Amosando publicacións coa etiqueta Guerra de Iraq. Amosar todas as publicacións
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xoves, 11 de abril de 2013

¡Nos están apuntando…!


Jon Sistiaga recuerda a su amigo José Couso con el que se encontraba en Irak cuando murió
El día que mataron a José Couso no escribí ni una sola línea. Ni un solo apunte. Todo fue tan vertiginoso y tan tremendo, que no me dio tiempo. El 8 de abril de 2003 es para mí una hoja en blanco desde que a primera hora de la mañana un tanque nos metiera un obús en la habitación y matara a José. La última frase en mi cuaderno es del día anterior: “Los Marines siguen ahí. Un grupo ha tomado un barracón y descansan apoyándose contra la pared. Están lejos, pero se les ve a simple vista. Parecen jóvenes. Uno de ellos se entretiene tirando piedras de manera melancólica al misterioso río Tigris…”.
Releo ese texto 10 años después, y me vuelvo a preguntar cómo no nos dimos cuenta de que, ese día, el enemigo del periodismo, de la verdad, de la información, no eran los censores iraquíes que nos seguían como sombras, sino los soldados norteamericanos que estaban a punto de tomar Bagdad. Los que teníamos enfrente. Nosotros los veíamos y ellos, al otro lado del río, también nos miraban. Y nos saludaban. “Están apuntando hacia aquí. Nos están mirando”, me dijo José en ese balcón con los brazos en jarras. Miré por el visor de la cámara y vi el cañón del tanque enfocando hacia la habitación. Fue el último plano que hizo Couso que, justo antes de morir, comentó sonriendo: “Esta noche estos se nos presentan en el hotel”.
Pero en algún lugar, en algún puesto de mando, a un general se le hizo insoportable que sus tropas, sus chicos, estuvieran en directo en todas las televisiones del mundo. Que varias cámaras robotizadas grabaran 24 horas al día todo lo que ocurría en Bagdad. Que esa columna de tanques hubiera tenido la mala suerte de entrar a la ciudad por la avenida en la que estaban todas esas cámaras. La guerra en directo. Por eso, el ejército de EE UU fue silenciándolas una a una. La batalla de Bagdad, por si acaso, no podía tener testigos. Las imágenes de la guerra, que se seguían en vivo en los televisores de todo el mundo gracias a la señal que proporcionaban esas cámaras, se fueron yendo a negro. Primero tumbaron la de AbuDabhi TV, que se grabó a sí misma como era fusilada. Después la de Al Yazeera, donde se dejó la vida el periodista Tarek Ayoub, y una hora después, la de la agencia Reuters, la última que quedaba. A partir de ahí, seis horas de oscuridad. Un bloqueo informativo. Un black out. Un apagón. No hubo imágenes de cómo esa columna de blindados cruzaba el puente y tomaba el lado este de la ciudad. De cómo caía Bagdad. No hubo imágenes porque el tanque que destruyó la cámara de Reuters también mató a su operador Taras Prostyuk, y a José Couso, que estaba filmando en el piso de abajo. Y porque el resto de periodistas del hotel Palestina salió huyendo buscando un refugio seguro.
Sí, fue un gaje de nuestro oficio. El oficio de contar la guerra. Sí, fue un crimen de guerra, porque se disparó premeditadamente contra civiles. Y sí, alguien debería responder por haber dado esa orden. Porque si matas al testigo, matas la esperanza, asesinas la verdad y permites la impunidad. Y la muerte de José, mi colega, mi amigo, el walking smile que le llamaba el también asesinado Taras, lleva 10 años impune.

sábado, 30 de marzo de 2013

El exmarine Ryan Endicott: "Me tatué en espalda 'perdónadme, he pecado' por ir a Irak"


La fotoperiodista Jo Metson Scott publica un libro con fotos y testimonios de soldados de los EE UU y el Reino Unido arrepentidos de haber ido a la guerra.
