sábado, 31 de decembro de 2011

Una jaula estalinista para 24 millones de personas


Desde 1945, unos 60.000 norcoreanos lograron huir del país más hermético y aislado del planeta
MANUEL ANSEDE Enviado especial a Pyongyang 23/11/2010
Es de noche en la Plaza del Símbolo del Partido en Pyongyang. Las autoridades de la capital de Corea del Norte acaban de cortar la luz a todos los edificios para dejar el distrito a oscuras. La plana mayor del último régimen estalinista del planeta asiste a un espectáculo de fuegos artificiales con motivo del 65 aniversario de la fundación del Partido de los Trabajadores y la reelección del dictador Kim Jong-il como su secretario general. Por megafonía, una voz proclama que "el pueblo coreano es invencible" y que el espectáculo es "una prueba de que la voluntad de Kim Jong-il es hacer feliz a su pueblo".
Durante media hora, el público, unas 5.000 personas, observa el alarde pirotécnico sobre el monumento a la hoz, el martillo y el pincel, el símbolo del comunismo a la coreana. Cuando termina, se hace el silencio. Un grupo de 20 personas aplaude durante unos segundos hasta que frena de golpe. Después, otro grupo hace lo mismo en la otra punta del graderío. Y, finalmente, otro más. El resto calla. Sólo aplauden los que son enfocados por las cámaras de televisión oficial. Cuando acaba la pantomima, todos vuelven en fila india a sus casas.
Esto es Corea del Norte, un país de 24 millones de habitantes resignados a rendir un culto delirante al Querido Líder Kim Jong-il. Si no lo hacen, les espera la tortura, los trabajos forzados o el fusilamiento. Público entró en el país más hermético del planeta con la Asociación de Amistad con Corea, una organización de occidentales que apoyan la dictadura. Los periodistas están prohibidos, así que este reportero entró como veterinario.
Los anfitriones muestran un país donde reina la felicidad. "El Querido Líder garantiza una vivienda y alimentos básicos para todos, aquí no hay robos, ni McDonald's, ni prostitución, ni drogas, ni disidentes. Todo el mundo daría la vida por el líder", explica Jo Chol-ryong, del Comité de Relaciones Culturales con Países Extranjeros. ¿Y las informaciones que hablan de campos de prisioneros y ejecuciones? "Mentiras fabricadas por los medios occidentales".
Desde 1945, sólo 60.000 personas consiguieron escapar de la dictadura, la mayoría hacia China o Corea del Sur. Sus testimonios son diferentes a los de la propaganda, como explica el ruso Andrei Lankov, profesor en la Universidad Kookmin de Seúl y uno de los mayores expertos en las cloacas del régimen norcoreano. "Como regla, desde la década de 1960, los discapacitados no tienen derecho a residir en Pyongyang. Sólo los que sufren un accidente durante la mili reciben permiso para seguir viviendo en la capital. La mayor parte de los discapacitados son realojados en el campo", señala. Los ciegos, las personas con síndrome de Down o en silla de ruedas son expulsados a pueblos vetados a cualquier observador. Nada puede manchar el escaparate de la sociedad perfecta: Pyongyang.
Condenados a talar árboles
En uno de sus últimos informes sobre Corea del Norte, publicado en agosto de 2009, Amnistía Internacional denuncia la situación de unas 200.000 personas encerradas en campos de prisioneros y condenadas a talar árboles y picar piedra diez horas al día durante años. En 2007, la organización surcoreana Good Friends divulgó el fusilamiento en un estadio del encargado de una fábrica ante 150.000 personas. Su delito consistió en hacer llamadas internacionales, algo prohibido en un país desconectado del mundo. Internet no existe y los medios de comunicación sólo informan de las actividades de Kim Jong-il. Ni una sola imagen sobre lo que ocurre en el resto del planeta.
