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domingo, 8 de setembro de 2013

Martin Luther King, un sueño casi cumplido


En 1963, una marcha por los derechos civiles de los negros en EE.UU recorrió Washington DC
El doctor King, un excelente predicador, pronunció ante más de 200.000 personas uno de los discursos más brillantes de todos los tiempos: ‘I have a dream’, exclamó. Y la historia cambió

Hace solo 50 años, en Estados Unidos, los negros, ese era su nombre, no afroamericanos, eran linchados por fanáticos blancos. En los Estados del Sur, el Ku Klux Klan quemaba sus propiedades y bombardeaba sus iglesias, y las cruces de esta organización racista ardían amenazantes por las noches; la segregación racial se practicaba en universidades y escuelas, en las estaciones de autobuses y trenes todavía había salas separadas para las dos razas, también estaban segregados los lavabos públicos. La abrumadora mayoría blanca, algo que también pertenece ya al pasado, mantenía a los negros como ciudadanos de segunda violentando los derechos humanos y la doctrina de la libertad sobre la que se había construido el país; la policía utilizaba la máxima brutalidad e incluso el crimen contra los negros; eran frecuentes las desapariciones de luchadores por los derechos civiles mientras hacían campaña por Estados sureños como Alabama y Misisipi, que luego aparecían torturados y asesinados, a manos de los mismos sheriffs encargados de mantener el orden. Un negro había muerto de­sangrado en Alabama porque el conductor, blanco, de la ambulancia que acudió a la llamada se negó a recogerle.
Es importante recordar esta realidad para comprender lo que supuso la Marcha sobre Washington que el 28 de agosto de 1963 movilizó a unas 200.000 o 300.000 personas, en su inmensa mayoría negros, que caminaron por el Mall de la capital federal, desde el obelisco erigido en recuerdo de Washington, el primer presidente del país, hasta el Memorial de Lincoln, el presidente que acabó con la esclavitud, auténtica catedral civil de Estados Unidos. La minoría negra llevaba tiempo organizándose y saliendo a la calle dividida entre los que predicaban la vía pacífica de Gan­dhi, para los que los agravios sufridos por los negros podían resolverse, sin violencia, dentro del sistema, y un sector extremista, no despreciable, que propugnaba utilizar la fuerza; estos últimos, capitaneados por Malcolm X, arengaban a los jóvenes negros con la incendiaria consigna: Burn, baby, burn. El verano de 1963, el año en el que Richard Burton y Elizabeth Taylor se enamoraron en el rodaje de Cleopatra, los Beatles realizaron su primera gira por Estados Unidos y el general De Gaulle vetaba la candidatura de Reino Unido al Mercado Común, fue muy caliente y las ciudades estadounidenses comenzaron a arder en los primeros disturbios raciales. El escritor de color James Baldwin advertía en The New Yorker: “El precio de la liberación de los blancos es la liberación de los negros”. Estados Unidos tenía 189 millones de habitantes, y el libro más vendido era Las sandalias del pescador, de Morris West.
Ocupaba la Casa Blanca el joven presidente Kennedy, que había comprendido la necesidad de afrontar la polarización racial, que consideraba una cuestión moral irresuelta, “tan vieja como las Escrituras y tan clara como la Constitución americana”. JFK había solicitado al Congreso que promulgara una ley de derechos civiles comprometiéndose a que “la raza no tenga sitio en la vida o en la ley del país”. Optimista, creía que un gran cambio estaba al alcance de la mano y era la hora de hacer esa revolución pacíficamente. No llegaría a verla: tres meses después caería asesinado en Dallas. Fue su sucesor, un presidente sureño, Lyndon Johnson, quien sacó adelante la Ley de Derechos Civiles y la ley que garantizaba el voto igual para los negros. “Su causa”, explicó, “debe ser la nuestra, porque no solo son los negros, sino todos nosotros quienes debemos superar el abrumador legado de la intolerancia y la injusticia”. No se cumplieron los temores de violencia en la Marcha del 28 de agosto. Los manifestantes sorprendieron por su disciplina y 5.900 policías asistieron, tensos, a una manifestación pacífica; los 4.000 soldados y marines listos por si acaso no fueron llamados. Los congregados portaban pancartas en las que exigían ¡Derechos civiles efectivos, ya! Unos jovencísimos Bob Dylan y Joan Baez cantaron a coro When the ship comes in. Pero el himno sonoro de la Marcha fue el We shall overcome (Venceremos).
