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luns, 24 de marzo de 2014

Esclavos por horas o cómo vive la clase obrera estadounidense


Si para pagar un apartamento de una habitación en Estados Unidos se tiene que ganar 8,89 dólares la hora, ¿cómo sobreviven los que ganan cinco o seis?
Lucía Lijtmaer 12/03/2014 - el diario.es

Hay gente que se levanta por la mañana, acude a trabajar en un medio de transporte más o menos adecuado y, tras una jornada más o menos larga y más o menos tediosa, regresa a casa sabiendo que ha realizado un trabajo que le aportará un sueldo más o menos digno al final de mes. Del otro lado están todos los demás.
Esta brecha es la que, entre 1998 y 1999, la afamada periodista estadounidense Barbara Ehrenreich decidió indagar. Ehrenreich se preguntó cómo sería la vida de aquellos que trabajan por el salario mínimo por hora en Estados Unidos. Si el cálculo inicial para que una persona pueda pagar un apartamento de una habitación en Estados Unidos es que tiene que ganar a partir de 8,89 dólares la hora, ¿cómo vive alguien que gana cinco o seis? ¿Y qué hay de las familias monoparentales? ¿Y aquellos que enferman? ¿Viven o sobreviven?
Para responder a estas preguntas, Ehrenreich decidió emplearse como camarera, empleada doméstica y dependienta en diferentes puntos del país. La única condición que se puso a sí misma fue no poner en peligro su vida, y empezó un periplo que le llevaría por Florida, Maine y Minnesota, donde trabajaba de día y noche, y escribía sobre lo que le pasaba cuando podía.
El resultado fue Por cuatro duros: cómo no apañárselas en Estados Unidos, una exhaustiva crónica en primera persona -en la tradición de otros libros de investigación como Cabeza de turco de Günter Wallraff- que ahora recupera la editorial Capitan Swing. Su impacto en Estados Unidos fue incalculable, ya que destapó algo de lo que la mayoría de norteamericanos no tenían conocimiento: el trabajo de salario mínimo implica una esclavitud de cuerpo, mente y futuro.
El trabajador de la miseria estadounidense es un siervo común -alcanza al 30% de la población cuando la autora realizó el libro-, al que se le niegan los derechos más básicos y que, a medida que avanza su periplo como asalariado, debe renunciar a cualquier idea de movilidad social, puesto que jamás la alcanzará. El mito del estadounidense que puede llegar a todo lo que se proponga queda destrozado en una obra que, entre otras cosas, ratifica:
                          No eres nadie. Cuando trabajas en una tarea considerada poco cualificada -aunque esto sea más que discutible, por el nivel de atención, esfuerzo y destreza que requieren todos estos trabajos- no tienes una identidad reconocible. Si eres camarera eres "cariño", "rubia" o "nena". Como dependienta, eres simplemente el nexo al que quejarse, y como empleada del hogar, la máquina de la que disponer.

                          La movilidad se reduce y los costes aumentan. Trabajar por poco dinero implica, necesariamente, buscar un lugar donde vivir que se ajuste al precio que puedes pagar. En consecuencia, la cronista se ve obligada inmediatamente a optar por un apartamento de una habitación, una caravana en un párking o, si no puede pagar el depósito de las dos primeras opciones, una habitación en un motel. Para poder permitirse una de estas tres cosas, deben estar situadas a 45 minutos o más en coche de su lugar de trabajo.

                          La pobreza es un pez que se muerde la cola en el sistema. Teniendo en cuenta el coste de la gasolina y de la vivienda, el 80% del salario que gane irá destinado a pagar estos gastos.

                          La falta de tiempo y espacio implica que no se puede ahorrar en cocinar y comprar comida nutritiva y barata. Si no tienes seguro médico, además, por el tipo de trabajo que realizas acabas teniendo problemas de salud que cuestan dinero.

                          La salud se resiente. La obra ahonda en esta espiral desesperante, que se perpetúa. Si no ganas suficiente dinero con un trabajo -y se evidencia que nadie lo gana cobrando 120 dólares por semana-, debes tener dos. Y al tener dos, surge la fatiga, los problemas de articulaciones, de respiración, sedentarismo, obesidad...