"Las ejecuciones públicas son escasas y se llevan a cabo en el campo. Las víctimas no son presos políticos, sino criminales comunes, como asesinos o traficantes de droga. Nunca oí hablar de ejecuciones públicas de presos políticos, aunque algunos, la mayor parte conspiradores, fueron ejecutados delante de unos escogidos", matiza Lankov. La mayor parte de los asesinatos se lleva a cabo en secreto, ante un pelotón de fusilamiento o en la horca. "Pintar un grafiti contra el Gobierno basta para ganarse la ejecución", añade el profesor.
La supervivencia del régimen es fruto de la suma de una historia cruel a lo largo del siglo XX y de la creación de un sistema de represión. En 1905, Japón ocupó la península de Corea durante 40 años. Según la versión oficial, Kim Il-sung, padre de Kim Jong-il, aplastó a los invasores en 1945 para crear una nueva patria, pero la propaganda omite un detalle: Japón se rindió después de que EEUU borrara del mapa Hiroshima y Nagasaki con bombas atómicas. La URSS y Washington se repartieron la península tras la Segunda Guerra Mundial, y en 1950 llegó la guerra entre las dos Coreas. La propaganda asegura que Kim Il-sung barrió al ejército enemigo. Los historiadores cuentan otra película: tras dos millones de muertos, las dos partes firmaron un armisticio en 1953. Nunca se selló la paz. Oficialmente, Corea del Norte sigue en guerra con EEUU y Corea del Sur.
Refugiados ilegalmente en China
Varias estimaciones coinciden en que 30.000 norcoreanos fugados viven en China de manera ilegal. Otros 20.000 alcanzaron Corea del Sur y 10.000 norcoreanos están en otros países. La Alemania comunista parece un coladero comparada con la jaula de Corea del Norte. Entre 1961 y 1989, 700.000 personas escaparon de la RDA. En más del doble de tiempo, sólo 60.000 norcoreanos lograron salir de su país.
El historiador Pierre Rigoulot cree que algo está cambiando. "Hace diez años, muchos de los que intentaban llegar a China acababan ejecutados. La cosa ha mejorado. Si los atrapan, los torturan y pasan unos meses en prisión", explica. Rigoulot escribió en 2000, junto a Kang Chol-hwan, Los acuarios de Pyongyang, uno de los primeros testimonios en Occidente de la vida en los campos de concentración de Corea del Norte. Kang, que escapó del país tras pasar diez años en un gulag, fue encerrado a los 9 años porque su padre había sido acusado de traición.
"No hay que exagerar la situación. Hay una tendencia a rebajar el número de campos de concentración, quedan siete u ocho de gran tamaño. Someten a los presos a una reeducación, les recuerdan las hazañas de Kim Il-sung y Kim Jong-il, y les obligan a trabajar sin descanso, pero ya no hay la violencia de antaño", matiza. Rigoulot nunca entró en Corea del Norte.
El historiador mira al futuro con esperanza. Los modernos aparatos de radio empiezan a entrar con relativa facilidad en el país. La población comienza a saber qué ocurre en el mundo gracias a las emisoras chinas y surcoreanas. También se introducen ordenadores portátiles y unos pocos pueden ver películas. Y cada vez más personas cruzan el río Yalu, la frontera norte del país, hacia China. "El aislamiento no puede durar siempre", reflexiona Rigoulot.

venres, 30 de decembro de 2011

"Los niños jugaban a los fusilamientos"


Moreno Villa, tutor en la Residencia de Estudiantes en tiempos de Lorca y Buñuel, relató en un diario, inédito hasta ahora, el inicio del asedio franquista a Madrid
JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid - 18/12/2011
¿Quién es ese hombre maduro que aparece en las fotos de juventud de Lorca, Dalí y Buñuel? Si esa es la pregunta la respuesta es: José Moreno Villa, un malagueño de 1887 muerto en el exilio de México en 1955. No mucho menor que Juan Ramón Jiménez (le llevaba seis años) ni mayor que Pedro Salinas (al que llevaba cuatro), la manía clasificatoria ha dejado a Moreno Villa fuera de foco. El mismo Rafael Alberti reconoció en La arboleda perdida que cuando se decidió a escribir sus recuerdos, el único referente que tenía para retratar la edad de plata de la cultura española era Vida en claro, la autobiografía que Moreno Villa publicó en 1944, uno de los grandes libros de memorias de la literatura hispánica. La obra es el primer testimonio del mundo roto con el golpe franquista, también el primero que narra la vida en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Allí llegó el escritor y dibujante en 1917 para ejercer como tutor de la casa, y de allí fue evacuado, 20 años después, junto a los intelectuales -Machado entre ellos- que siguieron al Gobierno republicano a Valencia.
