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luns, 17 de febreiro de 2014

La mina de las 7.000 obras de arte


‘The monuments men’, la película de Clooney sobre la brigada aliada que rescató un tesoro del expolio nazi, saca a la luz la heroicidad de un pueblo minero de los Alpes

Faltó muy poco para que la mina de sal de Altaussee, a una hora de Salzburgo, se convirtiera en mayo de 1945 en la tumba de centenares de obras de arte de Rubens, Miguel Ángel, Tintoretto, Rembrandt, Vermeer, Leonardo da Vinci o Goya. En los estertores de la II Guerra Mundial, una unidad especial de las fuerzas armadas estadounidenses apodada Monuments Men protagonizó en aquella excavación uno de los hallazgos culturales más importantes del siglo XX. Encontraron alrededor de 7.000 obras de arte robadas por los nazis por toda la Europa ocupada. El rescate de este tesoro —en el que había piezas de incalculable valor como La Madonna de Brujas, esculpida en mármol por Miguel Ángel, o el retablo La adoración del Cordero Místico,de Jan van Eyck— había sido una trepidante carrera contra el reloj en la que a punto estuvo de saltar todo por los aires.
Parte de lo que sucedió en aquellos días lo cuenta ahora The monuments men, la nueva película dirigida por George Clooney, que se estrena hoy en la Berlinale y se podrá ver a partir del 21 de febrero en España. Pero lo cierto es que ninguna de las escenas ha sido rodada en los impresionantes escenarios originales, que apenas han cambiado desde entonces, sino en los estudios Babelsberg de Potsdam y en exteriores alemanes. El filme destaca el heroísmo de un grupo de historiadores de arte, directores de museos y restauradores, especialmente estadounidenses y británicos, que debía localizar y recuperar obras de arte desaparecidas durante la guerra. Pero la realidad es muy distinta: cuando ellos llegaron, el peligro ya había pasado. Eso es lo que cuenta el periodista Konrad Kramar en su libro Mission Michelangelo.
Un día después de la capitulación de Alemania, el 9 de mayo, el grupo se adentró en uno de los principales enclaves de la llamada Fortaleza Alpina, que los aliados consideraban el último bastión de la resistencia nazi. En este remoto e idílico pueblo de los Alpes austriacos se habían escondido en los últimos meses de la II Guerra Mundial algunos de los principales líderes nazis, como Ernst Kaltenbrunner, jefe de la Oficina General de Seguridad del Reich (de la Gestapo), y Adolf Eichmann, uno de los más infames responsables del Holocausto. En realidad, trataban de pasar inadvertidos y escapar de los aliados. Con ellos se llevaron todo el oro y riquezas que habían robado, mayoritariamente, a familias judías exiliadas, deportadas o asesinadas. Cuando el grupo llegó, no hubo resistencia militar, ni de guerrillas. Solo puestos abandonados, soldados desorientados, una población temerosa y una mina de sal llena de obras de arte. Un acopio destinado a formar parte de un viejo sueño de Hitler: el Museo del Führer de Linz.
