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venres, 18 de outubro de 2013

'Fue una lluvis de bombas nazis. Llegaban tres aviones por minuto"


Felipe Matarranz, alias "Lobo", con 98 años, es probablemente el último superviviente de la batalla del Mazuco (Asturias), que actualmente está considerada como una de las más cruentas de la Guerra Civil 
ALEJANDRO TORRÚS Madrid 22/09/2013 publico.es

El ejército franquista calculó que Asturias caería en apenas siete días. Así lo hizo saber Queipo de Llano en una intervención radiofónica. Razones no le faltaban para el optimismo. La República estaba centrada en la reestructuración de su Ejército de maniobra para atacar Teruel y sus fuerzas aéreas estaban prácticamente destruidas. Para colmo, la Legión Cóndor nazi trabajaba a pleno rendimiento para abrir paso a las tropas franquistas. Sin embargo, la batalla se alargó durante 51 días. La resistencia republicana fue tal que diversos historiadores llegaron a calificar la batalla del Mazuco, enmarcada dentro de la ofensiva del ejército franquista por Asturias, como la batalla de las Termópilas.
Fiel conocedor de aquella batalla, que produjo un número de muertos imposible de reconocer, es Felipe Matarranz, alias "Lobo", quien probablemente es el último soldado superviviente de aquellas. A sus 98 años, Felipe recuerda la dureza de la batalla, el olor de la muerte y el cielo, "lleno de bombarderos nazis". "Pasamos mucho rato mirando hacia arriba esperando a que dejaran de bombardear para poder salir a batallar", explica a Público Felipe Matarranz, que señala que cada día vivían "una lluvia de bombas nazis". "Llegaban tres aviones para bombardear por minuto", añade.
La ofensiva franquista por hacerse con el control total del norte de España comenzó el 1 de septiembre de 1937 y duraría hasta el 21 octubre del 1937 cuando las tropas del ejército autodenominado nacional llegaron a Gijón. La guerra que debía duras apenas una semana se había prolongado 51 días. "El ejército franquista llegó a utilizar 145 batallones para ganar esta batalla frente a los 75 que utilizó para conquistar Bilbao. Este dato por sí mismo explica la dureza de la batalla en Asturias", explica a este diario el historiador especializado en la guerra del norte Luis Aurelio González.
Felipe Matarranz conoce a la perfección la dureza de la que habla Luis Aurelio. Llegó a ser herido tres veces durante la Guerra Civil, dos durante la ofensiva de Asturias. "Estaba luchando en Oviedo cuando recibí un tiro en la pierna. El dolor era fuerte pero no podía parar de disparar. Me até un pañuelo sobre la herida y seguí luchando. Ahora tengo una cicatriz de siete centímetros para no olvidar la batalla", recuerda Felipe, que señala que las fuerzas republicanas siempre lucharon en inferioridad numérica y armamentística.
"Morir de pie"
La batalla por Asturias tenía una importancia fundamental para el desarrollo final de la guerra. En disputa estaban las minas, la industria siderúrgica y las fábricas de armas. Sin embargo, fue una batalla desigual. El historiador Luis Aurelio Rodríguez explica que la República nunca tuvo oportunidad de avanzar en el frente. "Fue una guerra de resistencia. El ejército republicano resistía y retrocedía, pero nunca avanzaba", explica el historiador que añade que la población asturiana resistió el avance del fascismo en "condiciones dantescas". "No había ni comida".
Los 15 días que duró la batalla en el Mazuco siguieron una misma lógica de guerra. A primera hora de la mañana llegaba un avión de la legión cóndor. Reconocía el terreno, realizaba fotografías y volvía sobre la base de Llanes. Los mandos militares franquistas, tras ver las fotografías, diseñaban la secuencia del ataque. "Primero el bombardeo de la artillería pesada. Después el bombardeo de la aviación, después los cazas alemanes que ametrallaban en posición noria, es decir, de tres en tres y mientras se producían estos bombardeos, la infantería avanzaba hasta situarse a 70 metros del objetivo. Ahí empezaba la lucha con la bomba en la mano", explica.