"No sacaré nada; puede que dentro de unos días volvamos todos, pensé para engañarme", recordó que dijo al dejar su habitación. En la maleta, eso sí, metió el manuscrito de un diario que llamó Notas desde el Madrid sitiado. Aquellas cuartillas han permanecido inéditas 74 años, pero la próxima semana verán la luz dentro de un volumen de 700 páginas titulado escuetamente Memoria. Recopilado por Juan Pérez de Ayala y editado por la Residencia de Estudiantes, el libro incluye Vida en claro y todos los textos autobiográficos del autor malagueño.
Desde la colina de la Residencia de Estudiantes, convertida en cuartel y en la que apenas quedan seis "fijos", el Madrid que retrata Moreno Villa es una ciudad en la que los tranvías marcan la normalidad. Su sonido es la señal de que los "facciosos" no han entrado en la capital. La suciedad de las calles -"no se barre, casi ni se riega"- es otra señal: hay una guerra y los sublevados acechan la Casa de Campo. Él lo sabe bien: mientras puede trabaja como archivero en el cercano Palacio Real, rebautizado como Nacional. "En estos días, que son los más críticos", escribe el 30 de octubre de 1936, "sorprende la cantidad de milicianos que contraen matrimonio. Dice la gente que los novios piensan en la viudedad que puede quedar a las novias".
Todo es inquietante. Demasiado silencio o demasiado poco: "Los hombres que antes no levantaban su voz son los únicos que ahora vociferan y cantan". Quince días después, las incursiones aéreas son una costumbre. "El ataque a Madrid dura ya una semana. Los periódicos extranjeros afectos a los nazis comienzan a ver fracasado el intento. Hoy, a las ocho y media de la mañana, hubo un combate de aviones sobre la población. Lo vi desde mi cuarto. Es un espectáculo que entusiasma a la gente. Yo creo que por lo que tiene de deportivo. No se ve la sangre y sí la agilidad y el ataque, el esguince y la vuelta". Son los tiempos en que todavía hay niños en los parques: "Jugaban a la guerra y a los fusilamientos".
Con los primeros bombardeos, que "respetaban una zona de Madrid, la de lujo, y se cebaban en los barrios pobres", el drama baja de las nubes. Aunque fiel a la República hasta considerarse un "miliciano de la cultura" después de ser rechazado por su edad en la oficina de alistamiento, Moreno Villa no deja de consignar los desmanes dentro de su propio bando: "¡Cuántos amparados no habrá en las embajadas! Durante estos meses he visto que estas necesitaban echar mano de otros edificios, indudablemente refugios de gente insegura, es decir, culpable o simpatizante con el movimiento. Aunque también de otras que no hicieron nada malo. ¡Es tan complicada la situación!".
En una guerra, dirá, la conducta está por encima del razonamiento -"ya no valen literaturas"-, pero él alcanza a ver claro en el río revuelto: "Estoy por creer que las ferocidades mayores cometidas en esta hecatombe doble se debieron a estos cobardes que se camuflaban de revolucionarios o purificadores; de estos cucos y ventajistas de retaguardia. Conozco casos terribles de bajas venganzas cometidas por individuos ínfimos resentidos por las órdenes antiguas de un superior administrativo".
