JOSÉ ANDRÉS ROJO 11/06/2011

Hay un componente emocional muy fuerte en la narración de las peripecias de cuantos salen en el libro, pero lo que destaca es la honestidad con la que se asoman a ese dramático pasado, cargado de afrentas y dolor, de miserias y rencor y resentimientos, de apaños políticos, de pura marginación. Son muy pocos (acaso ninguno) los que aparecen sin la marca de la derrota. De todos ellos, quizá sea Tomás Bilbao la figura más relevante por su innegable condición trágica. Pero para situar sus grandes contradicciones, Pino y Juaristi han analizado, no solo sus lazos familiares, sino el entramado político del País Vasco, donde desarrolla su trabajo como arquitecto y donde se incorpora a la política para defender un nacionalismo moderado, no independentista sino federal.
Una guerra civil parte cada familia en dos, y exprime sus miserias y grandezas. Pino y Juaristi han sabido atraparlas en su extrema desnudez y, al mismo tiempo, consiguen proponer una profunda meditación sobre los variados derroteros de las gentes de la España más reciente. Uno de ellos fue Tomás Bilbao. El arquitecto, que participó en la fundación de Acción Nacionalista Vasca (ANV), se incorporó al Gobierno de Negrín como ministro sin cartera en agosto de 1938. La situación militar era en ese momento muy delicada para la República, que perdía a marchas forzadas cualquier esperanza de derrotar al enemigo. De ahí que el dilema que se planteó a cuantos ocupaban posiciones de poder tuviera una consistencia verdaderamente trágica. Apostar por resistir, fuera como fuera, o buscar a la desesperada la paz: ambas posiciones, escribe Juaristi, conducían "igualmente a la catástrofe". Bilbao, que procedía de una familia en la que el patriarca del clan consideraba la guerra como un asunto entre españoles donde los vascos no debían entrar, decidió comprometerse a fondo con la primera de las opciones. Cuando las tropas franquistas fueron conquistando palmo a palmo Cataluña, fue de los pocos que conservó la calma. "Ninguna situación, por difícil o desesperada que sea, justifica la pérdida del decoro". Ése era su estilo, ésa su lección.
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