Quien hizo historia ese día fue un joven reverendo negro, líder de los derechos civiles para su raza, el doctor Martin Luther King, un extraordinario predicador que pronunció el discurso I have a dream (Yo tengo un sueño), que resuena aún a la altura de la oratoria más inspiradora de todos los tiempos. Esas cuatro palabras han quedado grabadas en el disco duro de la memoria universal como un mensaje de esperanza e igualdad. Pronunciado bajo un silencio casi religioso en las escalinatas del Memorial Lincoln, a la sombra de la estatua en mármol del presidente también asesinado, King llamó a comparecer a la conciencia de Estados Unidos. “Tengo un sueño de que un día esta nación se levantará para convertir en realidad el verdadero significado de su credo: ‘Mantenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los hombres son creados iguales’. Sueño que un día en las rojas colinas de Georgia los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos amos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad. Sueño que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel”. La América blanca recibió las palabras de King como una ofensa, pero el movimiento de los derechos civiles recibió un empujón que mucho después resultaría imparable. Pero antes el sueño del 28 de agosto de 1963 se teñiría de violencia y retroceso en muchas ocasiones. Martin Luther King no llegó a verlo: fue asesinado de un disparo en la cabeza en 1968 en el motel Lorraine de Memphis. La muerte del discípulo de Ghandi desató la mayor oleada de disturbios, incendios y saqueos de la historia del país, que afectó a 168 ciudades; solo en Washington fueron incendiados 711 edificios, algunos de ellos a pocas manzanas de la Casa Blanca; los negros fueron llamados a coger sus armas y 55.000 soldados fueron necesarios para restablecer el orden.
Hoy, medio siglo después de la Marcha sobre Washington, Estados Unidos ya no es el país binario, blanco y negro. La raza no es la cuestión central que lo divide. En gran medida se ha cumplido el sueño que tuvo King hasta el extremo, posiblemente nunca soñado por él, de contar con el primer presidente negro de su historia. Barack Obama, que alcanzó la Casa Blanca gracias a no convertir a la raza en el eje de su campaña, se considera, sin embargo, un heredero directo del sacrificio y el esfuerzo de los líderes como King. Nada más llegar al poder, devolvió al Gobierno británico el busto de Churchill que presidía el Despacho Oval, que Londres le había prestado a George Bush tras el 11-S, sustituyéndolo por uno de Luther King y otro de Lincoln. Obama, que solo tenía dos años cuando tuvo lugar la Marcha sobre Washington, considera que la lucha por la libertad de los negros no solo define la experiencia afroamericana, sino la experiencia estadounidense.
En el epílogo de la biografía sobre Obama El puente. Vida y ascenso de Barack Obama, de David Remnick, el presidente declara al autor: “En el núcleo del movimiento de los derechos civiles, incluso en medio de la ira, la desesperación y el black power, hay una voz, que es sobre todo la de King, que dice que nosotros, como afroamericanos, somos estadounidenses, y que nuestra historia es la historia de Estados Unidos, y que perfeccionando nuestros derechos perfeccionamos la unión… lo cual es una historia muy optimista a fin de cuentas. No hay equivalente en muchos otros países: esa sensación de que mediante la liberación de los peor situados, la sociedad entera se transforma para mejor. Aún no hemos llegado, pero el viaje continúa”. Estados Unidos no es todavía una sociedad posracial, pero ha curado en buena medida la feroz división, se ha vuelto más café con leche gracias a un profundo cambio demográfico, que puede hacer pensar en una falsa ceguera de color.
En la reelección de Obama, por primera vez, la participación de votantes negros excedió a la de los blancos; en solo un año, la mayoría de los niños por debajo de cinco años será de grupos minoritarios y la actual mayoría blanca anglosajona desaparecerá a partir de 2045. Hoy los hispanos ya han superado a los negros como primera minoría. Sin embargo, el paro entre los negros dobla el desempleo entre los blancos; el 40% de los niños negros crece en la pobreza; los afroamericanos son el 13% de la población, pero el 37% de los reclusos y el 50% de las víctimas y culpables de homicidios. El 56% de los negros cree que hay mucha discriminación en EE UU, frente a solo un 16% de los blancos. Todavía hay color.