                          La falta de conocimiento es clave. Este punto también desquicia a la cronista, y con ella al lector. ¿Por qué algunos de sus compañeros no buscan un trabajo mejor pagado, pudiendo obtenerlo? ¿Por qué la gente no se organiza y se queja cuando no les dejan más de cinco minutos para comer? ¿Por qué no optan por una comida algo más nutritiva si cuesta lo mismo que la que comen? Sencillamente, porque no saben. Es simple y aterrador. No lo saben. Y de eso se aprovechan los jefes que les contratan, los encargados que les obligan a trabajar sin una pausa y las compañías que les venden los productos que consumen, y eso incluye las hipotecas basura.

                          Se fomenta la delación. En el trabajo de remuneración mínima, Ehrenreich aprende que el compañerismo se confunde con rebelión de corte marxista. Para muestra, los cuestionarios que le presentan a cualquiera que se presente a ser dependiente en una tienda, o camarero en un bar. "¿Delatarías a un compañero si ves que hace algo inadecuado?". "¿Qué opinas de aquellos que consumen sustancias ilegales?". El control de la fuerza de trabajo implica al cuerpo y a la mente a través de la más que común exigencia de tests de personalidad, muestras de orina y cuestionarios, cuanto menos dudosos.

                          Los derechos básicos no existen. A los trabajadores de Wallmart les encierran para que no puedan salir cuando acaban su turno si se decide que tienen que hacer horas extras que no les pagan. Esta imagen resume una ínfima parte de la conclusión más evidente del libro. Si no hay poder público dispuesto a garantizar una mínima protección al ciudadano, no queda nada. Ni el derecho a la salud, ni al trabajo digno, ni a la vivienda adecuada, ni a la información, ni a la protesta.
Por cuatro duros: cómo no apañárselas en Estados Unidos es de lectura obligada en muchas universidades estadounidenses, con las consabidas quejas de grupos de estudiantes conservadores y legisladores municipales. Ahora ya sabemos por qué.

xoves, 27 de febreiro de 2014

Mujeres tras el sueño de Martin Luther King


Por: Ángela Paloma Martín | 18 de febrero de 2014

Hay muchos nombres detrás de un sueño, rostros que inspiran palabras cuando se los ve envueltos en el halo de la injusticia. Hay muchos nombres detrás de un sueño que se desconocen, nombres que han marcado un antes y un después en la historia de las mujeres y que no hay forma de conocer a menos que la intención bucee en el recuerdo. Muchas mujeres soñaron junto a Martin Luther King en el Movimiento por los Derechos Civiles de los Afroamericanos, a pesar de que es ardua tarea de documentalista intentar encontrar la palabra “mujer” en aquella batalla por los derechos civiles.
Detrás de las palabras que Luther King pronunció aquel agosto de 1963 estaban los sueños de muchas mujeres. Algunas se intentan rescatar porque fueron las primeras en hacerse un hueco en aquello por lo que lucharon, otras muchas permanecen en la memoria, quizás bajo el tintero que dio forma a ese discurso, I have a dream…
Rosa Parks, la primera dama de los derechos civiles
Mujer negra, humilde costurera. Así podríamos definir a la mujer que dijo “no” sentada en un ómnibus, y puso de pie a todo un país. Dijo “no” el 1 de diciembre de 1955 cuando se le obligó a prestar su asiento a un hombre blanco, tal y como dictaba la ley del momento de segregación racial en los espacios públicos de Alabama. Rosa Parks fue a la cárcel, pero con su negación encendió la llama inicial de lo que poco después se convertiría en el “boicot de los ómnibus”. Según los historiadores, era normal que Parks estuviera cansada después de una larga jornada de trabajo, y normal era también quizás que estuviera cansada de ceder ante leyes injustas heredadas de la esclavitud del siglo XIX. El activista E. D. Nixon, quien pagó la fianza da Parks en la cárcel, fue el que llamó a Martin Luther King para que liderase el boicot. Y fue en este mismo instante en el que comenzó su carrera pública. Nacía un líder. A partir de 1956 se declaró que la segregación racial en el transporte público iba en contra de la Constitución Americana. Ya no hacía falta decir más veces “no”.
C. Delores Tucker, la primera mujer negra Secretaria de Estado… en Pennsylvania (1971-1977).
De Tucker se pueden decir muchas cosas, y todas ellas relacionadas con los Derechos Civiles, la defensa de las minorías y de las mujeres. Sus esfuerzos estuvieron concentrados en hacer justicia. Esta activista también participó  junto a Martin Luther King en la marcha de 1965. Una vez que llegó a ser secretaria, puso en marcha la Comisión de Condición Jurídica y Social de la Mujer. Pero no se quedó ahí. Su compromiso iba más allá. Impulsó el voto por correo y redujo la edad de participación política hasta los 18 años. Los últimos años de su vida se dedicó a denunciar aquello que atentaba contra la moral de la comunidad afroamericana según ella: las letras sexuales de la música gangsta rap. En 1996, la revista People la seleccionó como una de las personas más influyentes del mundo.
Constance de Baker Motley, la primera afroamericana juez federal
… en el distrito de Nueva York. Constance de Baker también se sumó al movimiento y fue una de las máximas defensoras de los derechos civiles. Y así se formó, bajo la tutela de abogados a favor de los derechos civiles. Sus primeros casos como abogada estuvieron relacionados bajo la sombra de su formación y de sus propias convicciones. En 1950 se convirtió en la primera mujer que redactaba un caso dirigido a la corte suprema de los Estados Unidos. Y en 1962 hizo que James Meredith fuera el primer chico negro en pisar la Universidad de Mississippi. Fue abogada, juez, senadora y presidenta del condado de Manhattan. Fue, quizás, todo lo que ella deseó ser acaso. Tenía derecho a serlo.

