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martes, 10 de setembro de 2013

Hibakushas: el silencio de los que sobrevivieron para contarlo


Nueve japoneses que sobrevivieron a las bombas de Hiroshima y Nagasaki recorren el mundo en el Barco de la Paz
Visitan en Barcelona la Escola Sadako, llamada así en memoria de la niña que hizo 644 grullas de papel
Maribel Hernández el diario.es 29/08/2013 - 21:55h

El 6 de agosto de 1945, Sadako Sasaki tenía dos años de edad. Esa mañana, a las 8:15, el Enola Gay lanzaba sobre Hiroshima la bomba atómica. Little Boy explotaría a tan sólo 1,5 kilómetros de la casa de Sadako, transformándose en una gran bola de fuego de más de 250 metros de diámetro, capaz de elevar la temperatura en más de un millón de grados y de acabar fulminantemente con la vida de unas 80.000 personas. La pequeña logró sobrevivir a ese escenario de horror que aceleraría el fin de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, nueve años después enfermó de leucemia como consecuencia de la radiación. Se cuenta que fue su mejor amiga, Chizuko Hamamoto, quien le recordó una antigua leyenda según la cual si lograba realizar mil grullas de papel los dioses le concederían un deseo. Sadako murió el 25 de octubre de 1955. Había hecho 644 grullas.
Esta japonesa da nombre hoy a una escuela de Barcelona que, el pasado lunes, recibió, seguramente, una de las visitas más especiales en sus 45 años de historia: los nueve hibakushas (literalmente “persona bombardeada”) que viajan a bordo del Barco de la Paz.
“Cuando supe que en Barcelona había una escuela llamada Sadako sentí mucha curiosidad y comencé a investigar”, explica Mioko Tokiwa, miembro de Peace Boat, una ONG fundada en 1983 por cuatro universitarios japoneses. Estos jóvenes decidieron viajar a través de los países asiáticos vecinos para entender mejor el papel que Japón había jugado durante la guerra. Treinta años más tarde, el Barco de la Paz sigue surcando los mares transmitiendo mensajes antinucleares y contra la violencia en los países que visita y, al mismo tiempo, educando en la convivencia y la sostenibilidad al millar de pasajeros que deciden embarcarse en una aventura de tres meses de duración.
La visita a la Escola Sadako se engloba en las actividades del Viaje Global por un Mundo Libre de Armas Nucleares-Proyecto Hibakusha del Barco de la Paz. Esta iniciativa es uno de los múltiples proyectos que se llevan a cabo a bordo. Su objetivo principal es difundir los testimonios de quienes sobrevivieron a los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, una suerte de ejercicio de memoria colectiva que a veces no resulta tan fácil. No siempre se encuentran las palabras adecuadas para narrar lo inefable, por eso muchos de los hibakushas optaron por el silencio. “El año pasado, mientras estábamos en Chipre, una pasajera del barco sintió la necesidad de abrirse y compartió con todos su historia por primera vez en su vida”, recuerda desde el muelle de Barcelona Laure Norest, trabajadora de la organización.
Sobrevivir para contar
Otros, como Tadashi Okamoto, han reconstruido sus recuerdos para poder contarlos a pesar de que cuando sucedieron los hechos tenían solamente 1 ó 2 años de edad. “El 6 de agosto de 1945, en el momento en que lanzaron la bomba, mi madre y yo estábamos durmiendo en casa, a dos kilómetros del lugar donde cayó. No nos dimos cuenta de que la casa se había venido abajo y habíamos quedado enterrados hasta que recuperamos la conciencia. Cuando nos despertamos todo estaba oscuro y no entendíamos qué pasaba, sentimos pánico. De repente, en medio de la oscuridad mi madre me escuchó llorar, me buscó desesperada, me cogió en brazos y, gateando, siguió la luz hasta que consiguió salir. Los edificios de alrededor estaban totalmente destruidos, era imposible reconocer el vecindario, no había caminos, la gente iba caminando en fila, con la ropa destrozada, las caras infladas, el cuerpo rojo y negro y no sabíamos por qué, todos íbamos así, haciendo cola hacia el mismo sitio”.
