Amosando publicacións coa etiqueta deporte. Amosar todas as publicacións
Amosando publicacións coa etiqueta deporte. Amosar todas as publicacións

sábado, 25 de xaneiro de 2014

Quién fue… Max Schmeling: el campeón que no quiso entrar por el aro de Hitler


Eduardo Casado. 17 enero 2014 20minutos.es
Regresamos a la muy prolífica (en cuanto historias interesantes) época de la II Guerra Mundial para hablar de uno de los mejores púgiles europeos de todos los tiempos: Max Schmeling.
Finales de septiembre de 1905, Klein Luckow, Pomerania, Imperio Alemán. Nace en esa ciudad, muy cercana a la frontera con Polonia, un niño llamado Maximilian Adolf Otto Siegfried Schmeling. Siendo él pequeño, la familia se traslada a Hamburgo, donde en 1921, el joven Max ve un combate de boxeo y decide dedicarse a este deporte. Tres años después, Schmeling ya era campeón amateur de Alemania de pesos semipesados, tras lo que se hizo profesional. Empezó así una exitosa carrera que culminó en su primera etapa el 24 de agosto de 1926, cuando se proclamó campeón de Alemania de los semipesados. Al año siguiente se proclamó campeón de Europa ante Fernand Delarge y en 1928, ya en la categoría de los pesados, se hizo con el título de campéon alemán. En definitiva, una carrera meteórica.
Siendo un líder en Europa, decidió probar fortuna en los Estados Unidos, adonde llegó el mismo 1928. Fue allí donde conoció a Joe Jacobs, un manager estadounidense de origen judío que era un auténtico lince y que fue, sin duda, uno de los lanzadores de la carrera de Schmeling. Una vez en Estados Unidos, el alemán empezó a ganar combates (incluido uno ante el guipuzcoano Paulino Uzcudun, que nunca pudo derrotar a Schmeling en los tres combates que disputaron). En esas, el campeón de los pesados, Gene Tunney, se retiró poseyendo el título, lo que permitió que los magnates del boxeo americano organizaran para 1930 un combate entre Schmeling y Jack Sharkey para dilucidar quién era el nuevo rey de los pesados en el mundo.
El combate no estuvo exento de polémica. Disputado en el mítico Yankee Stadium de Nueva York, Schmeling ganó el combate gracias a la descalificaciónde Sharkey. Se convertía así en el primer campeón del mundo de los pesados europeo en 33 años, el primer alemán en conseguirlo y el primero en hacerlo por la descalificación de su contrincante. Tras una defensa exitosa, se pactó otro combate para 1932, de nuevo ante Sharkey, con el título en juego. Se quería así despejar toda sombra de duda tras la descalificación, dos años antes, de Sharkey. Pero de nuevo hubo polémica en el combate, en el que Sharkey ganó por puntos. Los que estuvieron allí dicen que fue una decisión totalmente injusta y que fue el alemán el que merecía ganar. Sea como fuere, Schmeling perdió el título de campeón del mundo.
Llegan los nazis
En 1933 ocurre en Alemania un cambio político que agitará al mundo para siempre. El Partido Nazi llega al poder. Su discurso antisemita llega a Estados Unidos y Max Schmeling queda estigmatizado por su nacionalidad. En esas nuestro héroe regresa a su país y ahí es reconocido como una estrella. Y como ya sabemos cómo se las gastaban los nazis con los buenos deportistas, ocurrió lo inevitable. Hitler, Goebbels y la maquinaria propagandística nazi quisieron apropiarse de la figura de Schmeling (ahí tenía el Führer otro ejemplo de super-hombre ario) y empezaron a aparecer fotografías de Max con el dictador. Esto alimentó la imagen negativa que tenían de él en América, a pesar de que en realidad, era todo muy distinto.
Schmeling, que estaba orgulloso de ser alemán, no quería saber nada de los nazis. Rechazó afiliarse al NSDAP y rechazó desprenderse de su manager judío en Estados Unidos, Joe Jacobs, a pesar de las presiones del ministro de Propaganda, el infamous Joseph Goebbels. Todas estas cosas hicieron que se ganara la desconfianza de los jerarcas nazis. Y de nuevo conviene recordar cómo se las gastaban…
Los grandes duelos
