La mayor colección de cruces Victoria, la más célebre condecoración a la
valentía, se exhibe en el Imperial War Museum de Londres. Una invitación a
reflexionar sobre qué es el coraje
JACINTO ANTÓN 16/01/2011

La exhibición, para la que se ha remodelado la sala en la planta superior
del museo, tiene su origen en la cesión al IWM, inicialmente por 10 años, de la
mayor colección de cruces Victoria del mundo, la de Lord Ashcroft, compuesta
por 160 (que ya son hazañas), una décima parte de las concedidas. A ellas, que
se muestran al público por primera vez, se suman en la exposición el medio
centenar que posee el museo (también pueden verse unas cuantas George Cross, la
denominada VC civil, instituida por George VI en 1940, de ambas colecciones).
El hilo conductor de la muestra (con un catálogo editado por Osprey), en
la que uno discurre por entre tanta intrepidez que se siente capaz de asaltar
las murallas de Seringapatam a pelo, es el valor entendido como uno de los
atributos más preciados de la civilización occidental.
Las medallas están distribuidas en diferentes ámbitos que hacen
referencia a alguna de las "siete cualidades de la valentía":
agresividad, audacia, resistencia, iniciativa, liderazgo, sacrificio y
destreza. Entre las VC que se pueden admirar, la de Geofrey Keyes, el oficial
de comandos que trató de asesinar a Rommel, o la de William Rhodes-Moorehose,
el intrépido piloto de la I Guerra Mundial (48 derribos) que dejó la siguiente
meditación mientras se desangraba al bajarlo de su aeroplano ametrallado:
"Es raro morirse, como el primer vuelo solo".
Signo de los tiempos, la exposición tiene un diseño moderno (del techo
cuelgan un tiburón, un dirigible y un modelo de Lancaster entre otras cosas),
una vertiente interactiva (con preguntas tan embarazosas como "¿has sido
alguna vez valiente?"), recreaciones en comics animados de algunas de las
hazañas, y un sorprendente despliegue de mercadotecnia, incluidos imanes de
nevera con el lema "2 men 1 parachute. ¿How brave are you?", que será
efectista pero te da que pensar.
Algunos le reprocharán a la exposición su exaltación de las virtudes
castrenses y que no se muestre crítica con el horrendo fenómeno de la guerra.
Rezuma un quizá inevitable, dadas las circunstancias de Gran Bretaña, aroma
patriotero. A Kipling le encantaría y a Lord Kitchener ni te digo. Pero
encuentras historias apasionantes y para hacértelo pasar mal ya está en la
planta de abajo la conmovedora exhibición sobre el Holocausto.
Las medallas se exhiben en cajas y se acompañan de retratos de los
ganadores y de objetos relacionados con el acto por el que recibieron sus
cruces. Algunos de esos elementos son muy espectaculares, como el traje de goma
con el que el buzo Magennis salió del minisubmarino XE-3 para minar el crucero
japonés Takao, o los trozos del zepelín que derribó desde su aeroplano
el teniente Robinson. Entre los objetos más emotivos, la chaqueta del oficial
naval Drummond con manchas de sangre o el reloj que llevaba en el bolsillo
Walter Hamilton, de los Guías, al ser despedazado por los afganos en la defensa
de la residencia británica en Kabul mientras trataba de arrebatarles sable en
mano un cañón.
Al pasear por la exposición en plan Gary Cooper en Llegaron a Cordura -donde
escoltaba a soldados ganadores de la medalla de honor del Congreso y meditaba
sobre el valor-, es inevitable tratar de extraer conclusiones sobre qué
convierte a un hombre en valiente. Parece que hay algo esencial en el carácter
que predispone, porque muchos héroes, sorprendentemente, repiten sus actos de
coraje (siempre y cuando no hayan muerto a la primera). Atacan una
ametralladora alemana y luego otra, o rescatan bajo el fuego a un camarada y al
día siguiente vuelven a hacerlo. Que la mayoría de las veces no se trata de un
arrebato irracional momentáneo, vamos. En su clásico The anatomy of courage (1945),
Lord Moran observó que existen cuatro grados de valor y cuatro tipos de hombres
medidos por ese estándar: los que no sienten miedo (y que suelen ser gente poco
imaginativa y nada agradable), los que lo sienten pero no lo traslucen, los que
lo sienten y lo demuestran pero hacen lo que hay que hacer, y los que lo
sienten, lo muestran y salen corriendo, rehuyendo el deber. Sólo los últimos
serían, claro, incapaces de ganar una VC (aunque siempre hay esperanza de
redención, piénsese en Lord Jim y en el Harry Feversham de Las cuatro
plumas.). Pero los héroes habitualmente estarían en las dos categorías
intermedias: los que son capaces de vencer su miedo. "Claro que he tenido
miedo", se sinceró a Moran el mariscal Lord Gort, ganador de una Cruz
Victoria; "todos los animales sienten miedo". Otro condecorado,
Leonard Cheshire (su medalla se exhibe), sentenció: "El valor es
conquistar tu miedo".