domingo, 24 de febreiro de 2013

El limbo de Guantánamo


El presidente firmó una orden ejecutiva en 2009 para cerrar la prisión
Entre los objetivos marcados por Barack Obama para su segundo mandato en el discurso sobre la estado de la Unión hubo una ausencia notable: el cierre de Guantánamo. No es una sorpresa, puesto que hace tiempo que ese asunto no aparece entre las prioridades del presidente ni la presión social en Estados Unidos al respecto es significativa. Pero sí es la confirmación de que la Casa Blanca, frustrada por la complejidad del caso, ha tirado la toalla.
La orden del cierre de Guantánamo en el plazo de un año fue la primera que firmó Obama al llegar al Despacho Oval. Pero en el camino surgieron tantos obstáculos, que no solo transcurrió ese año sin resultados sino que pasaron otros tres más y, seguramente, los cuatro años restantes de esta presidencia, puesto que todo indica que la herencia envenenada que dejó George W. Bush quedará para el sucesor de Obama. La última prueba de ello es que Daniel Fried, quien estaba al frente de las gestiones para la repatriación de los presos, dejó la pasada semana su cargo, sin que nadie le haya sustituido.
Formalmente, la Casa Blanca no ha renunciado al propósito de cerrar Guantánamo. Cada vez que se le pregunta en público a un portavoz oficial, la respuesta es la misma: “El presidente sigue comprometido con esa idea”. Pero, en privado, se admite que es una causa imposible y se responsabiliza del fracaso al Congreso.
En parte es así. Los republicanos se han opuesto desde el primer día a esa medida y han obstaculizado la búsqueda de cualquier solución. Los demócratas, por su parte, tampoco han ayudado mucho. Ningún demócrata, por ejemplo, se ha ofrecido a defender la instalación en su estado de una cárcel a la que trasladar los presos de Guantánamo.
Obama, por su parte, es responsable de no haber dedicado a ese fin las energías necesarias, que hubieran sido muchas. Un presidente cuenta con un determinado capital político que gastar. Este presidente, en cuanto comprobó que el cierre de Guantánamo exigía muchísimo más que firmar una orden, prefirió dedicar ese capital, primero, a la reforma sanitaria o a la solución de la crisis económica, y ahora, a la reforma migratoria o al control de las armas de fuego.
Aunque, de repente, Guantánamo fuera su prioridad, quizá las cosas no cambiarían mucho. En la famosa prisión situada en la base norteamericana en Cuba hay actualmente 166 presos. De ellos, 56 son de Yemen, de los cuales 26 están ya autorizados a ser puestos en libertad. Pero su país no los acepta y ningún otro ha accedido a acogerlos. Las expatriaciones están paralizadas, además, porque el Congreso exige, para aprobarlas, que la Administración garantice que no serán un peligro posterior, algo prácticamente imposible.
Para los 46 presos calificados como “muy peligrosos”, el Gobierno busca un estatus que permita que sean juzgados. Pero cuando se intentó hacer el juicio de algunos en Nueva York, se opuso el alcalde de la ciudad. Aunque se consiguiera procesarlos, no hay cárceles a las que enviarlos puesto que todos los estados se niegan a recibirlos.
Guantánamo ha quedado en un limbo legal y político del que a nadie se le ocurre como salir.