El expolio había comenzado en 1938 con obras procedentes de museos, iglesias, galerías, grandes y pequeñas colecciones privadas mal pagadas o simplemente expropiadas a sus propietarios judíos. Al principio, Hitler las almacenó en algunos museos y en sus residencias y oficinas en Alemania. Pero acabó trasladándolas a las minas cuando su imperio empezó a tambalearse. El tesoro nazi empezó a rodar en trenes y camiones hacia Altaussee ya en el otoño de 1943 y no dejó de hacerlo hasta casi el final de la guerra.
En la locura apocalíptica de los últimos meses, Hitler había ordenado la aniquilación total de los recursos del Reich para no dejar nada en manos de los aliados. Sus seguidores más fanáticos cumplieron sistemáticamente las órdenes mientras otros meditaban la táctica apropiada para cambiar de bando y venderse a los aliados. Estas dos posturas colisionaron también en Altaussee. La máxima autoridad de la región, el ferviente nazi August Eigruber, estaba dispuesto a obedecer hasta el final a su Führer y tras el suicidio de Hitler consideró que las obras de arte almacenadas en la mina debían ser destruidas. Ordenó a las SS colocar en la excavación ocho cajas con media tonelada de explosivos cada una.
Los mineros, entre los que había desde nazis convencidos hasta amigos de la resistencia que se escondían en las cimas alpinas, empezaron a inquietarse. Movidos por el afán de salvar la mina que les había proporcionado el sustento durante tantos años —en ningún caso pensaban en las obras de arte— se pusieron manos a la obra. Dos de ellos, Hermann König (con contactos en la resistencia) y Alois Raudaschl (miembro del partido nazi) tuvieron la idea desesperada de recurrir a la ayuda del propio jefe de la Gestapo: Kaltenbrunner. El gerifalte se encontraba aquellos días con su amante en su villa de Altaussee y Raudaschl contactó con él a través de su amiga, Iris Scheidler, mujer del ayudante de Ernst Kaltenbrunner. El jefe de la Gestapo escuchó al temeroso minero y dio permiso inmediato para sacar las bombas de la mina, imponiendo su autoridad sobre la del responsable de la región Eigruber. Conscientes de la falta de tiempo y del riesgo de la acción, los mineros se apresuraron y consiguieron sacar las bombas en la mañana del 4 de mayo. Para evitar que los soldados de Eigruber pudieran provocar otros daños, colocaron explosivos en las diferentes entradas de la mina, que en tres horas quedó sellada y protegida.
Fueron días y horas de gran confusión en las que muchos trataron de cambiar rápidamente el carné del partido nazi por otro de la resistencia. Kaltenbrunner pensó que tal vez su ayuda en el salvamento de la mina y de las obras de arte le serviría frente a los aliados. No fue así; su responsabilidad en la barbarie era demasiado grande y fue condenado a muerte en Nuremberg.
Con el trabajo hecho por los auténticos salvadores, cuyos descendientes en su mayoría desconocían hasta hoy su heroicidad, los Monuments Men pudieron sacar el tesoro de la mina e iniciar la tarea de transportar y devolver las obras de arte. Un trabajo que todavía hoy no ha concluido. Algunas obras de arte siguen huérfanas sin que nadie sepa con certeza quién es su auténtico propietario.

