Un ensayo revisa la época en la que la URSS crecía más que EEUU y los rusos
soñaban con el paraíso terrenal
CARLOS PRIETO MADRID 11/12/2011

Stalin había
muerto (1953), la economía soviética crecía mucho más rápido que la
estadounidense y el presidente Nikita Jruchov prometía el oro y el moro al
nuevo proletariado de clase media. Tras tres décadas pidiendo al pueblo que
se apretara el cinturón y sufriera como un perro (guerra civil, hambre,
purgas, Guerra Mundial), el Politburó iba a entregar por fin el paraíso
prometido.
"El
cuento de la abundancia soviética había sido en sus orígenes un asunto muy
serio: un intento de derrotar el capitalismo con sus propias armas y convertir
a los ciudadanos soviéticos en los más ricos del mundo. Durante algún tiempo, y
no sólo para Jruchov, parecía posible que la promesa se convirtiera en
realidad", dice Spufford en la introducción.
Miedo a un
planeta rojo
El
lanzamiento del Sputnik al espacio en 1957 dejó a Occidente con la boca
abierta. Para colmo la economía soviética también estaba en órbita. En la
década de 1950 sólo Japón creció más que la URSS, que lo hizo a un 10,1% anual,
según el Comité Central (un 7,1% según la CIA y más del 5% en cálculos hechos
tras la caída de la URRS y la apertura de los archivos oficiales; en cualquier
caso, mucho más que el 3,3% anual de EEUU).
"Sobre
la base de esta fortaleza, los sucesores de Stalin se dispusieron a
civilizar la salvaje maquinaria del crecimiento", se cuenta en el
libro. Al tiempo que se aflojaba la represión (liberación de muchos prisioneros
de los campos de trabajo), se potenció la agenda social: pensiones de
jubilación, jornada laboral de ocho horas, barrios de nueva planta y aumento de
los salarios de los trabajadores y recortes de los de las élites. "La
economía tenía que crecer como fuera, y seguir creciendo sin pausa. No se
trataba únicamente de superar a EEUU. La economía necesitaba encontrar el modo
de llevar a los ciudadanos de la corporación bolchevique hasta la cúspide del
crecimiento, donde por fin se alcanzaría la abundancia", escribe Spufford.
El método
para alcanzarla se llamaba economía planificada. Y el arma científica para
organizarla, cibernética. Si "podemos derribar a una mosca en el espacio
exterior", como escribió el poeta Mali-novski sobre el poder informático
soviético, ¿cómo no iban a ser capaces los ordenadores rojos de "organizar
unas cuantas hortalizas"?, dice uno de los personajes del libro.
Máquinas
para el pueblo
Tras la
muerte de Stalin, la cibernética dejó de estar al servicio de la fabricación de
armas para convertirse en el cerebro de la economía planificada. Abundancia
roja arranca a finales de los años treinta, a bordo de un tranvía, donde el
matemático, economista e ingeniero Leónid Vitálevich "rey de la economía
matemática, príncipe de la cibernética, maestro de los algoritmos" calcula
mentalmente que la economía soviética podría crecer un 3% más al año sólo con
aplicar fórmulas matemáticas a la producción: el método de programación lineal.
Vitálevich
fue el único soviético en ganar el Nobel de Economía en 1975. Un niño prodigio
descrito así: "Eso era lo malo de ser lo que la gente llama un prodigio.
No recordaba haber sido distinto, aunque presumía de que, antes de aprender a
hablar y casi inmediatamente después a contar, a hacer ejercicios de álgebra y
a jugar al ajedrez, hubo un tiempo de lactancia, en el que tan sólo fue un bebé
normal y corriente".
Pero nadie
hizo mucho caso a su método hasta la muerte de Stalin. Eso sí, al menos
Vitálevich no fue purgado por querer dejar la economía en manos de un lenguaje
tan ajeno al realismo socialista como las matemáticas. "Había habido una
fase inicial de oposición, durante la cual se condenó oficialmente la
informática y se acusó a los científicos de emplear un lenguaje
desideologizado. A continuación se produjo esta fase de aceptación oficial, en
la que se ensalzó con entusiasmo el poder reformador de la informática",
resume Spufford. Vitálevich subió como la espuma y cambió la dirección del
Instituto de Matemáticas de la URSS por la del Instituto de Control de la
Economía Nacional.
Durante
la era Jruchov, los científicos intentaron fijar los precios y equilibrar
oferta y demanda. Pero algunas de las decisiones de las máquinas (como subir
ciertos precios de golpe) provocaron motines. Los políticos volvieron al mando
de la economía. "Luego sobrevino un periodo de decadencia, y la jerga
cibernética pasó a convertirse en una variedad más de la vacía retórica
oficial", resume Francis Spufford. Y mucho tiempo después la escasez roja
dio paso a los oligarcas henchidos de caviar, pero esa ya es otra historia
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