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xoves, 15 de decembro de 2011

Argentina agranda la leyenda del gallego Soto


El Museo de la Emigración abre una sala dedicada al histórico sindicalista
JOSÉ LUIS ESTÉVEZ - Buenos Aires - 08/12/2011
El pasado martes se inauguró en el Museo de la Emigración Gallega (Mega) de Buenos Aires una sala que contiene fotografías, documentos, objetos personales y paneles explicativos sobre la figura de Soto, el hombre que hace 90 años protagonizó un levantamiento obrero en la Patagonia contra los estancieros que mantenían en condiciones cercanas a la esclavitud a sus trabajadores. Soto llegó a encabezar un grupo de 600 trabajadores que se enfrentó al Ejército enviado para reprimir la revuelta. Se vio obligado a huir a Chile, cruzando la cordillera de los Andes. Milagrosamente salvó la vida, lo que no ocurrió con cerca de 1.500 obreros que murieron a manos de los militares.
Isabel Soto viajó desde Chile a Buenos Aires para estar presente en el homenaje a su padre, organizado por la Federación de Sociedades Gallegas (FSG), que es la impulsora del Mega. La mayor parte de los fondos exhibidos en la nueva sala han sido cedidos por la hija del sindicalista. "Este es el lugar apropiado para que estos objetos sean exhibidos ya que mi padre siempre ejerció de gallego y ni siquiera quiso adquirir la nacionalidad chilena pese a tener derecho a tenerla. Él me enseñó la lengua gallega e incluso escribía poemas dedicados a Rosalía", indicó Soto. No es casualidad que los sucesos en la Patagonia coincidiesen en el tiempo con la creación de la FSG, que en noviembre también cumplió 90 años y que se ha distinguido a lo largo de su historia por su compromiso con las ideas de izquierda y con la causa republicana. Precisamente el martes también se abrió en el Mega una nueva sala dedicada a la II República.
El subdirector del museo, Miguel Chiloteguy, explicó durante el acto inaugural que a partir de ahora se abre una nueva línea de investigación que se centrará en la aportación de los emigrantes y exiliados gallegos al movimiento obrero argentino. Soto no fue el único gallego que participó en los acontecimientos de la Patagonia y la presencia de sus paisanos fue clave para entender la evolución del sindicalismo en Argentina en gremios como el del transporte. En la nueva sala se exhibirán documentales sobre la presencia de los emigrantes en el movimiento obrero argentino.
La vida de Soto tiene tintes épicos, y los hechos ocurridos en 1921 ya inspiraron una película famosa en Argentina titulada Patagonia rebelde, que cuenta con guión del reconocido historiador Osvaldo Bayer. El filme se rodó en 1974 pero no pudo exhibirse en Argentina hasta la llegada de la democracia en 1984. Soto nació en Ferrol en 1897 y llegó a Argentina con tan solo 15 años. Pese a las muchas privaciones sufridas en sus inicios, acabó convirtiéndose en un destacado líder sindical. Tras su huida a Chile, vivió en ese país hasta su muerte en 1963 en Punta Arenas. Después de los sucesos de la Patagonia, siguió fiel a sus ideas y llegó a fundar el Centro Republicano Español, el Centro Gallego y la filial de la Cruz Roja en Punta Arenas.
La figura de Soto se identifica en Argentina con el nacimiento de las ideas de izquierda en el país. Los hechos de la Patagonia siguen provocando controversia y hace apenas unos meses el suplemento cultural de Clarín, el diario más leído en Argentina, dedicó numerosas páginas durante semanas a un intenso debate entre historiadores e intelectuales sobre la adscripción de Soto al comunismo o al anarquismo. La última en hablar sobre el tema ha sido su hija Isabel, quien concluyó que su padre siempre fue fiel al ideario comunista y nunca se alineó con el anarquismo.

mércores, 8 de setembro de 2010

Regreso a 'Little Spain'



ANDREA AGUILAR - Nueva York
EL PAÍS - Cultura - 05-09-2010

Llegaron a Nueva York en busca de un futuro mejor a finales del siglo XIX y principios del XX. El desastre del 98 y la pérdida de Cuba les empujó hacia Estados Unidos. Eran fogoneros, estibadores, sombrereros, niñeras o jornaleros, en su mayoría procedentes del norte de España. "Eran indianos en potencia", explica el catedrático de la New York University, James D. Fernández. Pero la gran mayoría no regresó a sus aldeas para construir bellas casas y plantar palmeras: la guerra y la posguerra les retuvo en la metrópolis norteamericana.

La mayoría de españoles vivía en cuatro barrios: Spanish Harlem, Brooklyn Heights, en la parte oeste de la calle 14 y en el Lower East Side. Precisamente en esta última zona, en las inmediaciones del puente de Manhattan creció Dolores Sánchez, hija de una pareja de gallegos que se conoció en Nueva York a principios del siglo XX y cuyas fotos familiares se incluyen en la muestra. "Había un grupo grande de españoles, sobre todo asturianos y gallegos", recuerda en conversación telefónica. "Yo coincidía con los niños en la escuela". En el año 1932, Dolores viajó por primera vez a Galicia con su madre. El advenimiento de la República animó a sus padres a regresar a la patria, pero tras seis meses allí, la madre de Dolores decidió que la situación en España era demasiado inestable y regresó a Nueva York para reunirse con su esposo.

En la boda de otro miembro de la colonia conoció Dolores al que sería su esposo, Manuel Alonso, hijo de asturianos. "Con la Gran Depresión mi padre decidió sacarnos de la ciudad e ir al campo. Nos fuimos a Walkill a una granja", recuerda Manuel. En verano alquilaban algunas de las habitaciones de la casa a paisanos que querían alejarse unos días de la ciudad y se instalaban en las llamadas villas de los catskills españoles, que a mediados de los sesenta se convirtieron en importantes centros de música latina. En invierno, Manuel y su familia se reunían con otros granjeros españoles de la zona para celebrar, por ejemplo, las matanzas de San Martín. "Mi padre nunca regresó a España, pero estaba muy orgulloso de sus orígenes y su cultura", dice Manolo. "Toda la vida leyó a los clásicos españoles". La pasión por la literatura española empezó en Florida. El padre de Manolo antes de llegar a Nueva York pasó por Cuba y por Tampa, allí, mientras liaba puros en una tabaquera escuchaba a un lector recitar las noticias de la prensa y leer a los clásicos. "Muchos inmigrantes llegaron a Nueva York procedentes de Cuba y Florida, y por eso sus registros no constan en Ellis Island", explica el catedrático Fernández.