martes, 11 de febreiro de 2014

Horizonte sostenible


Por: Anatxu Zabalbeascoa | 07 de febrero de 2014

“¿Cómo puede una casa pequeña hacer que la gente piense y se comporte de manera más sostenible?” Un concurso, promovido por la empresa japonesa Lixil –dedicada a la producción de materiales de construcción-  planteaba esa pregunta. La intención era incorporar nuevas tecnologías a la arquitectura de una pequeña vivienda en un área rural de Hokkaido, la segunda isla de Japón, que da nombre a esa región en el norte dedicada fundamentalmente a la agricultura y la ganadería. La idea era levantar una vivienda que sirviera como laboratorio de experimentación para las ideas propuestas en el concurso, como viene sucediendo con las ganadoras de las dos anteriores ediciones. Dos españoles, con otros compañeros de estudios de la Universidad de Harvard lograron el primero puesto.
Ana García Puyol (Málaga,1987) fue la primera titulada de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Málaga en 2011. En mayo de este año se graduará en la Escuela de Arquitectura de Harvard (GSD) de un master especializado en tecnología. Su socio en esta aventura, Carlos Cerezo Dávila (Málaga,1986) también completó estudios en Harvard, donde se graduó el año pasado y con la tesis Ciclo de vida energético urbano y obtuvo la medalla Gerald McCueal mejor expediente académico. Ahora ha empezado un doctorado en el Masssachusetts Institute of Technology (MIT)y trabaja en el departamento de Tecnología en la Construccióninvestigando el uso de análisis energético y de ciclo de vida en arquitectura.
En 2013, García Puyol, Cerezo y sus compañeros Matthew Conway, Robert Daurio, Mariano Gómez-Luque, Nate Imai, Takuya Iwamura y Thomas Sherman ganaron el concurso para levantar una casa sostenible en Japón. Su Horizon House se inauguró el 23 de Noviembre de 2013.
Frente a otros grupos integrados exclusivamente por estudiantes de arquitectura, este equipo multidisciplinar lo formaban alumnos de diferentes programas: arquitectura, paisajismo, tecnología de construcción y energía y medio ambiente. Ese enfoque transversal se deja ver en una vivienda cuya propuesta principal es recuperar lo que teníamos y no destrozar ni consumir más de lo necesario.
Así, su Horizon House quiere ser un paisaje interior continuo por eso ofrece vistas de 360 grados a su alrededor, un horizonte perdido en las abarrotadas urbes de Japón.
Para evitar que la casa quedara parcialmente enterrada en los meses fríos y para mantener las vistas al paisaje, la vivienda está levantada sobre una base hecha con traviesas de ferrocarril. El espacio interior no está dividido por tabiques sino por cambios de nivel en el plano del suelo. Las mirada al exterior permanece, sin embargo, fija gracias a las ventanas de tamaño variable.
La vida a ras de suelo tradicional en la vivienda japonesa organiza esta casa, que reutiliza materiales locales para reducir el impacto ambiental y conservar elementos de la memoria histórica y social de la zona, aplica técnicas estructurales en madera para seísmos, y desarrolla un modelo de confort térmico basado en suelos radiantes y recuperación de calor.
La casa utiliza materiales producidos o recuperados en Taiki-cho –el pueblo donde se ubica-. Así, reutiliza vallas de granjas desmontadas, estructuras abandonadas y madera estructural mínimamente tratada procedente de plantaciones locales. “La investigación inicial sobre las fuentes disponibles en Taiki-cho, especialmente la posibilidad de utilizar productos madereros fabricados y tratados en la zona, guio todos los aspectos del diseño de la casa, condicionó la dimensión de los elementos constructivos y ha cargado al edificio de valor patrimonial reconocible por los usuarios y vecinos”, explica Ana García Puyol.  La madera reduce la emisión de gases de efecto invernadero que conlleva la producción de otros materiales, como el hormigón. El aislamiento, hecho de fibra de madera, proviene de desechos de la industria.
La vivienda también incluye innovación estructural. Para combatir la fuerte acción sísmica de la zona, la casa requería el uso de juntas atornilladas y machihembradas elaboradas siguiendo técnicas de carpintería locales y haciendo posible el uso de las traviesas de ferrocarril en la cimentación. Para excavar el terreno lo menos posible, los arquitectos asentaron la base de madera sobre una capa de grava compactada y zapatas puntuales, eliminando la necesidad de una losa continua y rebajando drásticamente la energía necesaria para preparar el terreno y cimentarlo. Uniones semirrígidas entre cimentación, los escasos soportes presentes y la estructura de cubierta se resolvieron con juntas flexibles que admiten considerables desplazamientos en caso de acciones horizontales. Es este sistema el que permite la concentración de cargas en apoyos puntuales y, por eso, una vivienda con protección antisísmica puede tener, sin embargo, una franja acristalada continua por la que se recupera el horizonte.
En lugar de paneles solares –que fueron descartados por no ser amortizables-  los autores de la vivienda decidieron calentarla con una estufa de madera equipada con un intercambiador de calor hidrónico, encargado de suministrar a los circuitos del suelo radiante. El control de las persianas exteriores ajustables y de las interiores -que contienen una capa de aluminio radiante- permite el ajuste de reflejos y pérdidas de calor nocturnas. La cubierta de madera retiene la nieve gracias a un sistema de revestimiento abierto, dando aislamiento adicional e integrando la casa en el paisaje de invierno. Una tubería enterrada se aprovecha de la temperatura constante de la superficie de la tierra para proveer de aire pre-calentado o pre-enfriado a la casa tanto en invierno como en verano. Durante el buen tiempo, la ventilación cruzada refresca la vivienda.
Las estrategias son simples, el confort es avanzado y las sensaciones son primitivas, atávicas. También la tecnología puede hablar en humano.