Aparquemos la política para volver a hablar de boxeo. A mediados de los 30, el campeón del mundo era James Braddock, más conocido como Cinderella Man (sí, el de la peli). Había que dilucidar quién sería su desafiante y entonces surgieron dos nombres: el de Max Schmeling, que no había bajado su nivel desde su primera experiencia en América, y el del mítico por no decir mitológico Joe Louis, la primera gran estrella negra, el clavo al que millones de afroamericanos se agarraban para tener un futuro mejor. Así que se pactó un combate entre ellos. El ganador se las vería con Braddock.
Joe Louis llegaba como indiscutible favorito. Había disputado hasta la fecha 23 combates y los había ganado todos. Mientras, Schmeling, con 30 años cumplidos, estaba considerado como un buen boxeador pero ya en el declive de su carrera. Así las cosas, Louis no se preparó el combate como debía y pasó más tiempo jugando al golf, su otra gran pasión, que entrenando. Schmeling, en cambio, se lo tomó muy a pecho. Estudió detenidamente el estilo de Louis y sorprendió a todos cuando declaró que había encontrado el punto débil del de Detroit. Los americanos no le tomaron en serio, pero Schmeling no mentía: Se había dado cuenta de que Joe Louis, cada vez que lanzaba un directo, bajaba su mano izquierda.
El 19 de junio de 1936, el Yankee Stadium de Nueva York estaba abarrotado. Arbitraba el prestigioso Arthur Donovan y todos querían ver cómo el joven negro de Detroit derrotaba al alemán antisemita nazi amigo del dictador loco llamado Hitler. Arrancó el combate y Schmeling puso en práctica sus estudios. En los tres primeros asaltos dejó desconcertado a Louis a base de golpes y en el cuarto, sorprendentemente, tumbaba al joven estadounidense. Éste no sabía cómo meterle mano a Schmeling y encima, tenía muy herido un ojo. Fue en el decimosegundo asalto cuando Schmeling, con dos derechazos, tumbó definitivamente a Louis. Era el primer KO en contra que recibía el afroamericano. Sólo recibiría uno más en su carrera, ante Rocky Marciano, si bien estaba ya en el declive de la misma.
Los americanos bautizaron este combate como la mayor decepción de la historia de su deporte. Se dice que esa noche de junio eran decenas de estadounidenses, sobre todo negros, los que lloraron amargamente por la derrota de Louis.
Schmeling empezó a negociar entonces el combate contra Braddock, pero al principio se retrasó, por una supuesta lesión de Cinderella Man y posteriormente, se rompió, para el enfado de Max. El motivo era doble: en primer lugar, porque los promotores querían que Braddock se enfrentara con Louis, no con Schmeling. Y en segundo lugar, y vuelve la política, porque temían que el alemán ganara y que los nazis se apropiaran del título. Así, un año y tres días después de su derrota ante Schmeling, Joe Louis noqueó a Braddock. Era campeón del mundo, pero él no lo consideraba así. Sólo lo sería cuando derrotara a Max Schmeling.
El segundo combate
Así las cosas, se pactó una revancha entre Schmeling y Louis. La situación política internacional estaba más que caliente. Los nazis se habían anexionado Austria y eran ya omnipotentes. Decidieron apostar por Schmeling, a pesar de que desconfiaban de él. Tanto, que le habían prohibido viajar con su mujer y su madre, por temor a que desertara. Y en efecto, sus sospechas tenían algo de veracidad, porque Max había recibido consejos en Estados Unidos para que se nacionalizara americano. Sea como fuere, el Partido Nazi puso su maquinaria en marcha y junto a Schmeling viajó a América un propagandista que calentó el ambiente diciendo que era imposible que un negro derrotara a un alemán y que los beneficios del combate se destinarían a la construcción de tanques en Alemania. Por si fuera poco, Hitler permitió a los bares y restaurante de Alemania abrir a las 3.00 de la madrugada para que el pueblo pudiera escuchar el combate, que se celebraría en Nueva York.
El público estaba totalmente en contra del pobre Schmeling, ajeno a los tejemanejes nazis, y hubo concentraciones ante su hotel y recibió cientos de cartas con amenazas. Para echarle más leña al fuego, el mismísimo presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, recibió a Louis y le dijo: “Joe, necesitamos músculos como los tuyos para derrotar a Alemania”. El de Detroit se lo tomó en serio y preparó el combate como no lo había hecho dos años antes.
