martes, 28 de setembro de 2010

Los afectados por el metílico buscan reabrir el caso


Varios letrados estudian retomar en los juzgados una causa en la que nunca hubo indemnizaciones
MERCEDES CERNADAS 24/09/2010
El mayor envenenamiento de la historia de España con cuna en Ourense, el Caso Metílico, es un capítulo de la memoria histórica gallega con cuentas pendientes casi cincuenta años después. Los afectados, más bien sus descendientes –la gran mayoría murieron sin que se hiciese justicia– están dispuestos a recuperar en los tribunales las herida de cientos de muertes y cegueras que se pagaron con condenas que el franquismo redujo e indemnizaciones que nunca llegaron a pagarse.
La bebida asesina, como la bautizó la prensa de la época, provocó más de mil muertos en el año 1963, según los datos del fiscal que llevó el caso, Fernando Seoane, a pesar de que las investigaciones judiciales se basaron solo en las pruebas de la exhumación de 51 cadáveres, en los que se hallaron restos de alcohol metílico en sangre, y nueve personas ciegas. La magnitud de los hechos no permitió conocer nunca la cifra exacta de muertos, ya que el venenoso licor llegó a distribuirse desde Galicia a Canarias, Madrid, Cataluña, Andalucía, Melilla, Santander, Aragón, el País Vasco, Sudamérica, Alemania, EE UU, Guinea Ecuatorial o el Sáhara español.
En la primavera de 1963, decenas de campesinos de O Carballiño fallecían en un corto período de tiempo, y a la vez que ellos, múltiples marineros de Lanzarote. Una farmacéutica asturiana que abandonó su tierra tras un fracaso sentimental acabó en la isla y decidió investigar por qué se producían tantas muertes entre los marineros.
Se decidió y fue a las tabernas, analizó lo que bebían y determinó que estaban sirviéndoles veneno. Con la presión y amenazas de los almacenistas, descubrió que los cargamentos llegaban desde Vigo a través de la etiqueta Lago e Hijos S.L. que estaba en los barriles de ron de un mayorista canario.
La viguesa Casa Lago compraba la materia prima de sus licores al industrial ourensano Rogelio Aguiar, quien a su vez le había comprado a una empresa de Madrid 750.000 litros de alcohol metílico que consumió entre diciembre de 1962 y abril de 1963. Su empleo estaba prohibido para “uso en boca” y podía matar a una persona que ingiriese el equivalente a una sola copa de licor. Las bebidas fabricadas con este alcohol poseían una graduación mayor que las del etílico, lo que obligaba a los acusados a añadir agua a sus productos para disimular la diferencia.
A partir de ahí, 35.000 folios de sumario, la instrucción más amplia en aquel entonces después de la Causa General de la Guerra Civil, resumieron una catástrofe imparable de la que el Gobierno de la dictadura se desentendió sin asumir responsabilidades por permitir el libre comercio de esta sustancia. El negocio parecía redondo para los bodegueros: un litro de metílico costaba 14 pesetas por litro, unas 16 pesetas más barato que el de alcohol etílico, y no daba olor, color ni sabor.
Fernando Méndez, periodista que investigó en profundidad el caso y escribió los libros Historia dun crime: o caso do metílico y Mil muertos de un trago tras decenas de viajes y entrevistas, cuenta que el fiscal intuía que la tragedia fue mucho mayor de lo que nunca se supo. “Me decía que, al ser gente del rural, había mucha que no se atrevía a decir que su pariente había muerto por beber alcohol, y por eso en muchos casos la vergüenza llevó a que permanecíesen para siempre en silencio”, explica. “Os velliños da aldea e os negriños de Guinea caeron como moscas”, contaba el fiscal Seoane.
Fueron cuatro años de investigación del sumario 1/1963, cuya instrucción fue llevada a cabo por el magistrado José Cora Rodríguez. Las declaraciones de 133 testigos, un juicio que duró un mes y el informe de Fernando Seoane, de siete horas de duración, acabaron con dos responsables civiles subsidiarios y once bodegueros condenados a penas que entre todas sumaban 140 años de cárcel e indemnizaciones por un importe de más de veinte millones de pesetas. El juzgado reconocío que los procesados no tuvieron intención de matar o causar lesiones, pero obraron “con un afán desmedido de enriquecimiento, a costa de la comercialización del metílico”.
Por poner dos ejemplos, en Madrid se confiscaron 1.452 litros de licor café, ginebra y aguardiente procedentes de Casa Barral –un cliente de Rogelio Aguiar– y en Barcelona fueron intervenidos 300 litros de aguardiente que había comprado el Centro Gallego.
Sin embargo, donde el producto tuvo más aceptación fue en Ourense, por su bajo precio en una etapa económica complicada. Los taberneros elaboraban el licor café con esta sustancia sin conocer sus efectos, y los pequeños cosecheros del Ribeiro usaban el licor para encabezar el vino. El metílico servía también para rellenar botellas de marcas conocidas y revenderlas e incluso las conserveras emplearon el vinagre del metílico para sus escabeches, en una década en la que el 45% de las fábricas de escabeche de toda España estaba en Galicia. El aislamiento del rural no benefició que hubiese diagnósticos rápidos ni remedios eficientes.
Las amenazas al fiscal no faltaron en los días previos al juicio en un caso que podía responsabilizar a algunos hombres pudientes. El Gobierno zanjó el tema diciendo que ni el juez ni el fiscal tenían competencias para poder valorar informes de los jefes agronómicos que ellos habían solicitado antes. Los abogados del Estado le comunicaron al juez que se adentraba en un “derrotero impreciso”, con delitos que eran difíciles de prever. “Las actuaciones criminosas de este tipo monstruoso suelen sorprender siempre al hombre normal y a la administración más cuidadosa”, aseguraron con diplomacia.
La sociedad consideró justa la sentencia, pero el que más años de pena cumplió finalmente se quedó en seis o siete, y casi cincuenta años después, ni las familias ni las víctimas han recibido un solo céntimo de indemnización. “Al día siguiente de conocerse el fallo, la prensa, con generosa tipografía, recogía el dictamen judicial, y muchos se apresuraron a recortar los artículos para guardarlos en las hemerotecas. Había que prevenir, por si acaso el tiempo decidía curar la herida que alguien abrió utilizando la confianza del pueblo, pero la herida del metílico aún sigue abierta”, dice el periodista Fernando Méndez.
Tras salir publicados sus libros, varios de los perjudicados buscan el reconocimiento de sus antepasados y están hablando con letrados para lograr reabrir un caso que quedó en el olvido sin que nunca se hiciese justicia. Es la memoria histórica de un envenenamiento masivo.

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