El novelista y director del Instituto Cervantes en Nueva York, Eduardo Lago, se topó con la enigmática historia de la colonia a finales de la década de los ochenta. Recabó en el bar de un español que había llegado a la ciudad en 1919. "Al principio el bar estaba junto a los muelles de Brooklyn, pero cuando la actividad comercial cesó allí, lo trasladó a Atlantic Avenue y allí nos reuníamos un grupo de artistas, músicos, escritores y pintores", recuerda. Muchas de las historias que escuchó en aquel local de boca del anciano español que lo regentaba acabaron en su novela Llámame Brooklyn, ganadora del Premio Nadal en 2006. "El pasado de la colonia se me fue revelando poco a poco, a través de encuentros con personajes que no eran famosos, pero cuya relación con la ciudad era larga e intensa", explica Lago.

En 1922 cambiaron las leyes de inmigración a Estados Unidos y el flujo migratorio cayó. Unos años después, tras la Guerra Civil, los inmigrantes que llegaron pasaron a ser exiliados, refugiados políticos. La historia de los primeros españoles neoyorquinos quedó diluida. Hoy la nueva población de españoles en Nueva York está constituida por profesionales. "Hay cerca de 14.000 registrados", escribe Fernández en las notas de la exposición. "Tienen alto nivel educativo y no hay un sentido estricto de comunidad, ya que se trata más bien de individualidades fuertes, muchas de ellas con éxito en sus áreas de trabajo, desconectadas de otros españoles", añade Lago. Los vestigios de aquel pasado apenas son reconocidos, aunque los botes de Café Bustelo y las conservas de Goya, dos empresas fundadas por españoles a principios de siglo, se encuentran en toda la ciudad.

sábado, 16 de xaneiro de 2010

El viaje de Kalilu


OTRAS MIRADAS

ALBERTO FERNÁNDEZ LIRIA- PÚBLICO- 15/1/10

Jefe del servicio de Psiquiatría del Hospital Príncipe de Asturias y profesor asociado de la Universidad de Alcalá

El viaje de Kalilu. Cuando llegar al paraíso es un infierno; de Gambia a España: 17.345 km en 18 meses, el relato de Kalilu Jammeh publicado en la Editorial Plataforma, representa el primer intento descarnado de colocar, ante los ojos del lector europeo, el horror de una experiencia en la que sólo sobrevive un 5% de quienes la emprenden. Una experiencia que cuestiona la idea de ser humano en la que nos complace reconocernos. Una experiencia que, a pesar de que anega hasta nuestros previsibles telediarios, nos empeñamos en ignorar con una ignorancia que sólo puede compararse a la de los vecinos de Auschwitz, que aseguran que nunca se preguntaron qué producía aquellos humos en los que se estaban convirtiendo entonces cuatro millones de judíos y 19.000 gitanos. Exactamente como no nos preguntamos nosotros qué ha hecho que la población de tiburones se desplace de sus caladeros habituales en el Atlántico o que las arenas del Sáhara se hayan poblado de osamentas humanas.

La novela Si esto es un hombre de Primo Levi, sobre su experiencia de superviviente de Auschwitz, inaugura lo que podríamos considerar casi un género: el de la literatura sobre el holocausto, que enfrenta dos dilemas fundamentales.

El primero de estos dilemas se refiere a la posibilidad de narrar lo inenarrable que confronta a quien lo intenta con la radical soledad que supone saber que después de contarlo todo, lo esencial de la experiencia sigue sin ser contado. La de quien comprende que quien lo escuche seguirá sin comprender qué le pasó. La del narrador que se quedará sin sentir que el otro puede sentir lo que él siente. Que quedará seguro de que el otro no puede realizar esa operación de ponerse en su lugar a la que llamamos empatía. O sea, de que esta experiencia, más allá del sufrimiento que haya supuesto en ella misma, le ha excluido del género humano que sigue viviendo como si aquello no hubiera pasado porque, en realidad eso sólo le ha pasado a él.

El deber de contarlo

Primo Levi fue capaz –como hizo también el psiquiatra Viktor Frankl, autor de El hombre en busca de sentido– de escribir su libro en 1946; es decir, inmediatamente después de regresar a Italia (si es que a lo que sucede cuando una vuelve al lugar geográfico en que vivió antes de este tipo de experiencias se le puede llamar regresar). E hizo del deber de narrar –para que se supiera, para que no se repitiera…– el leitmotiv de su vida. Amery, Steiner o Semprún no pudieron escribir hasta 20 años después, según nos cuenta este último, porque hubieron de elegir entre el intento –por otro lado, imposible– de contar y el de vivir, que entendieron eran incompatibles.

El segundo dilema se refiere a qué hacer con la experiencia una vez que ha pasado. Algo en lo que entrará en juego una amalgama de memoria, culpa, perdón, resentimiento, aprendizaje, verdad, justicia, reparación… frente a los que los autores de este extraño género se han posicionado de forma diversa y han polemizado con amargura. Y levantará una pregunta fundamental que plantea el mismo título del primer libro de Levi.

En qué medida es posible sentirse humano en esa experiencia y, aún peor, a qué humanidad nos remitiría esa condición de humano, cuando lo que ha sucedido ha podido suceder a manos de seres humanos y ante la mirada indiferente de seres humanos.

Los escritos de Levi y Frankl nos hicieron entrever el interior de los vagones de ganado, el hacinamiento de los cadáveres, la intimidad con el miedo, la traición, la culpa, los niños a la puerta de la cámara de gas y la recogida de cadáveres y enseres después de una sesión, y nos hicieron familiarizarnos con términos como lager, kapo, Häftling, sonderkommando o Musselmann. Era necesario saber que eso ocurrió para poder discutir después qué significa.