En estas circunstancias, ya sólo resistir era una auténtica odisea, añade Rodríguez. A la superioridad numérica del ejército franquista había que sumar la inestimable ayuda de la Legión Cóndor y de la artillería aportada por la Alemania nazi. "Asturias luchó completamente sola. No recibió ningún tipo de refuerzo humano, ni armamento, ni munición. Sólo en la última semana de la batalla llegó un barco con armamento y en su mayoría fue a caer en manos del ejército de Franco", asegura.
La soledad del ejército republicano la sintió Matarranz en el frente. "Veíamos a gente abandonar al frente, heridos o muertos, y llegaban menos refuerzos. Estábamos tristes, sentíamos el abandono, pero más vale morir que vivir de rodillas", emplaza el guerrillero, que tras la guerra pasó doce años en la cárcel y fue condenado a muerte en dos ocasiones.
Sin embargo, su espíritu luchador antifranquista no se apagó y tras abandonar la prisión se enroló en las filas de la resistencia como enlace de los maquis. Tras ser descubierto, volvió a ser encarcelado. "Aquella fue una guerra de obreros contra obreros. Yo no vi a ningún capitalista en el frente. La derrota de la República nos hizo a todos más esclavos", sentencia.

xoves, 31 de xaneiro de 2013

21 aviadores sin piedad


El dictamen sobre los bombardeos italianos de Barcelona abre la puerta a procesar a los pilotos
Buonamico, Cassiani, Rossagnigo, Di Tullio, Corti, Montanari, Ruspoli, Zucconi... Parece una lista de convocados de la squadra azzurra,pero se trata de miembros de otro tipo de selección, muy siniestra. 
Son algunos de los nombres de los 21 aviadores fascistas contra los que se dirige principalmente la denuncia por crímenes de guerra presentada por dos víctimas de los bombardeos áreos italianos de la ciudad de Barcelona durante la Guerra Civil y la asociación de italianos residentes en la capital catalana Altraitalia (www.altraitalia.org). La querella criminal, que se centra en los bombardeos de saturación de 1937 y 1938 y especialmente en los 12 salvajes ataques de la aviación de Mussolini a la ciudad en 41 horas del 16 al 18 de marzo de 1938, ha hecho historia esta semana al ser admitida finalmente a trámite por la Audiencia Provincial de Barcelona que, en su auto, determina instruir y juzgar a la plana mayor de las escuadrillas responsables.
La cosa podría parecer un saludo al sol y de una inutilidad pasmosa si se tiene en cuenta que han pasado 75 años desde los explosivos hechos y que los aviadores involucrados no estarán ya para muchos vuelos. Eso si sobrevive alguno. Al que le traerá el asunto al pairo es sin duda a uno de ellos, el capitán Aldo Quarantotti, al que, según he descubierto, el 12 de julio de 1942, siendo a la sazón tenente colonello de la Regia Aeronautica en la II Guerra Mundial a los mandos de un caza Reggiane Re 2001s, le arrancó la cabeza de cuajo un cañonazo del Spitfire del as canadiense George Buzz Beurling, “el halcón de Malta” en los cielos de la isla. Al menos a Quarantotti se lo puede tachar ya de la lista.
“Sabemos que nos vamos a encontrar casos así”, dice con voz apesadumbrada, menos por la suerte del piloto, me parece, que por no poder llevarlo ante la justicia, el abogado y miembro de Altraitalia Newton Bozzi, que junto con Jaume Asens, de la comisión de defensa de los derechos humanos del Colegio de Abogados de Barcelona, presentaron la querella. “Pero, como establece el auto de la audiencia, que menciona notables casos de longevidad, como, por cierto, los de las dos víctimas querellantes, no podemos descartar que de la lista quede gente viva”.
La negra lista de esos 21 aviadores sin piedad, explica, se ha confeccionado de manera aproximativa, “con los datos de que disponíamos, con el apoyo de historiadores”. Son todos, subraya Bozzi, “oficiales de la Aviazione Legionaria, el cuerpo expedicionario en España, líderes, mandos notorios”.
