemos llegado a ese tercer nivel", añaden.
A pesar del rechazo frontal de los partidos mayoritarios y de las empresas que manejan los hilos de la economía mundial, las mujeres que este viernes presentan públicamente su obra ven todavía un halo de luz para el decrecimiento: "Hemos estado inmersas en un proyecto con mucho fondo, muy amplio, lleno de iniciativas. Fue como tirar de un hilo del cual, según íbamos tirando, iban saliendo más y más hilos llegando a formarse una enorme red. Es esta red de redes la que más esperanza nos ha dado". Sus previsiones coinciden con las que augura Lourdes Lucía, fundadora de ATTAC en España, cuando les declaró que el decrecimiento "será la filosofía que tendrá más predicamento en el futuro".
Conseguir que la racionalidad y el progreso de los que hablaba Hermann Hesse se tornen no en explotación ni desigualdades, sino en "la clara y alegre reivindicación de la vida social" que reclama Taibo, es, en buena medida, cuestión de asumir los mensajes del decrecimiento. Y éstos pasan hoy por las ecoaldeas y los espacios autogestionados, por escuchar a los voluntarios de Salamanquesa y al periodista Herve Kempf, por asociaciones como Decrece Madrid y Terre & Humanisme; pasan, en fin, por iniciativas como Stop! Rodando el cambio.

luns, 21 de xaneiro de 2013

El pueblo contra el proletariado


Owen Jones denuncia en un exitoso ensayo la demonización interesada de la clase obrera
El autor es una de las promesas del pensamiento británico
Aunque la palabra chav resulta intraducible a otras lenguas, cualquier recién llegado a Reino Unido intuirá de inmediato que ese concepto tan recurrente en los medios de comunicación locales no significa nada bueno. El chav es una persona de clase baja y a menudo joven, adepta a la ropa deportiva de marca (real o de imitación). Un ser vulgar y rayano en el comportamiento antisocial, según los diccionarios ingleses que han incorporado el nuevo e informal vocablo. Los seguidores españoles de la serie humorística de la BBC Little Britain pueden identificarlo en el personaje de Vicky Pollard, madre soltera adolescente que viste un horrendo chándal rosa, roba chucherías en el supermercado y busca nuevos embarazos para seguir cobrando el cheque de ayuda social. El periodista y escritor Owen Jones (Sheffield, 1984) es probablemente uno de los pocos televidentes que no le ríen las gracias, porque ve en esa Vicky el estereotipo al que ha sido reducida la clase trabajadora por parte de una élite política y periodística: una especie irresponsable, indeseable y parásita en la que nadie se reconoce.
“La pobreza y el paro ya no son percibidos como problemas sociales, sino en relación con los defectos individuales: si la gente es pobre, es porque es vaga. ¿Para qué tener entonces un Estado del Bienestar?”, plantea Jones en el libro Chavs: La Demonización de la Clase Obrera (Capitán Swing Libros) que ha provocado muchos oleajes en el Reino Unido y lo ha convertido en un referente de la nueva izquierda británica. El autor de ese diagnóstico no es ningún veterano nostálgico de otros y mejores tiempos, sino el portador de un rostro angelical y aniñado que no hace justicia a sus 28 años. Un joven que transita por Londres en bicicleta y que fácilmente podría confundirse entre el grupo de estudiantes que visita la British Library, lugar que ha propuesto para la cita. Y, sin embargo, una primera obra lo ha convertido en una estrella mediática, indispensable en los debates de calado, y ha traspasado los confines nacionales hasta merecer la atención de medios tan influyentes como The New York Times y su traducción a varias lenguas, entre ellas la española. En la versión que llega a las librerías se añade un epílogo con un brillante análisis de las razones de los disturbios que asolaron Gran Bretaña en verano de 2011 y sobre los que los medios informaron estableciendo vínculos entre la devastación callejera y los tópicos chav, como la capucha o la influencia de los videojuegos.
Él mismo reconoce que, “de haberse publicado tres o cuatro años antes, cuando los estragos de la crisis económica no eran tan palpables, el libro quizá no habría suscitado el mismo interés”. “Los chavs son un fenómeno muy británico, pero por ejemplo España también es un país de clases, una sociedad desigual donde los brutales programas de austeridad se están cebando en la gente corriente”.
Lejos de un farragoso tratado, el libro de Jones es fácil de leer e ilustra con ejemplos actuales y bien conocidos del público su tesis sobre la demonización de la clase obrera: “Pretendo desmontar los mitos (asentados en más de tres lustros de bonanza económica) de que ‘ahora todos somos de clase media’, que la división de clases es anticuada y que la creciente desigualdad es producto de los fallos del individuo”.
La obra da saltos en el tiempo para reflexionar sobre el antiguo concepto de una clase obrera respetada como uno de los puntales de la economía hasta su conversión en esa “escoria que pretende el establishment neoliberal”. También es una diatriba contra los medios, transformados “en una élite encerrada en una burbuja de privilegios y desconectada de los problemas de la gente corriente”. Ellos han contribuido a forjar en el imaginario colectivo la perniciosa noción del chav. Jones describe en el libro el tratamiento desigual y sesgado que tuvieron en la prensa sendos secuestros de dos niñas inglesas, Madeleine McCann y Shannon Matthews. De la primera, la hija de una pareja de médicos cuyo caso mereció enorme cobertura también en España, llegó a escribirse: “Esto no suele sucederle a gente como nosotros” (léase clase media).
La madre de la segunda, una mujer que vive de los beneficios sociales, fue desde el primer momento estigmatizada como una chav incapaz de cuidar de su prole. Y, por extensión, lo fue toda la clase que encarna, mientras se obviaba la movilización de su comunidad para localizar a Shannon.
“Vivimos en una era de reacción y derrota”, se lamenta este activista cuyo objetivo esencial es “recuperar una voz para la clase obrera, aquella que hace tres décadas trabajaba en la mina, las fábricas y los muelles y que hoy lo hace en supermercados, call centers o cafés” por sueldos de risa. La mayoría pertenecen a su generación y ya no son un colectivo organizado como antaño. Si bien el movimiento de los indignados que ocupó la City, Wall Street y las calles españolas “llenó un vacío y ayudó a expresar la ira de la gente”, Jones considera que “no es una alternativa”. Ahí se manifiesta el hijo de un matrimonio de sindicalistas, con carné del Labour desde los 15 años, a pesar de la “traición” que ha supuesto el viraje de este partido hacia la derecha. ¿No cree que muchos jóvenes consideran a los sindicatos una antigualla de la era pretecnológica? Responde con otra pregunta: “¿Por qué es anticuado querer que los trabajadores se unan y se apoyen?”