Un nuevo holocausto

Kalilu Jammeh coloca ante nuestros ojos al menos la sombra de la misma intimidad con los cadáveres, la misma necesidad de retirar la mirada de quien va a morir para poder vivir, mujeres a las que se les abre el vientre para acceder al dinero que se habían tragado antes de ser violadas, madres que arrojan al suelo del desierto a sus bebés no mucho antes de caer exhaustas y morir sobre ese mismo suelo, personas alegrándose de poder beber al menos orina con azúcar… Y nos confronta con el léxico del nuevo holocausto con sus gidos, sus Kocseurs y sus combates…

Hay una diferencia entre Kalilu Jammeh y Levi o Frankl. Estos últimos escribieron cuando la guerra que puso fin al Holocausto había terminado. El nuevo holocausto está sucediendo ahora. Y gracias a gente como Jammeh –o por su culpa– nos va a ser mucho más difícil disculparnos frente a nosotros mismos y nuestros hijos con la excusa de no habernos enterado que creer a los vecinos de Auschwitz que dicen que no sabían, o no llegaron a preguntarse, qué producía el humo que impregnaba de aquel olor la atmósfera de su tranquilo pueblo.

domingo, 3 de xaneiro de 2010

Las raíces gallegas de La Boca


Arqueólogos argentinos reconstruyen la barraca de un emigrante de Bouzas

JOSÉ LUIS ESTÉVEZ - El País - 02/01/2010

La Boca del Riachuelo, barrio portuario de Buenos Aires, es una de las imágenes que suelen venir a la mente cuando se piensa en los lugares señeros de la capital argentina. El club de fútbol que toma el nombre de la barriada, Maradona y las casas de madera pintadas que construyeron los emigrantes genoveses en el siglo XIX se han convertido en las señas de identidad de La Boca. Lo que muchos no saben es que entre los primeros asentamientos de la zona (a un kilómetro del famoso Caminito) se encontraba una barraca que el empresario gallego Francisco de la Peña y Fernández, procedente de Bouzas, construyó en el año 1774. Todavía se conservan los cimientos de aquel primer emplazamiento que en los siglos posteriores dio lugar a la construcción del complejo de naves que hoy se llama Barraca Peña, en honor a su creador.

En los últimos tiempos, el Ministerio de Cultura de Buenos Aires se ha decidido a recuperar una zona que es historia viva de la ciudad y la barraca está en camino de convertirse en un museo, aunque su estado actual todavía es precario. El arqueólogo Marcelo Weissel Alvárez, cuyos apellidos delatan el doble origen alemán y gallego, está al frente del proyecto de rehabilitación del complejo y explica el interés del ayuntamiento porteño por convertir la barraca en un centro de interpretación de la historia del Riachuelo, una zona que fue decisiva para la construcción de la Buenos Aires actual.

Weissel ha reconstruido la historia de la barraca y apunta que Peña y dos de sus hermanos llegaron al entonces Virreinato del Río de la Plata con la intención de comerciar con cueros y otros enseres. Sirvió inicialmente como almacén y así lo indican los restos de cueros encontrados. Curiosamente la barraca de origen gallego acabó en manos de la familia alemana Bunge, cuando una de las hijas de Francisco Peña, Genara, se casó con el entonces cónsul de Prusia Carlos Bunge. Pese a ello la barraca conservó el apellido gallego que la distingue. La zona en la que se ubicaba la barraca fue creciendo poco a poco y a principios del siglo XIX comenzaron a llegar muchos genoveses que se establecieron en las inmediaciones.

En 1865 el ferrocarril llega al Riachuelo y la Barraca se convierte en un lugar de recepción de mercaderías de ultramar y de la cuenca del Río de la Plata. Las construcciones que sobreviven son de esa época y fueron diseñadas por Emilio Vicente Bunge, quien llegaría a ser intendente de Buenos Aires a finales de ese siglo. El complejo se compone de un antiguo almacén, un galpón para prensar y almacenar lana y otro con diversos usos. Esa fue la edad de oro del comercio lanar y una etapa básica para la construcción de un país que en las primeras décadas del siglo XX llegó a ser uno de los más avanzados del mundo.

Durante la primera mitad del siglo pasado la Barraca fue gestionada por el ferrocarril y posteriormente es expropiada por el Gobierno de Perón. La ola de privatizaciones que vivió Argentina durante la etapa del presidente Carlos Menem también llegó a este complejo que acabó en manos de una empresa hormigonera, que todavía está instalada junto a los terrenos que ocupa la Barraca. A finales de 2006 volvió a manos públicas y ahora pertenece al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Si los planes del equipo de Marcelo Weissel salen adelante, en unos años el lugar puede llegar a convertirse en un punto importante para explicar la historia de la capital argentina desde el mismo lugar en el que comenzó a crecer la ciudad.

El arqueólogo explica que bajo las baldosas de la Barraca Peña se esconde el ADN de Buenos Aires. Se ha encontrado numerosa documentación que permite reconstruir la historia de esta zona. El propio Weissel dirige el equipo que encontró hace un año los restos de un barco mercante español del siglo XVIII en la cercana zona de Puerto Madero, uno de los lugares más exclusivos de la Buenos Aires actual. Los voluntarios que trabajan en la Barraca han solicitado que el barco pueda ser trasladado hasta el complejo para formar parte del futuro museo que se construirá en la zona. La decisión todavía no está tomada pero sin duda que sería un importante espaldarazo para la recuperación definitiva de la Barraca Peña.