Algunos desertaron y tuvieron que enfrentarse a castigos. Otros hacen campaña en pro del pacifismo y contra la política militar de sus países.
"Mi hermano me repudió públicamente en Facebook", dice uno. "Las medalllas no pueden justificar el sufrimiento y los crímenes", añade otra.
ÁNXEL GROVE. 22.03.2013 – 20minutos.es
La fotoperiodista británica Jo Metson Scott acaba de editar un libro que debería ser enviado como regalo de Pascua —época que, según la teología cristiana, celebra la posibilidad de caminar hacia una nueva forma de vida— a los promotores, ejecutores y cómplices de la Guerra de Irak, una matanza (189.000 víctimas, según cálculos conservadores) montada sobre motivos falsos que se inició hace diez años. The Grey Line (La línea gris) compendia, con fotos y textos, la visión del conflicto de varias decenas de soldados arrepentidos.
El joven de la foto que preside esta pieza se llama Ryan Endicott. Entró en los marines de los EE UU en 2004, cuando tenía 20 años. En 2005 lo destinaron a Irak, donde combatió durante siete meses. En 2008 se largó el Ejército (con honores). Para intentar purgar la culpa que no le daba tregua y las pesadillas que no le permitían cerrar los ojos, se tatuó en la espalda dos manos ensangrentadas y una frase: "Perdonadme, he pecado".
"Las atrocidades en las que participé"
Desde 2009, Endicott es miembro de Iraq Veterans Against the War (Veteranos de Irak contra la guerra), la organización de exsoldados que difunde la falsedad y airea las verdaderas motivaciones detrás de la invasión. La militancia le ha costado cara: "Tras contar las atrocidades en las que participé y de las que fui testigo, mi hermano me repudió publicamente en Facebook. Dejó comentarios diciendo que yo era una marioneta, que me estabann utilizando. Dijo que no me consideraba su hermano, que yo ni siquiera era un hombre".
El caso del exmarine con la culpa tatuada en la espalda es sólo uno de los que ha documentado Metson Scott durante los últimos cinco años. Su libro, que ha editado con toda la intención en el décimo aniversario del comienzo de la guerra, recopila fotos y experiencias de soldados de los EE UU y el Reino Unido a los que utilizaron como carne de cañón y ariete.
La fotoperiodista cruzó varias veces el Atlántico para encontrar y entrevistar a veteranos que "públicamente hayan repudiado la guerra, asumiendo los costes de su postura". Encontró "un creciente movimiento de jóvenes hombres y mujeres que eligieron pelear por su país pero empezaron a cuestionar las órdenes que recibían" mientras en todo el mundo "se ponía en duda la legalidad y moralidad" de la invasión y posterior ocupación de Irak.
Diarios, cartas, emails...
Las fotos adquieren carácter de objetos de redención personal con el material complementario que la autora recogió para The Grey Line: testimonios escritos a mano por los exsoldados, diarios personales, emails, correspondencia enviada desde el frente a la familia y los amigos por estos objetores de conciencia o desertores que tuvieron que hacer frente a castigos penales por abandonar sus unidades o al más que frecuente rechazo y ataque por quienes les consideran antipatriotas.
Garrett Reppenhagen, que se alistó en 2001 y estuvo en Irak durante un año en 2003, cuenta como participó en la matanza de tres civiles, un matrimonio y su hijo, y al llegar al acuartelamiento se planteó un "dilema moral" que no le abandonaba la conciencia: "Era un soldado y llevaba armas encima pero todo el rato deseaba tirarlas al suelo e irme a tomar té y hablar con los maravillosos iraquíes (...) Así que empecé a escribir un blog contra la guerra todas las noches".
Cuando sus actividades fueron rastreadas por la Inteligencia militar, Reppenhagen fue investigado y acusado de poner en peligro las operaciones bélicas. Una vez fuera de la disciplina castrense, fue el fundador de Iraq Veterans Against the War.