El 22 de junio de 1938 se disputó la tan esperada revancha. 70.000 personas llenaban el Yankee Stadium, entre las que se encontraban personajes como Gregory Peck, Clark Gable o Gary Cooper. Cuando Schmeling se dirigía hacia el ring, le cayó de todo: ceniza, basura, colillas de cigarros. Era un preludio de lo que se le venía encima. Nada más arrancar el combate, Joe Louis se lanzó a por el alemán y dos minutos y cuatro segundos después del comienzo, en el primer asalto, Max Schmeling estaba noqueado. Su esquina tiró la toalla y el alemán pasó diez días en un hospital. Tenía varias vértebras rotas. Para que os hagáis una idea, en esos 2:04 minutos, Joe Louis lanzó 41 golpes, 31 de los cuales impactaron en Schmeling. El alemán sólo pudo lanzar dos.
El después
Tras el combate ante Louis, nada volvió a ser igual para Schmeling. Los nazis le retiraron el apoyo y la II Guerra Mundial amenazaba a la vuelta de la esquina. Encima, nuestro héroe seguía rechazando a sus líderes políticos y como prueba de ello, en la trístemente famosa Noche de los Cristales Rotos (entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, en la que los nazis arrasaron con sinagogas y comercios judíos por toda Alemania y Austria), Schmeling demostró qué clase de persona era. Escondió en su apartamento del hotel Excelsior de Berlín a dos chicos judíos, Henry y Werner Lewin, hijos de un amigo suyo. Los mantuvo a buen recaudo hasta que varios días después, logró sacarlos del país y enviarlos a Estados Unidos. Esta historia no se supo hasta 1989, cuando Henry Lewin, que se convirtió en un hotelero en Las Vegas, invitó a Schmeling a visitarlo para agradecerle que, una vez, le salvó la vida a él y a su hermano, y lo que es más, arriesgando claramente la suya propia.
A pesar de que siguió compitiendo y de que se proclamó campeón de Europa en 1939, la Guerra propició la gran venganza de Hitler contra Schmeling: lo obligó a alistarse en el Fallschirmjäger o cuerpo de paracaidistas de la Luftwaffe. El objetivo era introducirlo en misiones suicidas. Cabe destacar que la animadversión de Hitler por Schmeling tenía otras ramificaciones. El boxeador se había casado en 1932 con Anny Ondra, una joven de origen checo que era una estrella de cine en la Alemania de su época. Se sabe, gracias a los diarios recuperados tras el final de la Guerra, que la prometida/mujer de Hitler, Eva Braun, le tenía unos celos enfermizos a la rubia actriz, admirada por todos.
A pesar de participar en 15 combates, entre ellos el de Creta, Max Schmeling sobrevivió a la Guerra, si bien con los tobillos rotos. Acabada la Guerra, volvió a disputar algunos combates y gracias a sus contactos en Estados Unidos, a principios de los 50 consiguió convertirse en el distribuidor oficial de Coca-Cola en la Alemania de la reconstrucción, llegando a poseer su propia planta embotelladora. Esto hizo de Schmeling un hombre de negocios de éxito.
Años después de aquellos convulsos años, Max Schmeling cultivó una estrecha amistad con Joe Louis. Tal es así que cuando el estadounidense sufrió serios problemas de salud (cardíacos y psiquiátricos ocasionados por la cocaína), el alemán le costeó parte de los tratamientos. Cuando Louis murió en 1981 en la pobreza, Max Schmeling, que fue uno de los portadores del féretro del de Detroit, pagó todo el funeral.
Y así pasó el resto de su vida este campeón, hasta que el 2 de febrero de 2005, a poco más de seis meses de cumplir 100 años y tras 17 años viudo, Max Schmeling fallecía en Hamburgo. La República Federal Alemana le dedicó un sello tras su muerte.
La fantástica historia de este excelente deportista y gran ser humano ha sido llevada dos veces al cine (en dos películas para televisión, si bien centradas en su rivalidad con Louis) y hace unos años se estrenó una película biográfica alemana (que por supuesto no vimos en nuestros cines).

