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martes, 5 de novembro de 2013

Dos dibujantes ante la violencia


Baudoin y Troubs retratan en ‘El sabor de la tierra’ el conflicto colombiano
En 2010 viajaron a Ciudad Juárez, donde intercambiaban un dibujo por un sueño
Entre Ciudad Juárez y el Caquetá colombiano hay todas las diferencias que puede haber entre el desierto y la selva. Baudoin y Troubs, dibujantes franceses y trotamundos empedernidos, saben ahora que esos paisajes distantes cuentan con un nexo común, construido artificialmente a fuerza de violencia en décadas que se alargan sin fin. “Estamos frente al mismo sentimiento de fatalidad y de impotencia. Es la misma guerra que no dice su nombre, la del control de la cocaína”, explica por correo electrónico Jean-Marc Troubet (Pessac, Francia, 1969), el más joven del dúo (Baudoin nació en Niza en 1942). En octubre de 2010 ambos creadores llegaron a Ciudad Juárez (México) con la intención de contar la vida de un lugar donde los asesinatos y desapariciones de mujeres son rutinarios. De su experiencia salió Viva la vida (Astiberri), un cómic en blanco y negro donde se alternan páginas de uno y otro (que se identificaban con una tortuga o una cabra) sin que la diferencia de trazo perturbe el conjunto. Ofrecían un retrato a cambio de un sueño. “Rara vez se nos daba una pesadilla como respuesta”, recuerda Troubs. Allí, donde las vidas tienen corto recorrido, la gente decía: “Quiero pintar”. “Que mi familia esté a salvo”. “Pasear sin tener miedo”. “Terminar de aceptarme como soy”. “Llegar a vieja”.
A comienzos de 2013 repitieron la experiencia en Colombia, invitados por dos universitarios, Alejandra y Julián, que les acompañaron hasta el Caquetá, una región cercana al Amazonas, para que entrevistasen a campesinos. A cambio del dibujo pedían un recuerdo. Y comprobaron que mientras que soñar es una inversión optimista incluso en pleno desmoronamiento de la realidad, recordar era un acto lastrado por el pesimismo. “Hemos recibido muchos malos recuerdos y pocos buenos, pero aún así no creo que uno de los dos libros sea más alegre que el otro”, sostiene Troubs.
Cierto. Son desoladores y vitalistas por igual. Los colombianos de El sabor de la tierra, que acaba de publicar Astiberri, cargan con historias tenebrosas de propietarias obligadas a compartir su granja durante años con el ejército o de jóvenes que se rebelan contra la tradición familiar de ingresar en la guerrilla. Y peores, como la experiencia de noviembre de 2002 del profesor Alveiro, que asistió a un combate entre unos y otros, que culminó con el ametrallamiento de la escuela por un helicóptero del Ejército: “Nos obligaron a tumbarnos a la espalda, nos dieron patadas a padres, a los niños, a todos”. Los dibujantes llegaron a entrevistar a una guerrillera de las FARC. Un encuentro que llevó a Troubs a interrogarse si se hubiera unido a ellos “si hubiera sido uno de esos jóvenes campesinos colombianos de los pueblos de los alrededores”. “Creo que sí”, responde, “pero es imposible saberlo con certeza”.
La novela gráfica, que repite el blanco y negro, mezcla el periodismo, el diario de viajes y la autobiografía. ¿Habrá nuevas entregas a lugares en conflicto? “Por supuesto, estamos dispuestos a irnos, pero no queremos convertir ese tipo de reportaje en un sistema que se pueda reproducir al infinito”.