"Me habían enseñado a no pensar como un humano"
"Cuando regresé de Irak tuve que drogarme: pastillas contra la ansiedad, la depresión, analgésicos, ansiolíticos... Bebía mucho. Ahora me causa mucha vergüenza recordar aquellos dos años y medio", cuenta Jon Turner, ex marine que peló en Irak en 2005 y 2006. "En Irak vi mucha mierda y no dejaba de pensar como un militar. Todo cambió cuando me empecé a poner en el lugar de los iraquíes. Creo que me habían enseñado a no pensar como un ser humano".
También Josh Steiber, que se alistó a los 18 años y estuvo en Iark 14 meses a partir de 2007, sostiene que la insensibilidad hacia el dolor ajeno era imposible de soportar. "Cada día éramos más duros y salvajes con los civiles (...) Ellos empezaron a atacarnos como respuesta (...) Un día me sorprendí pensando que debía matar a todos los civiles que pudiese, al azar", escribe.
Miedo a los compañeros
Tony Langouranis, que fue destinado a Irak en 2004 como interrogador porque sabía árabe, temió por su integridad por las posibles represalias de sus compañeros. "Quemaban a los detenidos con mecheros, los molían a patadas (...) Quise denunciar lo que pasaba y los mandos no aceptaban mis denuncias. Tenía tanto miedo que no me atrevía ni a ir al comedor".
Una soldado que sólo quiso dar su nombre de pila, Maggie, cuenta que tiró a la basura todas sus condecoraciones de guerra: "Las medallas y banderas no pueden justificar el sufrimiento y los crímense: no quiero esta basura".

xoves, 28 de marzo de 2013

España en Irak: del error al horror


Diez años después del inicio de la guerra de Irak salen a la luz las pruebas del maltrato infligido a dos reclusos locales
El manual del Ejército instaba a utilizar "la violencia mínima imprescindible antes y después de la detención"
Un general que ocupó durante cuatro años el más alto mando de las Fuerzas Armadas solía presumir, con cierta temeridad, de que ninguno de los miles de militares españoles que en el último cuarto de siglo han desarrollado misiones en el exterior ha hecho nada de lo que haya que avergonzarse. Lo decía después de que se conocieran imágenes de marines estadounidenses orinando sobre cadáveres o soldados alemanes mofándose de calaveras en Afganistán. Hasta ahora, se ha visto a los militares españoles repartiendo comida a los niños o curando a civiles en zonas de conflicto. También, aunque menos, se les ha visto combatir. Todo eso lo han hecho. En cambio, no se les ha visto nunca infligir malos tratos a prisioneros. Y muchos preferirían que nunca se les viera hacerlo. Pero eso no significa que no haya sucedido.
El vídeo que hoy difunde EL PAÍS muestra a cinco soldados españoles entrando en una celda. En el suelo, sobre una manta, con dos botellas de agua a su lado, hay un hombre. Uno de los soldados le ordena a gritos que se incorpore. El hombre, postrado, no parece entenderle. A su lado hay otro detenido que a mitad de la grabación, que dura 40 segundos, es arrojado sobre el primero. Tres de los soldados la emprenden a patadas con ambos. Otros dos observan desde la puerta de la celda. Un sexto graba la escena. Uno de los militares los patea con especial saña. En dos ocasiones parece a punto de marcharse, pero se vuelve para descargar toda la fuerza de su bota sobre los cuerpos indefensos. De las víctimas solo se escuchan jadeos y gemidos. Un militar, que durante la paliza se ha quedado mirando desde el quicio de la puerta, comenta al final: "¡Jo! A este se lo han cargado ya".
La escena está grabada en Diwaniya, la base principal de las tropas españolas en Irak, en los primeros meses de 2004. La participación en la guerra de Irak, de cuyo inicio se cumple una década el próximo día 20, tiene algo que la hace radicalmente diferente a la de Bosnia o Afganistán: no solo se hizo sin el aval de la ONU y con la abrumadora oposición de la opinión pública española, sino que llevó a los militares españoles a colaborar con las fuerzas estadounidenses de ocupación. Ante el vacío de poder dejado por la disolución del Estado iraquí y del partido Baaz de Sadam Husein, la llamada CPA (Autoridad Provisional de la Coalición), en la que había oficiales y diplomáticos españoles por decisión del entonces presidente José María Aznar, se convirtió en Gobierno ocupante.