Moreno Villa estaba en Estados Unidos dando conferencias como enviado del Gobierno cuando se convirtió en el primer refugiado invitado oficialmente por México. Llegó en mayo de 1937. Allí se casó y tuvo un hijo, José Moreno Nieto. Fue él quien donó a la Residencia de Estudiantes el archivo que contenía el diario inédito. "Mi padre murió cuando yo tenía 14 años. No recuerdo que me hablara mucho de la guerra. Hablaba más de su infancia", dice por teléfono desde Friburgo, donde vive. Curiosamente, ahí había estudiado química José Moreno Villa. "Todavía se le recuerda más en México que en España", dice su hijo. Cosas de la mala memoria.

Tres genios antes de serlo
Poeta, narrador, artista y crítico de arte, José Moreno Villa rayó a gran altura en todo lo que hizo pese a no gozar de la popularidad de sus amigos más ilustres, para los que fue un precursor. Pasado el tiempo, Antonio Muñoz Molina lo convirtió en personaje de la novela La noche de los tiempos y José Ramón Fernández hizo lo propio en la obra de teatro La colmena científica o El café de Negrín, último premio Nacional de Literatura Dramática. Gran dibujante -"una exposición de dibujo español moderno sin Moreno Villa está coja", dice Juan Pérez de Ayala-, trazó una famosa caricatura de Lorca al piano y el autor de Yerma le dedicó un poema. Pero el tutor de la Resi trazó también grandes retratos con palabras, los consagrados, entre otros, a la tríada formada por Buñuel, Dalí y el propio Lorca: "Se sentían los gallitos triunfadores, aunque pasaban días sin blanca".
A Dalí nunca le perdonó sus coqueteos con Franco: "Melenudo, no muy limpio, enfrascado siempre en las lecturas de Freud", de vocación "indudable" y buen oficio, termina "en Estados Unidos dedicado a pasmar a los esnobs con sus extravagancias y payasadas". Buñuel, entretanto, terminó convirtiéndose en uno de sus íntimos en el exilio mexicano. Así, en un artículo de 1952 incluido en Memoria, matiza su visión del cineasta aragonés, al que había pintado en los años veinte, "un mocetón atlético, hijo de padres ricos" que saltaba con pértiga "semidesnudo". "No quedamos satisfechos de tales líneas ni él ni yo", dirá luego. De ahí que, admirador de su cine, lo defina como "una conjunción feliz entre lo tosco y lo fino. Un baturro no puede ser cursi".

El mejor cine clandestino catalán regresa a París


La Cinemateca Francesa acoge una retrospectiva de películas prohibidas por Franco
ANDRÉS PÉREZ Corresponsal en París 17/12/2011
La Cinemateca Francesa de París, con apoyo del Institut Ramon Llull, acoge desde ayer y hasta finales de febrero una muy afinada retrospectiva del cine clandestino catalán de los años sesenta y setenta cuando, bajo la dictadura, muchos artistas prefirieron directamente la ilegalidad en vez de un juego constante con la censura dentro del sistema.
La selección, titulada Clandestí, El cine catalán prohibido bajo Franco, podría parecer, de antemano, un pase más de filmes harto conocidos y un regreso a la época del compromiso y sus códigos estéticos. Pero, en realidad, se trata de una selección de lo menos sabido y lo más secreto, por lo que esos filmes con más de 30 años de historia aparecen ahora rabiosamente de vanguardia. Han conquistado un público joven de cinéfilos en Londres, Berlín, Estambul y Nueva York. En esas ciudades, la retrospectiva creada por los comisarios Manuel Barrios y Marta Sánchez ya había triunfado, antes de llegar a París.
"La selección está pensada para el público general, o sea que efectivamente dejamos fuera algunas películas demasiado tediosas. Y así la selección queda organizada claramente en temas. Al principio del franquismo, los cineastas se centran en la crítica social y moral de la sociedad. Luego son más políticos. Y, finalmente, llega una fuerte transgresión estética. Es verdad que para las generaciones de los que tenemos 40 o menos años, va a haber una lectura nueva de este cine", explica Marta Sánchez.
