La inmolación del vendedor de frutas Mohamed Bouazizi el pasado 17 de
diciembre en la olvidada ciudad tunecina de Sidi bouzid desató la revuelta
popular que acabó con el dictador. Bouazizi es ahora un héroe. Esta es su
historia
JUAN MIGUEL MUÑOZ 23/01/2011

"Era una persona muy tranquila y sonriente a la que le gustaba ser
vendedor. Se dedicaba a ello desde los 10 años para dar de comer a la familia.
Estudiaba y trabajaba al mismo tiempo, pero nunca terminó el bachillerato.
Aportaba dinero para que su hermana Leila pudiera estudiar en la universidad,
en Monastir. Nadie más tiene empleo en la familia. Por la noche compraba la
mercancía que vendía al día siguiente. Algunas jornadas ganaba 10 o 15 dinares
[ocho euros]. A menudo, menos", relata Samia, hermanastra de 19 años.
La familia Bouazizi, tan pobre como rica en buenos modales, no tiene ni
para invitar a un té. Mohamed, que dejó una deuda de 150 euros, el dinero que
empleó en adquirir la última mercancía, tenía dos hermanos -Salem, de 30 años,
y Leila, de 24- y cuatro hermanastros. Su madre, Manubia, de 55 años, tuvo
cuatro hijos más con Ammar: Samia, de 19; Basma, de 16; Karim, de 14, y el
pequeño Ziad, de 8 años. Todos comparten la vivienda.
Mohamed había abandonado el colegio a los 19 años y solicitó su ingreso
en el Ejército, pero fue rechazado. Muchas veces los policías le robaban el género.
Otras lo desparramaban por el suelo y tenía que salir corriendo. Nada extraño
en el Túnez rural, habituado a la rampante corrupción policial, a la exigencia
de mordidas, al abuso de poder, a la prepotencia de los agentes y al miedo que
causaban entre los 40.000 vecinos de la ciudad. Un día de Ramadán, el pasado
verano, le tiraron una vez más el carrito y sufrió una crisis nerviosa. Hubo
que llevarle al hospital. "Yo nunca sospeché que esto podía ocurrir",
cuenta Samia. Mohamed siempre sonreía. Parecía feliz.
"A las 8.30 del 17 de diciembre salió de casa. Como siempre. La
policía le pidió dinero para permitirle que siguiera vendiendo, pero él se negó
a dárselo, como todos los días. Le intentaron arrebatar la balanza. Y Feida,
una funcionaria municipal, le dio una bofetada", relata esta estudiante,
alta como todas sus hermanas, subrayando el nombre de esa mujer. Un hecho, el
tortazo, que no puede ser desdeñado, porque en las conservadoras sociedades árabes,
ser humillado por una mujer supone una terrible ofensa para un hombre.
"Dos policías le golpearon las piernas", continúa Samia. "Nadie
le ayudó. Feida insultó al padrastro de Mohamed cuando este fue a recuperar su
mercancía al Ayuntamiento, y se volvió a encontrar con la funcionaria, que le
cerró la puerta. Mohamed dijo que iba a quejarse al Palacio de Gobierno, y la
mujer se burló de él. ¿Quien iba a hacer caso a un don nadie. Salió del
edificio, compró un bidón de gasolina de cinco litros y se quemó vivo delante
de dos policías. Creo que llegó a pensar que no tenía ninguna esperanza".
Mohamed Bouazizi falleció por las quemaduras el 4 de enero, a los 26 años,
una semana después de que el presidente Ben Ali se acercara a visitarle al
hospital de Sfax -110 kilómetros al este de Sidi Bouzid- y se dejara retratar a
su lado. Un cuerpo inerte, una momia completamente vendada. Ignoraba Bouazizi
el testamento que legaba a Túnez y a los demás países árabes. Una deflagración
enorme, un cataclismo político que ha puesto Túnez patas arriba y ha desatado
una oleada de suicidios a lo bonzo en el Magreb y otros países musulmanes.
Era un hombre entregado en cuerpo y alma a sus parientes al que ni
siquiera le gustaba el pasatiempo que causa furor en cualquier país árabe.
