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xoves, 6 de decembro de 2012

Las gemas del abismo


En África hay diamantes de sangre, y en Pakistán, gemas hechas de esfuerzos sobrehumanos en las montañas del Karakórum, en altitudes de más de 4.000 metros. Hemos estado con esos hombres que buscan tesoros en las cumbres.
Una explosión rompe la calma del pueblo de Dassu, a orillas del río Braldo en las montañas del Karakórum pakistaní. Un par de kilómetros río arriba, colgado a 80 metros del suelo, Mohammad Ashraf coloca otro cartucho de explosivo wabox de 50 × 500 milímetros y enciende la mecha antes de parapetarse en un agujero contiguo. Lleva un viejo arnés del ejército con el que se asegura a una cuerda despeluchada. Unos metros más abajo, su compañero Gulam Nassur se protege de los fragmentos de roca detrás de un compresor chino que han embutido en una oquedad excavada en el granito.
La explosión sacude el valle y hace que una lluvia de piedras salte como un vómito al vacío. Gulam y Ashraf, provistos con mazos y punteros, pican ahora en precario equilibrio sobre el abismo. Buscan gemas en las bandas de pegmatita que fenómenos tectónicos profundos convirtieron en cristales. Manejan kilos de explosivos ilegales, trabajan en una pared colgados de cuerdas y escalan cargados con pesados martillos neumáticos para taladrar. No está de más señalar que están a las puertas de un parque nacional. Pero en estas montañas, como en otros muchos puntos de Pakistán, la supervivencia desplaza a la legalidad. La historia de Gulam y Ashraf es la de un país siempre al borde de la tragedia que se sobrepone a base de risas. Si encuentran una buena pieza de aguamarina, un rubí o una esmeralda, serán ricos; si no, continuarán trabajando de sol a sol en su miseria cotidiana.
Skardú es una ciudad polvorienta, capital de la región de Baltistán, en el norte del país. Los bazares se apiñan a ambos lados de la única carretera que cruza las montañas en dirección a Islamabad. Las viviendas de una planta se amontonan detrás de las tiendas, en un caos de cables, canales de riego y calles sin pavimentar. Gilgit-Baltistán es una de las zonas de Cachemira controladas por Pakistán. Según el Institute for Gilgit Baltistan Studies, la renta per capita de esta provincia es una cuarta parte de la media nacional, y más de la mitad de la población vive por debajo del límite de la pobreza. En Skardú se concentra la venta de gemas, un negocio abastecido por unos 3.800 mineros que trabajan principalmente en los valles de Shigar y en el distrito de Rondu.
Rozi Ali es un bepari, un tratante de piedras preciosas y minerales. Su casa de Skardú es un edificio de dos plantas con un porche sostenido por columnas pretenciosas. Conduce un todoterreno último modelo. Las ruedas del vehículo tienen un profundo dibujo. Cada uno de estos tres detalles –la casa de dos pisos, el vehículo y los neumáticos nuevos– dan muestra de su elevado estatus económico. Rozi tiene 35 años y dos hijos, es chií como la mayoría de la población en Baltistán, y en el salón de su casa muestra orgulloso una foto de un viaje religioso a Irán. Su hijo pequeño saca paquetes de piedras envueltos en papel de periódico. En un instante, el estrecho recibidor se llena de centenares de piezas de aguamarina, topacios, epidotos, esmeraldas, turmalinas, granates y rubíes. Son piedras en bruto, algunas de alta calidad. Rozi Ali vende los ejemplares más grandes a museos extranjeros, mientras que las piezas más menudas viajan a Peshawar, Karachi, India o Tailandia, donde serán talladas y certificadas por un laboratorio gemológico, muchas veces sin tener en cuenta su procedencia.
La aguamarina es la estrella de la zona. Se trata de una variedad de color azul verdoso del berilo que se forma por cristalización de los fluidos asociados a las venas pegmatíticas. En las montañas de Baltistán, estas vetas se encuentran en paredes verticales de muy difícil acceso. Rozi se pasa el día hablando por teléfono con mineros y compradores, en urdu, en baltí y en un inglés básico. Tras colgar, sujeta con una mano una gran pieza de aguamarina que compró el día anterior por 800 euros, y que en un par de días venderá a un museo alemán por el triple. Toda una fortuna en esta parte del mundo. Una piedra de alta calidad para joyería con grandes dimensiones y de un profundo color azul puede alcanzar un precio en Skardú de 50.000 rupias paquistaníes (unos 400 euros) por quilate (0,2 gramos). Esta misma piedra, una vez tallada, certificada y colocada en el mercado internacional, puede alcanzar los 1.200 euros el quilate.
La aldea de Hushé está situada a una altitud de 3.100 metros, en pleno corazón de las montañas del Karakórum, no muy lejos de la frontera con China y del glaciar de Siachen, una zona en conflicto, ahora ocupada por el ejército indio. Se trata de una de las áreas más remotas del mundo y la cuna de las grandes montañas que superan los 8.000. Cuatro cumbres principales y una secundaria superan esa elevación. La más conocida es el K2, segunda altura del planeta, con 8.611 metros, y la más difícil y peligrosa de ascender. Una de cada nueve personas que alcanzan esta cumbre muere durante el descenso. En 2008, 11 personas murieron a causa de una avalancha de nieve en el lugar conocido como el “cuello de botella”, a una altitud de 8.300 metros. A esa altura, respirar o pensar se convierten en ejercicios extremos.
