DANIEL INNERARITY 12/02/2011
La integración, como afirma Sami Naïr, es un asunto de derechos y
ciudadanía más que un tema cultural

Pero la clave del asunto sigue siendo política, de derechos y no tanto de
diversidad cultural. De la inmigración se han hecho balances económicos, cálculos
electorales y hasta teorías estéticas; lo que falta es una verdadera política
de la inmigración, es decir, considerarla y gestionarla como un asunto político.
Esta viene a ser la tesis central de este libro de Sami Naïr, una antología de
sus principales escritos sobre la cuestión, acompañados por unas amplias
introducciones de Javier de Lucas que sintetizan muy oportunamente las tesis
del autor en cada una de las partes en las que el libro se divide.
Esta cuestión se ha constituido en un motivo de controversia y no parece
que vaya a dejar de serlo en los próximos años, por lo que libros como este
resultan ineludibles para abordar el tema con rigor conceptual. No han ayudado
nada a enfocarlo racionalmente ni ese infierno de las diferencias sobre el que
nos previene la nueva derecha ni la felicidad multicultural que hace tiempo se
ha mostrado como una realidad imposible. Para superar ese falso debate, la
recomendación de Sami Naïr consiste en prevenirnos contra la
"culturalización" del fenómeno que reduce la integración a la
protección de las diferencias culturales. Su modelo es, por el contrario, el de
los derechos humanos. Donde realmente se juega la integración no es tanto en el
terreno cultural como en la práctica social (en movilidad, derechos,
participación e igualdad personal).
Casi todos nuestros desaciertos con este tema proceden de una mirada
equivocada. La inmigración es tratada o bien con una perspectiva de utilidad
instrumental (cuánta mano de obra es necesaria en un momento dado) o bien con
una mirada paternalista. En el primer caso, se trata de una cuestión que tiene
que ver exclusivamente con el trabajo y el mercado; en el segundo, la cuestión
se aborda con una intención exclusivamente asistencial, en orden a corregir
situaciones concretas de exclusión generadas por un estado de cosas sobre el
que no se puede o no se quiere intervenir.
Lo que Naïr nos propone es abordarlo como una cuestión eminentemente política,
comprender el carácter político, en el sentido radical del término, de la
inmigración. Esto significa que los emigrantes deben estar en el centro de las
políticas públicas y no en su periferia, como una cuestión de asistencia a
grupos marginales o vulnerables. Estamos ante el desafío de que Europa deje de
considerarlo como un problema de seguridad, fronteras y policía, y pase a
gestionarlo como un asunto de derechos y ciudadanía. Porque el porvenir del
emigrante es convertirse en ciudadano y no en minoría protegida.
La consecuencia más provechosa que podemos sacar de esta encrucijada es
que el debate sobre la inmigración debe ser entendido como una verdadera
oportunidad para que las sociedades democráticas reflexionen acerca de las
condiciones del vínculo social y el contrato político sobre los que se
edifican, de manera que puedan revisar las condiciones de acceso y pertenencia
en una sociedad plural. Este sería, a mi juicio, el mensaje más valioso de Naïr:
no se trata tanto de ver cómo introducimos a los que vienen en nuestra sociedad
(que siempre termina traduciéndose en qué cambios han de realizar los
emigrantes o qué costumbres nuestras han de respetar) sino de que la inmigración
nos permite comprender lo que debe cambiar en un orden de cosas que tendemos a
naturalizar. Al examinar la cuestión desde esta perspectiva es entonces cuando
comprobamos el dramático contraste entre el pretendido universalismo de nuestra
cultura jurídico-política y la institucionalización de la desigualdad.
La Europa mestiza. Inmigración, ciudadanía,
codesarrollo. Sami Naïr. Edición de Hélène Fabre. Traducción de Sergio
Pawlowsky. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. 740 páginas.
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