martes, 4 de febreiro de 2014

Pete Seeger: de música y militancia


El patriarca del folk y referente moral de la izquierda muere a los 94 años
Su figura se inscribe en la estirpe de los Lomax, Guthrie, Dylan y Springsteen

Un gigante y un cabezón. Pete Seeger, que murió ayer a los 94 años en Beacon (estado de Nueva York), fue una presencia colosal a lo largo de buena parte del siglo XX. Paradigma de aquellos hijos de las clases favorecidas que rompieron las convenciones sociales para implicarse en las luchas políticas, flirteó con el Partido Comunista y —lo esencial— se mantuvo fiel a sus directrices contra viento y marea, incluso en momentos tan desconcertantes como el pacto de la URSS con el Tercer Reich. Pertenecía al núcleo duro de aquellos creyentes que tardaron años en extraer las mínimas enseñanzas de las revelaciones de 1956, cuando Kruschev destapó las monstruosidades de Stalin.
Educado en una familia musical, durante los años treinta Seeger seguía las instrucciones de la Comintern, que decretó que los compositores comprometidos —siguiendo el modelo del alemán Hanns Eisler— debían confeccionar el repertorio que el pueblo cantaría en huelgas, manifestaciones, barricadas y, eventualmente, la revolución. Hasta que John Dos Passos y otros intelectuales viajeros conocieron a Molly Jackson, alías Tía Molly, la esposa de un minero que interpretaba su propio cancionero de testimonio y resistencia. La lección resultó contundente: urgía cambiar el sentido del flujo; las canciones debían fluir desde la base —el pueblo— a lo alto de la pirámide, donde estaban los profesionales comprometidos, capaces de reproducir el modelo popular.
Como un auténtico Zelig, Seeger parecía estar en el lugar adecuado en el momento exacto. Su entusiasmo contagió al folclorista Alan Lomax, redirigió las energías del prolífico Woody Guthrie hacia la agitación y la propaganda. Estableció puentes con la rama británica del movimiento del folk marxista: su hermana Peggy se había casado con Ewan MacColl. Entendió que aquel cancionero —el ancestral y el de confección reciente— debía infiltrarse en el show business. Probó con los Almanac Singers y acertó con The Weavers. Hoy, los arreglos y el aspecto de los Weavers nos parecen inocentes. Pero en la era dorada de la radio, con la televisión expandiéndose, la América conservadora no iba a permitir que un rojo tipo Seeger tuviera tan poderosas plataformas. Para un fanático como J. Edgar Hoover, fundador del FBI, era intolerable que alguien perteneciente a la burguesía sirviera de altavoz para los comunistas. Y empleó todo su catálogo de trucos sucios: informantes, agentes provocadores, reventadores de conciertos, listas negras.
Es bien conocida la odisea de Seeger ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Sabía lo que le esperaba: tenía el precedente de antiguos amigos folkies, como Burl Ives o Josh White, que habían cantado. Pete se mantuvo firme y fue declarado “testigo hostil”. Entre 1955 y 1962 vivió en su carne los rigores de la Guerra Fría. Perdió el contrato de grabación con Decca, se redujeron sus conciertos y los ingresos que necesitaba para pagar abogados. Debía presentarse regularmente ante las autoridades. Se libró por los pelos de la condena a prisión (un año y un día): el Tribunal de Apelaciones le exoneró por una minucia jurídica, simultáneamente declarándole “indigno de simpatía”.