Durante los últimos 30 años, desde la popularización del turismo de montaña, los hombres más fuertes de Hushé se han dedicado a trabajar como porteadores de altura. Son los tipos que cargan, los que ponen la cuerda, los que abren la huella, los que acarrean las botellas de oxígeno, los que recogen los campamentos cuando todo ha terminado. Las ganancias durante la corta y arriesgada temporada pueden ser cuantiosas: unos 1.800 euros por una expedición de cinco semanas. Para los que no tienen esa fuerza excepcional o evitan tanto riesgo queda el pastoreo o la minería.
Gulam Nabi tiene una apariencia endeble, pero si se escruta en el fondo de sus ojos se puede encontrar el gesto alegre e indiferente de quien ha esquivado muchas veces la muerte. También sus manos cuentan otra historia que poco o nada tiene que ver con su porte delgado y su aspecto tímido. Conserva todas las falanges, algo no muy usual entre hombres que se pasan la vida manipulando explosivos o subiendo cargas a 8.000 metros con temperaturas de hasta 30 grados bajo cero. Sus dedos son robustos, con la carne prieta y oscurecida por el trabajo, pero su mirada conserva un brillo adolescente a sus 32 años, como si sus actividades de cada verano necesitasen un poco de ironía juvenil. Gulam explica que siempre ha cuidado mucho sus dedos en la altura de la montaña. “Cuando subo por encima de los 7.000, nunca me quito las manoplas de pluma. Un momento con la mano descubierta y te congelas”. Termina la frase con un movimiento que recrea unas tijeras imaginarias. Una leve congelación a esa altura significa amputación.
Gulam Nabi es de Hushé. Tras ocho años trabajando como porteador de altura, ahora ha dejado parte de su temporada de verano libre para probar fortuna con la minería. El verano es corto en estas montañas de Pakistán, apenas dos meses en los que el clima es lo suficientemente benigno para trabajar por encima de los 4.500 metros. La mina de Gulam Nabi está a dos días caminando de Hushé, en el margen derecho del glaciar de Gondogoro, rodeada de montañas que superan los 6.000 metros. A poca distancia del prado, colgado sobre la morrena glaciar donde se encuentra el campamento minero, está el Laila Peak, una de las montañas más bellas de Pakistán, y el Masherbrum o K1, 22ª altura del planeta y una de las más difíciles. Los mineros trabajan en un equipo llamado handual, compuesto por ocho o nueve personas. Dos o tres son los inversores. Uno compra el explosivo; otro, el martillo neumático (en este caso, de fabricación china y de gasolina), y el tercero se ocupa de los gastos de comida. El resto son obreros sin ninguna preparación. Los inversores no trabajan, pero el reparto de los beneficios es equitativo entre todos los miembros del handual.
El caso de Gulam Nabi es especial, pues ha decidido trabajar solo. La mina, enclavada en el parque nacional del Karakórum, es propiedad del pueblo, y él no tiene ningún permiso. Durante varios días transporta cargas de 30 kilos hasta el campamento, una dura faena a la que está acostumbrado por su ocupación de porteador. Desde el prado de Shakg La, a 4.300 metros, busca una vena de pegmatita donde comenzar la tarea. El lugar elegido resulta estremecedor. Allí, en el lugar más peligroso de la montaña, Nabi ha establecido su lugar de trabajo. Gracias a su experiencia como escalador, asciende con facilidad 60 metros sobre la roca compacta hasta alcanzar un dique pegmatítico. “He observado durante varios días la pared con los prismáticos hasta encontrar oquedades en una veta. Donde la roca es blanda hay más posibilidades de encontrar gemas”, dice mientras su mujer calienta un té con madera de sabina. “Subí el martillo compresor con un sistema de poleas y rápidamente me puse a picar y a dinamitar para hacer un agujero donde protegerme para que no me golpeasen las piedras. Pero este primer año no ha habido suerte, apenas he encontrado unos cristales sin valor”, afirma resignado, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, mientras sorbe el té salado con mantequilla, una bebida que constituye la dieta básica de los baltíes.
Para la época en que la lluvia torrencial del monzón traspasa la cadena del Karakórum y provoca inundaciones, Gulam, gracias a sus conocimientos de montaña, ha encontrado un nuevo negocio: “Cada vez que el río se lleva el puente de Saitcho, mi compañero Gulam Brasul y yo instalamos una tirolina y cobramos 200 rupias por trayecto a los turistas que vienen del trekking del Baltoro”. Gulam Nabi tiene cuatro hijos a los que alimentar y una familia mucho más numerosa de la que ocuparse. Sus diversos negocios son peligrosos y nacen, muchas veces, de la desventura y la inaccesibilidad de estas tierras en las que ha nacido y en las que probablemente morirá joven. El Karakórum está vivo, las placas tectónicas siguen haciendo crecer las montañas; las lluvias y el deshielo desgarran la tierra, las piedras caen y ruedan peligrosamente, los ríos fluyen oscuros y cargados de sedimentos. El Karakórum es “la más genial expresión de las fuerzas orogénicas del planeta”, según decía Günter Oskar Dyhrenfurth, uno de los primeros visitantes occidentales en esta cordillera.