luns, 26 de novembro de 2012

Daniele Vicari: "Las democracias europeas han descubierto que la democracia no era necesaria"


El director muestra en 'Diaz, ni limpiéis esta sangre' la represión y tortura policial a los manifestantes que acudieron a protestar a la cumbre del G-8 en Génova en 2001
BEGOÑA PIÑA Madrid 20/11/2012
Con las violentas cargas policiales en las manifestaciones del 14-N aún muy recientes, llega a los cines españoles una película que muestra la salvaje actuación policial en otro país europeo, Italia. Diaz, no limpiéis esta sangre, de Daniele Vicari, narra la feroz represión de las fuerzas del orden en Génova, durante la cumbre del G-8 en julio de 2001. "Génova fue el momento álgido de esta actitud policial ahora extendida". La película ganó el Premio del Público en la reciente edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci).
En julio de aquel año se produjo un poderoso movimiento social. Alrededor de 300.000 personas llegaron a la ciudad italiana para protestar ante las autoridades de los países más ricos del mundo allí reunidas. Las acciones de protesta se saldaron con un muerto, Carlo Guiliani, 1.000 heridos y 280 arrestados. Una vez que las manifestaciones habían terminado, en la medianoche del 21 de julio, más de 300 policías entraron en la escuela Diaz-Pascoli, sede del centro de prensa del Foro Social de Génova, y golpearon brutalmente a las personas que allí estaban. Arrestaron a 93 ciudadanos de varios países y 83 resultaron heridos.
Muchos de ellos fueron trasladados a unos barracones en Bolzaneto, donde fueron sometidos a abusos y violencia durante tres días. Posteriormente, fueron conducidos a prisión, acusados de "conspiración criminal para destruir la propiedad privada, saqueo, resistencia con agravantes y tenencia de armas ilegal". Tras las investigaciones preliminares, el juez liberó a todos los detenidos y los extranjeros fueron expulsados de Italia. Ningún gobierno europeo pidió explicación alguna. El testimonio de los detenidos provocó la celebración del conocido como Juicio Diaz, donde hace solo unos meses se condenó a 29 policías.
Usted no pensó en la película hasta 2009, ¿qué pasó entonces?
Se celebraba la primera instancia del juicio. Los responsables de la masacre fueron absueltos y a la salida de la sala, las víctimas y sus padres y amigos gritaban: "Vergüenza, vergüenza". Una chica alemana declaró al periódico La Repubblica que no volvería a poner los pies en Italia. Esos gritos y esas declaraciones fueron para mí como un puñetazo en el estómago, porque Italia, con todos sus defectos, siempre había sido un país muy hospitalario. Aquello iba conmigo.
¿Los hechos ocurridos en Génova en 2001 anunciaban la marea de represión policial que se extiende ahora en Europa?
Tras la caída del Muro de Berlín, las democracias europeas han descubierto que la democracia no era necesaria. Antes los conflictos sociales, su único instrumento es enviar al ejército. Génova fue el momento álgido de esta actitud policial ahora extendida. Y si alguno piensa que es algo solo de Italia, se equivoca. En la escuela Diaz había ciudadanos de muchos países, había 14 españoles, pero ningún país protestó por lo ocurrido, excepto Austria, liderado por el nazi Jörg Haider, que estaba en contra del tratado que se negociaba en la cumbre.
Entonces, en su opinión, ¿vivimos en estados autoritarios, no democráticos?
Estoy convencido de que bajo la sutil membrana democrática está toda la historia de los países europeos, que han vivido dictaduras no hace tanto. En los partidos políticos hay personas que piensan que la democracia es algo equivocado y se ve cómo renacen los partidos de extrema derecha. En Grecia ahora hay una relación entre el aparato represivo del Estado y los partidos de extrema derecha.