"Para hacer cumplir las leyes impuestas por la CPA" y puesto que "las fuerzas de la coalición representan la ley y el orden en Irak", en septiembre de 2003, solo un mes después de que llegase a Irak la Brigada Plus Ultra, con 1.300 españoles, se distribuyó entre sus mandos un documento de la Sección de Inteligencia del Estado Mayor titulado Procedimiento de detención y actuación con el personal detenido. La guía, a la que ha tenido acceso EL PAÍS, ordenaba que "durante y después de la detención se empleara la violencia mínima imprescindible" y que se mantuviera "en todo momento el respeto a los derechos del detenido". Los motivos para practicar una detención eran muy amplios. "Cualquier persona puede ser detenida si crees que representa una amenaza contra las fuerzas de la coalición" o si "tienes la sospecha razonable de que ha cometido un delito", se instruía a los militares. El manual incluía un catálogo de derechos del detenido y advertía de que "no podrá invocarse circunstancia alguna como justificación de la tortura o de otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes". Tampoco nadie podía ser sometido, "durante su interrogatorio, a violencia, amenanazas o cualquier otro método de interrogación que menoscabe su capacidad de decisión o juicio". Lo que no existía es control judicial alguno, y el propio manual confiaba en "el buen juicio y sentido común" del oficial al mando.
Los detenidos por delitos comunes eran entregados a la policía local iraquí, a través de la policía militar de EE UU; mientras que los detenidos por delitos contra la coalición (es decir, los insurgentes) eran conducidos al Centro de Detención de Brigada de Base España.
Los papeles de Wikileaks sobre la guerra de Irak, difundidos en otoño de 2010, incluyen dos referencias a este centro de detención, al que denomina Detention Facility. En uno de ellos, de 7 de enero de 2004, se alude a un registro de una casa en el noroeste de Diwaniya, donde se encontraron armas "que podrían ser usadas contra las fuerzas de la coalición". Un hombre y una mujer fueron arrestados, y el primero, conducido a Base España "para ser interrogado en profundidad". El segundo, fechado el 11 de febrero de 2004, da cuenta de un atentado con un artefacto adosado a una bicicleta contra militares españoles que patrullaban a pie en Diwaniya. La explosión causó seis heridos, y dos presuntos insurgentes fueron llevados a Base España "para un interrogatorio adicional".
Según testigos consultados por EL PAÍS, el centro de detención era un barracón con cinco celdas situado a la entrada de la base, cerca del edificio del cuerpo de guardia. El manual disponía que en cada calabozo hubiera un camastro, aunque en la filmación no aparece cama alguna, a lo sumo una manta o una fina colchoneta sobre el suelo de cemento. En varias operaciones se capturó a más de cinco insurgentes, lo que obligaba a compartir celdas. En total, varias decenas de iraquíes pasaron por el Detention Facility español.
La custodia de los prisioneros estaba a cargo del cuerpo de guardia; una sección de 30 hombres encargada de la vigilancia de la base. El oficial al mando registraba las entradas y salidas de los detenidos. Los soldados se encargaban de entregarles la comida, acompañarles al aseo e impedir la entrada a quien no estuviera autorizado. El problema es que los miembros del cuerpo de guardia carecían de formación para custodiar detenidos. Es más, este cometido lo hacían en turnos de 24 horas y lo alternaban con la escolta de convoyes o las patrullas. Es decir, un soldado que hubiera sido objeto de un ataque podía estar al día siguente custodiando a su presunto agresor."La tentación de tomarte la justicia por tu mano era grande", reconoce un soldado que estuvo en Irak.