La Oficina Antiterrorista del Departamento de Estado de EE UU contabilizó el año pasado 3.170 muertos en Pakistán en incidentes relacionados con el terrorismo. En un país donde los explosivos son baratos y accesibles hay muchas posibilidades de que cualquier cosa salte por los aires. Mohammad Isaac sostiene en sus manos un cartucho de wabox mientras explica el proceso que su handual ha utilizado para comprar los más de 40 kilos de barreno que han utilizado este verano en la mina de Hushé. Isaac trabaja en la misma pared que Gulam Nabi, pero varios cientos de metros más arriba. “Hay que tener una licencia especial para comprar los cartuchos. En Skardú hay dos lugares de venta a un precio por unidad de 150 rupias (un euro y medio)”. Mientras habla, da vueltas en sus manos al wabox como si fuese un juguete. Este compuesto, a base de nitrotoluenos, nitroglicerina, DNT y TNT, es la pesadilla del ejército aliado en Afganistán. Fabricado en Pakistán por Wah Nobel, una compañía creada en 1962 de la fusión de Saab de Suecia, Almisehal de Arabia Saudí y Pakistan Ordnance Factories. Se trata de un explosivo basado en nitratos, fácilmente detectable por perros y máquinas, muy estable y seguro tanto para almacenar como para transportar y detonar. Además, es asombrosamente barato, una caja de 25 kilos se puede comprar en cualquier lugar de Pakistán por algo menos de 170 euros. “Los permisos no son un problema”, dice Isaac. “Por 2.000 rupias, alguien que tiene la certificación te puede conseguir muchos kilos”. Esta es la razón por la que todo el mundo en estos pueblos de montaña tiene unos cartuchos de nitroglicerina en casa. Los utilizan para abrir caminos, partir grandes piedras en los campos de cultivo o para trabajos de construcción. Los otros usos del material son innumerables y muy oscuros.
El motel Concordia de Skardú es uno de los centros sociales en este pueblo del salvaje norte paquistaní. Sus frondosos jardines son un mirador inmejorable sobre las aguas del río Indo, que en este punto forma una balsa de aguas tranquilas que se mueve corriente abajo de una manera plácida y perezosa. En este escenario rodeado de escarpados picos, Wazir Ejaz Hussain, mánager de la ONG Baltistan Culture & Development Foundation, explica los esfuerzos de esta organización por establecer y promover el negocio de las gemas en la región. “En 2004 creamos la Baltistan Gems and Minerals Association, a través de la cual los vendedores y compradores de gemas pueden obtener licencias y ayudas para acceder a los mercados internacionales. En Pakistán, el negocio de las piedras preciosas está centralizado en Peshawar, y la industria de corte y pulido está localizada en Karachi, pero queremos conseguir que nuestro producto viaje directamente al extranjero para minimizar el número de intermediarios, con lo que se garantiza la calidad a un coste menos elevado”. Según un estudio realizado por la organización gestionada por Wazir Ezaj, “25 tipos diferentes de piedras preciosas y minerales se encuentran en los valles de la región. En 2007, la minería generó unos ingresos de 77 millones de rupias (unos 626.000 euros). Sin embargo, las técnicas de minería que se utilizan en la actualidad son primitivas y causan la destrucción del 50% del producto”. Es sorprendente escuchar en boca de Wazir Ezaj que “ni un solo ingeniero de minas supervisa la actividad en la región”.
A 74 kilómetros de Skardú se encuentra el pueblo de Dassu, en el valle de Shigar, por donde circulan los viejos Toyota cargados de montañeros hacia el glaciar Baltoro. El turismo era hace años una de las principales industrias de Baltistán, pero tras los atentados del 11-S, el número de extranjeros que visitan la región ha disminuido drásticamente. Según Nazir Ahmed, de la agencia de turismo Hushé Treks & Tours, “en los últimos años, el número de expediciones a las montañas del Karakórum se ha reducido a un tercio de las que había años atrás, a pesar de que entonces las comunicaciones y los servicios eran aún más primitivos”.
Podemos decir que esta industria improvisada, peligrosa y sin clara regulación de las minas de Baltistán es un reflejo del país. Un país nuevo, alterado por las guerras y por los conflictos internos, un país en el que cada región tiene su propia lengua y, algunas, su propio movimiento independentista, y donde la economía está mantenida y velada por más de 430 ONG. Mary Anne Weaver, autora de Pakistan: In the shadow of jihad and Afghanistan, vaticinó que las debilidades estructurales de Pakistán son tan avanzadas que “bien podría convertirse en el Estado fallido más nuevo del mundo; además, un Estado fallido con armas nucleares”. Según Haroon Arbab, que trabajó entre los años 2008 y 2011 realizando estudios para el Stone and Mining Department, y que concluyó que la mayoría de las explotaciones mineras de Baltistán son ilegales, “estos mineros ocasionales no son mineros, sino supervivientes”. Supervivientes cargados de explosivos. Como el país.

