La versión cinematográfica de 'Doctor Zhivago' ha enterrado a la novela
que le sirvió de inspiración. Es una obra maestra que no solo cuenta una
historia de amor sino que denuncia la opresión en la Unión Soviética
JOSÉ MARÍA RIDAO 22/01/2011

Doctor Zhivago, una de las grandes novelas rusas del siglo XX, logró compaginar en pocos
años el éxito más fulgurante con el más persistente desconocimiento. Los
personajes que imaginó Pasternak han llegado a formar parte de la limitada
galería de seres de ficción de los que se tiene noticia en cualquier lengua, lo
mismo que algunas de sus peripecias imaginadas aunque situadas en el contexto
histórico de la Primera Guerra Mundial, la Revolución de Octubre, la guerra
civil rusa o las purgas del estalinismo. Pero esos personajes familiares en
todas las latitudes solo guardan una remota relación con los que Pasternak hizo
deambular por su relato. La razón de esta paradoja habría que buscarla en la
película de David Lean estrenada en 1965, interpretada por unos actores que,
desde entonces, han monopolizado la fisonomía y los gestos de las criaturas de
Pasternak. Zhivago tiene la mirada conmovida de Omar Shariff, y su complexión y
su bigote. Larisa Fiodoróvna, la arrebatadora belleza de Julie Christie, su
misma melena rubia y sus mismos labios carnosos. Y Tonia Aleksándrovna Gromeko,
los rasgos misteriosos de Geraldine Chaplin interpretando a una mujer engañada
que alcanza a distinguir entre las acciones que reclama su dolor íntimo y las
que exige una época feroz.
Pero el peso de la película en el conocimiento de los personajes de
Pasternak no se explica solo por el éxito que cosechó David Lean, ratificado
por cinco oscars, entre ellos el que se concede al mejor guión adaptado.
Tuvo que concurrir además otro fenómeno que sigue siendo, en último extremo, el
que explica que la admiración por la película conviva con una relativa
indiferencia hacia la novela. No es el único ejemplo en el que la obra
cinematográfica sepulta a la obra literaria que le sirve de inspiración; lo que
sí resulta singular en el caso de Doctor Zhivago es que la novela
enterrada bajo el éxito de su versión cinematográfica sea una obra maestra,
cuya lectura no puede en absoluto excusarse por los indicios de su valor que
ofrecen las imágenes de David Lean. No porque estas sean mejores o peores, sino
porque la novela de Pasternak es una cosa y su versión cinematográfica, otra
distinta. Si esta es una historia de amor ambientada en la Revolución de
Octubre que ha logrado conmover a un público mayoritario, el texto de Pasternak
es un grito de desesperada disidencia en el que, además de la historia de amor,
hay víctimas y verdugos sacrificados a un estéril e irrealizable ideal, vidas e
inteligencias prometedoras devastadas por el fanatismo, camarillas de
oportunistas que logran medrar y mantenerse a flote. Incluso la corrosión del
tiempo sobre las pasiones tiene cabida en la novela, no en los fotogramas de la
película: Yuri Zhivago, vencido por la enfermedad y el desengaño, contraerá un
tardío y anodino matrimonio tras la forzosa separación de Lara.
Fue este crudo retrato de la realidad rusa bajo el régimen comunista, y
no la historia de amor que contiene Doctor Zhivago, lo que haría que la
Academia Sueca decidiera en 1958 conceder el Premio Nobel a Borís Pasternak
tras la publicación de la novela en Italia, donde el manuscrito había llegado
de forma clandestina. Para comprender cómo esta distinción se acabó volviendo
contra Pasternak y contra su novela es preciso tener presente que el anterior
galardonado había sido Albert Camus. Jean-Paul Sartre, entonces en la cima de
su poder sobre la intelectualidad europea, había juzgado la noticia como la
prueba incontestable de que el autor de El extranjero se había
convertido en un escritor burgués. La concesión a Pasternak, a un disidente, a
un crítico de la Revolución y del régimen que había alumbrado, amigo de otros
sospechosos cuyo destino fue más trágico que el suyo como Anna Ajmátova, Marina
Tsvetáieva u Ossip Mandelstam, venía a confirmar que el Nobel era un premio
militante, un instrumento de la propaganda capitalista contra la doctrina del
comunismo y contra la Unión Soviética. Además, Pasternak había recibido el
apoyo de Camus, con quien mantuvo una breve correspondencia en la que se
expresaban un mutuo y sentido reconocimiento.