Las tropas españolas llegaron en misión "de paz, reconstrucción y ayuda humanitaria" a una "tranquila zona hortofrutícola", como calificó el entonces ministro de Defensa, Federico Trillo, las provincias iraquíes de Al Qadisiya y Nayaf, donde se desplegó la Brigada Plus Ultra, para la que se reclutaron también contingentes centroamericanos. En solo 10 meses de misión, de agosto de 2003 a mayo de 2004, España sufrió 11 bajas mortales en Irak.
El conflicto abierto estalló cuando el imán chií Múqtada al Sáder rompió con las nuevas autoridades y llamó a sus fieles, agrupados en el Ejército del Mahdi, a la guerra santa contra las fuerzas de la coalición. Para los españoles no fue una sorpresa. En el manual de área elaborado en junio de 2003 por el Centro de Inteligencia y Seguridad del Ejército de Tierra (CISET) ya se advertía de que Al Sáder "es el más peligroso para los intereses de la coalición internacional, por su intención declarada de establecer un Estado islámico".
Los jefes de la brigada española intentaron mantener un difícil equilibrio entre las distintas facciones e incluso se opusieron a que se desmantelase por la fuerza un tribunal islámico en Nayaf. Pero la intervención unilateral de las tropas norteamericanas, que detuvieron al lugarteniente de Al Sáder sin informar siquiera al mando español, avivó un incendio que ya no sería posible apagar. El 4 de abril de 2004 fue atacada por una multitud en armas la base Al Andalus, el destacamento español en Nayaf. En los siguientes 50 días se produjeron 40 acciones de combate; con un muerto (del batallón salvadoreño, que compartía base Al Andalus con los españoles) y 21 heridos por parte de la Brigada Plus Ultra, y al menos ocho muertos y 23 heridos del lado de la insurgencia. Sobre la base de Diwaniya llovieron al menos 227 proyectiles de mortero, sin causar bajas, aunque uno cayó en el tejado del alojamiento femenino. Los dos prisioneros golpeados en la grabación habrían sido detenidos con material de mortero.
En este clima de creciente tensiуn imperaba la ley del silencio en algunas unidades, sobre todo en las más pequeñas, donde la relación entre mandos y tropa era más estrecha. "Si alguien intentaba matar a uno de mis soldados y él disparaba primero, yo no le pedía muchas explicaciones", recuerda un suboficial.
En teoría, los detenidos debían permanecer en Base España un máximo de 72 horas. Estaba previsto habilitar una zona en la prisión de Diwaniyah para el internamiento preventivo de los insurgentes por un periodo de hasta 15 días, pero este proyecto nunca se puso en marcha, por lo que la única manera de sacarlos de la base era ponerlos en libertad o trasladarlos a la cárcel de Abu Ghraib, tristemente famosa por las vejaciones y torturas a las que fueron sometidos los allí presos. Pero ni siquiera esto resultaba fácil. Según reconoce un antiguo mando del contingente español, no siempre se podía organizar un convoy para llevar prisioneros a Bagdad y, además, Abu Ghraib estaba saturada, por lo que los estadounidenses intentaban que los prisioneros se quedaran en las brigadas el mayor tiempo posible.
Dos sucesos vinieron a complicar aún más el trato con los detenidos: el primero fue el asesinato de los siete agentes del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), que cayeron en una emboscada en la carretera que unía Diwaniyah y Bagdad el 29 de noviembre de 2003. Desde ese momento, el servicio de inteligencia se quedó sin un equipo permanente en zona. Los agentes secretos viajaban periódicamente a Irak, pero su máxima preocupación era investigar la muerte de sus compañeros. El manual sobre detenciones les atribuía el cometido de realizar un "interrogatorio adicional [...] cuando las características del detenido o la información que nos pueda estar negando lo aconsejen".
El segundo suceso fue el asesinato del comandante de la Guardia Civil Gonzalo Pérez, quien recibió un balazo en la cabeza cuando dirigía una redada contra una banda de delincuentes comunes en la localidad de Hamsa, a 40 kilómetros de la base. El 3 de febrero de 2004, después de 13 días en coma, falleció en Madrid.