Pese a sobrevivir, los padres de Okamoto casi nunca hablaron de lo sucedido. Este japonés, voluntario del Museo del Memorial de la Paz de Hiroshima y guía del recorrido de lápidas del Parque Memorial, desde hace años cuenta su experiencia para que ésta sirva como herramienta “para reflexionar sobre la paz”. Reconoce haber sentido vergüenza durante mucho tiempo de sus heridas, unas cicatrices sobre el brazo izquierdo y la cabeza que fueron aumentando de tamaño a medida que se hacía mayor. “Esto me supuso mucho estrés a lo largo de los años pero hasta ahora no he sufrido ninguna enfermedad grave aunque de vez en cuando tengo una sensación inquietante que me hace sentir muy inseguro en mi propio cuerpo”, confiesa.
El miedo a enfermar y las consecuencias sobre la salud han afectado a varias generaciones. Muchos no reciben la asistencia adecuada. “El estado japonés ha puesto en marcha algunas acciones para ayudar a los hibakushas pero eso no basta, sobre todo a nivel emocional, no ha habido un reconocimiento suficiente”, constata Takashi Miyata, testigo de la bomba de Nagasaki a los cinco años de edad y entregado tras su jubilación a la tarea de compartir su testimonio especialmente en las escuelas de Primaria y Secundaria. “En estos 68 años he aprendido que lo más importante es la vida y que se tiene que hacer todo lo posible para que continúe. Las guerras rompen con esto y espero que tanto en Europa como en cualquier otro sitio se siga entendiendo la importancia de la vida y se trabaje por ello”, remata.
Los hibakushas tienen una edad media de 78 años, razón por la cual los miembros del Barco de la Paz son conscientes del reto y la progresiva dificultad de recuperar sus historias. Por ello, tratan de involucrar a los jóvenes para que ellos mismos se conviertan también en transmisores de esta memoria. En este sentido, un grupo de “Comunicadores Especiales Juveniles” acompaña a los mayores en el viaje. Muchos de ellos, como Mayu Seto, pertenecen a la tercera generación de hibakushas. Mayu, que nunca pudo escuchar el testimonio de su abuela, se ha propuesto concienciar a otros jóvenes sobre el problema de las armas y la energía nuclear.
Unos pasajeros muy especiales
La mayoría de los pasajeros del Barco de la Paz son japoneses, generalmente estudiantes o personas mayores, ya que son estos los rangos de edad que pueden permitirse un viaje de 85 días de duración a través de una veintena de países distintos. De entre los 800 ocupantes que han desembarcado en Barcelona llama especialmente la atención un joven americano. Es Ari Beser, nieto del lugarteniente Jacob Beser, el único estadounidense que estuvo dentro de los dos aviones que lanzaron las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki.
A los 25 años, Ari es un convencido activista por la paz, sumergido con pasión en la tarea de escribir su propio libro sobre lo sucedido, de honrar a los hibakusha. Tal vez en su caso, las palabras sean la única forma de reconciliarle con su pasado. “En 2011 viajé a Japón y tuve la oportunidad de conocer a un sobrino de Sadako, había leído su libro de pequeño y jamás pensé que lo conocería a él o a su hermano. Cuando supo mi historia me propuso colaborar juntos y me regaló una de las últimas grullas que hizo Sadako. Me parecieron gente extraordinaria y muy inspiradora y me dieron fuerzas para seguir adelante”, cuenta el joven, que también ha podido conocer en persona al nieto del presidente Harry Truman, Daniel Cliffton. “Los tres, el nieto de Truman, el sobrino de Sadako y yo, fuimos juntos a Hiroshima y estuvimos allí el 6 de agosto visitando el Memorial. Juntos hemos llegado a la conclusión de la importancia de transmitir todo lo que nos ha pasado”.
Ari volverá a compartir espacio con el nieto de Truman en las próximas semanas, pues está previsto que éste se sume al pasaje del barco. Su ejemplo, junto con el de los hibakushas, refuerzan el trabajo de esta comunidad flotante por la paz de más de 35.000 toneladas de peso. Son ellos quienes provocan, como dice Mioko Tokika, que "prácticamente todo el que sube al Barco de la Paz se baje transformado de alguna manera".