De lo que apenas se sabe nada es del origen de aquellos primeros gallegos con espíritu emprendedor que pusieron los cimientos para la creación de una de las capitales más importantes de Latinoamérica. Queda pendiente una investigación sobre los Peña que dan nombre a la barraca. Buenos Aires fue construida por los gallegos prácticamente desde el principio, frente a los que pensaban que la influencia gallega comenzaba con los grandes fenómenos migratorios de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

mércores, 16 de decembro de 2009

Hai corenta anos, na Habana


O 15 de decembro de 1969 nacía en Cuba, a iniciativa de Neira Vilas, o Fondo Gallego, destinado a estudar a presenza galega na illa

XOSÉ NEIRA VILAS. Galicia-Hoxe, 15-12-09

Foi o 15 de decembro de 1969. Van alá corenta anos. No salón de actos do Instituto de Literatura e Lingüística (ILL) da Habana nacía unha Sección Galega. A nosa emigración masiva á Illa findara máis de tres décadas atrás. As sociedades íanse extinguindo xunto cos asociados. Pasara máis de medio século de iniciativas como a da Academia Galega e do Himno Galego. Eu procedía de Buenos Aires, daquela época esplendorosa para a nosa cultura. Quixen botar a andar un centro cultural destinado a estudar a presenza galega en Cuba dende o século XIX e a divulgar os nosos valores: historia, literatura, arte, tradicións. Nada. Era como sementar na area. Todo estaba esgotado.

Foi nesa que pensei na creación dunha Sección Galega nalgunha entidade cultural. Algo que eu mesmo puidese atender. Cadraron varias cousas. Unha que Cuba era sensible en canto a coñecer as súas raíces, investigar o seu pasado, saber que materia étnica, lingüística, cultural conformaba a súa nacionalidade. Era pois sensible ante iniciatias deste carácter.

Cadrou tamén que eu traballaba no Ministerio de Industrias, como especialista de organismos internacionais, a só cincuenta metros do Instituto de Literatura e Lingüística, e amistara co seu presidente, o profesor e ensaísta Jose Antonio Portuondo. Propúxenllo a el e aceptou inmediatamente, coa condición de que eu me ocupase da dita Sección. Facilitáronme un local cos medios mínimos para traballar. En canto ó persoal fun conseguindo voluntarios: unha exiliada brasileira, un locutor xubilado, un estudante búlgaro, e máis tarde dúas ou tres "insertadas" universitarias de Filoloxía e de Historia que debían facer algunhas horas de prácticas semanais. Contei tamén cun exiliado galego.

Finalmente, o ILL cedeume unha bibliotecaria-investigadora. A todos tiven que explicarlles que é Galicia, onde se atopa, a súa significación histórica, cultural, etc. E falarlles da nosa emigración e as súas achegas esenciais en Cuba. Eu alternaba o meu traballo no Ministerio co da Sección Galega (esta última só o facía por patriotismo, é dicir, sen remuneración ningunha).

Ocupeime desta Sección durante 22 anos, é dicir, ata que me radiquei en Galicia, con Anisia, a miña compañeira, en 1992. Imposible enumerar aquí todo o noso labor, intenso e diverso. De primeiras, a biblioteca que se enriqueceu cos fondos que pertenceran ó Centro Galego, sobre todo no que se refire á hemeroteca, coas coleccións ben caudadas das publicacións periódigas galegas de Cuba. Cando faleceu o profesor ourensán Antonio do Campo xestionamos que os fillos nos cedesen a súa biblioteca, acaso unha das máis nutridas, en canto a Galicia, de toda América.

Outro bibliófilo foi Adolfo Calveiro, que a doou completa cando deixou Cuba. E moitos outros, en menor volume, así como sociedades que se foron extinguindo (neste caso comprenden tamén libros de actas, correspondencia, programas de actividades...) Ditáronse conferencias sobre Rosalía, Valle Inclán, Fontenla, Curros, La Sagra, Concepción Arenal. Eu ditei dous cursos de Lingua e Literatura galegas no Instituto de Idiomas Abraham Lincon.

Montáronse exposicións sobre Castelao, Seoane, a emigración galega, unha homenaxe de poetas e pintores nosos dedicada ó Che; fixéronse índices de revistas e semanarios galegos; investigouse a presenza de voces galegas na fala de Cuba, e os personaxes galegos na obra literaria de autores cubanos. Investigouse o paso pola Illa de figuras como Virginia Felicia Aubert, Castelao, Curros, Arturo Souto, Blanco Torres e moitos outros.

No plano internacional mantiñamos relacións con Universidades e centros de investigación de América e de Europa, e en Galicia coa Fundación Penzol, a Real Academia Galega, a Universidade de Santiago, etc.

Dende Cuba (moito antes das cátedras creadas e patrocinadas pola Xunta de Galicia), logramos que se ensinase lingua e literatura galegas nas Universidades de San Petersburgo (daquela Leningrado), baixo a dirección do profesor Zacarías V. Plavskin; e en Alemaña, na Universidade de Leipzig, a cargo do prestixioso filólogo Klaus Bochmann. O "Fondo Gallego", como se denomina actualmente, está coidadosa e intelixentemente atendido pola investigadora Yolanda Vidal, como un departamento máis do Instituto que dende hai algúns anos dirixe a Dra. Nuria Gregori. Grazas a ese fondo, o Centro Ramón Piñeiro publicou varias revistas galegas de Cuba en edición facsímile.

En 2008, coincidindo coa Feira Internacional do Libro da Habana, dedicada a Galicia, firmouse un convenio que pola parte galega asinaron a Consellería de Cultura e o Consello da Cultura Galega para dixitalizar ese valioso fondo bibliográfico.

Hoxe cúmprense corenta anos da inauguración dese importante centro de cultura, único no mundo instalado e incorporado oficialmente ós programas dun orgnaismo estatal estranxeiro que se ocupa de estudar a emigración galega, e a enriquecer e atender con rigor e agarimo todo o relacionado con Galicia.

mércores, 9 de decembro de 2009

O folclore que cruzou o Atlántico


Netos de emigrantes en Buenos Aires recuperan cantos e danzas antigas de Galicia

JOSÉ LUIS ESTÉVEZ, El País, 04/12/2009

O interese por analizar os cantos e os bailes que trouxeron os seus antepasados a Arxentina é o que alenta o proxecto Bos Aires Boa Terra, unha iniciativa que xa leva funcionando algúns anos e que agora se fai pública por primeira vez a través dun espectáculo que se está a presentar en distintas localidades da capital arxentina. Os mozos María Eugenia Seijo e Martín Calderón son os motores dun proxecto que os levou a realizar máis de 70 entrevistas a emigrantes nestes últimos seis anos para tratar de recuperar o folclore que estes anciáns traían na súa testa no momento en que iniciaron a súa viaxe cara a América.

