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luns, 26 de novembro de 2012

Robespierre no era tan Robespierre


Una biografía y una monumental novela reinterpretan al líder revolucionario
Desmienten las versiones tradicionales sobre un personaje cruel y despiadado
El asesino. El sanguinario. El delirante. El coco… Antepongan esos calificativos a estos: el virtuoso. El incorruptible. El demócrata. El soñador. ¿Cómo cuadrarlos? Difícil. Pero habría que equilibrar la balanza, demasiado torcida ante los primeros, en el caso de Maximilien Robespierre. El personaje más controvertido de aquel hito que marcó la Historia Universal y que se dio en llamar Revolución Francesa merece un juicio justo que le devuelva la cabeza de la guillotina eterna.
Eso y no más es lo que han pretendido, cada uno a su manera, el historiador australiano de la Universidad de Melbourne Peter McPhee, y el escritor español Javier García Sánchez. Uno con una pulcra y rigurosa biografía publicada por Península y el otro con una ambiciosa novela de 1.200 páginas sobre el líder jacobino que ha sacado al mercado Galaxia Gutenberg y que empezó a escribir por pasión, por identificación, por espíritu de cruzada, hace 30 años.
Hay demasiadas injurias en torno a Robespierre. Injurias vertidas a lo largo de más 200 años no solo en la Historia, también en la filosofía, en el cine, en la literatura… Incluso en el urbanismo: es el único personaje crucial en el devenir de Francia que no cuenta con una calle a la altura de su leyenda y sus hitos en el centro de París.
Allá llegó para participar en la reunión de los Estados Generales el abogado a quien siempre se achacó cierto complejo de provinciano. Desde la norteña Arrás se presentaba en la resabiada capital —“puta y santa”, escribe García Sánchez— este líder en ciernes, con su inseguridad a la hora de armar discursos, su conocimiento de memoria de la obra de Rousseau, su miopía y una paradójica timidez un tanto altiva que no guardó en el baúl donde sí se llevó a París una chaqueta de paño negro, un chaleco de satén, tres pares de pantalones, seis camisas, seis pañuelos y tres pares de calcetines…
Enfermiza parecía su obsesión por la austeridad, por dar ejemplo. Y, por tanto, sospechosa. “La mayor contradicción para quien durante siglos ha querido atacarle era que le apodaran El incorruptible. No cuadraba ese calificativo con los intentos de desprestigiarle contando que se había encerrado en orgías de palacios pertenecientes a la aristocracia con decenas de eunucos”, comenta García Sánchez.
McPhee ahonda en la propia incomprensión de Robespierre ante su obsesión por la plena limpieza. “Encontraba serias dificultades en comprender por qué los propios republicanos se mostraban tan en contra del bien común. Se desesperaba ante la falta de integridad, los nervios le llevaban hasta el borde mismo del colapso, sobre todo, al final, cuando entendió que su periodo había terminado”.
De la revolución al terror, algo a lo que se vio abocado pese a repugnarle la violencia, el camino se llenó de sombras. Manchas que poblaron, según el autor español, “la biografía digna de quien porta la gallardía insensata de un héroe mártir”. Acusaciones que le han afectado hasta hoy culpándole de todos los males, los desmanes, los desvaríos, las purgas, cuando, según García Sánchez, “no dio el visto bueno personalmente más a cuatro o cinco penas de muerte”.
Asombroso hurgar en los papeles. “No tuvo nada que ver con los asesinatos en masa, los repudiaba”, agrega McPhee. Así que conviene urgentemente sacarle de la lista que lo emparenta con todos los exterminadores que en el mundo han sido.
Si el prisma histórico ha deformado sistemáticamente la figura de alguien, este es el caso de Robespierre. Pero aún no se escapa: “Sigue resultando enormemente controvertido”, afirma el australiano. Quizás su obsesión por la virtud, ese faro en su pulso vital, es la causa. Se reveló tan consecuente que ha influido en la mala conciencia de la posteridad o en la propia sospecha de que no podía nadie llegar a tales cotas de autoexigencia. “Él fue”, según McPhee, “ uno de los grandes demócratas de la Historia, apasionado, comprometido con los derechos humanos y con la participación en la vida pública de todos los estratos de la sociedad. Entendía que sin la participación popular y el respeto por los avances civiles y sociales existiría un permanente y violento desencanto social”.
Lo primordial en cuanto a su figura es acabar con el rumor. “La visión que se ha dado de él se ha fundamentado en un rumor. No más. Cuando cae e iba camino de la guillotina —aquel 10 Termidor, 28 de julio de 1794 para la cristiandad— empieza ese rumor sobre él, ajeno a los hechos, que se ha propagado de manera organizada y continua a lo largo de más de 200 años y ha dado lugar a que el 95% de lo que se ha escrito fuera falso”.
Lo mismo le ocurre a su aliado Saint-Just; ambos han pasado a la historia como peligros por inculcar una radical filosofía de la virtud y el bien común desde espíritus laicos. Fueron emisarios de una vida futura, perecieron convencidos de que su obra no quedaba concluida cuando en realidad dieron lugar a una auténtica revolución de las mentalidades. Así es y no de otra forma como García Sánchez afrontó la narración. “Con la intención de crear una obra lírica, con voluntad de epopeya sobre unos hombres que quisieron cambiar el mundo consiguiéndolo y que perecieron en el intento creyendo que habían fracasado”.

