luns, 27 de febreiro de 2012

Una ‘madre coraje’ desvela una red de rapto de chicas para prostituirlas


El empeño de una mujer lleva a juicio a una mafia en Argentina y muestra una realidad oculta
Trimarco investigó 10 años el secuestro de su hija y se infiltró en los burdeles
Susana Trimarco era una funcionaria en Tucumán, casada y con dos hijos. Su vida cambió hace casi 10 años cuando su hija María de los Ángeles Verón, de 23 años y con una niña de tres, fue secuestrada en plena calle. Trimarco se encontró con la inoperancia policial a la hora de buscar a Marita, como llamaba a su hija. Se puso a investigar, y descubrió el mundo de las redes de trata con fines de explotación sexual en Argentina. En su lucha, la madre llegó a disfrazarse de prostituta para averiguar en los burdeles. Así supo que Marita tuvo otro bebé de uno de sus captores.
Acompañada por una monja del colegio de su hija, Trimarco organizó manifestaciones para exigir su reaparición. El asunto cobró alcance nacional y los medios descubrieron una nueva realidad: las esclavas sexuales en Argentina. El Congreso reaccionó sancionando una ley contra la trata en 2007. Hubo un momento en que amplió sus pesquisas a Europa. La embajada española apoyó la búsqueda de Trimarco cuando la mujer aportó informaciones que avalaban la tesis de que su hija estaba en España, a donde viajó en su busca en 2009.
Trimarco creó una fundación para rescatar a mujeres de este flagelo. Ya recuperó a cerca de dos centenares, pero aún no a su hija. No está sola: su marido murió, pero tiene a su nieta, la hija de Marita, de 13 años. Esta madre coraje ha atraído la atención de muchos de sus compatriotas porque es la primera en declarar en el juicio que se está celebrando en San Miguel de Tucumán contra 13 imputados, ocho varones y cinco mujeres, por el secuestro de su hija. “No sabe el sufrimiento que es saber que la violaron, la apuñalaron y la obligaron a tener un hijo”, dijo al tribunal. Cree que debería haber “muchos más” acusados, incluidos un expresidente e integrante de la barra brava del club de fútbol local San Martín, Rubén Ale. Se trata del primer juicio contra las redes de trata en Argentina.
Una de las acusadas, Daniela Milhein, admitió ante el tribunal que Ale la inició en la prostitución a los 16 años. Relató aquellos comienzos: “Un día ahí es que no termina el día, porque se trabaja las 24 horas, así tengas el periodo o estés enferma”.
Más de 600 mujeres se encuentran desaparecidas en Argentina y se cree que una buena parte han sido captadas por redes para prostituirlas, según Fabiana Túñez, directora general de la asociación civil La Casa del Encuentro, que se dedica a la prevención de este delito. La mitad de ellas eran menores de edad cuando desaparecieron. Las redes captan a las mujeres mediante secuestros o engaños. A muchas las envían a España, México y Suiza, según fuentes policiales. Las buscan según la demanda. Por ejemplo, jóvenes de clase media, y por eso el año pasado hubo tres intentos frustrados de secuestros en la Universidad de Buenos Aires.
Si la joven desaparece de un día para el otro, sin llevarse sus pertenencias, y manda un mensaje de texto a su familia de que está bien, que no la busquen y que ha encontrado trabajo en otra ciudad, entonces se sospecha que fue víctima de una red de trata. La familia la llama al móvil: primero aparece el contestador, pero después deja de funcionar. “Cuando las secuestran, primero las tienen en ablande”. Se refiere Túñez a unos 10 o 15 días en los que amenazan de muerte a ellas y a su familia, las golpean, las drogan y las violan.
Las mujeres son vendidas a los prostíbulos locales o a una de las tres principales redes de trata del mundo, las de México, Europa del Este o China, por entre 12.000 y 26.000 euros. Después comienzan a ser prostituidas: cada pase, como se denomina al coito, puede costar entre 5 y 175 euros. También son usadas para vender droga a sus clientes. Las engañadas que se resisten a prostituirse son sometidas al ablande o son asesinadas, lo que resulta ejemplar para las demás. “Las chicas pueden entrar o salir del prostíbulo, pero no pueden dejar de ir porque tienen deudas con sus dueños”, cuenta Núñez. “No las dejan nunca solas y a veces la policía forma parte de la red”, advierte la experta. Una mujer se había fugado con otras cuatro con la ayuda de un cliente camionero, pero unos policías las devolvieron al encierro.
“Las familias de las víctimas hacen sus propias investigaciones y ven la complicidad de las fuerzas de seguridad, la justicia, la política y los clientes”, señala Túñez. Cuando Trimarco buscaba a su hija y encontraba algún dato sobre un prostíbulo en el que podía estar su hija, la policía riojana lo allanaba siempre horas después de que Verón fuera trasladada a otro club nocturno, según testimonios de mujeres liberadas.
Las esclavas sexuales son alcoholizadas y drogadas para aguantar la tarea. Así es que las que logran fugarse o son liberadas muchas veces deben luchar contra la drogadicción y en general tardan cinco años en recuperarse y rehacer sus vidas. El Ministerio de Justicia argentino afirma que en 2011 unas 1.597 mujeres fueron liberadas tanto de las redes de trata como del proxenetismo (son los casos en que deben tributar a un chulo, pero se supone que son libres), frente a las 569 de 2010. Un 90% de las prostitutas de Argentina son víctimas de uno u otro delito, según Túñez.
La ley de trata no ha acabado con los prostíbulos ni con las redes de tráfico de mujeres. “Caen los encargados, pero no los dueños, que suelen tener varios, porque, si no, no les cierran los números”, cuenta Túñez.
Unas mujeres caían en la red mediante el secuestro, y otras por engaños. Los reclutadores pasean por los barrios bajos y les ofrecen a las jóvenes un empleo como asistenta, niñera, cuidadora de ancianos, comerciante o copera en un prostíbulo. También timan a jóvenes de Paraguay y República Dominicana para traerlas a Argentina, ya sea para quedarse aquí o como escala previa a otro destino. A jóvenes argentinas de clase media les mienten ofreciéndoles una carrera de modelo.
“El caso de Marita Verón mostró que mujeres de clase media o media alta también podían caer engañadas”, cuenta Túnez, que añade que en zonas pobres de Argentina algunas familias venden a sus hijas de 12 o 14 años para que supuestamente trabajen en otra provincia, pero desconocen que las van a prostituir.
Primero las llevan a otra ciudad, las alojan en un hostal y unos días después las venden. Ellas entonces quieren escapar, pero sus captores aseguran que les deben los gastos del viaje, el alojamiento, la comida y la vestimenta. Siempre les adeudan algo más. Además les aplican multas por mal comportamiento.
“Nunca pagás porque te multan todo el tiempo, dicen que hablaste con una doña, que le faltaste el respeto a un cliente, que miraste mal al don. Te multan y te pegan”, testimonió en la investigación previa al juicio sobre Marita Verón otra esclava sexual, Blanca Vides, que planeaba fugarse con ella del burdel en el que eran explotadas en la provincia argentina de La Rioja. Vides logró huir en noviembre de 2003, pero justo a Verón se la llevaron con rumbo a España, según le contó la cocinera del prostíbulo. La justicia no sabe si efectivamente cruzó el Atlántico.

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