domingo, 20 de xaneiro de 2013

La gran novela americana es una foto


El Reina Sofía ‘descubre’ el genio de Robert Adams, cartógrafo del Oeste estadounidense
Es la primera retrospectiva consagrada al artista en Europa
Los ríos, los álamos y chopos, los caminos y carreteras, el tendido eléctrico, los bosques talados, el cementerio, la escuela abandonada… quizá la gran novela americana no está en manos de un escritor sino en la mirada lacónica, concisa y austera de un fotógrafo solitario, Robert Adams, el hombre que lleva cuatro décadas (nació en Nueva Jersey en 1937 y hoy vive en la otra punta del mapa, en el noroeste de Oregón) intentado escrutar el paisaje de las llanuras. Su primera retrospectiva en Europa, desde ayer y hasta el 20 de mayo en el Museo Nacional Reina Sofía, brinda todo el dolor, conocimiento y épica que requiere uno de los misterios más insoldables de la cultura moderna: el Oeste Americano. “En este paisaje el misterio es una certidumbre, una certidumbre elocuente”, escribe el fotógrafo, poco amigo de viajar más allá de su territorio.
Robert Adams: el lugar donde vivimos ocupa 10 salas de la tercera planta del Reina Sofía. Más de 300 fotografías de pequeño formato y más de 40 libros dispuestos en un espacio expositivo que, como el paisaje que describe Adams, resulta tan luminoso como huraño. Al llegar, uno solo percibe la inmensidad, pero al acercarse a las series de fotografías (que requieren tiempo y foco), las imágenes dejan de ser diminutos puntos en ese mapa que nos guía de sala en sala, de pueblo en pueblo, de historia en historia. La vastedad del territorio se resuelve entonces como la del propio hombre, el que mira y el que dispara. “Las fotografías de Adams se leen”, afirma Joshua Chuang, comisario de la exposición y uno de los responsables de la catalogación de su obra en la Yale University Art Gallery. “El montaje de esta exposición es el más hermoso que jamás he visto de Robert Adams, es una novela épica de la historia de Estados Unidos. Cada sección es un capítulo de esa gran historia. Un recorrido íntimo, sin más información que algunos textos del propio artista, que nos lleva a preguntarnos por los lugares donde vivimos”.
Chuang explica que la idea del título de la exposición, esos “lugares donde vivimos”, surge del prefacio que el crítico e historiador John Szarkowski, director del Departamento de Fotografía del MoMA entre los años sesenta y noventa y uno de los impulsores de la carrera de Adams, escribió para el fotolibro New West (1974): “Su moral es que el paisaje es para nosotros el lugar donde vivimos. Si lo hemos usado de mala manera no podemos despreciarlo sin despreciarnos a nosotros mismos. Si hemos abusado de él, destruido su salud y construido en él monumentos a nuestra propia ignorancia, sigue siendo nuestro lugar, y antes de poder seguir adelante tenemos que aprender a amarlo”.
Adams fue un niño enfermizo que a los 15 años se trasladó con su familia al estado de Colorado. Ahí descubre las grandes llanuras y ahí descubre también la incontrolada mano del hombre en la ciudad de Colorado Springs. Se traslada a California para estudiar literatura y regresa en los años sesenta a Colorado como maestro. “Al igual que muchos otros fotógrafos, comencé a hacer fotografías porque quería documentar aquello que contribuye a la esperanza: el insondable misterio y la apabullante belleza del mundo”, escribe Adams. “Sin embrago, a lo largo del camino la cámara captó también pruebas en contra de la esperanza, y al final concluí que también eso formaba parte de las imágenes si quería que fueran veraces y útiles”.
“En 1975, la exposición Nuevas topografías: fotografías de paisajes alterados por el hombre cambió la percepción del paisaje que hasta entonces ofrecía la fotografía”, explica Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía. “Estaban Nicholas Nixon, Lewis Baltz, Bernd y Hilla Becher... pero por encima de todos destacó Robert Adams, un fotógrafo que sigue siendo un desconocido en nuestro país. No hay concesión romántica ni idealista en su trabajo. Su realidad es la de un cartógrafo. Trabaja como un antropólogo o etnólogo, a la manera que expresó Lévi-Strauss”. “El paisaje”, añade, “es el elemento que le permite cuestionar la modernidad. En su trabajo hay belleza, tragedia, desesperanza y esperanza. Nada más cercano a la actualidad”.
Una contradicción que el propio Adams apunta en un texto situado al final del recorrido, que para João Fernandez, nuevo subdirector del centro, concentra “la ética” de su obra. En el prefacio de su libro The place we live, Adams cita un verso de Hölderlin (“vivir es defender una forma”) que le podría servir, dice, de “epígrafe”: “A lo largo de la historia, el arte ha sido un elemento de esa defensa, un testimonio de nuestros esfuerzos por encontrar la armonía en las contradicciones aparentes”. Y así vuelve a las mismas preguntas: “¿Por qué lo arriesga todo el autor? ¿Por unos sucesos que no puede tolerar? ¿Por una promesa? ¿Por una persona, una estación o un libro? ¿Por un árbol o una carretera?”
En uno de sus viajes a Keota, Colorado, Adams se encontró con la tumba de un hombre que había conocido en las llanuras. En la lápida puso: “Clyde L. Stanley. Keota, mi hogar durante 63 años”. El laconismo de la frase fascinó al fotógrafo. “Seguramente reflexionó mucho antes de decidir que era lo más imporante, y supongo que recordaría la ventisca que había contemplado a través de las ventanas, el aroma de la salvia después de los aguaceros de verano, las conversaciones que había mantendo con los vecinos. El lugar: él era ese lugar a través del amor que le profesaba”.
Después de todo, a la gran novela americana quizá le basten unas pocas palabras.