"No le gustaba el fútbol", recuerda Ramzi, primo del fallecido,
considerado ya un mártir de la patria. "Era inteligente, y a veces me leía
textos en árabe culto que yo no entendía", explica Ramzi. Pero no tenía
estudios superiores. "Nos sorprendió mucho cuando leímos que era
licenciado en Informática", comenta Asma, una vecina de Hainur. "Sí
estudiaba algo de inglés, francés, alemán e informática, pero por su
cuenta", corrobora Samia. "Ahora no tenemos dinero para comprar
comida. Nadie del Gobierno nos ha llamado, ni nadie del municipio. No hay
justicia, alguien tiene que ayudarnos", dice en voz baja Samia, que
intenta consolarse: "Tras la muerte de Mohamed parece que puede llegar la
libertad. Gracias a él, mucha gente sonríe un poco más cada día porque se ha
ido el dictador".
Sidi Bouzid era una ciudad propicia para un estallido de esta
envergadura. Pero hay muchas más así en Túnez. Como hay docenas de miles de
desesperados bouazizis. Azmouni Attia, dirigente en la ciudad del
opositor Partido Democrático Progresista, explica: "En Sidi Bouzid, los
campesinos ya venían exigiendo que se arreglaran problemas de transporte y de
acceso a los campos de cultivo y que se asfaltaran algunos caminos. También
hubo manifestaciones delante de la central lechera porque había retrasos en el
pago de salarios. Las protestas venían de lejos, pero eran aplastadas por la
policía. Se hablaba constantemente de la represión, pero el miedo era atroz. El
Reagrupamiento Constitucional Democrático (CRD), el partido de Ben Ali, se
transformó en parte del aparato policial. Quien se quejaba era denunciado".
"Nada más conocerse el suceso", prosigue, "la gente hizo una
sentada delante del edificio del Gobierno regional. Fui al hospital y solo le
vi la cara quemada. Respiraba muy mal".
El régimen todavía tenía aliento y nadie sospechaba lo que sucedería menos
de un mes más tarde. Desde el mismo día en que Mohamed se inmoló, la policía
reprimió cualquier conato de protesta en Sidi Bouzid. Pero era tarde. En cuestión
de horas, miles de tunecinos se alzaron contra el Gobierno en Kasrine y en
Gafsa, capital de una cuenca minera que en 2008 vivió graves disturbios. Las
manifestaciones estaban prohibidas, pero la odiada dictadura tampoco quería
impedir que la multitud saliera a las calles cuando Israel lanzó la guerra
contra Gaza en diciembre de aquel año. "Los manifestantes aprovechaban que
podían gritar para hacer juegos de palabras en los que arremetían contra el
RCD", recuerda Attia.
La mancha de aceite se extendió en muy poco tiempo a Thala, Douz,
Tozeur... Pero la capital aún permanecía en calma. Y Ben Ali todavía se creía a
salvo cuando visitó, el 28 de diciembre, a Bouazizi postrado en la cama.
Mientras, los tunecinos se entregaban a Internet y a Facebook -censurado a
menudo y, en una ocasión tiempo atrás, durante cinco meses- para convocar
manifestaciones. Sin Internet, sin Facebook y sin Al Jazeera, la revolución
habría sido imposible, coincide todo el mundo. Fathi Chamkhi, profesor de
geografía y miembro de la Liga Tunecina de Derechos Humanos, se explaya sobre
el origen de la rebelión. "Es una revolución social y democrática. Es
democrática porque hay reivindicaciones concernientes a las libertades políticas,
y social porque existen demandas económicas y laborales. Hay una acumulación de
hechos durante 23 años, a lo que se suma la crisis mundial de 2008. El régimen
siempre decía que a Túnez no le afectaría y que pronto todo volvería a su
cauce. Pero Túnez estaba seriamente afectado. Además, hay otros elementos que
no son materiales. Estaba muy extendido el sentimiento de humillación y de
injusticia. Conforme la vida cotidiana se iba haciendo más difícil, la gente
observaba la opulencia en que vivía la familia presidencial. Era insultante,
sobre todo, la actitud arrogante de los Ben Ali. Observabas a quien te estaba
robando y además te pedían caridad. Mirabas la televisión y recibías una
bofetada. La revuelta nace de la frustración. Aunque no hubiera sucedido en
aquel momento, habría terminado ocurriendo". El descaro del déspota y su
camarilla -la familia Trabelsi, apellido de soltera de Leila Ben Ali, la peluquera
con la que el mandatario contrajo matrimonio en segundas nupcias, y las
familias Mabrouk y Zarrouk- alcanzaba cotas insoportables. Saquearon el
patrimonio nacional, se apoderaron fraudulentamente de empresas, concesiones de
telefonía, de grandes superficies comerciales, de concesionarios de automóviles,
de compañías aéreas, de canales de radio y televisión, de bancos...