luns, 9 de decembro de 2013

Barcelona 1936, capital olímpica antifascista


Por: María José Turrión | 07 de noviembre de 2013
Cartel de Cristóbal Arteche
Antes de que se organizara en Albacete la base nodriza de las Brigadas Internacionales, fueron no pocos los extranjeros que participaron de manera activa en los primeros días del golpe militar en defensa de la legalidad constituida, la II República Española (1931-1939).
Desde el momento en que se conocen las consecuencias de la sublevación militar y,  provenientes de países como Italia o Alemania donde se sufría la persecución provocada por el el fascismo, llegan a España voluntarios a luchar junto al gobierno republicano. A muchos les sorprendió el golpe en nuestro país por motivos políticos, económicos o profesionales,  y deciden unir sus fuerzas a la de la República. También se unieron a ella buena parte de los atletas que se encontraban en Barcelona con la intención de participar  en la Olimpiada Popular, en los parajuegos olímpicos organizados por España entre los días 19 a 26 de julio de 1936.
 La Olimpiada Popular, que estuvo financiada por el Gobierno español (250.000 pesetas), francés (600.000 pesetas) y la Generalidad de Cataluña (100.000 pesetas), con la implicación de partidos de izquierda y movimientos obreros, iba a tener a la ciudad mediterránea como  escenario en el que habría de desarrollarse la protesta más contundente ante la celebración de los XI Juegos Olímpicos que tendrían lugar en el Berlín de Hitler desde el día 1 al 16 de agosto de 1936, y en el que estaban representados 49 países con 4.066 deportistas.
En el mes de mayo de 1931, antes de acceder Adolf Hitler al poder,  Berlín había sido elegida por el Comité Olímpico Internacional, sede de los XI Juegos Olímpicos a celebrar en agosto de 1936. Aunque el ascenso de Hitler al poder hiciera que algunos países, como por ejemplo los EE UU, se plantearan renunciar a formar parte de los mismos, lo cierto es que al final decidieron estar junto al resto de los 48 países participantes. Muchos de estos países estuvieron inscritos en los dos juegos, los oficiales de Berlín y los parajuegos de Barcelona. Caso de Francia, presente en las dos citas, que por un lado presentaría a sus atletas a la oficial de Berlín y por el otro, concedería  subvenciones a la Olimpiada Popular de Barcelona. España a su vez presentó también en Berlín a algunos deportistas como los que integraban el equipo de hockey, si bien la asistencia a la ciudad alemana dependía de lo que las propias federaciones decidieran, y en 1936 la gran mayoría de la ellas renunciaron a estar en Berlín, por lo que España apenas estuvo presente en los juegos olímpicos oficiales.
El 18 de julio de 1936 se encontraban los atletas en el estadio de Montjuic en Barcelona, ensayando sus actuaciones para el día siguiente en que se inaugurarían los juegos. Nerviosos todo el día por las noticias del levantamiento militar, intentaban los gimnastas prestar atención a los ejercicios, cuando una voz por megafonía les anuncia que se había producido un sabotaje fascista en las instalaciones eléctricas, hecho que obligó a suspender los ensayos. ¿Hubo relación entre el golpe militar que un sector del Ejército estaba llevando a cabo en otros puntos del País y ese sabotaje contra la red eléctrica, cuya autoría los responsables del estadio atribuían a sectores fascistas? Aunque por megafonía se anunciaba que todo estaría solucionado para el día siguiente, esa misma noche del 18 de julio quedaron suspendidos todos los actos del día 19 y por supuesto las Olimpiadas Populares, la afrenta más directa que se hizo al régimen nazi quedó anulada como consecuencia del levantamiento de una parte del Ejército.
Se suspendió la Olimpiada Popular y también la Olimpiada Cultural que se iba a celebrar en paralelo con la primera. A Pau Casals, el gran violonchelista, compositor y director de orquesta barcelonés, la noticia de la sublevación le llegó la tarde noche del 18 de julio. Junto a su orquesta interpretaba la Novena Sinfonía de Beethoven que, como figuraba en el programa, habrían de interpretar en el Teatro Griego de Montjuic el día 19 de julio en la inauguración de los juegos. Ante los acontecimientos que se desarrollaron y la anulación del concierto, en aquel momento decidió, entre lágrimas, continuar con el ensayo y dirigiéndose a los músicos les expresó su deseo de: “Volver a tocar de nuevo esta sinfonía cuando vuelva la paz”. Pau Casals nunca más volvió a tocar en tierra española, tampoco lo hizo en Rusia, Alemania o Italia en señal de lucha contra los totalitarismos y dictaduras. El exilio hizo que el compositor fuera mundialmente conocido, valorado y sobre todo disfrutado. España comenzaba a perder a un futuro intelectual y cultural del que aún hoy no nos hemos recuperado.