La denuncia se centra en el hecho de que los aviadores italianos, se recalca, bombardearon premeditada y despiadadamente a la población civil y —esto es fundamental— sin la existencia de declaración de guerra entre Italia y España. Los denunciantes aseguran que, por muy viejecitos que sean los pilotos, no se trata de un acto meramente simbólico. “¿Llevarlos ante la justicia? ¡y porqué no!”, se exclama Marcello Belotti, del grupo Memoria Histórica de la asociación Altraitalia, que ha abanderado el caso y que aún le guarda rencor a Mussolini, “al que conseguimos colgar por los pies en piazzale Loreto”. Belotti recalca que en el caso de los aviadores estamos hablando de “militares muy especializados, muy conscientes y orgullosos de lo que hacían, gente muy ideologizada que decidían sobre la vida y la muerte desde el cielo y nunca expresaron remordimientos”. Fascistas del copón, vamos.
Señala que los aviadores eran muy distintos de otros combatientes italianos enviados por el Duce, “la pobre gente sacada del campo y las minas sicilianos que describe Sciascia en L'antimonio y a los que se prometió un paraíso en España”. En cuanto a los aviadores, “hay que averiguar si están vivos y citarlos, como establece el auto”. La audiencia solicitará al Ministerio de Justicia italiano su cooperación para conocer el estado y paradero de los imputados.
Entre los denunciados, hay personajes notables como el capitán Orlandini, al que encontramos luego en 1940 pilotando Stukas, los famosos bombarderos en picado que los nazis suministraban a los italianos con cuentagotas, o el mayor Quattrociocchi, quien, incorregible, tras el armisticio entre Italia y los Aliados, en 1943, a diferencia de otros aviadores, siguió fiel al fascismo y comandó hasta el final la Aeronautica Nazionale Repubblicana (ANR), la aviación de la República de Saló.
El historiador y autor de documentales catalán Xavier Juncosa tuvo el privilegio de conocer en 1998 en la Casa degli Aviatori de Roma a los dos pilotos de bombarderos que encabezan la lista, los tenientes en España y luego generales Paolo Moci y Alberto Lauchard. “Entonces me dijeron que eran los dos últimos de la Aviazione Legionaria, y ambos han muerto”, rememora. Bajo los venerables abuelitos, encontró a dos férreos militares. Moci incluso justificaba el bombardeo de Gernika, en el que participó al frente de una patrulla de tres Savoia S.79. Juncosa aplaude la decisión del tribunal barcelonés.
La mala reputación militar de los italianos, un falso cliché, ha relegado el papel de su aviación en la Guerra Civil. La fama se la ha llevado la Legión Cóndor. En realidad los italianos han sido siempre grandes aviadores, de Francesco Baracca, el as del Cavalllino rampante, símbolo que heredaría Ferrari, a Mario Visintini, inmortalizado por Hugo Pratt. Y la aviación legionaria (seis mil combatientes con cerca de 800 aparatos), en concreto sus bombarderos, como los excelentes Savoia-Marchetti SM.79, que es lo que os ocupa, fue un arma muy efectiva, terrible y brutal en España.
A los fascistas les encantaba la aviación, que evocaba al hombre moderno, indómito y virilmente fuerte y violento. Ese amor aéreo lo esencializaban Ítalo Balbo y sus proezas, y el propio tercer hijo del Duce, Bruno Mussolini que fue piloto de bombarderos y se integró en la aviación legionaria en Mallorca (aunque Franco lo hizo volver a Italia). Aunque no se les suele acreditar, fueron los italianos unos de los inventores del bombardeo de población civil con el objetivo de desmoralizar al enemigo. En concreto, el general Giulio Douhet, a principios del siglo XX, fue un adelantado del bombardeo estratégico, que definía en su animosa lengua como un “acto de guerra lejos de los campos de batalla para golpear, entre otras cosas, a las ciudades”.