Ante esta situación que describe, ¿qué pueden hacer los ciudadanos europeos?
Situaciones como ésta dependen de muchos factores y uno de ellos es la falta de control democrático sobre los procedimientos económicos. La economía está, directa o indirectamente, ligada a la política y eso provoca una falta de confianza de los ciudadanos frente a las instituciones. Pero es más grave la falta de confianza que tienen las instituciones para con los ciudadanos. Nos tratan como a niños de primaria. De hecho, la policía ya pega también a los niños.
¿Cómo reaccionó la gente cuando se estrenó la película en Italia?
Se estrenó en abril. Allí el dossier de prensa era de cuatro volúmenes de 1.000 páginas cada uno. Se creó un enorme debate público y éste provocó que se prestara más atención al juicio que estaba aún en curso. El Gobierno de Mario Monti cambió en el último momento al juez de casación y el juez nuevo confirmó la condena a los policías. Eso ocurrió ya después del estreno. Antes de la película, el juicio no había sido una gran noticia.
¿Eso confirma que el cine tiene una labor social?
Sí, no estoy de acuerdo con mis colegas cuando dicen que el cine ya no tiene la función social de antaño. En algunos momentos las personas que hacen mi oficio y el tuyo tienen que decidir si, frente a la gravedad de unos hechos, lo justo es callarse o utilizar cualquier instrumento que tengan en su mano. Dicho esto, creo que, aunque contando hechos reales, no hay que olvidar que eres un director y que la función del cine es contar historias.
¿Qué querría que sacasen los espectadores de su película?
La contingencia política hace que un español, un italiano o un canadiense, cualquiera, pueda mirar la película en relación con su país. Al salir de la sala, espero que tengan más preguntas que cuando entraron.
¿No le gustaría agitar un poco las conciencias?
Las conciencias están un poco dormidas y, creo, necesitan que se las maltrate un poco, porque con esta somnolencia corremos el riesgo de despertar un minuto después del desastre. Yo confío mucho en el ser humano y creo que se puede salir de esta situación actual. No solo depende de los dirigentes políticos, también depende de nosotros. Tenemos que reaccionar,  si no ¿qué hacemos? ¿Esperar a que caiga el maná del cielo?
El juicio Diaz
Arnaldo Castaro, un hombre de 62 años que fue golpeado por la policía en la Escuela Diaz, declaró a la televisión italiana: "No creo que el Gobierno se procese a sí mismo". Se refería al juicio, que se ha extendido a lo largo de diez años, en el que se investigaron los hechos ocurridos entonces en Génova.
Dos altos funcionarios, entre ellos el ex jefe de la Policía Gianni De Gennaro, fueron condenados a más de un año de cárcel por instigación al falso testimonio pero, a pesar de ello, hoy ambos han sido ascendidos. De Gennaro es actualmente el jefe de los servicios secretos italianos.
Por su parte, Mario Placanica, el carabiniere acusado de haber matado a Carlo Giuliani, fue puesto en libertad alegando "legítima defensa". La versión del juicio decía que Placanica había disparado al aire y que la bala golpeó una piedra que había lanzado un manifestante, que finalmente rebotó contra del rostro de Giuliani, matándole.
Los 44 imputados por las torturas cometidas en el cuartel de Bolzaneto fueron condenados a indemnizar a las víctimas. Antes de llegar al último grado del juicio, 37 de ellos se libraron al prescribir los crímenes.