sábado, 7 de abril de 2012

Casi 1.000 asesinatos por 'honor' en Pakistán (que se sepa)


Por: EL PAÍS | 27 de marzo de 2012
Por Georgina Higueras
Al menos 943 mujeres han sido asesinadas en 2011 en Pakistán en los mal llamados crímenes de honor, en los que se mata a una mujer para lavar la “vergüenza” de sus hombres. En general, la del marido, la de los hermanos o la del padre. Según la Comisión de Derechos Humanos de Pakistán (HRCP, en sus siglas en inglés), 93 de las asesinadas eran menores de edad. 
¡Lástima que los hombres no se laven la vergüenza a tortazos contra sí mismos en lugar de buscar al eslabón más débil de la sociedad!
Por supuesto, la mujer no tiene derecho a defenderse ni a explicar los motivos o las causas que pudieran haberla llevado a faltar a sus deberes conyugales o familiares. El informe de la HRCP indica que en 180 casos el asesino fue el hermano y en 226 casos, el marido. Del total de mujeres muertas, 557 estaban casadas. Las razones que llevaron a sus parientes a ajusticiarlas fueron “relaciones ilícitas” en 595 casos y en 219, el haberse atrevido a “pedir casarse con quien ellas querían”.
El 95% de los 190 millones de paquistaníes profesa la fe de Mahoma, pero más que el integrismo religioso, sobre estas aberraciones pesa la penetración en la sociedad de oscuras tradiciones tribales. Entres las víctimas de estos crímenes machistas se cuentan siete cristianas y dos hindúes.
HRCP señala que antes de matarlas con armas de fuego o con armas blancas, al menos 19 de las mujeres fueron violadas por su verdugo y otras 12 fueron violadas por un grupo de hombres. 
El informe también recoge que 701 mujeres se suicidaron en 2011 y que en los seis primeros meses de ese año se presentaron 4.448 denuncias por violencia doméstica, una cifra muy inferior a la realidad que sufren cada día millones de paquistaníes, lo que revela el grado de sometimiento que padecen. Pero para las cada día más numerosas ONG paquistaníes que tratan de ayudar a la mujer, este aumento considerable de denuncias en relación a 2010 supone un importante espaldarazo a su trabajo.
Activistas sociales señalan que el informe de HRCP apenas recoge la punta del iceberg sobre la situación de la mujer en Pakistán. 

xoves, 28 de abril de 2011

Pakistán por dentro, contado desde fuera


ANA GABRIELA ROJAS 16/04/2011
Un escritor e intelectual reputado de 96 años y una novelista de 37 reconstruyen en sendas novelas la historia de la partición de su país hace más de sesenta años. Él lo hace desde India y ella desde Londres
Son las siete de la tarde y es la hora del whisky para Khushwant Singh. Cada día se toma un vaso grande sentado en su sillón favorito en su casa en Nueva Delhi. A sus 96 años cumplidos en febrero -a los que él agrega siempre uno- este hombre es un testigo honorario de la historia de India y Pakistán. Una prueba es la partición de estos dos países plasmada en la novela Tren a Pakistán (Libros del Asteroide). Ha escrito tantas novelas que él mismo ha perdido la cuenta y cada semana, todavía con bolígrafo, escribe su columna "con malicia contra todos", que se imprime en varios periódicos de India. Disminuido por la edad y visiblemente cansado, el escritor asegura que ya está "podrido por dentro" y que el trago es lo único que ahora le remite a la felicidad. Aunque lo dice con una sonrisa y ánimo de agradar, como cuando repite una de sus frases más célebres: "Siempre he dicho que no creo en el amor sino en la lujuria. Es lo más honesto".
Singh nació en 1915 en una pequeña aldea (Hadali) del ahora Pakistán. Fue abogado en el tribunal de Lahore. Con la independencia y la partición del subcontinente en 1947, le recomendaron que huyera hacia India, por ser de origen sij, aunque él ya hubiera renegado de la religión muchos años atrás y la mayoría de sus amigos fueran musulmanes. Desde muy joven se considera agnóstico y opina que para creer en una religión "hay que ser retrasado mental".
Un par de días antes de que se trazara la línea que dividiría a los países, Singh partió hacia Nueva Delhi. "Cerré mi casa y le di las llaves a mi mejor amigo. Pensé que volvería pronto, pero no fue así. Ya solo volví como huésped", dice señalando la foto de su amigo sobre el aparador. Se lamenta mucho de que los dos países tras su separación y después de sufrir tres guerras "sigan siempre en una absurda tensión, a pesar de que la gente es la misma, somos como hermanos, unidos por la historia y la cultura, pero divididos por la religión". Se considera a sí mismo "pro-Pakistán" a pesar de considerar que "es un Estado fallido, una víctima de la violencia fundamentalista y que lamentablemente se mantiene solo por el poder del ejército". Aborrece que los dos países tengan armas nucleares, pero piensa que "al menos India tiene un Gobierno responsable".
Cree que para los liberales, y muchos escritores, es difícil vivir en Pakistán por la creciente islamización. "Sin embargo, hay muy buenos contadores de historias, quizá en parte por la desilusión que están sufriendo de lo que pasa en su país". Entre las voces que reconoce nombra a Bapsi Sidhwa, Nadeem Aslam, Hanif Qureshi o Daniyal Mueenuddin. Todos, como él, han pasado épocas fuera de Pakistán.
Apenas salió como refugiado de Pakistán a India, fue diplomático en Reino Unido y en Canadá, pero lo dejó porque "no había mucho trabajo que hacer", así que regresó a la capital india. Fue entonces cuando pensó en escribir sobre la partición. En un mes terminó Tren a Pakistán, una referencia en la historia de los dos países. "La escribí por desilusión, por tristeza. No estaba de acuerdo con la teoría de las dos naciones, en la que los musulmanes y los hindúes tenían que vivir en diferentes países". Los futuros primeros ministros Jawaharlal Nehru de India y Muhammad Ali Jinnah de Pakistán habían prometido que tras la división todo estaría bien, asegura. "Pero no tenían ni idea del horror que iba a ocasionar: casi diez millones de personas fueron desarraigas y un millón asesinadas. No creo que el mundo haya visto algo de esta magnitud".
A pesar de todo, Singh acepta que la partición "era inevitable, no había mucha opción". Los musulmanes, liderados por Jinnah y su agrupación política, la Liga Musulmana, temían que con la partida de británicos, la mayoría hindú tomaría venganza sobre la minoría islámica que había dominado India durante siglos. "El odio había crecido durante los años, aunque estuviera escondido, como si fluyera por debajo de un río. Pero la división de los países y el intercambio de la población hizo que la ira emergiera: para los hindúes era bueno matar musulmanes". Los sijs quedaron de lado de los hindúes. "Siempre han estado muy cerca las dos comunidades y las creencias son muy parecidas", dice el escritor, que ha dado clases de religión comparativa.
En la matanza "no puedo decidir a quién culpar", y así logró escribir un texto equilibrado. Singh es de los pocos autores respetado en los dos lados de la frontera de los países enemigos. Reconoce que fue Mahatma Gandhi el único que previó que la división de la India británica iba a traer un desastre e intentó evitarla: "Gandhi insistió a Nehru en que aceptara a Jinnah como primer ministro para que Pakistán no se escindiera, pero no accedió: era muy ambicioso y veía a Jinnah como su rival". De los horrores que vivió en carne propia, no había tomado notas, pero tenía todo en su cabeza. Había visto un tren que transportaba cadáveres de sijs de Pakistán a India o se había cruzado con un grupo de sijs que acababan de masacrar una aldea musulmana. Singh eligió escribir ficción "porque tiene más impacto". A la aldea ficticia llamada Mano Majra, que queda justo en la frontera de los países recién divididos, el horror de la partición no ha llegado. Sus habitantes, mitad sijs mitad musulmanes, reciben información solo de tercera mano. Pero ellos se sienten muy alejados de lo que está pasando: han vivido siempre juntos, como hermanos. ¿Por qué se verían afectados? Sin embargo, empiezan a cruzar desde Pakistán trenes llenos de cadáveres de sijs. Singh asegura que no es su mejor novela, pero reconoce el valor histórico: "Siempre es mencionada en charlas sobre la partición. Tiene el peso de la no ficción en forma de ficción".
Singh es admirado porque rechazó uno de los más grandes reconocimientos de India, el Padma Bushan, por el asedio del Ejército al Templo Dorado -máximo centro religioso de los sijs- que ordenó Indira Gandhi en 1984 y que dejó más de 500 muertos. Gandhi fue asesinada cuatro meses después por su guardaespaldas. "Yo me indigné profundamente por la pérdida de vidas humanas, independientemente de su religión".
El autor termina su whisky. Y cuenta orgulloso que nunca en su vida ha comprado una botella: la gente sabe cuánto le gusta y siempre las recibe como regalo.

