Los casos de Jafar Panahi, Mohammad Rasulof y Mohammad Nurizad (preso y
en estado crítico) simbolizan la opresión del régimen contra artistas de la
oposición
ÁNGELES ESPINOSA - Teherán - 13/01/2011
El silencio o la cárcel. Tal es la alternativa para los cineastas en el
Irán de Mahmud Ahmadineyad. La represión desatada a raíz de las protestas que
siguieron a su reelección en junio de 2009 ha acallado la creatividad que
durante años obtuvo los principales premios en los más prestigiosos festivales
internacionales.
Mohammad Nurizad (de quien ayer se supo que se encuentra en estado crítico)
cumple una sentencia de tres años y medio por "insultar a las autoridades
y propaganda contra la República Islámica"; Jafar Panahi acaba de recurrir su condena a seis años de
cárcel por actuar "contra el régimen islámico", y Mohammad
Rasulof también espera el resultado de su apelación a la misma pena. Otros como
Mohsen Makhmalbaf o Abbas Kiarostami hace ya tiempo que trabajan
fuera de su país para evitar la censura.
"Este no es solo mi juicio. Es el juicio al arte y a los artistas de
este país", manifestó Panahi en su alegato ante el tribunal que le juzgaba
el pasado noviembre. Un mes después, el juez desoía sus argumentos y acompañaba
la pena de seis años de prisión con otros 20 de inhabilitación, durante los
cuales se le prohíbe no solo filmar sino "escribir guiones, viajar al
extranjero e incluso dar entrevistas a medios locales y extranjeros".
Su abogada, Farideh Gheyrat, ha anunciado esta semana que ha recurrido la
sentencia. Al cineasta se le declaró culpable de "atentar contra la
seguridad nacional", un cajón de sastre que también se utilizó en abril
del año pasado para condenar a Nurizad a 50 latigazos y tres años y medio de cárcel.
En el caso de Rasulof, el director de Las praderas blancas,
seleccionado en el Festival de San Sebastián de 2009, fue detenido junto con
Panahi y otras 15 personas en marzo de 2010 ante la sospecha de que estaban
preparando una película sobre las controvertidas elecciones de 2009. Rasulof,
de 38 años, pasó tres semanas en prisión. El pasado diciembre recibió la misma
condena que Panahi. "¿Cómo se puede acusar a alguien por una película de
la que no se ha filmado ni el 30%? Permítame que la acabe y luego júzguenla",
pidió sin éxito al juez Jafar Panahi, autor de la aclamada El círculo (León
de Oro en Venecia en 2000).
De la preocupación que suscitó su caso dieron testimonio las condiciones
de su detención en la ominosa cárcel de Evin. Según denunció su mujer, Tahereh
Saidí, la sala del Museo del Cine donde se guardan los premios que Panahi ha
recibido a lo largo de su carrera es mayor que la celda donde estuvo confinado.
Tras 77 días sin recibir asistencia letrada, el director se declaró en huelga
de hambre y, en una breve conversación telefónica, pidió a su mujer que diera
publicidad a su decisión. La reacción internacional surtió efecto. La silla vacía
en el Festival
de Cannes, el llamamiento de Kiarostami y las lágrimas de Juliette
Binoche, además de las protestas de cineastas como Steven Spielberg o Bertrand
Tavernier, colocaron al régimen iraní en una situación muy incómoda. Pronto se
autorizó la visita de su familia y de su abogada, y 10 días después, Panahi
quedaba en libertad bajo fianza de 2.000 millones de riales (unos 150.000 euros
en ese momento).
Otros cineastas no son tan conocidos o no tienen la suerte de concitar
una movilización similar. Nurizad, con quien Panahi coincidió en Evin, fue
brutalmente golpeado el pasado mayo por negarse a pedir perdón al líder supremo
por la carta abierta que le dirigió denunciando la violencia poselectoral. En
protesta, se declaró en huelga de hambre. De nuevo, se negó a ingerir alimentos
hace un mes. Su familia asegura que se encuentra en "condiciones críticas"
debido a una infección bucal y según su médico necesita una operación urgente,
tal como recoge la web reformista Kaleme. Este antiguo periodista, de 58 años,
ha dirigido entre otras películas Banderas en el castillo de Kaveh
(2009) y El príncipe persa (2005).
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