Seijo e Calderon adican boa parte do seu tempo libre a visitar as persoas que creen que poden aportar os seus recordos ao proxecto. "Imos ás casas dos emigrantes e nos reciben cunha mesa chea de cousas para comer e beber. Ademais de gravar as entrevistas, o que tentamos facer é que eles mesmos interpreten as cancións que lembran e tamén, se poden, que bailen. O problema é que a maioría son xa moi vellos", explica Maria Eugenia, a encargada da danza mentres que Martín se especializa no canto.

Algunhas veces atopan xoias, coma María, unha señora de 103 anos que canta e toca a pandeireta mentres as súas fillas (que andan polos 80 anos) e os seus xenros danzan no salón da súa casa. Ver e escoitar a gravación deste e doutros momentos é un auténtico privilexio para os interesados na recuperación do folclore de principios do século XX. As filmacións suman moitas horas de vídeo. "O mais urxente é rexistrar todo este material porque se trata de persoas maiores e se non as gravamos agora as cancións que teñen na memoria perderanse para sempre", indica Martín.

Fronte ao que resulta habitual neste tipo de compilacións que tamén se realizan en Galicia, en Buenos Aires o traballo é moito máis dificultoso porque resulta case imposible atopar a dúas persoas que procedan da mesma aldea. "Pasou varias veces que atopamos a dúas persoas de pobos veciños e as cancións das que se lembran son totalmente diferentes entre si. Coa Guerra Civil cortouse unha cadea de transmisión do folclore e logo, cando chegaron aquí, mesturouse todo e perdeuse un pouco a pureza", apunta Martín.

Unha das tácticas que utilizan para atopar as súas vítimas é a de observar os anciás que coñecen cando acoden co seu grupo a actuar nalgún aniversario ou celebración. "Soe pasar que algún dos vellos se lanza a bailar o cantar e entón falamos con eles para ver a posibilidade de entrevistalos", di María Eugenia.

"Os avós dicíannos que os nosos bailes eran moi difíciles porque son moi distintos aos que eles coñecían por esa mestura. Agora co novo espectáculo baseado no que eles contan séntense máis identificados", explica María Eugenia. A montaxe que están a presentar nestas semanas inclúe bailes e cancións en directo acompañadas por vídeos nos que se pode ver as explicacións dos emigrantes e as súas propias interpretacións dos temas. A intención é a de poder editar un disco co material recuperado pero aínda non teñen moi claro como o van poder levar a cabo. Entre os cantos e danzas que se interpretan durante o espectáculo atópanse Canto e muiñeira de Bande, Valse, xota e muiñeira do Deza, Muiñeira de Padrón e Danza de palos de San Lourenzo de Fustáns.

María Eugenia e Martín pertencen ao grupo folclórico Lembranzas da Terra, que conta con máis de 30 anos de existencia en Buenos Aires. As dificultades ás que se enfrontan para levar adiante a súa actividade son moitas porque non contan cun local onde gardar os traxes e instrumentos que utilizan nas actuacións. Resulta irónico que estas dúas persoas que se dedican a estudar e recuperar composicións do folclore galego teñan que ensaiar no local do Centro Regional Leonés. Precisamente Martín é bisneto de emigrantes que procedían da zona do Bierzo mentres que María Eugenia tivo antepasados de Ferrol. "Mamei todo isto desde moi pequena", afirma.

Ademais de poder seguir difundindo e mellorando o seu traballo, un dos soños de Martín e María Eugenia é o de poder completar a súa investigación visitando en Galicia as aldeas dos emigrantes. "Así poderíamos incorporar ás cancións e aos bailes os elementos dos que nos fale a xente de alá", sinala Martín. Polo momento semella pouco máis que un soño porque o seu contacto con institucións e grupos galegos é practicamente inexistente. "Estiven en Galicia un par de veces para facer algúns cursos e puiden coñecer á xente do grupo Fiadeira. Iso foi todo", laiase María Eugenia.

domingo, 8 de novembro de 2009

A outra cara do emigrante retornado


Moitos galegos da diáspora só están en Galicia os 13 días que lles paga a Xunta nunha residencia; ou os seus familiares morreron, ou se negan a acollelos aquí

Mario Beramendi- La Voz- 7/11/2009

Detrás do programa de reencontros que desde fai anos financia a Xunta para o retorno de emigrantes escóndese unha dura realidade, que de cando en cando ten a atención que merece. A metade dos galegos que regresan ven obrigados a volver a Sudamérica só dúas semanas logo de pisar a terra que deixaron sendo nenos. Na residencia de tempo libre do Carballiño -construída en tempos de Franco e agora con titularidade do Goberno galego- atópanse agora 131 emigrantes, que aterraron en Galicia o martes. Concluída esta estancia, algúns poderán quedar 15, 30 ou 60 días máis coas súas familias, pero outros deberán volver: ou os seus parentes xa morreron ou os que quedan non queren facerse cargo deles.

«É como a cara e a cruz: este programa ten unha lectura entrañable, con historias preciosas, e outros casos moi tristes, de xente que non ve o que esperaba atoparse e ata se topa con certo rexeitamento familiar», precisa Marina Ferreiro, directora da residencia do Carballiño.

Problemas con herdanzas ou a falta de atención dos que emigraron cos que quedaron en Galicia explican estoutra cara dramática do retorno. Tamén existen casos nos que os parentes de Galicia traballan e non teñen tempo suficiente para facerse cargo dunha parella de anciáns coa saúde delicada. Na residencia do Carballiño recórdanse moitas historias. Por exemplo, a dunha señora que o pasado ano volveu de Brasil. Durante varios días suplicou aos monitores do centro que quería ver á súa irmá, residente na Mezquita. Ninguén sabía onde vivía. Finalmente, coa axuda municipal, atopárona, pero estaba impedida. Unha veciña era a que a coidaba. Esta mesma señora, nun exercicio de altruísmo, ofreceuse a quedar coas dúas anciás, e a emigrante que veu de Brasil puido compartir coa súa irmá dúas semanas máis.