El 11 de enero, el Gobierno comenzó a mostrar señales de nerviosismo
cuando Ben Ali destituyó al ministro del Interior, Rafik Belhaj Kacem, y ordenó
el cierre de universidades y escuelas. No se autorizaba que las personas
formaran grupos de más de tres o cuatro personas, y uno no podía detenerse en
la calle. Se trataba por todos los medios, los de siempre, de que la revuelta
no se instalara en la capital. Porque eso son palabras mayores. Pero fue en
vano. Al día siguiente, en la capital y sus suburbios, donde residen alrededor
de dos de los once millones de tunecinos, la revolución dejó de ser cosa de
desharrapados, de campesinos y de obreros empobrecidos, aún más, por la crisis
global de 2008. A ella se unieron hombres y mujeres de toda condición,
abogados, blogueros, artistas, arquitectos, las élites intelectuales y amas de
casa, estudiantes y raperos. Como el que cantó: "Presidente, tu pueblo está
muerto". Fue detenido y golpeado en comisaría.
Las clases medias y muchos de los más pudientes -con estudios
universitarios, licenciados en la parisiense Sorbona- también se pusieron en
pie para demandar libertades políticas y civiles, y la instauración de un régimen
democrático. Porque en Túnez, donde no escasea la gente con formación académica,
el sistema educativo fue una prioridad para el padre de la patria Habib
Burguiba, que rigió el país durante tres décadas, desde que Túnez obtuvo la independencia
de Francia en 1956. También lo fue, al menos en sus primeros años de gobierno,
para Ben Ali. El analfabetismo es tan reducido como minúscula ha sido la
capacidad de la oposición, perseguida sin tregua, para organizarse.
Por eso la Intifada tunecina fue espontánea, porque todo sindicato u
organización estaba sometido al férreo escrutinio del régimen. "Soy
profesor de español en la Universidad y sé perfectamente quiénes son los
supuestos estudiantes que elaboran informes para el Gobierno. Tenemos que tener
mucho cuidado con lo que decimos en clase", contaba el jueves Kamel Sahli.
Era un país donde los chivatos se enseñoreaban, donde pronunciar el nombre de
Ben Ali sin alabarle acarreaba contratiempos o penas de prisión. Muchos jóvenes
le llamaban El Cantante o Eminem, por esa pose de artista que se reflejaba en
varias de sus omnipresentes fotografías.
Tres días antes de su fuga a Arabia Saudí, la avenida de Habib Burguiba
de la capital parecía un enorme cuartel. Vestían de paisano, pero los policías,
por docenas en cada rincón, vigilaban todo movimiento. Desde el 12 de enero,
los tunecinos durmieron poco. En las ciudades del sur, los francotiradores
causaban estragos desde el 17 de diciembre. La gente caía bajo las balas, pero
ya nada les disuadía de salir a la calle. Habían perdido el miedo. En la
capital, las protestas proliferaban y los eslóganes se repetían. "Pan,
agua, y no Ben Ali", "La libertad se consigue con sangre",
"Policía asesina", "Túnez libre", "Ben Ali,
fuera", "No queremos un presidente para toda la vida". "El
ministro del Interior es un terrorista", "Ben Ali, cobarde",
"Bouazizi dejó un mensaje: no queremos a los Trabelsi". "Ya no
tenemos miedo". "Ben Ali, asesino", chillaban catedráticos y
profesores a la cara de los policías, en el campus de Al Manar.
El dictador estaba ya desesperado y contra las cuerdas. El jefe del Ejército,
Rachid Ammar, le había espetado ese día: "Estás acabado". Pero el
presidente -que destituyó a Ammar, aunque tras la partida del tirano volvió al
mando- aún se resistía. Había prometido dos días antes que crearía 300.000
puestos de trabajo en dos años y que las fuerzas de seguridad no dispararían
contra los civiles. Y a la población le entró la risa. Compareció el día 13 por
la noche para anunciar que no se presentaría a la reelección en 2014, y que
reduciría el precio del pan, la leche y el azúcar. Y los tunecinos reaccionaron
con sarcasmo: "Que suba el precio del pan, pero Ben Ali, a la horca".