venres, 8 de febreiro de 2013

Voces y ojos del conflicto colombiano


Stephan Ferrry y su libro de fotografías sobre la historia oral de los desplazados, 'Throwing stones at the moon' y 'Violentología'
Una Comisión Parlamentaria encargó un análisis de la violencia en Colombia en los años setenta, y aquello dio lugar a la escuela de sociólogos conocidos como violentólogos. El fotógrafo estadounidense Stephen Ferry decidió recurrir a aquel término cuando compiló su particular estudio fotográfico, Violentología. Manual del conflicto colombiano. “Un poco presuntuosamente, me quise colocar en la misma tradición de documentación de aquel grupo liderado por monseñor Guzmán”, explicó Ferry, afincado en Colombia desde 1999. “También quería destacar la importancia de un archivo y el libro recoge imágenes procedentes de uno de ellos y de otros fotógrafos también. Deseo que este libro sea útil y que ayude a comprender qué ocurre en este país”, aseguró. Violentología cuenta con una edición en español y otra en inglés y fue presentado el fin de semana pasado en Cartagena de Indias, en el marco del Festival Hay.
Para desentrañar la madeja violenta en la que se ha visto envuelta Colombia, el fotógrafo decidió abrir el foco e incluir una extensa cronología que se remonta al siglo XIX y dos textos del historiador Gonzalo Sánchez y de la periodista María Teresa Ronderos. “Simplemente la imagen de un hombre armado no explica su ideología, o quién lo armó”, dijo Ferry, que mencionó la obra de Sontag Sobre fotografía (Alfaguara) para explicar su decisión de ahondar en el contexto. Quiso, sin embargo, prescindir de las interpretaciones culturales sobre las razones de la guerra. “Cualquier país, sea Colombia o Estados Unidos, cae en la tentación de recurrir a la cultura de esa determinada nación para explicar la violencia”.
Con su libro ha tratado de acercarse formalmente a la prensa escrita, tanto en el diseño (las páginas tienen exactamente el mismo tamaño que una doble de la revista Time) como en la impresión, que fue realizada en las rotativas del diario El Espectador. “La prensa colombiana es muy valiente y quería que Violentología tuviera una relación lo más estrecha posible con los periódicos”, aseguró. Consciente del estereotipo que desde el auge del narcotráfico pesa sobre Colombia, y que relaciona este país con cocaína y terrorismo, Ferry declara en las primeras páginas del libro que la violencia es sólo un aspecto de esta nación. “Hay dos visiones contrapuestas: una que afirma que sólo existe esta dimensión violenta y otra que defiende que aquí no pasa nada. Me parece importante mostrar la crisis humanitaria y de derechos humanos que ha sido poco explicada. La guerra es cruel, pero en este país hay gente creativa, pacífica y valiente, de la que el resto del mundo podría aprender mucho”, explicó.
Exponer al mundo un conjunto de las voces atrozmente castigadas por la violencia, fue uno de los objetivos que guía la historia oral Throwing stones at the moon, compilada por la Sibylla Brodzinsky y Max Schoening y publicada por el sello Voice of Witness, de la editorial estadounidense McSweeneys. De las cerca de 70 entrevistas realizadas, 23 entraron en este libro prologado por Ingrid Betancourt. “Hay personas a quienes contar su historia les ayuda porque de alguna manera les hace sentir que a alguien les importa lo que les ha ocurrido y que alguien en algún lugar del mundo lo podrá leer”, señaló Brodzinsky durante la presentación del volumen en el Hay Festival.
Se calcula que hay cerca de cuatro millones de desplazados, lo que convierte a Colombia en el segundo país con mayor número de refugiados internos después de Sudán. “Los desplazamientos no han terminado, ahora se producen gota a gota, y según cifras del gobierno hay cerca de 100.000 al año”, apuntó la periodista María Teresa Ronderos que acompañó a los autores.
El libro cubre un amplio espectro geográfico, temporal y social. “Quisimos mostrar que esto afecta a todos, a personas con profesiones y edades distintas, de muy distinto extracto social”, señaló Brodzinsky. “El libro está pensado para una público internacional. Queremos hacerles despertar ante este drama”. El formato de historia oral aporta según la autora, otra manera de ver las cosas, incluyendo aspectos que quedan fuera de la historia oficial, gran parte de la cual está siendo escrito por un Grupo de Memoria Histórica, una de las iniciativas puestas en marcha en los últimos años. Además, estos testimonios han permitido destacar un rasgo netamente colombiano; su prodigiosa capacidad para narrar. “Tienen una forma de contar increíble, son cuentistas innatos en la forma que tienen de narrar sus historias aunque sean terriblemente dolorosas”, destacó Brodzinsky. Baste recoger una líneas de las palabras Emilia González, una campesina de 59 años que sufrió la masacre de El Salado, para comprender a qué se refiere: “La gente de la oficina del Fiscal General vino el día 20 para hacer recuento de los muertos. Desenterraron los cuerpos para proceder a su reconocimiento. No podíamos soportar el hedor. Cuando los volvieron a enterrar, muchos de los nichos del cementerio no fueron sellados bien y los perros entraron y se comieron los cuerpos. Podíamos ver los huesos. Luego llovió y los burros que habían sido sacrificados se hincharon, y el olor era horrible”.