Latifundios geométricos
En total, 12 filmes van a ser proyectados durante las seis sesiones de aquí a febrero. Entre ellos, hay varios de Pere Portabella que quizás sean los más conocidos de este tipo de cine, experimental pero también político. Y luego están las increíbles perlas, como El Campo para el hombre (1973), de Helena Lumbreras, Mariano Lisa y el Colectivo Film de Clase. Con un purismo formal muy exigente, el campo y los latifundios son filmados como abstracción geométrica que recuerda a vanguardias documentales rusas de los años veinte. Áridos testimonios de campesinos sobre la dureza y la dominación de clase, pronunciados de forma anónima gracias a una inventiva voz en off, a la vez in, completan la obra totalmente sorprendente.
Lejos de los árboles, realizado entre 1963 y 1967 por Jacinto Esteva Grew, visita algunos de los que fueron tópicos del cine franquista oficial (procesiones, escenas folclóricas de pueblo, tauromaquia). Pero lo hace con tal contundencia en el retrato de las personas y las sensaciones de sus rostros, que el film deja claro su mensaje: esta es la realidad, y no las postales contenidas en los No-do.
Cincuenta y dos domingos (1966) y El largo viaje hacia la ira (1969), de Llorenç Soler, son otros platos fuertes de la selección. Y en ella figuran también dos anónimos, La Muntanya (1970) y Manifestacions del 1/8 Febrer 1976 (1976), que dejan estupefacto por la demostración de fuerza del cine como forma de reportaje extremadamente exigente, destinada a contar la realidad desde la objetividad de los que están resistiendo y cambiando un destino inicialmente siniestro.
Completan la retrospectiva otras obras como Sexperiencias (1968), de José María Nunes, y El Alegre Paralelo (1964), de Enric Ripoll Freixes y Josep Maria Ramon.
Jekyll y Hyde en el banco
Capítulo enteramente aparte merece el que es uno de los grandes invitados en París ayer, junto con Mariano Lisa. Se trata de Antoni Padros, que presentó en la sesión de la noche Lock Out (1973), una película que, según la comisaria Marta Sánchez, es "pura energía". "Por aquella época, yo trabajaba en un banco por las mañanas, y luego desde que salía hasta tarde, venga a hacer cine. Era un poco Doctor Jekyll por las mañana, y Mister Hyde por la noche. Ese trabajo fue acallado durante mucho tiempo, y muy poco reconocido. Puede imaginarse lo que se siente cuando ha pasado toda su juventud, es decir un momento importante de la vida, haciendo cine. Sólo me dediqué a eso: a hacer cine", explica Padrós a Público.
Por eso ahora recuerda con cariño a todo el equipo "rodando y venga a rodar en un estercolero que era el plató, venga rodar durante nueve meses, domingos, fiestas sin precepto, sin comer nadie, una cosa voluntaria y voluntariosa". "Al cabo de un tiempo, ha resultado que no fue una pasión inútil", señala, comentando el éxito de público en Estambul, Nueva York, Berlín, Londres y, probablemente, en París.
La unidad traumática
Para definir su obra, Padrós dice que se trata de un trabajo de "cierta unidad traumática de la imagen" , de "tomar una fotografía, romperla a trozos, y volverla a unir", de manera que "la historia real sólo aparece al final, aunque como no nos quedaba dinero, tuvimos que dejarla en un apunte".
En Londres dice con una risa al teléfono, un espectador le dijo: "Usted es un espíritu libre". Y otro le aseguró que Lock Out "es una obra maestra". "Bueno, yo me lo tomo con calma. Como decía mi abuela, de todo esto, vamos a meter un trozo en la olla'", señala el realizador, que ahora termina su nuevo filme, producido tras pasar 22 años sin lograr colocar ni un solo guión. Es decir, completamente fuera del mercado y la industria del cine.