En estas paraolimpiadas que se conforman con una clara oposición al nazismo y en defensa de valores democráticos, se había logrado reunir en Barcelona, a 23 delegaciones de países y cientos de atletas. Las nacionalidades de los participantes eran: estadounidense, inglesa, francesa, belga, checa, suiza,  polaca, danesa, noruega, alemana, italiana… Entre ellos había algunos judíos. Es lógico pensar que buena parte de los mismos participara en las luchas que tuvieron lugar en la ciudad de Barcelona desde el mismo día del golpe  hasta que se produjo el retorno a sus respectivos países. Algunos deportistas no regresaron a sus ciudades y pasaron a formar parte de las milicias populares primero y, más tarde, una vez organizadas, de las Brigadas Internacionales.
Ciertamente es un hecho que en el tablero internacional el gran beneficiado de la oportuna sublevación militar en España, el mismo día que debían comenzar las Olimpiadas Populares en Barcelona, fue la Alemania de Hitler. Todo en ese país estaba preparado para volver a ocupar el protagonismo que desde la I Guerra Mundial había perdido. Para ello adornó la ciudad, construyó un nuevo estadio deportivo con capacidad para 100.000 personas, suavizó (enlató) su política y su mensaje fascista ante los extranjeros y la prensa, siendo retirados los mensajes antisemitas y los carteles de prohibición dirigidos a los judíos que habían empapelado Berlín en las fechas anteriores a la inauguración de loa Juegos Olímpicos. Limpió las calles de Berlín: más de 800 gitanos fueron recluidos bajo vigilancia policial en el gueto de Marzahn.
Desde el día 2 de julio hasta finalizado agosto  dejo de exisitir la denominada “hora de la policía”, consistente en el cierre de los establecimientos de ocio  durante la noche, por lo que muchos restaurantes, locales de baile y bares tuvieron que aumentar el personal de trabajo, y en muchos de ellos se lucieron rótulos que decían “ Saludamos a los huéspedes del mundo entero”. El Ministerio de Comunicaciones alemán instaló en Berlín y Postdam dos televisores con el fin de que pudieran seguirse las principales pruebas deportivas; 4.000 empleados de correos de diferentes regiones alemanas se concentraron en Berlín con el fin de ampliar y mejorar el servicio postal, telegráfico y telefónico, además de aumentar las líneas y las estafetas de correos. Las celebraciones que la diplomacia alemana organizó para agasajar a los participantes y personalidades de los países participantes surtió el efecto perseguido, no pocos embajadores quedaron absolutamente eclipsados por el boato de las fiestas que les fueron ofrecidas.
Toda la parafernalia propagandística dio resultado. Al igual que en los recientes juegos chinos, la falta de libertades y el respeto a los derechos humanos quedaron ocultos por el oropel y el brillo de la excelencia y vistosidad organizativa. Alemania ganó medallas deportivas, fue el país que más premios obtuvo, y volvió a recuperar parte del prestigio internacional, y con ello un lugar que había perdido al finalizar la I Guerra Mundial.
¿Pudo la Olimpiada Popular de Barcelona ensombrecer la vuelta del gigante? ¿Lo hubiera permitido Hitler?
Si las paraolimpiadas de Barcelona, también llamadas contraolimpiadas, eran la protesta de las bases obreras y partidos de izquierda,  la participación de los brigadistas internacionales fue la respuesta singular de obreros, intelectuales, parados, políticos, fotógrafos, periodistas, poetas, etc. que creían, luchaban y soñaban por un mundo mejor, fundamentalmente por un mundo antifascista. Mientras Hitler aprovechaba la ocasión y el trampolín deportivo de los Juegos, la condena al nazismo y al fascismo, así como el respeto a los conceptos de democracia y de libertad, quedaron sepultadas en el verano de 1936 entre el deporte y la declaración oficial de no-intervención en la Guerra Civil Española. 