sábado, 15 de setembro de 2012

El conflicto colombiano en la literatura


No hay escritor colombiano en cuya obra no esté presenté el enfrentamiento gobierno-guerrilla
García Márquez, Artura Álape, Laura Restrepo, Abad Faciolince, Evelio Rosero...
Presentamos un panorama de algunas de las obras clave para entender la situación del país
 “Llegó el tiempo de cerrarle el portón a los violentos”, dijo el martes Timochenko, el máximo líder de la guerrilla más antigua del continente americano, la colombiana, al dar por iniciado un nuevo proceso de diálogo con el gobierno en busca de la paz. De cerrar un portón y de abrir una puerta: la de la narrativa que ha contado y tendrá que seguir contando lo sucedido en más de sesenta años de barbarie, los de la última violencia, como una manera de exorcizar la muerte a manos de los otros, recuperar la memoria y, ante todo, mantenerla para no volver a repetirse.
El nuevo proceso de paz iniciado por el presidente Juan Manuel Santos con la FARC, si finaliza con éxito, empezaría a cerrar una herida cuyo más reciente inicio los colombianos ubican en el 9 de abril de 1948, cuando Juan Roa Sierra, un oscuro personaje de 26 años, disparó y asesinó en el centro de Bogotá a Jorge Eliécer Gaitán, un líder liberal que se proyectaba a la presidencia del país. Este es el punto de partida no sólo de los últimos 63 años en Colombia, sino también de El bogotazo: memorias del olvido, del escritor Arturo Álape, ya fallecido, en el que reconstruye los antecedentes, el crimen y los disturbios que le siguieron y que originaron la llamada violencia colombiana, una guerra partidista que derivó en el bandolerismo y el establecimiento de la guerrilla de las FARC, ahora en proceso de paz, y luego de las posteriores (ELN, EPL, M-19) de los años sesenta y setenta. El conflicto en sí mismo, la irrupción de actores como el paramilitarismo y el narcotráfico, con la corrupción que ha generado al interior de todas las instituciones, incluida la misma guerrilla, así como la violación constante de derechos humanos fundamentales, han proporcionado material abundante no sólo para la literatura sino para el periodismo y la investigación.
De las viejas guerras, como la de los Mil días, a finales del XIX y principios del XX, que nutren obras como Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, o El coronel no tiene quién le escriba, a una vorágine en la que se han gestado textos como Las muertes de Tirofijo, el mítico fundador de las FARC, aunque en realidad es una colección de cuentos, La bola del monte, o El diario de un guerrillero, todos de Álape, y todos situados en los inicios de esa guerrilla; o Abraham entre bandidos, una novela de factura más reciente, 2010, del escritor Tomás González, que recrea el tránsito que hacían el bandolerismo y las guerrillas liberales hacia lo que finalmente se conoció como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), guerrilla de origen eminentemente rural y cimentada en sus inicios en el derecho de los campesinos a la tierra.
La paulatina degradación del conflicto da lugar a novelas como Los Ejércitos de Evelio José Rosero, premio Tusquets 2006, acerca de las muchas guerras en las que vive inmersa la población en regiones que no son el centro del país; Muchacha al desaparecer, 2010, una incursión en la prosa de la poeta Marta Renza, la historia de una militante desaparecida en los ochenta, cuando las FARC participaron en un fracasado proceso de paz, o En el brazo del río , 2006, en la que dos niñas alternan sus voces para estremecer con lo que significa morir en una masacre y las versiones que se dan sobre la misma. También hacia finales del primer decenio de este siglo está escrito El olvido que seremos, quizá la mejor obra de Héctor Abad Faciolince, en la que con una sensibilidad extremecedora recupera a su padre, un defensor de los derechos humanos, asesinado por su compromiso.
NO FICCIÓN
En el campo de la no ficción, aunque es una narrativa matizada que puede llegar a la literatura, están escritores como Alfredo Molano que de manera infatigable ha rescatado historias como Los bombardeos del Pato, Los años del Tropel o Trochas y fusiles, y Patricia Nieto con Crónicas de la guerra en Colombia o Los olvidados. Laura Restrepo, desde la orilla del periodismo, escribió en los ochenta La historia de una traición, un primer truncado proceso de paz con el M-19, ya reintegrado en la vida civil, que fue reeditado posteriormente como Historia de un entusiasmo. En el género testimonial No hay silencio que no termine de Ingrid Betancur, publicado hace dos años, es la narración de su largo cautiverio con las Farc, texto precedido por los publicados por otros secuestrados.
Y aunque no están mencionados todos los que son, puede asegurarse con certeza que no existe escritor colombiano contemporáneo cuya obra no esté marcada de alguna manera por el sino que le ha tocado vivir.
* Marbel Sandoval es periodista y autora de En el abrazo del río.