mércores, 1 de febreiro de 2012

La triste mediocridad de 'Madame Déficit'


Acantilado recupera 'María Antonieta', de Stefan Zweig
LÍDIA PENELO BARCELONA 22/01/2012
A pesar de que los lectores conocen el final de la protagonista del libro, Stefan Zweig juega en María Antonieta a contar los entresijos del carácter de una mujer que nació para reina y terminó en la guillotina. La perspectiva desde la que cuenta la vida de la que fue conocida como Madame Déficit (entre otros sobrenombres que se ganó a pulso), la apunta en la introducción: "María Antonieta no fue ni la gran santa del realismo ni la prostituta, la grue de la Revolución, sino un carácter mediocre, una mujer realmente normal".
Editado por Acantilado, el responsable de la traducciónde esta biografía ha sido Carlos Fortea, un enamorado del autor de El mundo de ayer que siente especial predilecciónpor alguno de los capítulos de este libro, como el titulado Trianón, que describe la especie de campo temático del mundo campesino que María Antonieta se hizo construir en Versalles y que costó un precio desorbitado. "Tal vez es el momento del libro en el que más tremenda resulta la ceguera y el alejamiento de la realidad de esta mujer, incapacitada para ver que el mundo se hundía a su alrededor", apunta Fortea.
Efectivamente, Zweig retrata a una mujer que sólo pretende divertirse y que logra convertir a su marido, Luis XVI, en un obediente siervo. El matrimonio entre ambos tardó siete años en consumarse, lo que el biógrafo considera que provocó graves secuelas históricas que justifican que no haya ahorrado detalles referentes al tema.
Fuera de la jaula
María Antonieta vivió 38 años, la mitad de los cuales residió en Versalles ajena a lo que le sucedía al pueblo. Zweig no ahorra críticas hacia esta reina hedonista, pero su prosa también destila cierta admiración por un personaje que sólo supo luchar para romper los corsés de su jaula de oro. "El propio subtítulo de la biografía lo dice con toda claridad: Retrato de una reina mediocre. A Zweig le fascinaba la idea de una mujer normal, ni especialmente lista ni especialmente tonta', enfrentada de pronto a acontecimientos que no sólo fueron extraordinarios, sino, en aquel momento, únicos en la Historia", observa el traductor.
Cuando Zweig se ocupa de lo que sucedió en 1789, lo hace sin maquillar la enajenación de "la loba austriaca" (como se conocía a María Antonieta). Uno de los capítulos más intensos es el de Los amigos huyen, en el que Stefan Zweig, en apenas 11 líneas, es capaz de sintetizar lo que consiguió la Revolución francesa, abolir "los oprobiosos restos de la Edad Media" en nombre de la libertad.
Y es que, según subraya Zweig, la reina del rococó no supo ver "ninguno de los grandes logros humanos de un movimiento que nos ha proporcionado los más grandiosos principios: la libertad de religión, la de opinión, la de prensa, la de comercio, la de reunión; que ha grabado la igualdad entre clases, razas y confesiones como la primera en las tablas de la Ley de la Edad Contemporánea".

venres, 7 de xaneiro de 2011

Una vida entre dos mundos

Lucie Dillon, crecida a la sombra de Luis XVI y María Antonieta, sobrevivió a todas revoluciones del S. XVIII