Para entonces, sin embargo, el viento soplaba a su favor. El folk ponía la banda sonora del combate por los derechos civiles de los negros pero también había sido aceptado por la industria del entretenimiento, en su versión light (el Kingston Trio triunfó en 1958 y tuvo infinidad de imitadores) o políticamente cargada, como en el caso de Peter Paul & Mary, que recreaban temas de Seeger sin temor a los vetos. Hootennany, la palabra escocesa que Seeger usaba para denominar las más o menos informales reuniones de folk singers, incluso bautizó un programa de televisión que la cadena ABC emitió en 1963 y 1964.
El famoso incidente de Newport en 1965, cuando Pete reaccionó con violencia apenas contenida ante la electrificación de Bob Dylan, no se ha contextualizado correctamente. El Festival de Newport, inaugurado en 1959, era en parte una creación suya. Sabía a triunfo, a reivindicación: se celebraba en Rhode Island, zona de vacaciones para ricos, en muchos casos gente de ideología liberal que le había abandonado en los tiempos duros. Ahora, Pete tenía acceso a sus retoños.
Para entonces, el Partido Comunista, sus organizaciones encubiertas y sus contrincantes trotskistas estaban prácticamente en la clandestinidad, penetrados hasta el tuétano por espías gubernamentales. De alguna manera, la música folk se había convertido en la voz de la izquierda, su banderín de enganche a escala masiva.
El problema no era la electricidad o los decibelios mal sonorizados. Correctamente, Seeger entendió que Dylan encarnaba un cisma que podía vaciar el nuevo movimiento. Se abandonaba el impulso colectivo para primar la expresión personal. Se escribían letras que —¡intolerable!— reflejaban el uso de drogas. Se evitaban los mensajes didácticos y los nuevos textos resultaban crípticos, polivalentes, hedonistas. Otra batalla que Pete Seeger perdió. El Festival de Newport se fue agostando hasta desaparecer en 1971 (aunque volvería, ya sin vocación comercial, en los ochenta). Pete puso su granito de arena en la lucha contra la guerra del Vietnam, pero su puesto en la vanguardia fue ocupado por otros cantautores, por estridentes grupos de rock.
Seeger apenas hizo autocrítica. Se indignaba, por ejemplo, si se le recordaba que sus queridas Brigadas Internacionales fueron una trampa mortal para muchos idealistas, purgados por implacables comisarios de obediencia soviética. Vino a España, a Argentina, a muchos países donde era la encarnación de la más noble tradición de la América insurgente.
Además de enseñar a tocar el banjo a millones de aficionados a través de su célebre curso, fue pionero en EE UU del combate por la causa ecológica. Residente en las orillas del Hudson, combatió la contaminación. Había aprendido que las luchas dignas de ser luchadas comenzaban, literalmente, en la parte trasera de tu casa.

mércores, 29 de xaneiro de 2014

El sueño en color de Robert Doisneau


Las imágenes del viaje a EE UU del fotógrafo descubren su lado más irónico
Las hijas del autor de la icónica ‘El beso’ difunden el legado oculto de su padre