venres, 11 de xaneiro de 2013

Fallece Shomei Tomatsu, fotógrafo que retrató a supervivientes de Nagasaki


El artista japonés muere a los 82 años a causa de una neumonía
Inmortalizó la ciudad y sus habitantes después del bombardeo atómico
El reconocido fotógrafo japonés Shomei Tomatsu, famoso por sus series de retratos de supervivientes del bombardeo atómico de Nagasaki (suroeste), falleció el pasado 14 de diciembre a los 82 años a causa de una neumonía, informaron sus familiares.
Tomatsu llevaba tiempo ingresado en un hospital de Naha, capital de la provincia de Okinawa (sur), donde también retrató con esmero los ritos y las gentes de esta región cuya singular cultura sobrevive a duras penas tras siglos de conquistas.
Tomatsu, nacido en 1930 en Nagoya (centro), comenzó a tomar fotos en su niñez y tras graduarse en Económicas por la Universidad de Aichi (centro), comenzó a producir instantáneas para el gran grupo editorial Iwanami.
Dos años después decidió convertirse en freelance y en 1959 fundó el grupo "Vivo" con los también fotógrafos Eiko Hosoe e Ikko Narahara.
El libro "Hiroshima-Nagasaki Document 1961" publicado ese año en colaboración con otro fotógrafo, Ken Domon, y que incluía retratos suyos de supervivientes de la bomba atómica que fue lanzada sobre Nagasaki el 9 de agosto de 1945 llamó por primer vez la atención de público y crítica.
"Fue una persona que tenía una gran mirada con respecto a Nagasaki y su muerte nos ha provocado un vacío en el corazón. A través de las obras que nos ha dejado trataremos de seguir expresando su voluntad ", explicó a Efe un portavoz del Museo de la Bomba de Nagasaki, que alberga una colección de 614 obras suyas.
La última gran exposición sobre su trabajo se celebró en este museo entre septiembre y octubre de 2009, aunque periódicamente la institución organiza pequeñas exhibiciones.
Después de sus trabajos centrados en Nagasaki, Tomatsu se desplazó a Okinawa, cuando la provincia aún estaba bajo mando estadounidense (no fue devuelta a Japón hasta 1972), y allí capturó como nadie los elementos de la cultura tradicional ryukense, propia de este archipiélago.
Al mismo tiempo, retrató la vida en las bases estadounidenses y el día a día de los okinawenses bajo la ocupación, hasta componer una estupenda crónica del Japón de posguerra.
A finales de los noventa Tomatsu se mudó a Nagasaki, donde continuó retratando supervivientes de la bomba atómica con los que acabó por entablar una relación muy cercana, hasta que hace dos años volvió a trasladarse a Okinawa.
Según los críticos, Tomatsu supuso una importante influencia para la generación de fotógrafos que le sucedió, en la que destacan nombres como Takuma Nakahira o Daido Moriyama.