La contienda de España sirvió a los italianos, como a los alemanes, para hacer experiencias de guerra aérea (los meridionales también llevaron pormenorizadas anotaciones de los efectos de las bombas). De hecho, varios de sus pilotos que lucharon en nuestro país participaron luego incluso en las poco conocidas operaciones de bombardeo italiano contra ciudades durante la Batalla de Inglaterra (los Chianti raiders que despegaban desde Bélgica —uno de los ataques se denominó, lo que hay que ver, Operazione Cinzano). A un cínico ejercicio de empirismo achacan algunos autores los tremendos bombardeos contra Barcelona de marzo de 1938. No obstante, el historiador Edoardo Grasssia opina que Mussolini quiso impresionar a Hitler en las fechas del Anschluss y se le ocurrió esa infernal manera, marcando paquete aéreo por así decirlo.
La orden, según anotó el ministro de exteriores y yerno del Duce Galeazzo Ciano en sus diarios, la dio Mussolini personalmente al jefe de estado mayor de la aviación, general Valle (que pasó a Velardi la mecha, el famoso telegrama infame: “Iniciar desde esta noche acciones violentas sobre Barcelona con bombardeos espaciados en el tiempo”), aunque luego, a la vista del horror internacional que provocaron los ataques, trataron de endosarle la decisión a Franco. Los ataques los llevaron a cabo en oleadas sucesivas desde Mallorca los aparatos del 8º Stormo Bombardamento Veloce (“los halcones de las Baleares”) de día y el XXV Gruppo Autonomo Bombardamento Notturno (Pipistrelli delle Baleari) de noche, en total cerca de 50 toneladas de bombas y un mínimo de 670 muertos y 1.200 heridos.

domingo, 6 de maio de 2012

Memoria de bombas y niños


Se cumplen 75 años del bombardeo de Gernika. Los supervivientes se salvaron por los numerosos refugios repartidos en el pueblo. El asalto se saldó con 153 muertos y muchas familias exiliadas
De aquel bombardeo sobrevive el recuerdo de los niños. Es una memoria inocente, que mezcla juegos, carreras, explosiones y llamas. Aquellos niños son hoy abuelos y supervivientes de lo que sucedió el 26 de abril de 1937 entre las cuatro y las seis y media de la tarde en Gernika, cuando aquella localidad vasca fue aplastada por las bombas y arrasada por el fuego en el que fue el primer gran ensayo de un bombardeo a gran escala sobre una población civil. Durante 75 años han ejercido de testigos vivos de aquel episodio, como si la vida se detuviera en aquella fecha y no les hubiera permitido hacer otra cosa que envejecer para contarlo. Y, a pesar de todo, Andone Bidagueren todavía enrojece cuando se le pide por enésima vez que cuente lo que vivió aquella tarde. “Todavía me acaloro, no lo puedo evitar”, se reprocha.
El lunes 26 de abril de 1937 corría el rumor de que el mercado iba a ser bombardeado. Desde días atrás se hablaba en el pueblo de esa posibilidad. Ese día, la madre de Andone, como de costumbre, se levantó temprano para ir a vender leche al pueblo. Sobre las cuatro de la tarde volvió a casa. Hacía calor. Mientras descargaba las marmitas de latón, las sirenas empezaron a sonar. “Cada uno tiró por su lado. De mis seis hermanos, tres nos fuimos a la ría. Pensamos que sería el sitio más seguro”. En el agua permanecieron muchas horas, más de las que duró el bombardeo. Allí estuvieron hasta que anocheció. “Del miedo no sentíamos frío”, recuerda Andone. Así hasta que sus padres les gritaron que regresasen a casa: “Si vuelven los aviones que nos maten a todos juntos”, dijo su padre.