xoves, 8 de decembro de 2011

"Que vengan a ver cómo Colombia viola los derechos de los indígenas"


Yamir Adolfo Conejo es portavoz del consejo indígena del Cauca colombiano. Participa en la Taula Catalana "¿De quién es la tierra?"
TONI POLO BARCELONA 01/12/2011 08:00
Yamir Adolfo Conejo tiene los 27 años que aparenta y un hijo de cuatro esperándole en el Cauca, una región suroccidental en la cordillera colombiana donde viven ocho pueblos indígenas en 39 municipios. Está residiendo en Euskadi seis meses protegido por el Gobierno vasco. Sobre su cabeza (como sobre la de tantos otros indígenas de una zona rica en oro y petróleo) pesan amenazas de muerte por ser responsable de 13 emisoras de radio, páginas web y documentales que claman a los cuatro vientos que el desplazamiento forzado de sus tierras hace que en estos momentos pueblos indígenas como el suyo la etnia totorez, de 6.900 personas estén en situación de exterminio cultural y físico. Van más de 20 muertos este año, el último, la semana pasada. Pero no tiene miedo: "Eso es lo que ellos quieren conseguir con sus amenazas, que dejemos de defender nuestros derechos. Muchos han caído por esta lucha y hace falta que la comunidad internacional esté al corriente de nuestra situación", dice.
¿Quiénes son "ellos"?
Son los batallones de alta montaña, el Ejército legal que el Gobierno está instalando en la zona supuestamente para protegernos de otros, los actores armados insurgentes, esto es la guerrilla, paramilitares de ultraderecha, narcotraficantes. Todos protegen un mismo poder hegemónico.
El conflicto es la tenencia de la tierra. ¿Cuándo surge?
Históricamente nos desplazaron a las montañas y ellos extrajeron los recursos de los valles. En todos estos siglos hemos conservado nuestra tierra: donde nacen los grandes ríos del Cauca. Por tradición, por nuestros ancestros, por costumbres, por respeto a nuestra madre naturaleza, hemos logrado conservarla.
Ustedes no viven en esas zonas, es territorio espiritual
Son tierras vírgenes. Allí contactamos con nuestra madre naturaleza y nuestros espíritus, que nos protegen. Allí está toda nuestra sabiduría ancestral. Ese conocimiento milenario que nos brinda la madre naturaleza.
¿Son rituales religiosos?
No, la religión es una estrategia de exterminio cultural para los pueblos indígenas. La tierra necesita que la cuidemos y un indio sin tierra pierde toda su esencia. Si hay que dar la vida por nuestra tierra madre la damos.
¿Considera que en la situación actual la están dando?
Sí. El modelo capitalista que quiere apoderarse de nuestros territorios nos cataloga como terroristas. Eso es jugarse la vida. Ellos crean el conflicto para justificar la militarización de nuestros territorios. Es intolerable.
¿Culpan al Ejército, al Gobierno?
Sí. Porque instala la Policía nacional en nuestros cascos urbanos.
Ustedes tienen su propia Policía
La constitución colombiana nos da derecho al autogobierno. Con él hemos creado un mecanismo de defensa, la Guardia Indígena. Empuña bastones de mando pero no va armada. Es defensora de la madre naturaleza, por eso decimos que somos todos, niños, mujeres y hombres. No utilizamos armas y no agredimos jamás para recuperar nuestro territorio.