venres, 4 de xaneiro de 2013

El reloj de Nagasaki


Ánxel Grove 27 diciembre 2012. 20minutos.es
“Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura menos que la liviana melodía que sólo es tiempo“, escribió el infinito Borges, quizá en la no menos perdurable extensión de una noche de pérdida en las dunas del insomnio.
Shōmei Tōmatsu, nacido en 1930 en Nagoya, una ciudad cuya etimología japonesa conduce a la palabra pacífico, amplió la sentencia del escritor en la foto que encabeza esta entrada: un reloj de pulsera detenido a las 11:02 horas del 9 de agosto de 1945, momento exacto en que una bomba atómica de los EE UU explotó sobre Nagasaki, una ciudad pesquera colonizada por portugueses y españoles cuya etimología no conduce a ningún significado preciso. Tras los 3.900 grados centígrados a los que la fisión nuclear elevó la temperatura ambiente, toda ley etimológica dejó de ser necesaria.
Como Borges, Tōmatsu es un poeta, acaso el más poético de los fotógrafos contemporáneos. Cuando en 1961 una revista le encargó retratar el corolario del asesinato masivo (150.000 cadáveres a las 11:02) un cuarto de siglo después, el fotógrafo se detuvo en una botella derretida hasta el punto de parecer el Cristo de una capilla rural española o portuguesa, las tumbas de un cementerio todavía volteado, un reloj recuperado del brazo de un anónimo habitante de Nagasaki que estaba a 700 metros del epicentro de la explosión…
Hace dos semanas, en este blog y también en la sección de cada jueves, Xpo, dedicada a la fotografía, quienes las hacen y quienes se dejan hacer, hablé de otra foto de Nagasaki: la de un niño sosteniendo el cadáver de su hermano chico en espera de cremación. La imagen contenía, intentaba abreviar, la hiel, el absurdo, la desdicha, infinita como el tiempo, que se concentró en el segundo en que el tiempo dejó de existir, también carbonizado.
Vista desde la amnesia la foto de Tōmatsu puede ser una metáfora de un sol derrotado. También, claro, el bosquejo de una bandera opcional de Japón: un mecanismo que mide el tiempo en torno a un trapo blanco que configura una levísima orografía bajo el peso del reloj calcinado.
Imagino al fotógrafo preparando el bodegón en un estado de trance en el que tal vez pidió la ayuda de los dioses de la amnesia.
Admiro a Tōmatsu. Creo que es uno de los, digamos, tres grandes fotógrafos vivos —los otros dos también son japoneses—. Si tuviese dinero, ese arcano, compraría copias de muchas de sus fotos, todas las que inserto tras este post, para colocarlas en una pared virgen y componer una cartografía ante la cual perderme.
Siempre imagino a Tōmatsu, sin embargo, en el momento previo a la foto del reloj de Nagasaki, sosteniendo con dedos de cristal la esfera liviana y muerta para tejer la bandera que todos deberíamos alzar con cada amanecer.