El alma de los supervivientes
Por Jesús Aguado
HIROKO TANAKA, la protagonista de Sombras quemadas, vive en Nagasaki cuando los norteamericanos arrojan su segunda bomba atómica sobre Japón, en India cuando esta se divide en dos países (India y Pakistán), en Pakistán cuando los afganos luchan contra los invasores soviéticos y en Nueva York cuando el atentado contra las Torres Gemelas. Convertida al islam por amor, va sobreviviendo a estos escenarios del odio perdiendo amantes, maridos o amigos (y costumbres, paisajes o sabores) sin renunciar por ello a la lealtad, la hospitalidad, la integridad, la solidaridad o el pensamiento, es decir, sin renunciar a su humanidad con todos susmatices y contradicciones.
Kamila Shamsie ha reconstruido, alrededor de la accidentada biografía de Hiroko Tanaka (uno de los personajesmás hondos y mejor delineados que uno haya leído en mucho tiempo), la historia de la segunda mitad del siglo XX a partir de sus pedazos: preguntándole a las sombras y a los cascotes, a las víctimas y a los verdugos, a la razón y a la sinrazón, al corazón y a sus esquirlas. Tren a Pakistán, de Khushwant Singh, se sitúa en ese año 1947 que también protagoniza la parte central de Sombras quemadas. En una pequeña aldea india situada cerca de Pakistán, las comunidades sij y musulmana conviven en paz a pesar de las noticias de matanzas mutuas que llegan hasta ellas. Los hindúes, los musulmanes y los sijs, en efecto, convierten esa doble diáspora (hindúes y sijs que huyen de Pakistán, musulmanes que huyen de India) en carnicerías que acabaron dejando un millón de muertos a uno y otro lado de esa frontera repentina. Pero cuando se fijan en esa aldea, que es también un paso ferroviario estratégico, los distintos poderes del lugar, sus habitantes son arrastrados por el cruel torrente de los acontecimientos.
Singh, uno de los intelectuales más respetados de India, consigue, sin embargo, que sean las emociones y las creencias sencillas de las humildes gentes que recorren las páginas de su novela las que acaben narrando esos sucesos, no la política, la religión o los fundamentalismos que surgen de ellas. Es por eso, por ser las personas el centro de la acción por lo que el mensaje último de esta hermosa novela, en medio de los sufrimientos y lasmasacres que cuenta, es de esperanza y de paz. Sombras quemadas y Tren a Pakistán cuentan, cada una desde un lado de la frontera, una historia parecida: la de cómo sobrevivir sin perder el alma a los periódicos desatinos criminales del mundo.
Tren a Pakistán. Khushwant Singh. Traducción de Marta Alcaraz. Libros del Asteroide.
Barcelona, 2011. 248 páginas. 16,95 euros. Sombras quemadas. Kamila Shamsie. Traducción de Victoria Malet Perdigó. Salamandra. Barcelona, 2011. 384 páginas. 20 euros. Edición en catalán: Ombres cremades. Traducción de Anna Llisterri. Edicions 62. 472 páginas. 20 euros.