Los aviones alemanes e italianos que atacaron Gernika dejaron el pueblo completamente devastado. De los 6.000 habitantes, la mayoría se marchó con lo puesto por miedo a nuevos ataques y porque en el pueblo la mayoría de las casas y negocios quedaron completamente arruinadas. Bidagueren fue de las pocas vecinas que no huyó. A la mañana siguiente, regresó a la panadería donde trabajaba elaborando levadura y ese día coincidió por primera vez con Angel Santos Bareño, el hijo del dueño. Ella tenía nueve años y él siete más. Doce años después de conocerse se convirtieron en marido y mujer. Andone nunca se marchó de Gernika.
Para otros vecinos, aquel bombardeo significó un exilio. A Javier Alberdi (9 años) y a Luis Iriondo (14 años) el destino les obligó a un largo peregrinaje que duró varios meses, un periplo forzoso por Bilbao, Santander y algunas ciudades de Francia. Un año después regresaron a Gernika con la ciudad ocupada por las tropas franquistas y la guerra sin terminar. Desde entonces no han abandonado el pueblo, junto a otros 200 supervivientes más.
Algunos no volvieron. Como Francisco García San Román (7 años) y sus dos hermanos. Los tres hermanos viven en Guipuzcoa y no quisieron vivir más en el pueblo en el que nacieron. Aún así, mantienen un vínculo especial con Gernika, y el próximo jueves acudirán a los actos que se han organizado para conmemorar la efeméride.
¿Cuántos quedan vivos? Las cifras que se barajan no permiten ser precisos a la hora de conocer quienes siguen con vida, aunque se sabe con exactitud que en 1937 ninguno de estos supervivientes había alcanzado la mayoría de edad. Este año, y para conmemorar el 75º aniversario, un grupo de ocho historiadores que han constituido una asociación denominada “Los cronistas oficiales de Gernika” ha actualizado los datos. Han contabilizado 153 muertos, aunque creen que podría haber siete más. Este grupo de cronistas se encarga de recopilar la documentación del pueblo. Su principal fuente es la memoria de estos octogenarios porque las 5.771 bombas, la mayoría cilíndricas, de tres palmos de largo y fabricadas una parte con piedra y otra con hierro, provocaron que todo Gernika ardiera en llamas.
Los supervivientes aún recuerdan que sobre el humo negro de las llamas destacaba un polvillo blanco que convirtió todo el pueblo en una bola de fuego. Era el fósforo con el que rellenaron las bombas. Se quemaron las fotografías de la mayoría de vecinos y todos los documentos que se guardaban en el archivo notarial, en el registro civil y en el de la propiedad. Las tres fábricas de armamento fueron los únicos edificios que quedaron intactos. A día de hoy solo uno de esos inmuebles sigue en pie a las afueras del pueblo.
Pese a que la ciudad fue duramente golpeada, los habitantes de Gernika supieron como reaccionar ante los ataques de los proyectiles y ello posiblemente salvó muchas vidas. Aparte de los refugios privados que cualquiera podría haber improvisado en casa, el Ayuntamiento había mandado construir siete públicos. Esas obras y los rumores previos que anunciaron durante días la inminencia de un bombardeo explica que, a pesar de la devastación, no se produjera una cifra demoledora de víctimas.
Los vecinos habían aprendido que cuando los guardias izaran las banderas en lo alto del monte y las campanas doblaran con golpes secos, era el momento de ponerse a salvo. “Por instinto, eché a correr al monte junto a mi primo. No paramos hasta que llegamos a la ermita de Santa Lucía, que se encuentra a kilometro y medio del centro del pueblo. Cuando acabó el bombardeo, fuimos a casa de una de una de mis tías. Unas horas más tarde apareció mi madre", cuenta Javier Alberdi, emocionado en la casa del jubilado. Es la hora del café y le acompaña su mujer, Estibaliz Bidaguren, que entonces tenía seis años. Ella no conserva tantos recuerdos. “De las pocas cosas que me viene a la memoria es que le echaba la culpa a mi padre. No entendía nada de lo que había pasado”, rememora Estibaliz. “Era una niña y no entendía nada”, sonríe.