El efecto espejo de estos filmes con casi medio siglo de vida, y de estos realizadores que filmaron bajo una dictadura, en 2011 es notable: parecen más contemporáneos que otros. Su punto culminante fue en Estambul. "Fue muy extraño: Había en la sala un policía, todo el mundo sabía que era policía, y tomaba notas. Cuando comprendió que no había nada sobre Georgia, los kurdos o Armenia, se levantó y se fue", explica Marta Sánchez.

‘Kapitoil’, una novela para entender el 11-S (y el ‘crash’ financiero)


La crítica estadounidense ha considerado que esta historia sobre un joven qatarí que aterriza en EEUU en 1999 es la definitiva para explicar los atentados de las Torres Gemelas y la crisis posterior. Su autor es Teddy Wayne, un neoyorkino crítico con la política capitalista e imperialista de su país, que ha formado parte del movimiento Occupy Wall Street
PAULA CORROTO Madrid 17/12/2011
La crítica estadounidense llevaba años buscando la gran novela sobre el 11-S. Hasta la fecha se habían barajado todo tipo de nombres, desde Jonathan Franzen a Don DeLillo pasando por John Updike. Sin éxito. Hasta ahora. Porque ya hay un escritor que capitaliza todas las páginas literarias de los periódicos y revistas especializadas: Teddy Wayne. Un neoyorquino de 32 años de edad, gafapasta, con mirada inteligente y que ha acaparado todos los premios en 2011 en EEUU.
Su primera novela, Kapitoil (publicada por Blackie Books en España), una curiosa mezcla entre kapital y oil (petróleo), reúne por fin las características que buscaban los críticos: está ambientada en Nueva York en 1999, su protagonista es qatarí, musulmán, trabaja en el sector de las finanzas en la planta 88 del World Trade Center y rápidamente se hace rico con un programa informático que realiza una macabra cabriola moral: cuantos más atentados se cometan en Oriente Próximo, más ganancias se obtienen gracias a los precios del petróleo. "Kapitoil es tan bueno, tan inimaginablemente bueno, que ha matado el género [del 11-S]. Con esto se acabó", sentenció el escritor Anis Shivani en The Huffington Post tras la publicación del libro en EEUU en 2010.
Esta novela va más allá de los atentados. De hecho, en ella no hay ni aviones, ni torres derrumbándose ni neoyorquinos cruzando el puente de Brooklyn despavoridos. La historia se abre con una cita de Karl Marx y su genialidad radica en el ámbito de la ética, desaparecida por completo a finales de los noventa en pos de un enriquecimiento veloz. Son los años en los que en Nueva York relucían las empresas punto.com, los trajes con corbata y las noches de juerga en los bares de diseño. Y eso es lo que se exportaba al resto del mundo. "Yo quería escribir una novela que, aunque estuviera ambientada en una época pre-11-S, pudiera ser leída también como una alegoría del mundo pos-11-S.
Hay varios elementos en la historia que pueden ser comparados con la política exterior de EEUU. Para mí es más interesante escribir sobre política desde un ángulo oblicuo", comenta el escritor a Público por correo electrónico.
Porque de esos polvos llegó la paranoia del presidente George W. Bush, cuya política Wayne considera un error: "Al Qaeda no atacó EEUU porque les molestara nuestra libertad, como decía Bush, sino por nuestro apoyo a Israel, nuestra política económica imperialista y creo que, incluso, nuestra cultura".
En el protagonista de Kapitoil, Karim Issar, está reunida toda esa alegoría de la que habla Wayne. Este outsider (qatarí y musulmán), como también le gusta sentirse al propio escritor, es, a comienzos de la novela, un joven que llega a la gran ciudad a comerse el mundo. No sabe mucho inglés, pero es un cerebro con los ordenadores y las ecuaciones matemáticas. El arquetipo que el mundo necesitaba en aquellos momentos. "La voz de Karim me fue inspirada por un trabajo que tuve editando ensayos sobre aplicaciones de escuelas de negocios en internet. La mayoría de sus autores eran japoneses, chinos y surcoreanos, cuyo inglés procedía del mundo de las finanzas y la tecnología. Pensé que ahí había un argumento para una novela y creé a Karim: un hombre joven, cuyo lenguaje y pensamiento deriva del capitalismo y los ordenadores, pero que se esfuerza por ser más humano", explica Wayne.