luns, 4 de novembro de 2013

261 razones para correr


Por: Amaya Iribar | 11 de octubre de 2013
Katherine Switzer no maratón de Boston 1967
El otro día estuvo en Madrid Kathrine Switzer. A  muchos el nombre no les dirá nada, pero esta mujer rompió una barrera histórica: fue la primera en correr un maratón de forma oficial (se inscribió con las iniciales de su nombre, K. V.) cuando las carreras de fondo estaban prohibidas para las mujeres porque se pensaban cosas tan anacrónicas como que podían afectar a su posibilidad de ser madres. Fue en Boston en 1967 y su dorsal, el 261, se convirtió en un símbolo de la lucha por los derechos de las mujeres en el deporte.

Kathrine Switzer en el maratón de Boston 1967. ASSOCIATED PRESS
En esos momentos la carrera femenina más larga en los Juegos Olímpicos eran los 800m. Aún tendrían que pasar cinco años para que nueve mujeres tomaran la salida oficial en el maratón de Boston y mucho más (hasta 1984) para que la prueba reina del fondo llegara al programa olímpico femenino.  
Switzer es hoy una mujer de 66 años, bellísima y locuaz que sigue corriendo y batallando por las mujeres y que vuelve cada año a Boston a narrar el maratón para una televisión. Es también uno de los ídolos deportivos de un compañero de redacción que pasó el curso pasado con una excedencia en esa ciudad estadounidense. “La primera vez que salí a correr allí”, me contó el martes, “me llamó la atención la cantidad de mujeres que corrían”. Como es un hombre metódico, este compañero empezó a contarlas. “Y siempre me salían más mujeres que hombres”. Y  como además es periodista, pidió datos a la Federación Estadounidense de Atletismo.
Resulta que 11.152 mujeres se inscribieron el año pasado para correr los 42,195 kilómetros de Boston, probablemente el más tradicional de los maratones pues se ha celebrado sin interrupciones desde 1897. Esto supone el 42% de los registrados. 
El informe que me facilitó mi colega, que es de 2012, afirma también que el 53% de las corredoras de fondo (la estadística tiene en cuenta carreras de 5.000 o más metros) que entraron en una meta en Estados Unidos ese año eran mujeres, que ya son mayoría en las carreras de 5 y 10 kilómetros y media maratón, pero que se quedan en el 42% en el maratón.
Pero no solo se está generalizando la presencia de mujeres en estas carreras, es que cada vez hay más pruebas solo femeninas, 200 solo en el país de Switzer.  
En España la tendencia también está en auge. Las carreras de la mujer se han generalizado, hay iniciativas tan espontáneas como mujeres que corren  y el próximo 30 de marzo se celebrará el primer maratón solo femenino: el 261 en Palma de Mallorca que es por otra parte la razón por la que Switzer se pasó por Madrid.
Aunque pueda parecer contradictorio, hay muchas mujeres que prefieren correr en estas pruebas porque van más tranquilas. Decía Switzer el otro día que son buenas para que algunas corredoras ganen seguridad y también para que las que ya la tienen aprendan a competir. Para cada vez más mujeres son también una fiesta, una celebración de que, ahora sí, pueden correr.

sábado, 31 de agosto de 2013

Quién fue… Eric Liddell, la inspiradora historia del protagonista de ‘Carros de fuego’