A Luis Iriondo, el día del bombardeo le pilló un poco más mayor. Justo en el momento en el que los niños cambiaban el pantalón corto por el largo. El día anterior, el domingo, fue el primero en la vida de Luis Iriondo en vestir pantalón largo. Un día especial en la vida de un chaval. “Tenía 14 años y mi madre me dio permiso para ponérmelo”.
Al día siguiente, el lunes de mercado,Luis se encontró solo durante el ataque. Y con el pantalón largo puesto. “Encontré refugio en uno de los cuatro búnkers de la plaza del Ayuntamiento”, recuerda Iriondo. “No recuerdo cuántos éramos. Estaba todo oscuro y apenas podía respirar. Al final nos tuvimos que agachar todos para conseguir algo de oxígeno". Tanto se agobió que en uno de los intervalos salió a la calle y prefirió guarecerse a la entrada del refugio. “Recuerdo que intenté rezar alguna oración, pero el ruido de las bombas me impidió terminar ninguna. Fue muy angustioso”. Luis Iriondo, a sus 90 años, es de los pocos testigos que siguen hoy en activo: da clases de dibujo en Gernika, ciudad a la que le ha dedicado muchas de sus pinturas.
El calendario es el enemigo de la memoria viva. En 2010, la asociación Gernika Gogoratuz, un centro de investigaciones por la paz, editó un libro en el que narraba el testimonio de un total de 22 hombres y mujeres. En estos dos años han muerto ocho. La asociación mantiene contacto con alguno de ellos. A otros, como Miriem Gomeza, les han perdido la pista. “Ya no tienen energía. Sus hijos se encargan de ellos y es más difícil localizarlos”, explican desde la asociación.
A pesar del paso de los años algunos supervivientes prefieren no recordar. A otros tantos la memoría les empieza a fallar, pero Andone Bidaguren irá al cementerio a conmemorar el aniversario. Días antes limpiará y llevará unas flores al mausoleo que se construyó en 1995 para rendir homenaje a las víctimas. “A mis nietos les insisto en que este episodio de mi vida no lo olvido”. Motivos no le faltan. Aunque su pueblo quedó aniquilado tras el bombardeo, aún le quedan motivos para sonreir: “Al día siguiente conocí al padre de mi hijo”.
Las tres horas de la Cóndor
Gernika pasó a los anales como la primera ciudad europea devastada por la aviación. Franco apoyó este horror hitleriano
Lo que pasó aquellas tres horas largas de aquel día de hierro del 26 de abril de 1937 está claro: aeroplanos alemanes tripulados por aviadores de esa nacionalidad y puestos por Hitler al servicio de Franco arrasaron Gernika. Lo que sigue suscitando controversia 75 años después es el motivo. ¿Porqué la Legión Cóndor destruyó la pequeña ciudad vasca? Historiadores de diferente adscripción ideológica ofrecen explicaciones distintas. El hecho de que ya al día siguiente de producirse el ataque comenzara a librarse una guerra de propaganda en torno al suceso por parte de ambos bandos ha contribuido a emborronar los acontecimientos desde entonces. Hay que recordar que los propagandistas de Franco trataron de negar en primera instancia la humeante obviedad de la destrucción de Gernika y luego la achacaron a que había sido dinamitada ¡por los propios vascos! Aunque nunca faltaron los que, como aquel oficial de Estado Mayor franquista, sacaban pecho y proclamaban ante los periodistas extranjeros: “Pues claro que fue bombardeada. La bombardeamos y la bombardeamos y la bombardeamos, y bueno, ¿por qué no?”.
 El eje central de la controversia es si la devastación de la ciudad fue intencionada o una consecuencia indeseada de una operación que perseguía la destrucción solo de objetivos militares, vamos si la destrucción de Gernika fueron lo que luego pasó a llamarse daños colaterales.
A esa idea se abonan los historiadores de la derecha pasados, presentes y seguramente futuros, que tradicionalmente han rebajado además los efectos del bombardeo y el número de aviones y de víctimas y generalmente hacen recaer la responsabilidad total de la acción, por si acaso, en el mando de la Legión Cóndor, es decir en los alemanes, en un intento por exonerar al Alto Mando franquista y sobre todo al propio Franco.