BRAULIO GARCÍA JAÉN MADRID 02/01/2011

Lucie-Henriette Dillon nació en 1770 en el céntrico barrio de Saint-Germain, París, y murió en 1853, en Pisa, Italia, y nada habríamos sabido de ella pues a pesar de su cercanía a las más altas instancias políticas y sociales de su tiempo, no fue nada más que eso, una secundaria de lujo. Pero traspasada la mitad de su vida tuvo una feliz, casi anodina idea: dejar escritos sus recuerdos para sus descendientes. Lo que quedó fue un testimonio crucial entre dos mundos irreconocibles entre sí y separados por la guillotina, de la que ella milagrosamente había salvado la cabeza y las manos para escribirlo.
Bailando al borde del precipio. Una vida en la corte de María Antonieta (Turner), el libro con el que la ensayista británica Caroline Moorehead fue finalista de los premios Costa Award, está escrito a partir de ese privilegiado punto de vista. No sólo porque vivió el corte entre el Ancien Régime y la Modernidad desde los lugares más adecuados en los momentos más oportunos (la Francia de Luis XVI, los Estados Unidos de Whasington y Jefferson, el París de Napoleón o la Inglaterra de Waterloo). Es que en ninguno de ellos dio ese paso al frente que le habría hecho despeñarse por el abismo del título e incluso cuando se decidió a escribir, mantuvo un pie dentro de casa: "la infelicidad no se debió a los acontecimientos por todos conocidos, sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce", anotó el 1 de enero de 1820.

La corte del disimulo

Lucie Dillon creció bajo los dos poderes más importantes de Francia: la nobleza y el clero. Lo estuvo además de una forma muy contemporánea: su abuela era la amante, reconocida por todo el mundo, del arzobispo de Narbona, de los más notables del hexágono. Muerta su madre, que había sido dama de compañía de María Antonieta, y bajo la tutela de su abuela hasta que se casó, presintió los "largos años de falsedad que [le] serían impuestos", según escribió.
El libro de Moorehead funciona como una crónica bisagra entre las dos épocas, tan radicalmente diferentes, por las que atravesó Dillon. La vida de ésta le sirve de hilo rojo en esa casi indescriptible transformación, con el valor añadido de que su moral, tan distinta a la de su medio natural, le permitió la distancia adecuada para tejer un relato fidedigno.
En el mundo de Las amistades peligrosas, reflejadas por De Laclos, "Lucie conservó una moral clara y sencilla toda su vida", explica la autora. La propia Lucie se refleja a sí misma en los comentarios de los demás: "Me parece dijo la muchacha que lo amas como se ama a un amante", anotó ella, que amaba a su marido.
El libro se basa principalmente en la vida de Dillon, pero amueblada con una ingente documentación sobre la época, lo que le permite construir, a base de pinceladas minuciosas y precisas, un fresco monumental. Al paso del carruaje de Maria Antonieta con "el famoso labio inferior saliente de los Hasburgocamino de su boda con Luis XVI, vemos desfilar 57 carruajes, su "vestifo de tafetán carmesí y terciopelo rojo bordado en oro", y su carroza, también de terciopelo y oro; de todo deberá desprenderse antes de consumar el matrimonio, ropa interior incluida. "A la futura reina de los franceses no se le permitía conservar nada que perteneciera a una potencia extranjera", anota Moorehead.
Una minuciosidad que no se limita a los protagonistas o los momentos clave de los que se ocupa el libro, sino que van apareciendo, sin subrayados: un París sin aceras, ni números en las fachadas, con escaso alumbrado público (salvo cuando nacía un delfín en la corte), con 650 cafés que abrían a todas horas, "prodigiosa mezcla de esplendor y negligencia", según la expresión de Benjamin Franklin al visitarla por primera vez, y que incluso para las turgotines (diligencia real) distaba cinco días y medio de Burdeos. Dillon: "Bien se ve que la nobleza de Francia es puro viento, que no vale nada".
No habría muerto en la misma Francia en que nació, de haber regresado al país de los Derechos del Hombre. La esclavitud había sido por fin abolida, después de una revolución, un imperio, dos restauraciones, una monarquía burguesa y una república. "Versalles era un museo. El vapor, el telégrafo, los trenes, la luz de gas y las fumarolas de la industria habían transformado el paisaje de su niñez en un mundo que ella ya no reconocería. Charles Darwin estaba a punto de publicar su trabajo sobre el origen de las especies". Murió el 2 de abril de 1853, en Pisa.