venres, 16 de decembro de 2011

Los Álamos: el laboratorio de la bomba atómica se marchita


La interferencia de política y empresarial ha reducido su relevancia en la última década
MIGUEL ÁNGEL CRIADO 11/12/2011
Oppenheimer en 1945 observando os restos dunha proba nuclear
Si [Robert ] Oppenheimer estuviera vivo se echaría a llorar". Así resume el experto en la historia nuclear americana Hugh Gusterson la impresión que se llevaría el director del Proyecto Manhattan si viera la situación en la que se encuentra el Laboratorio Nacional Los Álamos, donde él y los mejores científicos del entonces llamado mundo libre crearon la bomba atómica para sentenciar la II Guerra Mundial. Ni el fin de la Guerra Fría ni los procesos de desarme nuclear han dañado tanto la excelencia científica de Los Álamos como la interferencia de los políticos y la aplicación de criterios de gestión empresarial.
En 1943, cuando los aliados aún iban perdiendo la guerra, los militares estadounidenses decidieron concentrar las investigaciones para conseguir la bomba atómica en un único lugar. El responsable militar del Proyecto Manhattan, el general Leslie Groves, quería un sitio aislado y alejado de las fronteras exteriores de EEUU. Fue Robert Oppenheimer, director científico del programa atómico, el que eligió el lugar: un desierto en la zona norte de Nuevo México. De allí salieron Trinity (el primer ensayo) y las bombas Little Boy y Fat Man, que fueron arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki, respectivamente.
Los Álamos, que ocupa una extensión de unos 90 kilómetros cuadrados salpicada de decenas de edificios, fue secreto durante años y comparte con el Lawrence Livermore National Laboratory, creado una década después, la misión de diseñar las armas nucleares de EEUU. Eso lo convirtió en uno de los mayores centros de investigación del mundo, donde acababan algunos de los mejores físicos, matemáticos o ingenieros. Tenían aceleradores de partículas, las computadoras más potentes de la época como la serie MANIAC y vía libre para investigar.
El precio de los militares era un férreo control sobre la vida de los científicos y sus familias. Tenían prohibido hablar de lo que hacían allí dentro. Su vida pasada y la de los suyos eran concienzudamente investigadas. Aún les someten a controles de drogas y alcoholemia por sorpresa y, ocasionalmente, sufren registros de sus casas y pertenencias. Todavía hoy necesitan permisos para viajar al extranjero. Todo eso no ha impedido que, junto a logros como el desarrollo de la bomba H y las sucesivas generaciones de misiles nucleares, los científicos hayan aportado grandes avances en campos como la energía, la aventura espacial, la supercomputación y, paradójicamente, el control y desmantelamiento de armas nucleares.
"Habiendo sobrevivido a las protestas antinucleares de los años 80 y al fin de la Guerra Fría años después, los científicos de armamento nuclear estadounidenses están comprobando que la principal amenaza a su trabajo proviene de una fuente inesperada: los políticos y administradores que se suponía estaban de su lado", escribe Gusterson en un artículo publicado en la pasada edición del Bulletin of the Atomic Scientists. Para este antropólogo y sociólogo, autor de varios libros sobre la historia del armamento nuclear, Los Álamos vive en un proceso de declive que, además de comprometer su futuro, socava su misión original: ofrecer seguridad a EEUU.