El juego de suma cero
Issar es el que guía al lector por ese mundo inmoral deslumbrado por el color de los dólares. Nada más pisar Nueva York entra de lleno en las fauces de la ciudad y se deja llevar. Crea el superprograma Kapitoil de suma cero, es decir, saca algo bueno de una situación mala. En este caso, de los atentados que se producen en Oriente Próximo: la negatividad de la violencia se ve compensada positivamente por el programa, que predice el precio que va a alcanzar el petróleo. E Issar es incapaz de ver las consecuencias morales de este instrumento. "Es que él lo racionaliza todo diciendo que la violencia ocurrirá en cualquier forma y su programa, simplemente, lo capitaliza. Lo que pasa es que más tarde se dará cuenta de que todo el capitalismo es un juego de suma cero y siempre que una persona gana, significa que otra pierde", sostiene el escritor.
En este razonamiento está, para Wayne, las verdaderas causas de la crisis económica que estalló en 2008: "Fue motivada por la codicia humana y las facilidades económicas que se dieron para que fluyera esta codicia. Es decir, una economía sin ningún tipo de regulación, que permitió el desenfreno sin que nadie hiciera los controles apropiados", argumenta.
El proceso de maduración personal de Karim Issar hace de Kapitoil una especie de Bildungsroman (novelas de formación). Issar podría ser un Holden Caulfield vagando por Nueva York, el personaje de El guardián entre el centeno, creado por J. D. Salinger, uno de los autores favoritos de la adolescencia de Wayne junto a Nabokov y Hemingway. "Me gustan las historias con protagonistas humildes, dedicados con tenacidad a alcanzar un objetivo que para ellos es importante", afirma el escritor, quien sostiene que lo más difícil de este tipo de narrativa es encontrar un tono fresco que evite los clichés del género. "En este tipo de novelas el personaje tendrá un despertar sexual, porque eso forma parte de crecer, pero hay que conseguir escribir sobre eso de una forma que parezca nueva", apostilla.
Novelas de la Depresión
Excepto este crecimiento tan universal y perenne en la historia del ser humano, el mundo de 1999 que retrata la novela hoy prácticamente ha desaparecido en Nueva York. Wayne es consciente de ello: "Sí, esa ciudad ya no existe. Era la época del boom de las empresas punto.com, pero desde 2008, la ciudad es mucho más insulsa y dócil. Y desde luego, con el movimiento Occupy Wall Street (OWS), todo ha cambiado considerablemente", afirma.
El autor reconoce que formó parte de las protestas de OWS cuando comenzaron a finales de septiembre de este año. Para él, las manifestaciones fueron un soplo de aire fresco necesario. "Han convertido la desigualdad económica en tema de portada y eso es algo que se necesitaba desde hace bastante tiempo", señala. Además, no ve extraño que en poco tiempo surjan novelas que retraten estas protestas y la situación económica actual, como ya ha sucedido en el cine con el documental Inside Job o el filme Margin Call. "Creo que ya hay novelas que tratan explícitamente sobre el dinero de una manera que no ocurría hace diez años. Y pronto habrá más libros influidos por Occupy Wall Street. Lo que ocurre es que, al mismo tiempo tienes más y más películas escapistas diseñadas para personas que ignoran lo que está ocurriendo alrededor de ellos", apunta.
Para el autor es algo tan inevitable como los jóvenes que quieren hacerse ricos con 25 años: "Están menos excitados con los bancos, pero hay muchos que quieren ser el próximo Mark Zuckerberg [creador de Facebook] o crear la gran aplicación para el iPhone". Él podría ser uno de ellos, aunque lo ha logrado con algo tan raro como un libro. 