venres, 26 de outubro de 2012

Casi el 25% de los menores de cinco años en EE UU vive en la pobreza


Se trata de niños que tienen familias con unos ingresos anuales iguales o menores a 17.633 euros. El problema se agrava entre hispanos y afroamericanos
Casi el 25% de los niños estadounidenses menores de cinco años viven por debajo del umbral de la pobreza, según concluye el informe anual America's Report Card 2012: Children in the U.S., elaborado conjuntamente por la organización First Focus y la ONG Save The Children. Esta cifra es la más alta dada en Estados Unidos en los últimos veinte años. El informe denuncia que un gran número de menores viven en núcleos familiares, de al menos cuatro personas, que perciben anualmente unos ingresos iguales o menores a 22.811 dólares (17.633 euros).
"Si bien hemos logrado grandes avances en algunas áreas, el estudio indica que, como nación, tenemos que asegurar un mejor futuro para nuestros niños y jóvenes. A pesar de existir una buena legislación para combatir la pobreza que permite mantener económicamente a millones de niños, EE UU ha fracasado en tomar las medidas adecuadas para reducir la pobreza infantil, una cifra que es la peor desde hace dos décadas", concluye el documento. La situación empeora cuando se analizan las distintas razas que conviven en el país. La cifra de casi el 25% de niños de menos de cinco años por debajo del umbral de la pobreza se dispara al 35,3% entre los hispanos y al 42,2% entre los afroamericanos.
La pobreza infantil es un problema patente en la sociedad estadounidense que "no se puede ignorar y sobre el cual hay que actuar", afirmaron los responsables del estudio durante su presentación. Entre los asistentes se encontraba la estrella de Hollywood Jennifer Garner. "Nosotros somos la nación más rica del mundo y no estamos cumpliendo ni de lejos nuestras obligaciones con las nuevas generaciones", aseguró la actriz durante el acto. "La Administración pública debe destinar más recursos al bienestar y a la formación de los más pequeños", añadió. Garner subrayó "que una mayor inversión en la infancia podrá romper con los ciclos de pobreza intergeneracional", según explica la agencia Associated Press.
Además, el 47,4% de los menores de seis años viven en familias con bajos recursos, continúa el documento. Un conjunto familiar es considerado de bajos ingresos cuando al estar compuesto de al menos cuatro personas percibe un salarial máximo anual de 45.662 dólares (35.298 euros). Un problema al que se le añade que el 7,7% de los padres de estos niños estaban en paro en el año 2011 y que el 67% de estas familias gastaron al menos el 30% de su salario en inversiones domésticas y artículos de primera necesidad.
Entre los puntos positivos del informe, se desprende que el 90% de los menores cuenta ahora con un seguro de salud, "gracias a la reforma sanitaria del presidente Barack Obama". "Lo mejor que podemos hacer es votar este próximo 6 de noviembre por representantes responsables y tras las elecciones ocuparnos de que cumplan sus promesas", recomiendan los autores del trabajo en las conclusiones.
Una de las medidas que se toman en la actualidad contra la pobreza en EE UU es el uso de cheques de alimentos a los más necesitados. Las familias de cuatro miembros o más cuyos ingresos brutos mensuales sean inferiores a 2.242 dólares (1.775 euros) son candidatos a recibir una ayuda de hasta 668 dólares (592 euros) al mes para alimentos, lo que viene a ser unos 167 dólares (132 euros) por persona, explica la página web del Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria (SNAP, por sus siglas en inglés). Alrededor del 47% de los beneficiarios son niños y el 8%, mayores de 65 años.
El informe sugiere que la mejor forma de combatir "este mal" es mediante la participación ciudadana: "Gracias a los voluntarios y a los centros comunitarios asentados en las ciudades que conforman el país, podremos luchar". "Estados Unidos siempre ha aceptado el reto de asegurar el futuro de todos sus habitantes, y sobre todo de los niños. Es hora de llegar a la altura del reto. Podemos hacerlo mejor", termina el documento.