Tamén se recorda o caso dun galego emigrado a Arxentina que durante días pelexou cos monitores do centro do Carballiño para que o levasen a ver á súa familia a Chantada. Finalmente conseguiuno. Pero ao chegar ao seu pobo foi repudiado polos seus parentes. Volveu o mesmo día á residencia. E pasouse a viaxe de volta chorando.

No centro ourensán poden verse estes días moitos exemplos de emigrantes que non quedarán coas súas familias. José Antonio , que vive en Río de Janeiro, está buscando a uns curmáns de Vigo, pero só ten o nome dos pais deles, que encima xa morreron. «Quero atopalos, a ver se me podo quedar 15 ou 20 días máis», recoñece sen andrómenas.

A casa natal

Máis conmovedora resulta a historia de Selva Castro Barros. Marchouse a Arxentina fai 59 anos. Agora volveu por primeira vez desde que deixou a súa casa de Campo Lameiro (Pontevedra) cando era tan só unha nena. Naquela viaxe tamén ían os seus pais, que faleceron en Arxentina sen cumprir o soño de poder regresar algún día a Galicia. Selva, que viaxou xunto ao seu marido -Lucas Leonel Leiva-, está agora en contacto cun curmán seu para que un día recóllaa no Carballiño e lévea a visitar a súa casa natal. «Sei que non a derrubaron aínda, pero non creo que atope o lavadoiro onde limpabamos a roupa coa miña nai», di entre saloucos. Do mesmo xeito que moitos outros, Selva e Lucas terán que marcharse cando conclúa a súa estancia no Carballiño, porque nin a familia que lles queda pode acollelos nin eles teñen recursos económicos para prolongar a súa estancia.

«Vannos a levar de excursión a Santiago, pero eu quero ir ver a miña casa de Campo Lameiro; estou esperando que o meu curmán me devolva a chamada», insiste emocionada. Na residencia do Carballiño, os emigrantes retornados comparten experiencias, xogan ás cartas e ao dominou, saen a dar paseos e recordan con nostalxia as peripecias dunha vida marcada polo traballo.

Viñeron de Cuba, de Brasil, de Uruguai, de Arxentina... O martes pasado, coma se fose o ritual propio de cada ano, as cámaras fixéronse eco dese instante de emocións no aeroporto de Lavacolla. Pero tras a feliz imaxe do reencontro escóndese outra realidade. A miseria económica empuxounos fai medio século. E nuns días moitos volverán emigrar. Polo desarraigamento e o esquecemento.

venres, 6 de novembro de 2009

'Salam alekum' Latinoamérica


Los emigrantes árabes sacrificaron parte de su identidad para integrarse en la región.- Las nuevas generaciones vuelven a reivindicar sus orígenes

PATRICIA R. BLANCO - El País - 05/11/2009

Líderes políticos, intelectuales, militares, banqueros, artistas y empresarios. Basta mencionar algunos nombres como el del ex presidente argentino Carlos Menem, de origen sirio, o el del empresario millonario mexicano Carlos Slim, de origen libanés, para ilustrar el alcance de la emigración árabe en América Latina, que se asentó con fuerza en el continente especialmente en el primer tercio del siglo XX. Las generaciones herederas han conservado parte de las raíces árabes. Sin embargo, "por su propio interés, los primeros emigrantes cometieron una especie de suicidio cultural para facilitar la integración", explica Abdeluahed Akmir, catedrático marroquí de Historia contemporánea y coordinador de Los árabes en América Latina, coeditado por Casa Árabe y Siglo XXI.


Los primeros árabes, apodados despectivamente "turcos" por proceder del Imperio Otomano, trataron de evitar que sus hijos sufrieran el mismo rechazo que ellos habían experimentado. "Les dieron nombres españoles, no les enseñaron la lengua materna y permitieron su conversión a la religión católica al inscribirlos en escuelas religiosas", señala Akmir, aunque resta dificultad al cambio de fe, porque las primeras oleadas de emigrantes eran en su mayoría cristianos maronitas y ortodoxos.


El diplomático y filósofo argentino Víctor Massuh llega afirmar, según recoge en su libro Akmir, que su pasado no es la historia de sus padres ni de sus abuelos sino de la comunidad a la que pertenece, y que sus referentes son las figuras de la historia argentina como Alberdi, Echeverría y San Martín. Es lo que Karim Hauser, coordinador del programa Arabia Americana de Casa Árabe de Madrid, describe como "sacrificio inconsciente de una parte de la identidad". Como consecuencia de la distancia y de los obstáculos para mantener un contacto fluido con la familia, el idioma se olvida y la identidad de las siguientes generaciones se diluye.


El intento precipitado de ocultar la raza y la búsqueda de referentes en los héroes e intelectuales latinoamericanos no impidió, sin embargo, que muchos vínculos culturales sobrevivieran. "No sólo intervino la tradición oral sino también la creación de clubes sociales", apunta Abdeluahed Akmir, donde "evocaban la tierra lejana, escuchaban su música y disfrutaban de su gastronomía". Con el tiempo, llegarían a convertirse en lugares de mucho prestigio, reflejo del progreso económico de los árabes y de su paulatina inserción en las capas más altas de la sociedad.


Fueron también de gran importancia, aunque de menor impacto, los periódicos en árabe fundados por la élite emigrante, que creó un innovador movimiento, la literatura del mahyar o de la emigración, espejo de la obra de Jalil Gibran en Estados Unidos, "y que hoy prácticamente se ha perdido, extraviada en los pocos periódicos de la época que aún se conservan", se lamenta Akmir.


Pero la impronta que el desembarco árabe inscribió en América fue todavía más allá: supuso una modificación sustancial de las prácticas económicas con la introducción de la venta a plazos y el sistema de créditos. "El mapa empresarial de América Latina sería hoy en día muy diferente de no haber sido por la presencia árabe", sostiene Karim Hauser, que recuerda que fueron los vendedores ambulantes árabes, conocidos como mercachifles, quienes abrieron las rutas comerciarles a los lugares más recónditos del continente.