Si en Occidente la imagen que se impuso de Doctor Zhivago fue la
de un texto contrarrevolucionario, simple carnaza para la maquinaria ideológica
de Hollywood, en la Unión Soviética fue Pasternak el que quedó sometido a un
implacable acoso. El Nobel lo protegía contra la cárcel, la tortura o la
ejecución, pero no contra el insulto, el desprestigio o la eventual expulsión
de su país: como "cerdo que caga donde come" fue descrito en un
plenario del Comité Central de las Juventudes Comunistas en presencia de
Jruchov. El hijo del escritor, Yevgeni, ha evocado en diversas ocasiones -una
de las últimas en Madrid, con motivo de la presentación de la última edición de
la novela- la escena en la que Pasternak anunció a su familia la decisión de
renunciar al Premio Nobel. Estaban en su residencia de Peredélkino, y el
escritor no lo hizo tanto por evitarse nuevos problemas como por ahorrárselos a
su compañera Olga Ivinskaya, en quien las autoridades soviéticas contaban con
cobrarse la venganza. Tras comunicar su decisión, cuenta Yevgeni, Pasternak,
desencajado, emprendió un paseo solitario por los alrededores de la casa. El
gesto fue en vano: poco después de la muerte del escritor en 1960, Olga
Ivinskaya fue internada en el gulag.
Al incluir las poesías de Zhivago como último capítulo de la novela, la
edición considerada definitiva y que ha servido de base a la traducción española
de Marta Rebón hace mucho más que restituir la integridad del texto según lo
concibió Pasternak, según quienes lo conocieron. En realidad, permite advertir
la estrategia literaria que hay detrás de la composición de Doctor Zhivago;
una estrategia que evoca la de otros autores que, siglos antes de Pasternak,
buscaron como él en la ficción un inestable territorio de libertad para
expresar cuanto el poder trataba de mantener en el silencio. Si Fernando de
Rojas aseguraba que él no concibió La Celestina sino que se limitó a
completar una obra cuyo primer capítulo había encontrado por azar; si Cervantes
declaraba haber hallado el manuscrito arábigo del Quijote y no tener más
responsabilidad en el texto que el de ofrecer una traducción; si Jonathan Swift
publicaba de forma anónima Los viajes de Gulliver y aseguraba que se
trataba de una relación entregada por el protagonista a un tal Richard Sympson,
que los dio a la imprenta, Pasternak creó un personaje, Yuri Zhivago, al que
convertir en autor de unas poesías que rechazaban y contradecían las exigencias
impuestas por la jerarquía artística en la Unión Soviética. Poesías de amor,
poesías dedicadas a las figuras religiosas del cristianismo y a sus fiestas,
poesías que expresaban la intimidad en un mundo que la declaró abolida: el filósofo
György Lukács las consideró como las más hermosas en lengua rusa, y estimaba
por ello que Pasternak había causado un daño irreparable a la causa comunista
al asignárselas al contrarrevolucionario Zhivago.
En realidad, Pasternak se había valido de una novela como titánica
coartada para escribir unas poesías que, de haberlas firmado como autor, y no a
través de la máscara de Zhivago, habrían sido despreciadas y censuradas por el
poder. Al presentar como autor a Zhivago, una criatura de ficción, Pasternak
lanzaba al poder tras la pista de un fantasma, mientras ponía a salvo las poesías.
La prueba es que Lukács las consideraba una creación sublime de la lengua rusa
mientras censuraba la novela.
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