En la terminología de la coalición, el comandate Gonzalo Pérez era el Provost Marshall, de quien dependía la liberación de un detenido o su traslado a Abu Ghraib. "El Provost Marshall será el responsable de la coordinación de todos los elementos implicados en el proceso [de captura, custodia y entrega de insurgentes] y la corrección del mismo", decía el manual.
La brigada contaba también con un experto en Derecho, un oficial del Cuerpo Jurídico Militar, pero el protocolo de detenciones no le asignaba ningún papel decisorio: "El Aseju [Asesor Jurídicio] informará cuando sea requerido acerca de la pertinencia de la detención llevada a cabo y también sobre las acciones subsiguientes que procedan".
Solo se conoce una denuncia por malos tratos contra el contingente español. La del iraquí Flayeh Al Mayali, que fue detenido el 22 de marzo de 2004 como "cooperacdor necesario" en el asesinato de los agentes del CNI, de quienes era traductor. El 27 de marzo -sobrepasado de largo el plazo de detención de 72 horas- fue trasladado a Bagdad. Cuando en febrero de 2005, libre de cargos y sin haber sido juzgado, salió de Abu Ghraib reivindicó su inocencia en declaraciones a El Heraldo de Aragón y aseguró que, durante su interrogatorio en Base España, le pusieron una capucha, le ataron las manos a la espalda y le pegaron. De noche, no le dejaban dormir y en el viaje a Bagdad le insultaron y golpearon con fusiles, agregó. "Recibí un trato inhumano y degradante, como si fuera un perro".
Las denuncias de Al Mayali nunca se investigaron. El Ministerio de Interior le prohibió la entrada en España y Defensa ni siquiera informó de su detención, como era preceptivo, al juez de la Audiencia Nacional Fernando Andreu, a pesar de que apenas un mes antes había archivado provisionalmente la causa por el asesinato de los siete agentes del CNI debido a la ausencia de autor conocido.
El general Fulgencio Coll, que estuvo al mando de la Brigada Plus Ultra II y luego fue jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, asegura que no tuvo "en absoluto" ninguna noticia de que en Base España se maltratase a algún detenido y aún hoy se niega a creerlo: "Tengo plena confianza en la gente que estaba a mis órdenes". Reconoce que la custodia de detenidos "no era una misión que nos gustara, pero hubo que asumirla". Eso sí, sus instrucciones eran "cumplimentar cuanto antes el atestado y meterlos en el primer convoy para Bagdad". Mantenerlos en la base era un problema añadido para un contingente que ya estaba "sobrecargado de trabajo" y no daba abasto para cumplir todas las misiones encomendadas.
José Bono, ministro de Defensa en el primer Gobierno de Zapatero, asegura que desde el momento en que tomó posesión de su cargo tuvo hilo directo con el contingente español en Irak y no le consta que se produjera ningún caso de maltrato. "No puedo asegurar rotundamente que no sucediera antes, pero estoy convencido de que a mi antecesor [Federico Trillo] no le llegó esa información", alega.
Bono tenía otros motivos para preocuparse. Nada más aterrizar en La Moncloa, el 18 de abril de 2004, Zapatero le mandó la inmediata retirada de las tropas españolas de Irak. Bono tuvo una tensa conversación con el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld -quien le recriminó haberse enterado de la noticia a través del secretario de Estado, Collin Powell- y algo más que un roce con el jefe del Ejército de Tierra, el general Luis Alejandre, quien le daba la impresión de resistirse a cumplir sus ordenes. La relación con EE UU no se recuperó hasta la salida de Bush de la Casa Blanca, ya en enero de 2009, mientras que el desencuentro con Alejandre acabaría llevado a su destitución, junto al resto de la cúpula militar, en junio de 2004.