Se han concedido un total de 1.355 de estas pequeñas cruces desde que
creara la medalla la reina Victoria en 1856 para recompensar a los héroes de la
guerra de Crimea (de lo correoso de esos valientes da fe que uno de ellos,
Henry James Raby, aguantara impasible el dolor cuando la propia monarca atravesó
inadvertidamente la tela de su guerrera y le prendió la insignia, ¡ay!,
directamente en el pecho). Hasta entonces -para una buena historia de la
medalla véase Bravest of the brave, de John Glanfield (2005)-, el ejército
británico carecía de una condecoración que premiara actos de valor de militares
de todos los rangos. En tiempos de Wellington, por ejemplo, se consideraba que
la paga, el rancho y el orgullo de luchar por el rey ya eran suficiente
recompensa (y si alguien se quejaba, pues unos azotes). De hecho los mandos
británicos menospreciaban la pioneramente democrática Legión de Honor, considerándola
"un apéndice de la vestimenta francesa".
Fue la opinión pública, sobrecogida por el testimonio de los
corresponsales de guerra acerca de los sufrimientos y heroicidades de sus
soldados (la de Crimea fue la primera guerra cubierta extensamente por la
prensa), la que presionó para que se creara la medalla. El primer acto de valor
premiado fue el del marinero Charles Lucas de 20 años que cogió en sus manos
una bomba rusa sin explotar que había aterrizado en la cubierta y la tiró por
la borda justo antes de que estallara, ¡pum!
La última cruz entregada hasta ahora a alguien vivo * -y la
primera desde la guerra de las Malvinas en 1982, donde se concedieron dos, póstumas-
es la del soldado de primera clase Johnson Beharry que, conductor de un vehículo
blindado, salvó a sus compañeros durante dos emboscadas con cohetes y morteros
en Al Marab (Iraq), en mayo y junio de 2004, resultando en la última malherido
en la cabeza. Beharry, uno de los 12 únicos poseedores de la medalla vivos, se
hizo tatuar una enorme VC en la espalda. La exposición exhibe su casco
maltrecho.
En su siglo y medio de existencia la Cruz Victoria ha premiado a los
jinetes de la alocada carga de la Brigada Ligera en Balaclava (siete cruces,
una de ellas al sargento del 17º de Lanceros Charles Wooden, un hombre no muy
sutil que años después falleció al dispararse en la boca para extraerse una
muela por la vía rápida, y otra al teniente Dunn del 11º de Húsares, un
mujeriego que acabó escapándose con la mujer de su coronel -otra clase de
aventura-); y a los héroes del Motín de los Cipayos (¡182 cruces!, tantas como
en toda la II Guerra Mundial). La han recibido también los empecinados
defensores de Rorke's Drift contra los zulúes (11 cruces, el mayor número en
una sola acción; entre los ganadores, el mayor Chard al que el general Wolseley
describió paradójicamente como "el tipo más estúpido que he conocido"
y el soldado Hitch que acabó conduciendo un taxi en Londres -su conversación sí
que debía ser buena y no la de los que ponen ciertas emisoras de radio- y en
cuyo recuerdo se instituyó un galardón para premiar la valentía de los
taxistas.
En la guerra contra los bóers se repartieron 78 cruces, 626 en la I
Guerra Mundial -180 póstumas: pero no la del sargento Carmichael que sobrevivió
a su galante acción de salvar a su pelotón sentándose encima de una granada-.