¿Qué entienden por recuperación de territorios?
Esos derechos que nos corresponden por ancestrales. Cuando explotan nuestros territorios vamos hasta 3.000 personas y acordonamos la zona, sin armas, sin agresiones. Siempre está el diálogo. Como el Gobierno se hace el sordo, dialogamos con la empresa explotadora. El problema es que nunca sabemos el nombre de la empresa que realmente está detrás de la explotación. Nos confunden. Ocultan los nombres de las multinacionales. Esa maquinaria e infraestructura necesita de mucha plata: lavar el oro requiere una infraestructura carísima, de químicos Sacamos toda la energía negativa que dejan, pero el daño irreparable e inmenso ya está hecho. Todos los pueblos nos ayudamos para hacer esos ejercicios autónomos. Y no hacen caso y vuelven al territorio.
¿Cómo se organizan?
Aportamos mucho a la economía nacional. Producimos café y leche. En las grandes ciudades viven de nuestra producción y nos pagan. Vivimos en zonas rurales, cada familia cultiva su pedazo de tierra que es colectivo, la tierra pertenece a todo el pueblo y el cabildo la administra. La idea es que la relación del cabildo con el Gobierno sea de igual a igual. A veces lo respetan, pero ha costado vidas. Los comandantes sobre el terreno, los policías, no tienen ni idea de qué es el cabildo. Y deberían saberlo para respetarnos.
¿Qué esperáis de la Taula?
Que se dé a conocer la realidad. No es cierto que las cosas hayan mejorado, han empeorado. La estrategia megapropagandística del [expresidente Álvaro] Uribe y ahora de [Juan Manuel] Santos es decir que la guerra se acabó y ahora en Colombia hay un posconflicto. No lo hay, la guerra se ha incrementado.
"Queremos gestionar la educación y planteamos sistemas indígenas de salud propios"
¿Por qué ese mensaje?
Porque es lo que les interesa oír a los gobiernos europeos y a la comunidad internacional para justificar la entrada de multinacionales.
¿Qué reclama usted?
Solicitar a Mariano Rajoy que nos visite en nuestros territorios, que conozca la situación que estamos sufriendo a cuenta de la política capitalista de extracción y de entregar nuestros territorios a las multinacionales.
¿Creen posible mantener estos territorios ante el inmenso poder de gobiernos y multinacionales?
Somos muy positivos. No quiero que nos vean a los indios como unos pobrecitos a los que están matando y a los que hay que defender. No nos limitamos a criticar el sistema. Tenemos una alternativa, con nuestros territorios donde cultivar, donde vivir libres espiritualmente y convivir con los otros sectores: campesinos, negros, los que viven en las ciudades. Queremos que el Gobierno nos entregue la educación a los indígenas, porque siempre ha estado en manos de la Iglesia católica. También planteamos sistemas indígenas de salud propios. Necesitamos la ciencia occidental pero complementamos con los métodos tradicionales propios.