20minutos.es 10 mayo 2013

Casi todos los expertos suelen coincidir en incluir a Carros de fuego entre una de las mejores películas inspiradas en el deporte. Como sabréis, este filme, que se llevó cuatro Oscars, narra las peripecias de dos atletas británicos en el contexto de los Juegos Olímpicos de 1924. Hoy os voy a hablar de uno de ellos: Eric Liddell.
Nos vamos a trasladar a China, a la ciudad de Tianjin, donde el 16 de enero de 1902, el matrimonio de misioneros escoceses formado por el reverendo James Dunlop Liddell y su esposa tuvo a su segundo hijo, al que bautizaron como Eric Henry. Cuando tenía seis años, sus padres le enviaron a él y a su hermano Robert al Eltham College, una escuela en Inglaterra para hijos de misioneros. Sus padres y una hermana menor permanecieron en China, si bien regresaron años después a Escocia.
En Eltham, Eric empezó a destacar como un excelente deportista. Llegó a ser capitán de los equipos de cricket y rugby del colegio, y empezó a hacerse famoso porque se empezó a decir que era el joven más rápido de Escocia.
En 1921, Rob y Eric Liddell ingresaron en la Universidad de Edimburgo para estudiar Ciencias Exactas. Eric ingresó en el equipo de rugby de la institución y llegó a ser internacional por Escocia. De hecho, jugó dos torneos del V Naciones. Al mismo tiempo, empezó su carrera como velocista. De hecho, en 1923 batió los récords británicos de las 100 y las 220 yardas. Al mismo tiempo y por evidente influencia de sus padres, Eric Liddell se convirtió en una especie de predicador de la palabra de Dios allá por donde iba.
Con el paso del tiempo, Eric decidió dedicarse al atletismo en exclusiva y marcó un evento en su mente: los Juegos Olímpicos de París en 1924. Liddell era especialista en los 100 metros, pero cuando se enteró de que la final de la prueba se disputaría un domingo, renunció a disputarla (por motivos religiosos; el domingo es el Día del Señor). Así las cosas, Liddell decidió que competiría en otras dos distancias, los 200 y los 400 metros. Como no era su especialidad, nuestro protagonista entrenó duro para llegar lo mejor preparado posible.
Y llegó el día de la carrera de los 400, en los que Liddell no era ni mucho menos el favorito. Al parecer, un masajista estadounidense le entregó al escocés, poco antes de empezar la carrera, una nota con el texto del libro de Samuel: “Aquel que me honra será honrado por mí”. En efecto, Liddell ganó la carrera, llevándose el oro, y batiendo el récord del mundo, con una marca de 47,6 segundos (más de cuatro segundos que el récord actual, que ostenta Michael Johnson). Además, consiguió el bronce en los 200 metros. Liddell llamó la atención del público y los medios por su forma de correr: con la cabeza hacia atrás y con la boca muy abierta.
En el equipo olímpico británico que estuvo en París ’24 coincidió con otro mítico atleta, el velocista de origen judío Harold Abrahams, que como sabéis, es el otro protagonista de Carros de Fuego y que fue el que ganó el oro en los 100 metros lisos.
Gracias a su victoria, y a su récord (que estuvo vigente cuatro años), Eric Liddell se convirtió en un héroe en toda Gran Bretaña y más en Escocia. Se ganó un apelativo: The Flying Scotsman (el Escocés Volador). En la foto, junto a estas líneas, sus compañeros de la Universidad de Edimburgo lo pasean por el campus a su regreso de París.
Pero tras acabar los Juegos, en vez de dedicarse a saborear las mieles del deporte, Liddell decidió seguir los pasos de sus padres y convertirse en misionero. Volvió a su Tianjin natal, donde se convirtió en profesor en un colegio anglo-chino. Además de valores cristianos, Liddell, que seguía corriendo para su propio deleite, también intentaba inculcar a los niños chinos su pasión por el deporte. En 1934 se casó con la canadiense Florence McKenzie, que como él, era hija de misioneros. Con ella tuvo tres hijos.
Pero las cosas se torcieron. En 1941, el Gobierno Británico recomendó a sus súbditos que abandonaran China: había estallado una cruenta guerra civil. Florence decidió irse a Canadá con sus hijos, pero Eric se quedó en China. En concreto, en una misión en una paupérrima comarca en la que ya trabajaba su hermano Rob como médico. El trabajo era ingente y todo se complicó cuando en 1943, la misión fue desmontada y Liddell ingresó en un campo de prisioneros. Allí se convirtió en un líder, ayudando a los mayores, entreteniendo a los jóvenes y leyendo la Biblia para los demás.
El 21 de febrero de 1945 escribió una carta a su mujer, en la que le decía que estaba cerca de sufrir un ataque de nervios. Precisamente, ese mismo día, Liddell murió repentinamente. Al parecer, sufría un tumor cerebral que empeoró por las malas condiciones del campo de prisioneros. Su muerte fue muy llorada en Reino Unido.
Un héroe
Hace poco, con motivo de los Juegos de Pekín en 2008, el Gobierno chino reveló que Eric Liddell tuvo ocasión de salir del campo de prisioneros, merced a un acuerdo entre los chinos comunistas y el gobierno británico. Pero no ocurrió nunca, ya que Liddell renunció a salir para que en su lugar, pudiera ser liberada una mujer que estaba embarazada.
A pesar de su muerte, la leyenda de Eric Liddell permaneció siempre. La Universidad de Edimburgo tiene una placa en su honor, y la iglesia episcopaliana americana lo considera casi como un santo. En 1980, cuando el escocés Alan Wells ganó el oro en los 100 metros lisos de Moscú 80, sus primeras palabras fueron de recuerdo para Eric Liddell.
Su figura se hizo mundialmente famosa cuando en 1981, la película Carros de Fuego recogió la historia de Liddell y Abrahams y ganó cuatro oscars, uno de ellos el de mejor película. Su personaje, por cierto, fue interpretado por otro escocés y ex alumno de la Universidad de Edimburgo, Ian Charleson, que falleció de sida en 1990.
Sea como fuere, Eric Liddell siempre estará en el cielo de los héroes olímpicos.