Un drama en tres actos
En su artículo The assault on Los Alamos National Laboratory: A drama in three acts, recoge cómo muchos medios de comunicación y políticos le tenían ganas el laboratorio. La institución funcionaba de forma autónoma. Ni siquiera los militares interferían demasiado en el trabajo de los científicos. Pero, como escribe Gusterson, algunos empezaron a acusarles de arrogantes.
La carnaza a los enemigos de Los Álamos se la dio el llamado caso Lee. En marzo de 1999, The New York Times publicó que un científico estadounidense de origen chino, Wen Ho Lee, había robado secretos militares del complejo. Aunque nunca se probó que Lee tratara con espías chinos, el asunto le costó el puesto al director de las instalaciones, que fue sustituido por un militar, el almirante Pete Nanos, con el que el presidente George W. Bush, escribe Gusterson, "esperaba llevar la disciplina de la marina a los melenudos del laboratorio".
La presunta desaparición de nuevos discos con información confidencial (que después se comprobó que nunca habían existido) hizo que Nanos implantara un régimen casi de terror que le granjeó la oposición de los científicos, pidiendo la nómina muchos de ellos. En 2004, y tras un informe encargado por el Congreso de EEUU, el Gobierno sacó a concurso la gestión de Los Álamos, que ganaría un consorcio liderado por la corporación Bechtel. Esto trajo la aplicación de un sistema de gestión empresarial que antepuso los resultados empresariales a los logros científicos.
Desde entonces, la producción científica de Los Álamos no ha dejado de bajar. Desde mediados de los años 90, el número de patentes aumentó hasta el pico de 71, conseguidas en 2003. En 2004 fueron 62, en 2008 29 y en 2009, últimos datos disponibles, remontaron algo hasta las 48. Público ha intentado en las últimas semanas contrastar los datos y argumentos de este experto con los responsables de Los Álamos, pero la respuesta, que no llegó, "estaba en manos de Washington", aseguraron desde su departamento de comunicación.
Los Álamos ha intentado diversificar su campo de investigación. Son los responsables del control y mantenimiento de las más de 5.000 cabezas nucleares que conserva EEUU, pero ahora buena parte de su investigación se centra en el estudio de nuevas energías.
Con todo, el programa de armas y el de no proliferación de las mismas aún se llevaron el 59% de los 2.000 millones de dólares de los que dispuso Los Álamos en 2010. También es la nuclear su gran baza para seguir adelante. Desde hace una década se proyecta el CMRR Project, un nuevo laboratorio para gestionar el plutonio (retirada y reposición) del arsenal nuclear de EEUU
El problema es que la justicia puede parar su construcción. El colectivo Los Alamos Study Group (LASG) ha conseguido que un juez federal acepte su denuncia contra el proyecto por no incluir un adecuado estudio de impacto ambiental. También el desastre de Fukushima ha provocado la alarma ya que Los Álamos se encuentra en una zona de moderada sismicidad. En un artículo esta semana, el director del proyecto aclaraba en The Washington Post que el edificio aguantará terremotos de magnitud 7,3 (el de Fukushima llegó a 9). El líder de LASG, Greg Mello, dijo al periódico: "Los Álamos no tiene esa cultura de seguridad necesaria para una instalación que almacenará la mayor reserva de plutonio del país". Sea como sea, sin el nuevo laboratorio, Los Alamos se quedará sin futuro.