El sueño americano de Robert Doisneau es en color, o mejor dicho, en esos tonos pastel del desierto californiano que muchas veces ni parecen verdaderos colores. El célebre fotógrafo de El beso, el hombre que fijó con su cámara el retrato romántico de un París en eterno blanco y negro, convirtió su serie Palm springs en un viaje insólito en el que su mirada (melancólica y amable en casa) se tornó irónica y afilada en el extranjero. La exposición Robert Doisneau. From craft to art. Palm springs, 1960—cuya última parada está siendo en el Centro de Arte de Campredon de Francia— recoge este trabajo menos popular del fotógrafo (nacido en 1912 en un suburbio de la capital francesa y fallecido en 1994) y lo incluye en un recorrido que también cuenta con un centenar de fotografías en blanco y negro (la mayoría poco difundidas) y documentación personal facilitada por sus dos hijas.
“Al final de su vida mi padre decía que si hubiera tenido la posibilidad de volver a hacerlo todo, lo hubiese hecho en color”, afirma Francine Déroudille, quien junto a su hermana Anette trabaja desde hace años en la divulgación e investigación del legado fotográfico de su padre. “Supongo que lo decía en broma, pero aun así, creo que su imagen del fotógrafo del blanco y negro está lejos de la realidad. Si trabajó en ese formato fue principalmente por razones prácticas. La fotografía en color era carísima y además, no se conocía bien su longevidad. Curiosamente, hoy tenemos que proceder a la restauración de las diapositivas cada vez que queremos utilizar una imagen suya en color, así que en el fondo sus preocupaciones estaban más que justificadas”.
Doisneau trabajó en color solo por encargo. El de Palm springs llegó desde la revista Fortune. “Ciertamente nos encontramos bastante lejos del tipo de fotografías que le dieron fama”, afirma su hija. Ella y su hermana reivindican no solo el color en el trabajo de su padre, sino también la parte de la producción en blanco y negro que fue eclipsada por el apabullante éxito de sus imágenes icónicas.
Del alegre París nocturno del Doisneau más popular al París embarrado y canalla del Doisneau más oculto, el que muestra la realidad de la ocupación y de la inmediata posguerra. Un caballo blanco abatido en una calle de París en 1942, vagabundos sin ninguna sonrisa amable en su rostro, prostitutas ajadas a principios de los hambrientos años cincuenta, parejas esperpénticas abrazadas por esas mismas fechas, mujeres vestidas de negro refugiadas en el metro en 1944… “La mayor parte de estas fotos no se han visto antes, son algo más oscuras de lo habitual en su trabajo”, admite Francine Déroudille. “Su expresión, su retórica fotográfica, siempre tuvo mucho de melancólico y aunque las escenas que fotografió no eran especialmente felices, también creo que supo sacar algo nuevo, mostrarnos algo diferente, de estas escenas tan negras”.
Pero según su hija, el verdadero campo de acción del fotógrafo fue su propia familia. “Robert Delpire [célebre editor de Cartier-Bresson, Brassaï, Lartigue y el propio Doisneau, y uno de los grandes impulsores de la fotografía en Francia] dice que mi padre era el etnólogo de su propio entorno, nuestra pequeña familia fue su auténtico tema de estudio. Al ver esas fotos familiares, yo me observo a mí misma con gran distancia, y me alegro, de otra manera estaría rota emocionalmente. Cuando las veo apenas tengo la sensación de que soy yo. Solo se trata de la niña que he sido en algún momento de mi vida. La cámara era la prolongación de la mano de mi padre. Se nos olvidaba totalmente porque siempre estaba allí con él. A veces era un poco molesto pero, en general, convivíamos de forma inteligente con una máquina que era un miembro más de la familia”.
Después de años de trabajo, la hija se atreve a elegir entre centenares una sola fotografía. Está en el centro de esta página y se titula La corte de los artesanos. Su puesta en escena y personajes resultan extraños, ninguno mira en la misma dirección, nada parece indicar qué hacen ahí en ese preciso instante. “Es muy misteriosa. ¿Qué espera toda esa gente? ¿Por qué miran todos en distintas direcciones? Es una imagen que podría ser el principio de una película o de una novela. Nadie puede contarla ni analizarla, escapa a las clasificaciones y categorías, y acabamos diciendo que son poéticas porque no sabemos muy bien qué decir de ellas. Es pura fotografía”.