martes, 5 de abril de 2011

García Lorca, contra la intolerancia en Pakistán


Los miembros de un veterano grupo de teatro paquistaní se juegan la vida para llevar un mensaje de tolerancia y democracia
ANA GABRIELA ROJAS - Lahore - 31/03/2011
Lo mejor es callarse si se tienen ideas liberales en Pakistán. Oponerse públicamente a la ley de la blasfemia, que castiga con muerte al acusado, puede ser fatal. Quedó más que comprobado con el asesinato, a manos de radicales islamistas, de Salman Taseer, gobernador del Punjab, el Estado más poblado de Pakistán y después del de Shahbaz Batí, ministro de minorías. Sin embargo hay quien no se calla. Como el grupo de teatro Ajoka, que desde 1992 presenta la obra Mira el 'show' y continúa que critica duramente la ley de la blasfemia, que según muchos activistas es usada para venganzas personales y contra las minorías. Desde el asesinato del gobernador y del ministro, Ajoka ha estado representando esta obra por Pakistán, a riesgo de ser atacados por los fundamentalistas. La obra cuestiona al espectador: puede quedarse callado y ver cómo acusan de blasfemia y llevan a la horca a intelectuales, profesores, trabajadores sociales y todo tipo de ciudadanos. Sin embargo tarde o temprano, el problema les tocará de cerca.
Este grupo de teatro surgió en los ochenta como oposición al régimen del dictador Muhammad Zia ul Haq que comenzó una campaña de islamización del país. Pero ahora, "con una generación de gente que ha crecido rodeada de radicalismo, la función de Ajoka es cada vez más importante", asegura su directora, Madeeha Gauhar.
Todas las obras que representan son de autores paquistaníes, excepto por Bertolt Brecht y Federico García Lorca, que son los únicos dos occidentales que han sido representados. De Lorca han retomado Bodas de Sangre y La casa de Bernarda Alba. "García Lorca es muy relevante para la sociedad paquistaní: escribió de problemas relevantes para su época. Y en estos momentos, Pakistán todavía está sufriendo con ese tipo de represiones", dice Gauhar.
En Pakistán "desafortunadamente hay muy poco espacio para el debate", asegura. Aunque los fundamentalistas son la minoría, tienen el poder de aterrorizar a la gente. La guerra contra el terrorismo podría tener cierto éxito en la eliminación física de los radicales, como talibanes y Al Qaeda, pero sigue quedando el gran reto de cambiar la mentalidad intolerante: "Y para ello la cultura es la mejor manera de llegar directamente a la gente, es el medio más poderoso", dice la directora.
Cárcel y amenazas de muerte
Muchos de sus casi 30 actores han pasado por la cárcel, han recibido amenazas de muerte y sus obras han sido prohibidas. Sin embargo la compañía sigue con sus presentaciones. "No podemos permitirnos el lujo de tener miedo. La supervivencia nos va en ello: nuestro espacio, nuestra fe en lograr un país democrático y secular", dice Gauhar. La entrada es gratis para todo el que vaya a verlos y el grupo se mantiene gracias a donaciones, siendo la cooperación noruega uno de los donantes más importantes.
Por el afán de "logar un Pakistán más libre, secular y tolerante" el grupo pone en escena obras controvertidas para la sociedad paquistaní. Por ejemplo, Burkavaganza, "una historia de amor en los tiempos de la yihad" que se ríe de todos: sociedad, fundamentalistas, partidos políticos, Gobierno y hasta los estadounidenses.
Habla del cada vez más extendido uso del burka en Pakistán. La directora es tajante: "no creo que deba ser prohibido, pero debe haber libertad de no usarlo. Cualquier mujer en buen uso de sus facultades mentales rechazaría usarlo: creo que la mayoría son forzadas por su familia o la sociedad", opina. Para ella, esta prenda musulmana afecta la personalidad y la libertad de las mujeres.
Sexismo
En Pakistán la desigualdad de las mujeres es lacerante: una mujer no puede heredar la misma extensión de tierra que su hermano o se necesitan dos de ellas para que cuente como un testigo en el tribunal. La presión de los extremistas es tanta, dice la directora, que incluso la ex primera ministra Benazir Bhutto se cubría la cabeza con un velo "para proyectar la imagen de una buena musulmana".
Ajoka también representa obras sobre personajes históricos que hablan de tolerancia, como "Bullah" que habla del santo sufí Bulle Shah que pregonaba un mensaje de paz. En la visión de Ajoka, no es necesario importar ideologías de occidente: en el sufismo, que está muy presente en Pakistán se promueve la tolerancia, la compasión y el amor.