domingo, 20 de marzo de 2011

Hiroshima clama contra las nucleares


Los supervivientes de la bomba atómica confían en que Fukushima sea "el principio del fin" de las centrales - La ciudad cobija el movimiento más crítico con esa energía
GEORGINA HIGUERAS (ENVIADA ESPECIAL) - Hiroshima - 19/03/2011
Hiroshima 1945
"Ahora es el momento de estar unidos para ayudar a las víctimas del terremoto y a quienes luchan por salvar a todo el país de una catástrofe mayor en Fukushima, después nos movilizaremos para forzar un cambio en la política energética nacional", afirma el doctor Nanao Kamada, presidente de la Fundación de Apoyo a los Supervivientes de la Bomba Atómica de Hiroshima.
Kamada, de 73 años, es hematólogo y lleva 49 empeñado en batallar contra la leucemia, uno de los cánceres que con más facilidad desarrollan las personas expuestas a la radiactividad. En Hiroshima murieron 145.000 personas y otras 300.000 resultaron heridas o enfermaron posteriormente. Muchos supervivientes -hibakusha, como se les conoce en Japón- se suicidaron dos o tres años después incapaces de soportar el horror de la experiencia que vivieron. Pasado más de medio siglo, un estudio, realizado por la fundación que preside Kamada, sobre los efectos psicológicos de la bomba atómica, reveló que el 74% de los supervivientes tiene remordimientos y sentimiento de culpa por seguir vivos, además de un "pánico infinito" a la radiación.
En Hiroshima se encuentra el movimiento antinuclear más activo de Japón, pero pese a sus protestas no había logrado impedir que se iniciara la construcción de una central en Kaminoseki, a unos 80 kilómetros de distancia. El desastre de Fukushima, sin embargo, llevó el lunes pasado a la Compañía Central de Electricidad de Chugoku, propietaria de la central, a paralizar las obras.
"Fukushima es el punto de inflexión que marca el inicio del fin de las centrales nucleares en Japón", señala Kamada, uno de los firmantes de la carta que la Asociación Médica de Hiroshima tiene previsto enviar hoy al primer ministro, Naoto Kan, y a Naciones Unidas. Los firmantes sostienen que es "un error" construir plantas nucleares en un país propenso a los terremotos, que Fukushima ha hecho saltar por los aires "el mito de la seguridad de las centrales" y que se impone un cambio de política energética.
De momento, la carta pide al Gobierno una "información rápida y correcta", que ponga todos los medios a su alcance para solucionar el accidente de Fukushima, medidas de prevención de la radiación y un "tratamiento adecuado" para los que se expongan a esta. Pero Hiroshima, una ciudad de 1.100.000 habitantes, con muchas ONG militantes antinucleares, comienza a ponerse en pie de guerra contra las centrales.
La Fundación de Investigación sobre los Efectos de la Radiación en Hiroshima y Nagasaki ha enviado a Fukushima a tres de sus expertos para ayudar a las autoridades locales y poner a disposición de estas toda la información acumulada en estos años después de tratar a 120.000 personas afectadas en mayor o menor grado por la radiación de las dos únicas bombas nucleares lanzadas contra la población. Takanobu Teramoto, director de esta fundación, también está convencido de que una vez solucionado el accidente de Fukushima se abrirá un debate nacional contra las plantas atómicas: "Ha sido un accidente muy grande que forzará la revisión de la política energética de Japón".
Teramoto, sin embargo, indica que las medidas adoptadas por el Gobierno son correctas y que, por ahora, no existe peligro para la población más allá de la zona de exclusión de 20 kilómetros alrededor de la central accidentada. "No queremos exagerar los efectos de la radiación. Hay que estar atentos a la evolución de los reactores y ser precavidos sin crear alarma", afirma. Pero añade que mantener esta actitud requiere que el Gobierno "facilite toda la información sobre la situación de Fukushima y dé instrucciones claras para que la gente pueda seguirlas y se tranquilice".
Según Teramoto, solo en el entorno de la central se han medido niveles de radiación peligrosos para la salud, por lo que en estos momentos la atención debe concentrarse en los operarios de la compañía eléctrica, los bomberos que luchan por estabilizar Fukushima y los militares que les apoyan y protegen la zona. Insiste en que después de tantos años de investigación sobre los damnificados de las bombas se ha llegado a la conclusión de que "una radiación por debajo de los 150 milisieverts no tiene ningún efecto sobre la salud ni incide en el desarrollo de cáncer".
Kosokawa Kohji, de 83 años, uno de los supervivientes de la explosión de la bomba, que con sarcasmo denominaron Little Boy, afirma que no quiere reactores nucleares pero que entiende "que el progreso de Japón exigía su instalación". Kohji se salvó porque al ser el empleado más joven su sitio estaba en un rincón, entre la pared y el pilar del edificio de la compañía de teléfonos para la que trabajaba. Su hermana de 13 años, sin embargo, murió con todos los compañeros de su clase que se encontraban en el centro de Hiroshima derribando casas -entonces la mayoría eran de madera- para hacer cortafuegos porque se habían intensificado los bombardeos estadounidenses contra la ciudad.
En 2004, Kohji participó en Gernika en una conferencia contra las bombas atómicas y afirma que de ese viaje por España y Alemania se quedó impresionado por los molinos eólicos. "Japón eligió el camino más fácil porque, pese al espanto de Hiroshima y Nagasaki, el pueblo no tenía ningún conocimiento de la radiactividad. Nosotros, los que la sufrimos, sí lo tenemos y ahora este accidente va a cambiar radicalmente la opinión de los japoneses sobre las centrales nucleares", dice.
Kohji afirma sentirse "orgulloso" del trabajo y la disposición de los operarios que luchan por impedir explosiones mayores e insiste en que se mencione su agradecimiento a la comunidad internacional por acudir en apoyo de los damnificados del terremoto y del accidente de Fukushima. Tras recordar a sus compañeros muertos -la mujer que estaba a su lado murió al cortarle el cuello uno de los cristales lanzados como puñales por la onda expansiva de la explosión-, señala que confía en que ahora "tal vez el mundo empiece a comprender la barbarie que EE UU hizo con nosotros".
El Parque de la Paz, levantado en el mismo lugar en que fue lanzada Little Boy, está dedicado no solo a la memoria de aquellos que perdieron la vida, sino también a la lucha por un mundo sin armas nucleares. Ahora son muchos los que consideran que Fukushima será la bandera de un nuevo movimiento para que Japón no tenga ninguna central nuclear, ni militar ni civil.