Y llegó el día decisivo, el que dará nombre a plazas y avenidas, el 14 de
enero. Esa jornada, y por primera vez en 23 años, los imanes no pidieron, al
llamar a la oración, que Alá preserve la salud de Ben Ali y su familia. Por la
mañana se habían citado los manifestantes, a las nueve de la mañana, ante la
sede de la Unión General de Trabajadores, en una pequeña plaza en pleno corazón
de la ciudad. Eran unos pocos cientos. El joven empresario Yousef Farhat
comentaba: "O Ben Ali se va o dispararán. No tiene otra opción".
Marcharon hacia la avenida de Habib Burguiba, donde aguardaba un cordón
policial. La muchedumbre empezó a cantar el himno nacional, del que Ben Ali
eliminó años atrás una estrofa alusiva a la revolución y al combate. Minutos
después, los policías se apartaron. Andando deprisa, se toparon con otra fila
de antidisturbios más nutrida, y un funcionario, megáfono en mano, trató de
convencer a la masa para que se detuviera. En vano. Los uniformados de negro
cedieron el paso y mientras cientos de personas se sumaban al grupo, llegaron
ante la sede del Ministerio del Interior. Ahí se plantaron durante seis horas.
La emoción y el ímpetu de los 10.000 manifestantes lo dominaban todo. Muchos
quedaron afónicos. Llevaban fotos de Mohamed Ali Hammi y Habib Ashur, héroes de
la independencia, y varios también de Mohamed Bouazizi. "Si Ben Ali no se
va, bloquearemos el país", aseguraban. "23 años de dictadura no se
borran con palabras". Se rompían periódicos para tirar papelitos al aire.
"¿Dónde está Francia, campeona de los derechos humanos?", se
preguntaban. El ambiente era festivo.
A las 14.38 acabó la fiesta. Un bote de humo impactó en la multitud. Todo
el mundo salió despavorido. Los disturbios se extendieron por el centro de la
capital durante horas. Pero el régimen ya había muerto. La revolución blanda
había defenestrado lo que algunos califican de "monarquía
republicana". Sin duda, ya hacía algunas horas que Ben Ali y sus secuaces
hacían las maletas. El piloto de Tunis Air Mohamed Ben Kilani se negó a
despegar si dos hermanos de Leila Trabelsi embarcaban en un vuelo que precedió
al de Ben Ali, y se convirtió poco menos que en héroe nacional. A las seis de
la tarde, un avión despegaba del aeropuerto internacional de Cartago. El paladín
de la lucha contra el islamismo -miles de miembros del partido En Nahda
(Renacimiento) fueron perseguidos con saña, asesinados o partieron al exilio
desde que hace 20 años fue ilegalizado el movimiento fundamentalista-, el
represor de los comunistas y de todo disidente, a los que se despojaba de su
empleo, escapaba hacia Arabia Saudí.
Tras la huida del presidente, el caos se instauró en Túnez. Convertidos
en matones, miembros de la guardia presidencial y de la policía intentaron
sembrar la anarquía a tiro limpio. Los más pobres también se dieron al saqueo
de supermercados y con especial saña de las mansiones de los Trabelsi y los Ben
Ali. El Ejército, adorado por el pueblo, se ocupó de restaurar el orden, al
tiempo que la policía se esfumaba. 78 personas han muerto hasta ahora en la
revolución.
Los grandes carteles con la figura del dictador fueron quemados y
arrancados de sus soportes y el RCD iba camino de la disolución. Y ahora se
habla de liberación de presos políticos; de una comisión independiente para
investigar la corrupción; de libertades políticas; de libertad de prensa, después
de años de medios de comunicación secuestrados por el aparato de poder; de
reformas democráticas y constitucionales; de la organización de elecciones; de
la desaparición de detenidos que nunca han regresado a sus hogares; de la ley
404 -promulgada para censurar Internet-; de la necesidad de restablecer la
calma para reanimar el turismo y la inversión extranjera, vitales para el país...