Su éxito en el comercio les permitiría amasar grandes fortunas para dar el salto a la industria y a la banca y acceder, desde una posición económica privilegiada, a la élite militar y a la clase política dirigente. Jorge Antonio, consejero económico de Perón en Argentina, y los ex presidentes Julio César Turbay, en Colombia, o Abdalá Bucaram, en Ecuador, son el ejemplo del nivel de la inserción árabe en América Latina. "No hay que olvidar que los árabes de tercera y cuarta generación son ya y se sienten plenamente ciudadanos latinoamericanos", añade Abdeluahed Akmir.


Sin embargo, los atentados del 11 de septiembre reinvirtieron el proceso inicial de suicidio cultural. Según Akmir, el ataque contra las Torres Gemelas hizo que "muchos latinoamericanos descubrieran" a los árabes, especialmente en la zona de la triple frontera, entre Argentina, Brasil y Paraguay, donde "se asienta una emigración árabe musulmana reciente". Y de la marginación por motivos étnicos de principios del siglo XX se produce un salto a la marginación actual por motivos religiosos, que ha llevado a mezclar los conceptos de raza y religión y a no distinguir entre lo árabe y lo musulmán. Ha sido precisamente esta nueva forma de discriminación la que ha estimulado el despertar de las nuevas generaciones árabes latinoamericanas, que rechazan la identificación de islam y terrorismo y vuelven a reivindicar su identidad, a interesarse por su cultura y a sentirse orgullosos de la civilización de sus bisabuelos.

martes, 3 de novembro de 2009

La verdadera historia de una foto



Un descendiente de la familia que protagonizaba la imagen 'post mortem' publicada el martes recuerda los avatares del clan de Cas Loís, que se fundó en Ribadeo sobre tierras desamortizadas
SILVIA R. PONTEVEDRA - El País - 01/11/2009

Desde que murió Francisca Pérez Debén, su mujer, Francisco Fernández Ríos y Fernández se dedicó a preparar su propia muerte. Ya parecía estar dándole vueltas al asunto en la foto que la familia se mandó sacar en Cas Loís (Vilaframil, Ribadeo), la casa grande que los unía, unas horas antes del entierro de ella. Sentado a la cabecera de la caja, con la mejilla descansando en el puño y el codo apoyado en el féretro. En el entierro de Francisca, hija da Cas do Gallardo, Francisco no miraba a la cámara ni atendía a las directrices del fotógrafo. Y eso que el artista no era un profesional cualquiera, sino el afamado Benito Prieto, con estudio a la orilla del Eo desde finales del XIX.

Pues si Francisca se hizo la foto post mortem el 13 de febrero de 1913, Francisco se retrató, al fin muerto y como él había soñado en los últimos tiempos, el 22 de julio de 1919. Un año antes, la llamada gripe del 18 ya se había llevado a José, el hijo guapo y de grandes mostachos que aspiraba a ser el vinculeiro y que posaba centrado en la imagen primera, junto a sus hermanas, sus sobrinos y su cuñado. Así que Francisco todavía encontraba más motivos para irse. Y con serenidad fue ultimando los detalles. Se mandó confeccionar un hábito de monje franciscano y encargó el ataúd que quería. Cuando tuvo el atrezo en casa, ordenó a un criado que se pusiese la mortaja y se tendiese en el féretro, para ver el efecto que hacía. La peripecia del sirviente amortajado ensayando el óbito de su patrón quedó grabada en la memoria familiar y uno de los tataranietos de Francisca y Francisco la cuenta hoy tomando un café, en el bar de Santiago donde estuvo colgada, sin él saberlo, la foto del entierro de la tatarabuela.

Esa estampa fue publicada el martes pasado por EL PAÍS, en esta misma página del periódico, ilustrando un reportaje sobre la fotografía funeraria en Galicia. El hijo del hijo de una hija de una hija de los dos difuntos inmortalizados conservaba en casa el retrato original, y ahora, delante del cortado y de un puñado de fotos más recuerda a los de su sangre.

Todas las fotos cuentan cosas, y todas las familias arrastran en sus recuerdos historias apasionantes. Lo que no hay en todas las casas es un miembro dispuesto a escribir elbest seller. Aquí, las fotos, en contra de lo que pudiera ver el ojo poco avezado en estampas históricas, hablan de una familia labriega pero con posibles, donde hasta los niños llevan corbata, los ataúdes son de lujo y las mujeres guardan un riguroso luto. La única que se permite una licencia en el atavío es la bella Angelita, que en el entierro de Francisca aparece en el centro de la foto sosteniendo a un bebé y en el de Francisco se sitúa esquinada con sus cuatro hijos. El bebé, aquí, es el niño colocado más en primer plano. Modesto, el marido de Angelita, no sale en la foto quizás porque estaba atendiendo sus empresas. Fue uno de los primeros taxistas de Ribadeo y luego fundó uno de los primeros transportes de pescado a Madrid. Cuando estalló la guerra, dos de sus hijos iban por la Nacional VI con un envío. Al enterarse de la noticia, acordaron que el más joven volviese a casa y el mayor llevase la mercancía. Se pasó tres años sin poder regresar a Galicia.

Cas Loís era una de las mejores heredades de Ribadeo, tenía un hórreo de tres pisos, y cuando se desconchó, la vajilla de Sargadelos sirvió para dar de comer a los perros. El fundador fue el abuelo de Francisco, Loís Fernández, que desoyó las amenazas de los curas y acudió a las subastas de tierras de la Desamortización. Murió en 1833, cuando ya había reunido un gran patrimonio rústico.