mércores, 2 de febreiro de 2011

Muere electrocutada por su propia familia una joven paquistaní


Fue torturada y asesinada en Punjab en un crimen "de honor" al enamorarse de un hombre que sus tíos no aprobaban.- Más de 600 mujeres mueren al año en Pakistán por esta razón
ANA GABRIELA ROJAS | Nueva Delhi 23/01/2011
El cadáver de Saima Bibi, una joven paquistaní, presentaba signos de tortura y quemaduras en el cuello, espalda y manos que muy probablemente son por electrocución y por agua caliente. Fue su propia familia quien la asesinó por el "pecado" de enamorarse de un hombre que ellos no aprobaban, según ha informado la policía.
La decisión fue del consejo del pueblo de Mouza Hakra, en el distrito de Bahawalpur, en el Punjab de Pakistán, que la sentenció a muerte por "avergonzar" a su familia. Bibi se enamoró de un vecino que su familia no aprobaba y los dos escaparon a Karachi, el centro financiero paquistaní. Pero Bibi volvió a su casa después de que sus familiares le localizaran y le prometieron que la dejarían que se casara con él, según informó a Reuters Zahoor Rabbani, el responsable de la policía de la zona. "Sus tíos y otras personas influyentes la mataron cuando se negó a casarse de acuerdo a su voluntad", aseguró Rabbani. El asesinato habría ocurrido el sábado.
Fue un vecino quien informó a la policía que la familia estaba quemando el cuerpo de la joven (de 17 años según unas fuentes y de 22 años, según otras) alegando que "se había suicidado bebiendo pesticidas".
El caso de Saima Bibi es un caso más de "asesinato por honor" que están aumentando a0larmantemente en Pakistán, según los activistas de derechos humanos y de la mujer. Es una antigua costumbre que si a un hombre no le parece bien alguna pareja o actividad sexual de una mujer de su familia, la mate. "Es una cruel tradición en una sociedad patriarcal y que las mujeres son tratadas como objetos", cuenta Shahnaz Bukhari, una de las activistas más reconocidas en Pakistán y al frente de la Asociación de Mujeres Progresistas.
Hasta 650 mujeres murieron por este tipo de crímenes en 2009, según el último informe de la Comisión de Derechos Humanos de Pakistán. Aunque se considera que la cifra real es mucho más alta porque muchas muertes no son contabilizadas: las familias o las comunidades logran hacerlas pasar por suicidios. La mayoría de veces se trata de mujeres pobres de áreas rurales. Más de una quinta parte de los homicidios en Pakistán podrían ser "por honor", según un estudio publicado en 2009 por el European Journal of Public Health .
La Asociación de Mujeres Progresistas ha documentado 8.000 casos de mujeres quemadas por sus familiares en los últimos 10 años. Los especialistas apuntan que la situación de las mujeres en Pakistán se va degradando conforme los fundamentalistas van ganando poder en el país. También podría ser porque las mujeres demandan más sus derechos e irónicamente son más reprimidas, dicen los especialistas.
El padre de Bibi, Abdul Majeed y otros cuatro de sus familiares han sido detenidos, según la policía. Pero, hay pocas expectativas de que sean castigados: aunque hay una ley de 2004 que protege a las victimas la inmensa mayoría de los casos son puestos en libertad, aseguran los activistas.
Con las constantes crisis políticas en Pakistán en los últimos años los derechos humanos se han visto afectados. Y la situación no hace más que empeorar. Justo en esta provincia, Punjab, fue asesinado hace tres semanas el gobernador Salman Taseer. El asesino confeso, uno de sus guardaespaldas, aseguró tras su captura que mató a Taseer por la campaña de defensa que éste encabezaba a favor de Asia Bibi, una cristiana condenada a la horca por blasfemia.
"La situación es terrorífica, si mataron al gobernador, ¿qué podemos esperar los defensores de los derechos humanos?", se pregunta Bukhari. Y las mujeres son las que llevan la peor parte. Según el European Journal of Public Health los responsables de los asesinatos de honor son en un 43% los esposos, en 24% los hermanos y un 12% otros parientes cercanos.

venres, 24 de decembro de 2010

"Si no la cuelgan, la mataremos nosotros"


La presión de los extremistas complica el perdón presidencial a la condenada por blasfemia en Pakistán

ANA GABRIELA ROJAS  -  Sheikhupura
EL PAÍS  -  Sociedad - 12-12-2010
Cae un rojo y frío atardecer entre los cánticos que llaman a la oración en la mezquita de Ittan Wali. En este poblado en el Punjab de Pakistán vivía Asia Bibi, la cristiana que se ha convertido en la primera mujer condenada en este país a la horca por blasfemia. Su caso ha desatado la ira de los extremistas y una fuerte presión internacional.
Una veintena de hombres que han terminado su trabajo en el campo o en la ladrillera se dirigen a escuchar a su imán. Aunque cuentan que Bibi y su familia eran gente tranquila que nunca dio problemas, son firmes: el código penal dice que quien blasfeme contra su profeta debe ser ahorcado. A los vecinos de Ittan Wali poco les vale que el presidente de Pakistán, Asif Alí Zadari, haya cedido a la presión internacional, (el Papa incluido) y haya dicho que perdonaría a Bibi. "Si no la cuelgan como dicta la ley, la mataremos nosotros", se oye en el grupo de hombres. Uno de ellos, vestido con el tradicional salwar kameez, da un paso adelante y dice orgulloso: "Yo estoy listo para matarla". A Abdul Shakoor, de 26 años, le siguen varios de sus vecinos que comparten su idea. "Yo también lo haría", dice Zuqar Nain, de 20 años, con una sonrisa.

El imán del pueblo, Mohammad Salam, tiene poco tiempo para contestar preguntas antes de dar su sermón en la austera mezquita. Fue este hombre de 31 años, larga barba, quien acusó a Bibi ante la policía por blasfemia en junio de 2009. Cuenta que un grupo de 25 jornaleras estaban en la pausa para el almuerzo y que las musulmanas no quisieron beber del mismo vaso que usó Asia Bibi, la única cristiana. Ella se enfadó y la discusión se tornó tan acalorada que la mujer blasfemó contra Mahoma, dice el religioso.