"Todo empezó aquí, en Sidi Bouzid, como podía haber comenzado en
cualquier ciudad de Túnez. Ahora buscamos un futuro para quienes han muerto en
esta revuelta", dice Saad Kaddusi, un joven profesor que, por la noche y
al calor de una hoguera, vigila en compañía de una docena de hombres, en un
enorme descampado, para que los esbirros de Ben Ali no hagan de las suyas.
Algunos sueltan sus palos para mostrar sus heridas o la sangre todavía
impregnada en la ropa. El monumento al 7 de noviembre, fecha del golpe de
Estado que alzó a Ben Ali al poder, ha sido profanado con pintura roja. Una
profanación más que bienvenida. La avenida de Habib Burguiba de Sidi Bouzid está
repleta de pintadas con el nuevo nombre con que los vecinos quieren bautizar la
calle. Los 11 millones de tunecinos y gran parte del mundo árabe nunca le
olvidarán. Feida, la funcionaria, se equivocaba. Mohamed Bouazizi ya es
alguien. -
El iluminado, el 7 y el morado
El 13 de enero, los tunecinos no daban crédito a lo que veían sus ojos y
escuchaban sus oídos. Zine el Abidine Ben Ali, el corrupto presidente que huiría
24 horas después, se presentaba como un ser humano falible. Porque el "líder",
"el iluminado", "el arquitecto del cambio", "el
combatiente supremo", "el salvador", "el sol que brilla
sobre los tunecinos", "la ambición que nutre al pueblo" -tal
como era definido por los sumisos canales de televisión y demás medios de
comunicación-, admitía que sus asesores le habían engañado. No daban crédito
los tunecinos. Se llegaba a decir, al mencionar su nombre, que "la paz esté
con él", una frase que en el mundo musulmán se pronuncia al aludir o
hablar del profeta Mahoma. Las cosechas abundantes o el triunfo en la Copa África
de 2004 se debían, según juzgaba la prensa, a "la iluminación del
presidente". "Le otorgaban cualidades de una divinidad. Ben Ali nunca
admitía una equivocación. Además, veía el futuro. Hablaba como si fuera un ser
eterno", comenta Fathi Chamkhi, profesor y activista de derechos humanos.
El 7 de noviembre de 1987, Ben Ali -que prometió en su arranque que solo
gobernaría el país durante dos mandatos de cinco años- derrocó en un golpe de
Estado incruento a Habib Burguiba, dando inicio a sus 23 años, dos meses y una
semana de tiranía. Y la conmemoración de esa jornada se convirtió en un espectáculo,
a veces grotesco. Todo el mundo colocaba una foto de Ben Ali en sus ventanas o
terrazas. O largas tiras de tela de color morado -su color preferido o el de su
esposa, no está claro- que colgaban de los balcones con su efigie. Era una
jornada de derroche de recursos para gloria del dictador. Una buena parte del
presupuesto de los municipios se destinaba a que todo estuviera inmaculado en
ese aniversario, en el que se celebraban conciertos, se iluminaban las calles
con bombillas -muchas de ellas moradas, por supuesto- y se inundaban con flores
plazas y calles. Algunos años se organizaron desfiles o multitudinarios actos
en estadios en los que la gente formaba figuras y dibujos en las gradas.
Y el 7 se transformó en un número casi mágico. La ERTT, la empresa de
radio y televisión, se rebautizó con el nombre de TV7; la compañía aérea de
vuelos nacionales, Nouvel Air, pasó a llamarse 7Air. Y claro está, qué mejor
fecha para inaugurar una nueva emisora o canal de televisión que el 7 de
noviembre. Así lo hicieron las empresas regionales de radio de Tataouine, Gafsa
y Kef, además de Radio Culture o el Canal 21 de televisión.
A partir de ahora comenzarán a conocerse
detalles del modo de proceder de los Ben Ali y los Trabelsi, apellido de su
esposa. Ya se ha denunciado que se fletaban aviones porque a algún miembro del
clan familiar le agradan los helados de una determinada tienda de Saint Tropez
(Francia), y ayer se repartían fotocopias de la factura de agua bimestral de
Hayet, la hermana del ex presidente. 5,3 dinares en el recibo de mayo de 2009.
Un ciudadano medio paga 35. Y no para regar jardines o llenar piscinas.
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