Isaac Revah, superviviente del campo de concentración de Bergen Belsen,
relata su periplo por toda Europa en la II Guerra Mundial en el día que se
cumplen 66 años de la liberación de Auschwitz
BELÉN HERNÁNDEZ - Madrid - 27/01/2011

"Con nueve años no entendía por qué ocurría aquello, los adultos nos
lo ocultaban. Si hasta nos daban cursos de biblia y clases de matemáticas para
mantenernos distraídos. El agua caliente de la ducha nos reconfortaba, por eso
no entendía que mi padre deseaba que saliéramos rápidamente de allí [el método
de las duchas falsas era el que se utilizaba para gasear a los prisioneros].
Ahora entiendo su mirada cada vez que salíamos de la ducha", contaba ayer
Revah, en un español cervantino pero suave acento francés, en el café de un céntrico
hotel madrileño, un día antes de ser el invitado de honor por la Asamblea de
Madrid para relatar su testimonio como superviviente del
Holocausto -en el que murieron más de seis millones de personas - en
el mismo día que se cumplen 66 años de la liberación de Auschwitz.
Nacido en Salónica (Grecia) en 1934, Isaac Revah pertenecía a una familia
de judíos sefardíes que tras el estallido de la II Guerra Mundial pidió asilo
al gobierno español. Fue uno de los 367 "privilegiados" que las
fuerzas alemanas trasladaron a Bergen Belsen, como medida provisional, en
agosto de 1943 - 48.000 judíos de Salónica fueron deportados al campo de
exterminio de Auschwitz - donde Benico Revah, su padre, Suzanne Aruch de Revah,
su madre, Lela Soedaï, su hermana de 4 años, y un sinfín de tíos y primos
permanecieron siete meses esperando un billete al otro lado de los Pirineos:
"Cogimos el tren hacia Bergen Belsen vestidos con ropa estival, pensando
desde el inicio de nuestro viaje que el verano era una época en la que el clima
de España era displicente". Un tren de ganado en el que "entre 60 y
80" en cada vagón, según recuerda Revah, y en unas condiciones "difícilmente
soportables": sin comida durante los siete días de trayecto y sin agua
para todos. No mucho mejor de las barracas en las que compartía cama con su
padre y el tifus con sus vecinos de litera, además de "un líquido negro
llamado café, y unas legumbres por la tarde".
Su Oskar Schindler particular - el industrial alemán que salvó la
vida de 1.200 judíos del exterminio nazi durante la II Guerra Mundial - fue
Sebastián de Romero Radigales, Cónsul General de Atenas entre 1943 y 1944, que
intercedió para su salida del campo de exterminio nazi el 7 de febrero de ese último
año, en plena guerra: "Cruzamos Alemania y Francia en vagones de tercera,
desde donde vimos ciudades destrozadas, hasta llegar a Barcelona. De ahí
conseguimos llegar hasta Palestina, cuando estaba bajo mandato británico y en
1948 nos trasladamos a la capital francesa".
Doctor en Física por la Universidad de París, a finales de los años
sesenta trabajó un año para la NASA y tras su vuelta a Francia ha estado
estrechamente vinculado a la agencia espacial francesa (CNES, en sus siglas en
francés), además de ser director ejecutivo del Comité de
Investigación Espacial (COSPAR, en sus siglas en inglés) y académico
de ciencias. Revah ha pasado toda su vida mirando al cielo, pero tiene los pies
en la tierra. Cree en "la voluntad franca de paz" en el conflicto de
Oriente próximo, pero también en una Palestina "para los palestinos"
y un Israel "para los israelitas"; recela del auge del antisemitismo
en Europa, y de la actitud cada vez más políticamente correcta y
"parecida" de los gobiernos de izquierdas y de derechas en temas de
inmigración; además, considera "justa y necesaria" la Ley de Memoria
Histórica, consecuentemente, como víctima de un genocidio: "El Estado debe
asumir sus responsabilidades y recompensar a las víctimas y familiares que han
sufrido una tragedia como una guerra".
Una tragedia, la del Holocausto, que
parece no haber ido con él. Isaac Revah, a sus 77 años - y tras perder a toda
la familia por parte de su madre en una de las marchas de la muerte desde
Bergen Belsen hasta Auschwitz - en definitiva se siente un privilegiado:
"Siempre pienso que he sufrido menos que otra gente que pasó por el mismo
campo. Cada vez que digo esto, tengo amigos diciéndome: "¡Basta ya!".
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