En Cas Loís nunca faltaban las patatas, las habas, el centeno, el maíz, el trigo. Había suficiente para todos y ninguno se alejaba de su abrigo. Cuando murieron Francisca y Francisco, el único que estaba ausente era Ángel. Había estudiado para cura en Mondoñedo, pero él quería vivir la vida, ver mundo, y buscó trabajo en Cuba, en la industria tabaquera.

xoves, 29 de outubro de 2009

"Mi padre salió como turista y se quedó en Bélgica 30 años"


Pilar vivió en Bruselas más de media vida, tras emigrar con su familia en 1962

MARÍA SERRANO / GUILLEM SANS MORA / L. DEL POZO - Público - 29/10/2009

Salir de España como turista en busca de una oportunidad fue el motivo que llevó a Ramón Burgo Varela a emprender un largo viaje desde Langreo (Asturias) a Bruselas, en mayo de 1962. Sus dos hijos mayores le acompañaron en una aventura en la que nada sabían del futuro. Pilar, la hija menor del matrimonio Burgo, recuerda ahora, como presidenta de la Asociación de Emigrantes Retornados de Asturias, su vida en el exilio, que le permitió "ganar en oportunidades". "Mi hermana mayor entró a trabajar como lavandera 12 horas diarias. Mi padre tuvo más suerte, ya que encontró trabajo como electricista en poco tiempo. Sólo mi hermano pequeño y yo tuvimos posibilidad de ir a la escuela", relata.

La vida en el barrio de La Midi, donde vivían cientos de inmigrantes de la España franquista, "era como estar en una gran familia". "Había muchos españoles en la misma zona y juntos celebrábamos la Navidad, íbamos al colegio... Era muy fácil integrarse en ese ambiente", cuenta.

A Pilar, con seis años, no le resultó nada complicado adaptarse, ya que aprendió el idioma francés casi como lengua materna. "Cuando llegué con mi madre en septiembre de 1962, entré directamente al colegio. Al momento me llevaron a unas colonias para ganar peso durante tres meses. Cuando volví sólo hablaba francés y mis padres estaban desesperados", afirma. "Mi padre prosigue no quería quedarse atrás y aprendió el idioma en los periódicos para rellenar los partes de avería en su trabajo".

Emigrantes en Bélgica

Pilar, que regresó a Gijón en 1987 junto a su marido y sus hijos (todos ellos belgas), recuerda cómo a La Midi llegaban continuamente españoles. "Era muy habitual el reagrupamiento familiar". Las leyes para los emigrantes en Bélgica no eran tan estrictas como en Alemania, asegura Pilar. En Bélgica, afirma, "era todo mucho más liberal. En tres meses podías abrir hasta tu propio negocio, y no tenían reconocimiento médico en la frontera".

"Exigían permiso de residencia estable"

José Ramón, de 55 años, reside en Alemania con su familia desde 1969.

En 1973, Alemania dejó de invitar a trabajadores inmigrantes ante la crisis del petróleo. Las leyes germanas permitieron que muchos de los 600.000 españoles que habían llegado en los 15 años anteriores decidieran estabilizar su estancia allí. Sabían que si regresaban a España, no podrían regresar. Fue entonces cuando empezó la reagrupación masiva.

Los españoles podían traerse a sus parientes de primer grado, pero sólo si el trabajador disponía de un permiso de residencia de, al menos, tres años. Todo un problema, ya que muchos iban por un año. Había que tener contrato de trabajo y medios suficientes para garantizar la subsistencia de los familiares invitados, además de una casa o un piso. Esto último también resultaba problemático, porque muchos vivían en barracas habilitadas en las inmediaciones de las fábricas.

José Ramón Álvarez, murciano de 55 años, que llegó a Alemania en 1969, tomó una de las decisiones más importantes de su vida cuando acabó su bachillerato español en Alemania, en 1975. “Quería ir a la universidad, pero necesitaba el Curso de Orientación Universitaria (COU)”, recuerda. Si se ausentaba de Alemania más de tres meses, perdía todos los derechos adquiridos, incluido el de trabajo. “Las autoridades exigían permiso de residencia estable, vivienda y recursos”, señala. “Encima, hubiera tenido que hacer la mili en España”, añade. Y si decidía tener hijos en España, cobraría la ayuda familiar española, un 90% más baja que la alemana. Así que él y su novia se quedaron a trabajar en una fábrica en Remscheidt.

"Iba a los barracones a ver dónde dormían los españoles"

Ruiz lucha, desde 1963 en Suiza, por los derechos de los inmigrantes.

Hay luchas que parecen no acabar nunca. La de Francisco Ruiz empezó en 1963 y terminó 39 años después, cuando Suiza eliminó el “estatuto de trabajador temporero” de su legislación. Ruiz, de 69 años y presidente del Consejo de Residentes Españoles (CRE) en Ginebra, llegó a Suiza en 1963 para estudiar. Su situación no tenía nada que ver con la de los españoles que, con la maleta bajo el brazo, arribaban al país centroeuropeo para buscarse la vida. Puede que debido a esa diferencia tan abismal Ruiz decidiera implicarse en la lucha por los derechos de los inmigrantes. “Iba a los barracones a ver dónde dormían los españoles”, recuerda. El estatuto del temporero establecía que los inmigrantes sólo podían estar en Suiza para trabajar durante nueve meses. Pasado este tiempo, debían abandonar obligatoriamente el país un mínimo de tres meses. Tampoco tenían derecho a alquilar un piso y en ningún caso podían optar a la reagrupación familiar.

“Eran hombres jóvenes que tenían que dejar a las mujeres en España. Cuando ellas llegaban de vacaciones se encontraban a la otra; no fue agradable para nadie”, admite. La legislación suiza sólo permitía obtener un contrato de trabajo anual –que conllevaba la oportunidad de establecerse en el país de manera real y de traerse a la familia– después de pasar cinco años como temporero y bajo la condición de no haber “faltado más de una semana al trabajo”, matiza Ruiz.La reunificación no era fácil. Las autoridades dictaban cuántas habitaciones debía tener el piso del inmigrante en función del número y el sexo de sus hijos. El control a los extranjeros era tan “férreo” que incluso la Policía conocía la distribución de los pisos de los forasteros.

“España tendría que tratar a los inmigrantes como a nosotros nos hubiera gustado que nos tratasen”, afirma Ruiz, que desdeña de los españoles desmemoriados que utilizan palabras como “moro o negro”. “Esa gente no aprendió nada de su experiencia en Suiza”, concluye.