martes, 28 de xaneiro de 2014

Inventario digital de una infamia


El Victoria & Albert de Londres publica por primera vez en Internet los dos tomos del legendario catálogo de ‘arte degenerado’ confeccionado por los nazis

Son 16.558 entradas catalogadas de forma precisa. Algunas contienen varias anotaciones, por lo que en total son 20.000 las obras incluidas. El Museo Victoria and Albert (V&A) de Londres pondrá a disposición del público en Internet la única copia que se conserva de los dos tomos con la lista que los nazis confeccionaron de lo que llamaban arte degenerado (Entartete Kunst). Son dos volúmenes mecanografiados que ocupan 479 páginas redactados entre 1941 y 1942 por orden del ministerio de Propaganda nazi.
Esas históricas páginas están ordenadas de manera alfabética. Las entradas corresponden a las ciudades en las que se encontraban las instituciones donde fueron confiscadas. De Aachen (Aquisgrán) a Zwickau. Hay trabajos de Van Gogh, Gauguin, Chagall, Picasso, Kandinsky, Klee, Kokoschka y casi todos los expresionistas alemanes de la primera mitad del siglo XX. Del primer tomo se conservan dos ejemplares en los archivos de Berlín mientras que el segundo se daba por desaparecido. Esta percepción cambió en 1996. De forma inesperada, la viuda del marchante Heinrich Fischer donó una copia al V&A. Lo que nadie ha podido averiguar es cómo llegó a manos de su marido, que huyó a Londres en 1938, al ser Viena anexionada al Tercer Reich.
Los tomos, escaneados en alta resolución, resultan una fuente de información fabulosa. Algunas páginas incluyen un dato muy importante: quiénes compraron las piezas. Y repasando esos nombres hay uno que se repite: Hildebrand Gurlitt. El padre (falleció en accidente en 1956) de Cornelius Gurlitt, el octogenario alemán en cuyo apartamento de Múnich la policía encontró en noviembre 1.400 obras que bien pudieran proceder del expolio. Para los monuments men (soldados que se dedicaron al final de la II Guerra Mundial a recuperar las obras saqueadas por el nazismo) no había ninguna duda: Hildebrand Gurlitt era un “marchante de arte del Führer”.
“Esta lista es de gran valor [aunque sea incompleta y con anotaciones erróneas] para los investigadores”, reflexiona, en una nota, Martin Roth, director del V&A. “El caso Gurlitt revela la importancia de poner esta clase de documentos a disposición del mayor público posible”. La lista, confeccionada a partir de las piezas confiscadas de los museos alemanes entre 1937 y 1938, contiene además el precio al que fueron vendidas muchas obras. Algunas entradas aparecen marcadas con una X. Significa que esa pieza se destruyó. Más de 5.000 pinturas, grabados y dibujos fueron quemados (eso sí, fiel al cinismo nazi, antes se catalogaron) en Berlín en 1939. Una de las primeras conclusiones es que tal vez los nazis detestaran estos lienzos y dibujos procedentes del “perverso espíritu judío”, pero no tenían reparo en venderlos. Fue una organizada operación de saqueo de la Gestapo con la connivencia de la alta jerarquía del régimen.
Lo que habrá que ver es hasta qué punto estos volúmenes ayudan a restituir las obras (en el caso de que así fueran) a sus legítimos propietarios. Ya que esta purga de los museos se hizo conforme a las leyes que regían en 1937 y 1938, y así lo han aceptado desde el final de la II Guerra Mundial las instituciones alemanas. De hecho, muchas de las obras que forman parte de esa lista cuelgan de museos estadounidenses y fueron vendidas “libremente” en el mercado. Una muestra de cómo la historia tiene también su extraña manera de crear colecciones.