En cambio, en la Batalla de Inglaterra, los aviadores que se enfrentaron a la
Luftwaffe recibieron solo una; claro que, como es sabido, eran pocos...
Si a un premio se le juzga por los que no lo han recibido, el gran baldón
de la Cruz Victoria es T. E. Lawrence. Wingate lo recomendó, pero Londres negó
la condecoración alegando que las acciones del rey sin corona de Arabia no habían
sido ratificadas por dos oficiales británicos como era preceptivo. En fin,
conociendo a Lawrence, que era muy suyo, es muy posible que no la hubiera
aceptado o la hubiera devuelto.
La Cruz Victoria la han ganado solo cinco civiles y 14 extranjeros (cinco
estadounidenses, tres daneses, dos alemanes, un belga, un sueco, un suizo y un
ucraniano). Tres personas la han conseguido ¡dos veces! (se añade una barra a
la medalla); entre ellos el capitán Upham, que en la II Guerra Mundial rescató
camaradas heridos, mató personalmente en combate a 22 soldados alemanes, recibió
tres heridas y hasta tuvo tiempo de tratar de escapar varias veces de Colditz.
Era tan modesto (otro rasgo de los VC) que hubo que ordenarle que se pusiera la
medalla. El más joven poseedor la ganó a los 15 años, el más viejo, a los 69:
se puede ser valiente a todas las edades. Una familia reunió tres VC, los Goughs.
La VC está abierta a las mujeres, pero hasta ahora no se la han concedido a
ninguna. Mrs. Webber Harris recibió una réplica en oro por su indomable coraje
durante el Motín.
No deberíamos dejar de citar al ganador de la VC con el apellido que le
predisponía menos para ello: Georges Chicken. Su medalla se exhibe en la
muestra. ¿Un favorito? Quizá el piloto Eric Nicolson, que en el momento de
saltar de su Hurricane incendiado volvió a meterse en la abrasada cabina para
derribar un último Meserschmitt 109.
En contadas ocasiones (ocho) la Cruz Victoria ha sido retirada a sus
poseedores. El sargento Fowler la perdió por bigamia y John Daniel por
"sodomía" con cuatro cadetes. Tampoco pareció bien que el gaitero
Findlater de los Gordon Highlanders que ganó su VC por no dejar de tocar Cock
o' the North durante una carga en la campaña de Tirah reuniese un peculio
interpretando la pieza a 30 libras la semana en el Alhambra Theatre de Londres.
George V estableció luego que una vez te la concedían la medalla ya no te la
podían quitar y que un condecorado condenado por un crimen podía lucir la Cruz
Victoria hasta en el cadalso.
Michael Ashcroft ha ido amasando poco a poco su metálica colección de
gloria. Desde niño, estimulado por las historias que le contaba su padre, uno
de los primeros en desembarcar en Sword Beach el Día D, le entusiasmaba la
medalla. Consciente de la dificultad de ganarla, decidió un día, convertido en
empresario de éxito, comprar una. Fue en Sotheby's y le costó 29.000 libras.
Era la del buzo Magennis que en un mal momento en 1952 la había vendido por 75
libras (el precio récord de una cruz es de medio millón de libras). Ashcroft ,
autor también de libros sobre la VC (Victoria Cross Heroes, 2007, con prólogo
del príncipe de Gales), siguió adquiriendo, en subastas principalmente, hasta
reunir su impresionante colección, valorada hoy en 30 millones de libras.
Entre tanta testosterona militar y tanta trompeta, la inclusión en la
exposición de las George's Cross, especialmente de algunas, pone un oportuno
contrapunto a las hazañas bélicas. En última instancia, no es preciso llevar
uniforme para ser valiente, ni pelear a sablazos con una horda encrespada de
Fuzzy -Wuzzys . Sidney Purvis, un minero, la ganó por rescatar a sus compañeros.
Y una niña, Doren Ashburnham, de 11 años, por salvar a su primo ¡enfrentándose
a un puma! Extraña cosa el valor.
FE DE ERRORES
* Por un error, se publicó que la última Cruz Victoria fue concedida a
Johnson Beharry. En realidad, es el último ganador vivo. La última medalla se
concedió en 2006 de forma póstuma a Bryan James Budd, un cabo paracaidista
muerto en Afganistán.
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