¿Cuál fue la injuria? "Nunca podría repetirla", contesta enfadado el imán. Asegura que da igual que Bibi sea una mujer. "Debe ser castigada". Salam, que supo de la trifulca por una joven que la presenció, asegura que llevó a cabo sus propias investigaciones. Cinco días después puso el caso en la comisaría donde, según fuentes cristianas, se presionó a Bibi para que se convirtiera al Islam. Su supuesta ofensa, sostienen, fue decir que Jesucristo es tan sagrado como el profeta.

Asia Bibi, que asegura ser inocente, está en prisión desde hace año y medio. Su proceso judicial puede durar desde un par de meses hasta varios años, según los expertos. A pesar de la presión, aún existe la posibilidad de que sea ahorcada. El tribunal de Lahore ha dicho que no permitirá al presidente Zardari concederle el perdón. Mientras tanto, la ira de los fundamentalistas crece en todo el país: la semana pasada el clérigo Yousef Qureshi ofreció desde su mezquita en Peshawar una recompensa de 500.000 rupias (4.400 euros) a quien acabe con la vida de la acusada.

Su esposo y sus cinco hijos también se sienten amenazados. "Estamos huyendo, todo el mundo quiere asesinarnos", dice el marido, Ashiq Masih. Por eso dejaron su casa y no revelan su paradero. Su hija menor no va a la escuela desde entonces, explican desde un enclave cristiano en la ciudad de Sheikhupura, a 70 kilómetros de Ittan Wali, donde han sido llevadas para el encuentro por la Alianza de Minorías de Pakistán (Apma), que los protege.

Ashiq Masih parece exhausto. En sus ojos se refleja una mezcla de tristeza e indignación. "Estoy seguro de que la acusación es falsa e injusta: mi esposa no ha blasfemado". Ha visitado a Bibi en la cárcel y dice que ella lo pasa muy mal en la fría y oscura celda de condenados a muerte de 2,5 por 1,5 metros. A pesar de todo, cuenta que está relativamente tranquila: "Confía en que Dios la salvará". La echa mucho de menos. "Es una buena esposa y muy guapa".

Sus hijas, Isham (nueve años) y Sidra (18), quieren volver a su casa y comer los guisos de su madre, sobre todo su arroz con pollo. "Mamá, vuelve pronto. Se acercan las Navidades y quiero que estés con nosotros", dicen. La familia asegura que nunca fue fácil ser católicos en una aldea de musulmanes. Para el marido era complejo acceder a un trabajo y Sidra afirma que en la escuela las niñas musulmanas se mofaban de ella. La organización de las minorías apunta que es común que los musulmanes no quieran comer o tomar agua con los cristianos (un 4% de la población). Aunque también hay ejemplos de solidaridad. "Tenía un amigo musulmán que me defendió tras la trifulca de mi esposa. Pero luego se vio obligado a callarse porque también le amenazaron", dice.

En Ittan Wali, de 1.000 habitantes, vivía otra familia de cristianos. También ha huido. Ahora solo queda la hermana menor de Bibi, Najma, con su esposo e hijos. A la defensa de la cristiana se ha unido el gobernador del Punjab, Salmaan Taseer. Su visita a la cárcel hace un par de semanas dio esperanza a la familia. "Pero luego fue peor porque los extremistas se han enfurecido aún más", dice el marido. El propio Taseer fue amenazado.

Los grupos islamistas ya han advertido de reacciones violentas en caso de que se perdone a Bibi. "Estamos esperando la respuesta, pero nos manifestaremos en contra si no se ejecuta a la mujer", asegura Yahya Mujahid, portavoz de Yamat ud Dawa, una de las organizaciones más radicales.

Aunque sea perdonada y salga de prisión, la cristiana y su familia no pueden volver a su pueblo. "Allí nos matarían. Tal vez pediremos protección para vivir en otro lugar de Pakistán o asilo político en el extranjero", dice tras un largo suspiro el marido.


La ley de la blasfemia y las venganzas
 
La ley de la blasfemia fue introducida en el código penal de Pakistán en los años ochenta, durante el mandato del dictador Muhammad Zia ul Haq en un proceso de "islamización de las leyes". Los que piden enmendar o abolir esta ley aseguran que "es un arma que se usa en venganzas personales o está motivada por prejuicios de religión, sectas o etnias".
Iqbal Haider, que fue ministro de Leyes durante uno de los mandatos de Benazir Bhutto, asegura que hasta el 95% de los juicios a los acusados por blasfemia no tenían base. Este activista de los derechos humanos es optimista y cree que Bibi no será ejecutada. Ella asegura ser inocente y aunque hubiera blasfemado se le debería perdonar si se arrepiente. Además, hay una ley que prohíbe la pena de muerte a las mujeres y los niños.
Antes de que entrara en vigor la ley de blasfemia, solo se registraron dos casos. Pero desde 1986 han sido casi 1.000 los acusados. "No creo que la gente se haya vuelto más blasfema, sino que seguramente se está abusando de la ley", asegura el ex presidente de la Asociación de Abogados de Pakistán, Anwar Kamal.
Hasta ahora no se ha ejecutado a nadie por este "crimen". Pero una treintena de personas han sido asesinadas por sus propios vecinos o por extremistas. El caso más reciente ocurrió el mes pasado. Imran Latif, de 22 años, acusado por profanar el Corán, fue ejecutado por un disparo dos días después de haber sido liberado de prisión.