domingo, 26 de xaneiro de 2014

Borondo: La protesta escondida en las paredes



Borondo es uno de los artistas urbanos más personales y comprometidos de la escena española del arte urbano. Sus trabajos encierran a menudo una crítica contra los desmanes de los gobernantes. Con un estilo sobrio y misterioso, convierte las paredes en las que interviene en verdaderos poemas visuales.
Madrid oculta figuras de espectros en actitud serena e intensa. Figuras monocromas, ralladas en los cristales, pintadas en las esquinas o pegadas en papel en las alturas. Sin estridencias. Todas ellas, obra de Borondo (Segovia, 1989), uno de los artistas más destacados y brillantes del arte urbano, que en 2009 decidió salir a las calles definitivamente para mostrar su forma de entender el mundo.
A primera vista, la obra de Borondo se presenta bajo una emoción devastadora pero discreta, apta para pasar desapercibida entre la ola de estímulos visuales que inundan las ciudades. Pero, como siempre, los buenos artistas nunca resultan obvios; al contrario, cuando se descubren, tienen un misterio que primero es capaz de intrigar al espectador y luego fascinarle. Así, el aparente desconsuelo de los personajes del joven artista oculta una protesta firme ante la injusticia, ante las ciudades inhabitables y ante el acoso al ciudadano por sus gobernantes.
La calle ha sido el espacio donde Borondo se ha dado a conocer. El lugar donde ha ido tomando forma su estilo en una evolución constante que los habitantes de Lavapiés, primero, y los de Roma -donde ha estudiado dos años- después, han podido vivir entusiasmados y de primera mano. Desde las primeras plantas semihumanas que pintaba escondidas en las esquinas de la Plaza de Cabestreros en Madrid, hasta sus impresionantes figuras ralladas de los cristales en el centro de Roma o Madrid han pasado cinco años de permanente crecimiento artístico. Y los que aún quedan: su juventud augura sorpresa, su maestría confirma que será uno de los grandes. Que es uno de los grandes.
Borondo ha sabido aprovechar magistralmente el deterioro y el olvido de las calles para convertirlas en un lienzo. El decidido estilo de su forma de trabajar ha dado lugar a un número muy importante de intervenciones en solitario o junto a otros artistas. Como él mismo ha comentado: “El arte urbano es la forma más democrática y directa para comunicarse”.
Su experiencia le ha hecho darse cuenta también de la ferocidad de las multas al intervenir la ciudad con sus piezas. De hecho, la técnica del rallado de pintura que caracteriza su estilo nace de la estrategia para evitar ser sancionado. No existe motivo legal para detener a alguien que quita pintura. Esto permite a Borondo trabajar sin prisas y, sobre todo, sin temor a represalias.
Su última pieza, en Madrid, podría ser un buen ejemplo del cambio de mentalidad a este respecto. Es, quizás, también la forma de narrar una historia absurda. Hace tres años, Borondo fue multado por el Ayuntamiento de Madrid con 3.000 euros por pintar en los muros de un edificio abandonado. Una construcción en ruinas que fue demolida a los pocos días. Un golpe económico de una dureza desproporcionada. Tres años después, el Ayuntamiento de Madrid, el mismo que le sancionó, se puso en contacto con él para invitarle a participar en su proyecto de rehabilitación del Barrio de Tetuán con una de sus piezas.
Borondo aceptó la propuesta. El verdadero arte nunca existe sin generosidad. Y decidió plasmar en su pieza una de las constantes más destacadas en los últimos tiempos para el ciudadano de la capital: la represión de las fuerzas de la autoridad en cumplimiento de las novedosas leyes de “seguridad ciudadana”. De esta forma, en el número 52 de la calle Marqués de Viana, en el barrio de Tetuán, se pueden ver dos figuras titánicas de un hombre y una mujer de espaldas, con las manos atadas por una soga invisible y la mirada ladeada en posición de desaliento.
El misterio envuelve las piezas de Borondo. Los espectadores encuentran diferentes emociones en las figuras representadas en las paredes y en los cristales. Melancolía, desidia, tristeza, rabia. El sentimiento en estado puro. La narración descarnada de lo que vivimos, lo que estamos sufriendo, aquello que nos ha llevado adonde estamos. Engullidos por un sistema que nos hace prisioneros sin que apenas nos demos cuenta. Bien amarrados con esas cuerdas invisibles que tan bien ha sabido representar Borondo. Con la mirada perdida antes del derrumbe final.