La Operación Jenofonte (la retirada de Irak) no duró diez días, como quería Bono, sino casi un mes, pero el 21 de mayo cruzó la frontera con Kuwait el último de los militares españoles. Para ellos estaba claro que no venían de una misión de paz, como sostuvo hasta el final Trillo, sino de un conflicto duro y cruel del que ninguno de sus principales protagonistas salió completamente inmaculado. La conducta de un grupo de bárbaros de uniforme, amparados en la impunidad de la noche y la indefensión de sus víctimas, no debe empañar la imagen de las Fuerzas Armadas y ni siquiera salpicar a los más de 5.000 militares españoles que cumplieron con su deber en Irak, pero ignorar el horror solo conduciría a repetir el error. –
Cronología de la guerra
No a la guerra. Miles de ciudadanos se lanzaron a las calles a principios de 2003 para intentar evitar que Estados Unidos atacara Irak. Las manifestaciones fueron masivas en España. El Gobierno de George W. Bush afirmaba que Irak poseía armas de destrucción masiva y tenía lazos firmes con Al Qaeda. El 5 de febrero, su secretario de Estado, Colin Powell, había presentado ante el Consejo de Seguridad de la ONU los “hechos”. Irak debía expiar las muertes norteamericanas en los atentados del 11-S. Era el preludio de una guerra que ocasionó miles de muertes y que se fundamentó en una mentira.
Cumbre de las Azores. El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, se reúne con el de España, José María Aznar, y los primeros ministros de Reino Unido, Tony Blair, y de Portugal, José Manuel Durão Barroso. Los mandatarios deciden lanzar un ultimátum a Sadam el 16 de marzo. Mientras tanto, países como Francia, Alemania o Rusia piden prudencia.
Comienza la invasión. Fue el 19 de marzo de 2003, el martes hará 10 años. El presidente Bush promete el ataque a objetivos concretos para desarmar Irak y liberar a su gente. Hasta abril, se libra una guerra convencional, liderada por tropas estadounidenses y británicas, acompañadas de efectivos de una coalición de países. Los primeros soldados españoles llegaron el 30 de julio. Hubo 11 bajas.
Cae Bagdad. En abril los tanques norteamericanos llegan a la capital de Irak. Ciudadanos y soldados estadounidenses derriban la descomunal estatua de 12 metros que se alzó en honor de Sadam en la plaza del Paraíso. Bush declara la victoria en mayo, lo cual no significa una declaración legal del fin de la guerra, que tampoco tuvo un inicio oficial.
Captura de Sadam. Estados Unidos anuncia que ha capturado a un desaliñado Sadam Husein al sur de Tikrit, su ciudad natal, el 13 de diciembre. Se hallaba oculto en un zulo. Será juzgado por un tribunal iraquí y ahorcado por crímenes contra la humanidad en diciembre de 2006.
Los abusos de Abu Grhaib. La cadena CBS y The New Yorker destapan los abusos de soldados estadounidenses hacia los prisioneros en la cárcel de Abu Grhaib. En 2010 WikiLeaks difunde 400.000 cables del Gobierno estadounidense que dejan al descubierto más aspectos oscuros del conflicto.
España retira sus tropas. Tan solo un día después de su toma de posesión como presidente del Gobierno español, el 18 de abril de 2004, José Luis Rodríguez Zapatero informa de la retirada de las tropas españolas en Irak. El repliegue se completa en mayo.
Se recrudece el conflicto. A finales de 2003, los insurgentes contraatacan y comienzan las luchas entre milicias rivales. El conflicto se agudiza con los enfrentamientos entre suníes y chiíes. Ante el fortalecimiento de la resistencia, EE UU envía nuevas tropas al comienzos de 2007.
Retirada de EE UU. Barack Obama anuncia que la retirada de las tropas de combate se hará el 31 de agosto de 2010. Se quedan 50.000 soldados como fuerzas de transición. Alrededor de un millón habían servido en Irak desde 2003. La misión de EE UU en Irak pasa de ser llamada Operación Libertad Iraquí a Nuevo Amanecer. El 18 de diciembre de 2011 se marchan los últimos 500 soldados. Dejan atrás un país en ruinas.