Según la tendencia a considerar el ataque un simple hecho de guerra y a rebajar su intensidad, versión que defiende por ejemplo el historiador español especialista en aviación de la Guerra Civil Jesús Salas Larrazábal, los alemanes, y algunos efectivos aéreos italianos, atacaron Gernika a causa de su valor estratégico y militar al ser un importante nudo de comunicaciones, y punto. Trataron de destruir el puente sobre el río Oca (el llamado puente de Rentería) para evitar la retirada del enemigo hacia las posiciones defensivas de Bilbao, las carreteras y la estación ferroviaria que conectaba con la capital. Fue la humareda y la polvareda causadas por los primeros ataques, la mala visibilidad, lo que habría provocado que las siguientes oleadas de aviones lanzaran sus bombas en el lugar equivocado, concretamente sobre la ciudad. El famoso as de caza alemán Adolf Galland, que participó en la Guerra Civil aunque no estuvo en Gernika, afirmaba que el bombardeo había sido un lamentable error culpa de la impericia de las tripulaciones y las primitivas miras de sus aparatos. El historiador militar alemán Klaus A. Maier concluyó que la destrucción se debió a una desgraciada coincidencia de condiciones desfavorables.
La opinión de que la destrucción de Gernika se debió a falta de puntería ha sido ampliamente cuestionada. Historiadores como Paul Preston sostienen que hay que enmarcar el ataque en los ensayos de las técnicas de bombardeo salvaje que llevaba a cabo la aviación alemana en España y que luego incorporarían a la Blitzkrieg y a la devastación de ciudades en la II Guerra Mundial. El jefe de la aviación de la Cóndor, Wolfram von Richthofen (primo del Barón Rojo), señala Preston en La Guerra Civil española (Debate, 2006), era un profesional exigente y metódico “firmemente convencido del uso del terror”. Preston y otros historiadores apuntan que el uso masivo en Gernika de bombas incendiarias —absurdas contra un puente de piedra— y el que no se utilizaran los precisos bombarderos en picado Stuka, de los que los alemanes disponían, prueban que la cosa no iba precisamente de ataque fino.
Los testigos mencionan un cielo “negro de aviones” —es decir en formación amplia— y en vuelo a escasa altura que permitía identificar los objetivos. Preston subraya con sorna que “de hecho, parece que fue debajo del puente de Rentería donde los vascos encontraron el refugio más seguro durante el bombardeo de Gernika”.
El historiador estadounidense Herbert Sothworth, al que Preston, tiene por la mayor autoridad mundial en el asunto de la destrucción de Gernika —y cuya obra molestaba tanto a Franco que hizo que Fraga creara un gabinete de estudios sobre la Guerra Civil dirigido por Ricardo de la Cierva para contrarrestar sus trabajos—, consideraba que el bombardeo se realizó a petición del Alto Mando nacional con el objeto de debilitar la moral de los vascos. En general los historiadores progresistas opinan que la jefatura franquista es co-responsable. Otro prestigioso historiador que abona la tesis de la aniquilación premeditada es Antony Beevor. En La Guerra Civil española (Crítica, 2005), describe como las escuadrillas de bombarderos Heinkel 111 y Junker 52, hasta cuarenta aparatos, sobrevolaron en oleadas la ciudad lanzando alrededor de 30 toneladas de bombas mientras los cazas Heinkel 51 “ametrallaban sin piedad a hombres, mujeres y niños y hasta al ganado”. Beevor señala que según el diario personal de Richthofen, el coronel Juan Vigón, jefe de Estado Mayor de Mola, dio su visto bueno al ataque. Beevor concluye que independientemente de que también hubiera objetivos bélicos grandes o pequeños, “lo que se pretendía era llevar a cabo un experimento de entidad para verificar los efectos del terror aéreo”.
Gernika pasó a los anales como la primera ciudad europea devastada por la aviación. Muchas seguirían...