El germen de la Primavera Árabe cumple un año


El suicidio de Bouazizi marcó el principio del fin de la dictadura en Túnez

TRINIDAD DEIROS MADRID 17/12/2011
Tariq Tayyib Mohamed Bouazizi era sólo uno de los muchos jóvenes tunecinos a quienes la dictadura de Ben Alí había privado de su futuro. Bouazizi, de 26 años, empezó a vender fruta por la calle para mantener a su familia a los 10 años; a duras penas había logrado terminar el bachillerato y su único sueño conocido era modesto: comprarse una furgoneta.
Una persona tan humilde, excluida del sistema como el 30% de tunecinos que subsiste en la economía sumergida, tenía pocas bazas a su favor para enfrentarse a una policía corrupta que, día sí y día también, le hostigaba por vender fruta y verdura sin licencia.
El 17 de diciembre de 2010, hoy hace un año, Mohamed Bouazizi arrastró su carrito de madera cargado de plátanos, peras y manzanas hasta el mercado de Sidi Bouzid, la población del depauperado interior de Túnez donde vivía. Allí, una agente de policía trató de confiscarle su medio de vida; cuando el joven intentó defenderse, la mujer le propinó una bofetada. Furioso, Bouazizi se dirigió corriendo al edificio de Gobernación donde exigió hablar con algún responsable para quejarse. En vano; sólo obtuvo desprecio.
Desesperado, fue a buscar un bidón de gasolina, volvió a la plaza, se roció con el líquido y se prendió fuego. Los testigos dicen que mientras lo hacía gritaba que no podía más "con tanta injusticia".
Una persona desposeída por un régimen corrupto había hallado un último reducto de dignidad: su propia muerte. Bouazizi arrojó su atroz suicidio al rostro de quienes le habían humillado y el resultado fue, no sólo el final de la dictadura con la huida de Ben Alí el 14 de enero, sino un anhelo de libertad que pronto alcanzó a Egipto y a Libia: la Primavera Árabe había empezado.
La solidaridad de los vecinos
Los habitantes de Sidi Bouzid se solidarizaron inmediatamente con la desgracia del joven. Esa misma tarde, una manifestación en la ciudad degeneró en batalla campal con la Policía. En palabras del psicólogo tunecino Fethi Benslama en su obra ¡De repente, la revolución!, la inmolación de Bouazizi fue la "gota que hizo desbordar el vaso" de la pobreza, la exclusión y la represión, y "volvió insoportable lo que había sido soportable".
Para el politólogo Rafael Bustos, jefe de la misión de observación electoral en Túnez de la Universidad Autónoma de Madrid, este suicidio cayó en terreno abonado: "La gente se preguntaba cómo era posible que se hubiera intentado privar de su medio de vida a un joven que vende fruta por la calle. El suicidio se inscribió además en un contexto de tres o cuatro años de protestas sociales, como las de la cuenca minera de Gafsa [en 2008] que habían ido in crescendo, al igual que la conciencia de la enorme corrupción del régimen".
En la revuelta que provocó la muerte de Bouazizi, internet tuvo un papel clave, ya desde la primera manifestación, grabada por un primo del joven con su móvil. En un país que tiene la tasa de penetración de la red más alta de África (más del 30% de la población), Twitter y Facebook sirvieron de vehículo para los vídeos que documentaron la feroz represión.
En unos días las protestas se extendieron a Kasserine, a Sfax y a Gafsa; luego a Túnez capital. El 24 de diciembre, el régimen mata de un disparo a un primer manifestante. Ya no había vuelta atrás.
El 4 de enero, Mohamed Bouazizi sucumbe a sus quemaduras; más de 5.000 personas acuden al día siguiente a su funeral. Puede que en su memoria estuviera una foto distribuida por el régimen el 28 de diciembre. Ese día, un Ben Alí casi petrificado visitó por fin a su víctima: cubierto por las vendas, Mohamed Bouazizi era un monumento a la dignidad, postrado inerte frente a su verdugo.