luns, 30 de xaneiro de 2012

El 'Azor' ya es chatarra histórica


El artista Fernando Sánchez Castillo desguaza el barco de Franco y lo manda al Matadero, convertido en una escultura abstracta
PEIO H. RIAÑO MADRID 21/01/2012
Es posible que Fernando Sánchez Castillo (Madrid, 1970) sea el artista que más veces ha descuartizado a Francisco Franco. En esta ocasión, su obsesión por analizar la exaltación y el miedo que tiene este país con los mitos de la Guerra Civil y la dictadura, le ha llevado a comprar el Azor, la embarcación de recreo del dictador, que hasta el momento se encontraba varado como reclamo turístico del Mesón El Labrador (km. 223), en el pueblo burgalés de Cogollos. Y la ha troceado.
Sólo ha dejado intactos y reconocibles el mástil, los asientos y las letras con el nombre del barco. Con esta acción ha logrado que uno de los últimos referentes vivos (aunque abandonado) haya perdido todo su significado al transformarlo en una gran montaña de acero y aluminio pasada por el desguace, un prisma sin carga emotiva. Ahora descansa en paz, arrugado, en la nave frigorífica del Matadero de Madrid, convertido en una escultura mini-malista gigante.
Hasta el momento, Fernando ha protagonizado las reflexiones más incisivas y molestas sobre las imágenes legadas del pasado, porque como él mismo dice "tenemos un problema con nuestra historia". Es difícil olvidar trabajos como la visita con invidentes a un almacén para tocar una escultura de Franco, retirada gracias a la Ley de la Memoria Histórica. Pero en realidad, lo que aquel trabajo demostró, al negarle el acceso a cientos de imágenes salvo el permiso del Ayuntamiento de Barcelona, fue la incapacidad de este país para tratar con normalidad ciertos elementos de su historia más reciente. La sombra del silencio es tan alargada que oprime a la democracia.
Sánchez Castillo, el destructor de tabúes, ha titulado a su intervención Síndrome de Guernica. "El barco ha cambiado de estado, ha pasado del campo del mito y la memoria a la órbita de la estética moderna. Por primera vez Picasso utilizó en el Guernica un lenguaje formal como el cubismo para meterse en un asunto real y cruel. Mi proceso fue a la inversa: pase la historia a una paz formal, como el cubo. Es una forma abstracta que no suelo utilizar porque soy más figurativo", explica a este periódico el artista.
"Responsabilidad histórica"
Con sus palabras quiere aclarar que no tiene "responsabilidad histórica" por haber desguazado el barco. "Tengo una responsabilidad estética. No soy polemista, no lo considero una destrucción. Se destruye cuando el barco deja de ser barco, pero ahora hay una memoria de lo que fue el barco". De hecho, el destino de la nave era la destrucción por decreto ley, pero la orden no se llegó a cumplir nunca.
"El mayor tabú es que yo estoy actuando como el Estado, que oculta las esculturas de Franco", recuerda el artista en referencia a la falta de normalidad democrática en la gestión de la memoria histórica de las instituciones. Es más, la burocracia, las úlceras, las negativas son parte de su proceso democrático al demostrar que 35 años no han sido suficientes para la Transición.
Reconoce que con la transformación en chatarra del Azor se enfrenta a varios momentos de la vida del barco, que coinciden con los de la historia contemporánea española. "La vida como barco en la dictadura, donde Franco determina el heredero al trono y prueba a los ministros; la Transición que ordenó su destrucción, pero que Felipe González usa un verano; y el momento postcapitalista, cuando se intenta rescatar por la vía comercial y convertirlo en un hotel flotante en Marbella, lo que choca con la orden del Estado que quiere ocultarlo y hacerlo desaparecer, pero no lo consigue", resume el artista.
Sánchez Castillo retoma las palabras de Picasso al responder a los nazis cuando le recriminaban el Guernica: "No, no, esto lo han hecho ustedes". "Pues esto lo hemos hecho entre todos. La autoría no es solamente mía, el artista es un catalizador, un acelerador de procesos", cuenta en alusión a la conservación que hace la sociedad de la memoria. "El barco está mejor preservado que nunca".
Fernando ha reciclado el paisaje intelectual del país, ha desmenuzado durante una semana el barco con ayuda de los recuperadores del metal (a quienes pertenecen los bloques que se amontonan en Matadero). Compró el barco por algo más que al peso, pagó por la historia. No quiere desvelar por cuánto, pero asegura que cualquier ciudadano español podría haberlo hecho antes que él, pero "no interesaba a nadie". "Franco ya no era rentable económicamente", asegura.
El último viaje
El último propietario del Azor explica que el arte contemporáneo no es una labor terapéutica, porque "no hay consuelo, ni es algo positivo". Menos aún si se está ante uno de sus trabajos, donde el espectador entra en conflicto con su propio pasado, con su propia definición e identidad. Reconoce que ha sido un proyecto de alto riesgo, que ha actuado con un secretismo casi militar y que esta visión multiplica las preguntas, sin responder ninguna. Remata en un lacónico "los artistas somos gente molesta", sólo superado con un determinante "si pudiera, me exiliaría".
El último viaje del Azor fue al desguace. La metáfora del penúltimo signo del franquismo. "El último es el Valle de los Caídos, pero eso se caerá solo", afirma, porque, según cuenta, la piedra caliza que se empleó era de baja calidad y se está resquebrajando sin remedio. El Azor se ha despedido sin odas ni cantares, parecía indestructible y en su nueva vida es jugo de un artista. Ya no está, aunque se siente.

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